Para crecer juntos...

El secreto de la Eucaristía

Autor: Padre Marcelo Rivas Sánchez

Web del Padre

 

 

             

"He estado casado por 30 años. Durante ese tiempo mi esposa me ha cocinado unas 32,000 comidas. Pero juro por mi vida, que no puedo recordar el menú entero de todas esas comidas. Pero sé una cosa:
Esas comidas me nutrieron y me dieron la fuerza necesaria para hacer mi trabajo.
Si mi esposa no me hubiera dado todas esas comidas, estaría físicamente muerto hoy. Igualmente, si no hubiera ido a la iglesia para nutrirme, ¡estaría espiritualmente muerto hoy!  Cuando tú no estás en nada....

¡Dios si está en algo!  La fe ve lo invisible, cree lo increíble y recibe lo imposible.

Da gracias a Dios por nuestra nutrición física.
Creo en Dios como un ciego cree en el sol, no porque lo ve, sino porque lo siente."
Texto tomado de la Web Católico de Javier

 

            Ser párroco es poder sentir muy de cerca las realidades de las comunidades y a la vez despertar en ellas el valor de la santa misa. Porque son muchos los que ven la eucaristía como una manera de apagar o acallar los gritos de dolor producidos por la muerte, la enfermedad terminal, los efectos del divorcio, la traición del hijo o del amigo… Con esto no estoy negando la tranquilidad y la paz que nos da la participación en al santa misa y que en ella se le brinde a los difuntos una oración por su eterno descanso.

 

            En la misa está presente Cristo con su cuerpo y sangre. Esto es posible por el Sacramento del Orden que el Sacerdote recibe y en la Consagración hace realidad. Por eso es que en ese momento los files se ponen de rodillas y en forma de meditación muy silente dicen: “Señor mío y Dios mío” Entonces, la misa es la presencia de Cristo que nos alimenta y nos salva. Por lo tanto, que no se nos olvide, la santa misa es el acto más grande, más sublime y más santo que se pueda celebrar cada día en la tierra.

 

            La santa misa es un banquete que conmemora la Ultima Cena. Esto lo digo porque hay muchos que dicen que no vienen a la misa porque no sienten nada y lo indican porque no registran emociones. Se nos olvida que nosotros no somos simples emociones, sino valores. El gran valor de la misa es incalculable porque se hace presente “sacramentalmente” Cristo Jesús y todo completo, no en partes. Por eso no es cuestión de ganas. Porque muchas veces uno va sin ganas a una fiesta y luego se despierta inmensas alegrías. Para un estudiante de química no es de mucha importancia o de valor lo que puede ser para un estudiante de literatura un escrito de Cervantes.

 

            La misa es el acto de culto público oficial que la Iglesia ofrece a Dios donde todos caben y todos están obligados. Aunque el simple culto no basta para ser buen cristiano, por ello, necesitamos de unas señales: amor, perdón, paz, encuentro con los demás… y esas señales las encontramos en toda santa misa si participamos de forma conciente y de verdad. En toda misa se cumplen cuatro fines. Para adorar a Dios, para pedir perdón por los pecados, para dar gracias a Dios y para pedir nuevos favores. Con esto estoy diciendo que la misa siempre se ofrece a Dios y a través de él en honor  a la Virgen o a los santos. Cada misa se puede aplicar a intenciones como acción de gracias, de peticiones y para rogar por el descanso de los difuntos. Ojo una misa tiene mucho, pero mucho más valor que un ramo de flores o una lápida bañada de color de oro. Ahora, si la persona que pide la misa por un difunto o desea dar gracias está debidamente preparada y participa activamente produce un real y santo encuentro con Jesús sacramentado.

           

            Para comulgar dignamente hay que confesarse. El papa Juan Pablo II dice que la confesión es necesaria para quien tiene conciencia de pecado grave y quiere acercarse a comulgar.

 

            Una Santa Misa para una Comunión Santa. Esa comunión sería la participación plena  del amor total que Jesucristo nos regala. El Comulgar es el acto más sublime que podemos hacer en la vida.  Ojalá sea diaria y para siempre. Por eso en cada misa está Dios realmente presente y el que comulga vivirá eternamente. Antes de la misa una excelente preparación, en la misa una mejor celebración y en toda ella un total agradecimiento. Por eso abrimos el corazón, ponemos las manos en oración, encendemos el alma y decimos amén con fuerza y mucho amor. Cuando se termine de disolver el Cuerpo de Cristo ya no está corporalmente, pero queda en el alma la gracia santificante y no desaparece sino hasta que se cometa pecado grave.

 

            Si después de leer esto no te animas a participar en la santa Misa. Debes, por lo menos, guardar un silencio tal que sea testigo de la presencia generosa de un Dios que no solo murió en la cruz, sino que se quedó en forma de pan para acompañarnos y alimentarnos en el camino de la vida.