Para crecer juntos...

Miedo despejado cristianismo aventajado

Autor: Padre Marcelo Rivas Sánchez 

Web del Padre

 

 

 

 

            Los caminos ardían con las noticias de los transeúntes. De las colinas bajan uno  a uno propios y forasteros, de sus bocas las palabras se confundían y todo era el cotilleo propio de quienes no saben a ciencia cierta lo que había pasado. Entre ellos también caminaban los frustrados y adoloridos Apóstoles que habiendo huido arrastrando la terrible tristeza. En sus mentes la figura de la cruz seguía dando vueltas. Palabras y dichos que habían escuchado de la boca de Jesús se iban borrando frente al dolor que estaban sintiendo. Era como un miedo que da temblores. Ese miedo producido por la presencia de la cruz en la persona de Cristo doblega y entristece, sacude y reprime, hace llorar y enfada a los que habían empezado a llevar los albores de una fe sin fronteras. Ese miedo que detiene la libre participación de todo ser se convierte en fortaleza frente a una noticia: “He visto al Señor y nos espera…” (Juan 20,11-18) Palabras que pronuncia con energía y mucha emoción María Magdalena. Palabras que cambian por completo la situación de los Apóstoles.

 

            Se empieza a desaparecer la idea del sepulcro asaltado. Una idea que estaba siendo adobada con la mentira y la canallada de los soldados. El sepulcro está vació y esta verdad la confirma la presencia de un ángel, que no es otro, que Jesús frente a María de la conversión y la fe nunca perdida. Por eso, en María no hay miedo, más bien admiración y extrañeza que la tumba esté abierta y el cuerpo del Señor no se encuentre dentro. Una persona con miedo no sabe escuchar, más bien sale corriendo. Ella escucha y al hacerlo puede llevar la gran noticia a los demás. Recordemos que el miedo cierra las entradas y desdibuja alegorías fantasmagóricas que desgarran y persiguen. En María entra una emoción tal que, sin distorsionar, la verdad de lo visto la puede dar a conocer.

 

            Temor hay en los otros. Anás y Caifás, Herodes y Pilato, Soldados y vendidos a la mentira. En ellos si hay miedo por lo que se les viene encima. Ellos, en su propia maldad, experimentan temblores y un pánico que les hace decir que se habían robado el cadáver. Historia que hasta el día de hoy se sigue contando entre ellos sin ningún efecto frente a la verdad de la resurrección.

 

            En María Magdalena y los Apóstoles encontramos todo lo contrario. De un miedo, por los temblores de ver a Jesús en la cruz y la persecución que se les avecina, cambian a una entusiasmo indetenible. Este cambio lo produce el encuentro de ellos con Jesús vivo y real. Es un encuentro en la fe renovada y vuelta al camino del anuncio donde la cruz no fue capaz de matar el amor de la salvación. Es la mejor prueba de que Jesús está vivo y tan vivo que hace avivar la llama de la esperanza que se encontraba apagada. En cada uno de ellos se produce un cambio admirable dentro de una experiencia muy especial donde la palabras son muy claras: “No tengas miedo. Vaya y comunique a los hermanos que vayan a Galilea. Allí me verán” (Mateo 28,8-15). Es desde aquí donde sale aventajado el cristiano. Porque es un cristiano que conoce el dolor, siente el miedo y rehace su vida gracias al encuentro trascendente con Jesús vivo y real.

 

            Nos corresponde a nosotros dar una respuesta. Una respuesta que, en medio del miedo natural, se impone frente a un Dios que sale al encuentro para anunciar la gracia avasallante de la resurrección. Éste Jesús que se cruza en el camino de todos, sin excepción, nos cambia y nos coloca en el disparador de poder anunciar, sin temores, la fuerza y el motor del cristianismo en ese encuentro personal con Jesús vencedor de la muere. Todo porque el nuevo Jesús no es un fantasma que asusta, sino una realidad que bendice, anima y acompaña.