Para crecer juntos...

¡Mandamientos! Compromisos de verdad

Autor:  Padre Marcelino Rivas Sanchez

Web del Padre

       

“Se encontraba una vez un hombre impartiendo un retiro espiritual al aire libre.

Al finalizar una de las charlas una mujer se acercó

muy contenta para contarle lo mucho que había aprendido

y como había quedado impactada.

El hombre se sintió muy bien y preguntó:
- ¿Y cual de las palabras que dije fueron de las

que le causaron tanto impacto?'
Ella respondió:
- Ah bueno, pues realmente ninguna.

Cuando usted estaba hablando sacó un pañuelo blanco

 para secar su frente y en ese momento al ver la blancura del pañuelo

me di cuenta de que tenía mucha suciedad en mi conciencia,

y me comprometí con Dios para luchar

y que mi conciencia llegara a estar tan blanca como ese pañuelo”

 

            Si entrevistarán a Jesús en este mismo instante, ¿qué diría de ti? ¿Estaría alegre y contento tu vida? O simplemente se quedaría en un simple detalle de un espacio corto de tu vida. Dios nos ve en la totalidad. En esos días grises y oscuros y los claros y alegres. En todos y cada uno de los días de nuestra vida. Somos un todo y por ser un todo, debemos responder a Dios con lo que tenemos y somos. Nada de medias tintas o de escondernos en echarles la culpa a los otros o de quedarnos en la admiración y basta. Dios está en todo y para todos. No es que Dios esté aquí hoy y mañana no. Es como pretender hacer ver a Dios en los días laborales y en vacaciones no. Pues no y no. Dios es todo el tiempo.

 

            Hay una razón de existir y no es otra que Jesús al ver mi vida se sienta feliz. Claro que Dios no es la carcajada burlona y espantosa que muchas veces brota de nosotros y por eso nos creemos felices. La felicidad nuestra es la felicidad de Dios, porque todo se hace para gloria de Dios y de ahí viene lo importante de nuestras acciones. Si esto es realmente importante nuestro actuar en casa, en el trabajo, nuestro pensar y la forma de enfrentar los problemas fueran completamente diferentes o serían menos trágicos y más impactantes para favorecer nuestra vida.

 

            ¿Qué clase de persona serías: feliz o infeliz, realizada o frustrada? Preguntas, que por lo general, no son hacemos por temor al compromiso de una respuesta seria y coherente con lo que creemos y con lo que vivimos. Por lo tanto, nosotros somos felices cuando Dios es feliz. Hacer feliz a Dios es hacer su voluntad. La voluntad de Dios está escrita en los mandamientos. Esos mandamientos no son una obediencia ciega o mero cumplimiento. Es una vivencia en la presencia de Dios con normas para vivirlas ene le cumplimiento alegre para darle gloria a Dios. Por ejemplo, cuando tu esposo, tu esposa es infiel, el resultado de la convivencia es muy triste, los días muy largos y las noches son infiernos porque abundan las dudas, crece el odio y nace abundante duda. Jesús dice: “si Me amas, cumple Mis Mandamientos” (Juan 14). ¿Y cuales son esos Mandamientos?  Él mismo responde: este es Mi Mandamiento: ámense los unos a otros como Yo los amo.  Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Juan 15). Esta es una realidad que no necesita anteojos y mucho menos que lo llevemos a un laboratorio. Es una verdad y basta. No podemos estar dándole vueltas a lo que está de anteojitos.

 

            Muchos creemos que Dios manda porque manda. Y así no es. Dios manda porque necesitamos orden para la oración, para atender a nuestro hogar, a nuestros hijos… a nuestros deberes. Debe haber un orden para todo: en el banco, en la peluquería, a la hora de la consulta… Ese orden tiene un fin y un camino. Enseñarnos la responsabilidad y darle vida al cumplimiento serio y cabal. Hay una necesidad de respetar al prójimo, de ayudarlo, de sonreírle y brindarle mi apoyo. Necesito aprender a controlar mi lengua para no caer en la crítica destructiva.

 

            Existe un mandato porque puedo y debo obedecer. Lo mandado nunca estará contra la vida, contra el progreso o contra los demás. Siempre lo mandado será para construir, crecer y poder hacernos mejores. En el caso de los mandamientos tres son dedicados a Dios y el resto a nuestras propias realidades humanas que viene a levantar las mejores y sanas relaciones en el compromiso de vivir para el bien de Dios y de toda la humanidad.

 

            No puedo pasar la vida encariñándome de facilidades o con simples impresiones que no pasan de ser meras acciones tibias que se apagan a la vuelta de la esquina. “Al ver la blancura del pañuelo me di cuenta de que tenía mucha suciedad en mi conciencia, y me comprometí con Dios para luchar y que mi conciencia llegara a estar tan blanca como ese pañuelo” Eso nos lleva a ningún lado. Los Mandamientos estarán presentes a lo largo de la historia esté limpio o sucio tal o cual pañuelo.

 

            María, la Virgen Madre de Dios y madre nuestra, nos dio, con claridad de conciencia, ejemplo de obediencia. Una obediencia que estaba cimentada en la confianza “Hágase en mí según tu Palabra”. El fiat, el sí de María se destaca y nos enseña porque conoce a Dios en su amor y en su infinita misericordia como Padre que no defrauda.

 

            Dios nos ha dado los Mandamientos para que en el amor del cumplimiento, demos a conocer lo mejor de la obediencia para caminar juntos al encuentro de Él que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.