Para crecer juntos...

Sin Dios no hay progreso

Autor: Padre Marcelo Rivas Sánchez

Web del Padre

 

 

Aunque hoy tenga dolor, se que tú me sanarás.
Aunque todo se vea cuesta arriba, tu mano me impulsa.
Aunque mis proyectos se derrumben, tu edificarás de nuevo mi vida.
Aunque haya fracasado, me muestras que eso solamente me hace ser mejor.
Aunque no sienta deseos de agradecerte lo hago, pues no importa el lugar o 
la situación, el dolor o la contrariedad. Si en ti confío todo será mejor, 
y cada día será bello pues estaré en Tu voluntad.
Por eso, aunque muchos no lo entiendan y aunque a veces no lo quiera
hoy te doy gracias Señor por todo lo que me has dado, bendición o
prueba, alegría o tristeza, salud o enfermedad. 
Gracias Señor y en tus manos me encomiendo ahora y en todo momento.
Amén.

 

 

            Hay una gran cantidad de seres humanos, de personas que viven con mucho dolor y hasta maldicen sin saber o por lo menos comprender que hay otros, que son muchos, que viven en peores condiciones. Son demasiados que gastan toda el agua que se toman en el día en botarla con el ejercicio casi inmediato de llorar. Son personas que quieren a toda hora que los miren y traten como seres que dan lástima y tienen que ser ayudados, acompañados y guiados.

 

            Estas personas existen dentro y fuera de cada uno de nosotros. Dentro porque somos muchos los que internamente vivimos sometidos por un pasado muy triste y doloroso y a esta edad todavía sentimos coraje y rabia. Fuera porque las vemos y nos encontramos con ellas en el mercado, en la farmacia, en la vía pública y nos maltratan y hasta nos hieren por la forma como hablan y responden a nuestros saludos y diálogos.

 

            Ellos no se han dado cuenta que no son los grandes problemas que los enrollan y no les dejan ver la realidad, sino que han perdido el norte, la brújula de que cuentan con un gran Dios. Es un Dios que va despertando en cada uno, si así lo quiere, un corazón agradecido, libre y despierto para el combate donde se vence la tristeza y se gana la alegría.

 

            Al no tener a Dios en nuestra vida sufrimos lo que se denomina baja autoestima, es decir, desvaloración de uno mismo y la entrada de la no posibilidad de salir adelante. Es como una piedra en el zapato que uno no se atreve a quitar porque se le pueden perder los zapatos o porque se tiene las medias rotas y nos avergonzamos. Si no está Dios todo se hace cuesta arriba. Recuerdo a una señora que fue donde el médico con una picazón insoportable. Cuando llegó a la sala de espera y la vio tan elegante se le quitó la rasquiña y al ver al médico se curó de inmediato. Uno se pregunta: ¿Impresión? ¿Costumbre? ¿Cambio de lugar? ¿ o qué pasó? Simplemente era una costumbre rascarse y por hacerlo todos los días se hizo hábito, el cual fue desbloqueado cuando llegó al sitio donde se lo iban a quitar. Le impresionó el sitio y al ver al médico quedó completamente curada.

 

            Todos sabemos o por lo menos repetimos que Dios lo puede todo. Pero a la hora de las chiquitas nos quedamos sin nada y a la espera del famoso milagro. Milagro que nunca llegará porque nos falta fe y fortaleza para desearlo y hacer llegar. Esos milagros que tanto deseamos y esperamos tardan o nunca llegan porque vivimos en una sin Dios donde lo que abunda es la carencia de fe, desánimos y una brutal dosis de nostalgia porque ayer no pudimos y hoy tampoco. Es una comedia que se repite porque los achaques de la vida que se vivió sin quererla disfrutar nos habla del ocaso. Es una tarde muy gris, tan gris que desgasta en lo negro que absorbe y no nos deja ver la pequeña luz de esperanza que nos espera.  

 

            Dios nos invita al ejercicio sano de buscarlo incluso en la enfermedad, en la soledad y los tiempos difíciles, porque es allí donde la nobleza de la fe se crece y nos revela la verdadera y seria postura cristiana que llevamos. Dios jamás podrá ser alcanzado por la obligatoriedad en el cumplimiento de unos preceptos, sino que será el ejercicio libre y espontáneo de las relaciones de amor, gratuidad, filial y sobre todo, de comprensión para con los demás.

 

            Gracias Señor y en tus manos me encomiendo ahora y en todo momento. Amén.