Para crecer juntos...

Mas que limpiar, arrepentirse de verdad

Autor: Padre Marcelo Rivas Sánchez

Web del Padre

 

Cierto fin de semana unos amigos limpiaban cada uno su automóvil.

Orgullosos de lo bien que habían quedado decidieron salir a pasear.

Sin embargo, al pasar los días uno de ellos notó

que al contrario del auto de su amigo,

el suyo poco a poco su auto iba ensuciándose.

Y que cada vez le daban menos ganas de volverlo a limpiar.
Preguntó a su amigo el motivo por el cual su auto no se ensuciaba.

A lo cual su amigo respondió:
- Oh no, claro que se ensucia.

Lo que pasa es que todos los días al llegar a casa lo limpio”

 

MAS QUE LIMPIAR. ARREPENTIRSE DE VERDAD

 

                        Todos necesitamos, de alguna manera, ser agradables y permanecer en buena forma para evitar las criticas: “si estás gorda”; “Qué flaca te ves”; ¿No dormirte anoche?... Esa necesidad se ve obligante en un mundo materialista donde cada uno tiene su propia parcela y la de los demás no le interesa a no ser que sea para su provecho.

 

            Con esto quiero decir que vivimos sucios. Sucios de banalidades que arropan nuestra vida y nos alejan de la verdad. Queremos arreglarnos con Dios. Arreglarnos así como suena y lo hacemos con tal artimaña que nos sentimos muy bien a tal punto que volvemos a las andadas por no decir a la vida desquiciada del pecado donde lo importante es el yo y yo. Es aquí donde está el problema, pues, vemos a Dios como una lavadora o un pañuelo que limpia y ya. Cabe aquí la pregunta: ¿Podemos seguir jugando con Dios al igual que con la vida?

 

            Bañarse para ensuciarse no es la mejor postura. Todos nos bañamos por necesidad, por limpieza y para estar mejores. Cuando hablamos de la limpieza del corazón nos referimos a la constancia que le dedicamos al examen de conciencia en la necesidad de una buena y sana confesión. Es necesario limpiar el alma a menudo, es decir, siempre, lo más recomendable es hacerlo diariamente donde un encuentro personal con Dios nos ayudará a prepararnos para el día que comienza o el día que termina. Agradecimiento y arrepentimiento. En lo referente a la confesión se deben tener en cuenta las siguientes premisas.

 

            Todo lo anterior nos está diciendo que necesitamos deshacernos  de lo malo que hay en nuestras vidas. Es una tarea que debemos con responsabilidad obligante realizar. La pregunta es ¿Cómo hacerlo? No se puede volver al pasado, para vivirlo de manera diferente. Sólo Dios puede renovar nuestra vida con su perdón. Y lo bueno es que Él lo quiere hacer, pues el perdón ocupa un lugar muy importante en nuestras relaciones con Dios. Aquí la cuestión estriba en que nosotros queramos ser perdonados. Es decir, rechazar el pecado y tener la convicción de no volverlo a cometer.

 

            Así nuestra vida se va renovando, siempre para mejor, ya que Dios es un Padre bueno, siempre dispuesto a perdonarnos, sin guardar rencores, sin enojos, etc. Premia lo bueno y valioso que hay en nosotros; lo malo y ofensivo, lo perdona. Debemos entender, de una vez por todas, que la confesión no es un mero acto humano. Es un misterio sobrenatural donde hay un encuentro personal con la misericordia de Dios en la persona del sacerdote.

 

            Esto es real y verdadero porque:

  1. Jesús lo entregó a sus apóstoles: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados, a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar” (Juan 20,22-23)
  2. La Sagrada escritura lo sugiere en Santiago 5,16 "Confiesen mutuamente sus pecados"
  3. En cada confesión no es el simple acto de decir pecados,  sino que es el encuentro con Jesucristo. Es encuentro porque es un sacramento instituido por el mismo Jesucristo para devolver la gracia.
  4. En cada confesión hay una reconciliación con Dios y con la comunidad.
  5. Todo cristiano necesita vivir en estado de gracia. Una gracia que es destruida por el pecado. La confesión nos coloca en el camino hacia Dios.
  6. Al confesar nos arrepentimos ciertamente, pero también hacemos compromiso para mejorar.

            Cuando hablamos de confesión no es un escueto arreglo con Dios, y de seguro nos sentimos bien, sino que se hace necesario una profunda y sincera convicción a vivir mejor y dejar a un lado lo malo y dañino del pecado. Aquí no me refiero a una simple limpieza que desmancha y luego con el tiempo se vuelve a ensuciar. Es un acto libre, conciente y que produce frutos de conversión y de enmendar las faltas. Es decir, prometerse a sí mismo no volver a caer o por lo menos luchar con constancia y valor.