Para crecer juntos...

Estoy para dar plenitud

Autor: Padre Marcelo Rivas Sánchez

Web del Padre

 

 

            Aquel niño que se llamaba Jesús y su mamá lo manda a hacer un mandado con estas instrucciones: Hijo el mercado es un lugar donde hay mucha gente. Al entrar le van a preguntar: ¿Qué quieres o qué necesitas? Usted le responde un kilo de azúcar y se regresa, que yo aquí le estaré esperando. El niño partió y entró a la Iglesia y el sacerdote, en ese preciso momento preguntaba a los fieles: ¿A qué ha venido Jesús al mundo? El niño, de forma inmediata respondió: A comprar un kilo de azúcar. Parece chiste pero es la verdad de nuestras respuestas frente a Dios. Todos tenemos la necesidad de comprender las palabras del Antiguo Testamento. Desde la antigüedad se nos vienen muchas lecciones que hoy son base y sustento de lo nuevo. Cuando Cristo irrumpe en el mundo produce un contraste y a la vez, un rompimiento con lo establecido. Aquello de vengarse lo transforma en perdón; aquello de machos cabríos y ofrendas de animales, lo hace adoración en espíritu y verdad. Cuando afirma, en Mateo 5,17-19 “No he venido a abolir la Ley y los Profetas, sino a dar plenitud” estaba afirmando la razón de su presencia y de su plan de salvación. En toda sociedad libre debe haber normas para desenvolverse y desarrollarse con armonía y paz, por tanto, se necesitaban condiciones mínimas para que todos pudieran vivir. A eso llamamos organización, inteligencia, socialización y correspondencia con normas y reglas.

 

            Hasta aquí todo marcha bien. Los pueblos hacen sus leyes y la cumplen por igual dentro de patrones normales. Cuando en el libro del Deuteronomio se puede leer: “Guarden y cumplan los mandatos y decretos del Señor, porque ellos son la sabiduría y la prudencia ante los demás pueblos” (4,1.5-9) Jesús los ratifica como mandatos para diferenciarse de los pueblos bárbaros o enfrentados donde la libertad no se respeta. Estamos frente  a los mandamientos no como fuerza represiva y castigadora, sino como instrumentos ejecutores de la libertad y la convivencia. De ahí que Jesús venga a darles plenitud. Es decir, a hacer posible que los entendamos desde su vida y su obra.

 

            Cristo nos está diciendo que el Reino está entre nosotros. Que el mañana es hoy y el actuar es de inmediato. Que el pasado es una referencia, pero no es un anclarse en historias, cuentos y batallas del hombre por el hombre, sino que Cristo ha venido y está presente para vivir, clarificar y enseñar. Pues Jesús había entendido perfectamente lo que los pueblos habían olvidado. “Yo seré tu Dios y ustedes serán mi pueblo” (Jeremías 7,23-28) La voz de Jesús truena y crea malestar ya que lo ven con poder y no entienden de donde le viene. Hoy en día es muy fácil asociarlo con la brujería, con la fuerza cósmica, con la superstición disfrazada de manifestaciones sobrenaturales donde “Jesús” ocupa un puesto mágico – presencial muy misterioso y relativo. Lastimosamente descubrimos que somos tardos para comprender y demasiados lentos para abrir los ojos a la verdad y ante esto nos ale al paso el salmo 94: “Ojala escuchen hoy su voz: no vuelvan duro el corazón”

 

            La plenitud de que habla Jesús es darle fuerza a lo que está y mantener un diálogo para enseñarlo para la vida y no guardarlo en un libro de hermosos dichos y hechos. La apreciación de los de su tiempo, ciertamente, que es admiración por sus palabras, pero no es compromiso al cultivo de la presencia de Dios entre nosotros. La plenitud residía en ese amor a Dios y al prójimo. No atender o dejar a un lado este precepto era no haber entendido nada, pero nada de los Profetas y todo el conjunto de tradiciones. Para Jesús el pasado era muy importante pero debíamos darle consistencia y vida. Por ejemplo, renunciar a la solidaridad era negar el amor a Dios en el prójimo; utilizar la venganza como camino de justicia era botar por la borda el respeto y el perdón. Jesús da plenitud cuando nos señala que las leyes deben estar al servicio del ser humano y no el ser humano al servicio de las leyes donde legisladores sin escrúpulos escondían su propia responsabilidad.

 

            Esta plenitud va en contra del legalismo mentiroso y cobarde que piensa y actúa amparado por una resolución y se olvida del amor que no se inscribe en la letra sino en la vida. Toda nuestra vida, no lo muestra Jesús, es una respuesta al proyecto amoroso de Dios donde cada uno obtiene su máxima libertad. Bien lo decía San Agustín “Ama y haz lo que quieras”. Vengo a darle plenitud es el compromiso de Jesús en la búsqueda afanosa por la libertad del hombre frente a la ley que somete y esclaviza.  

 

 

“Plenitud es tener para muchos;

para otros es llegar

y para unos cuantos es lograr,

que al fin de la jornada,

se duerman con paz y hermandad”