Para crecer juntos...

El costo de la resurrección

Autor: Padre Marcelo Rivas Sánchez 

Web del Padre

 

 

 

Sin caer en términos mercantilistas, debo decir que la resurrección tuvo su valor. Un valor para Dios, quien desde la creación se da cuenta de la debilidad de Adán y Eva. Aquel pecado original que no es otra cosa que la tendencia a pecar. Ese pecado sugerido magistralmente por el diablo (serpiente) frente a unas disposiciones que Dios le había colocado a sus primeros pobladores. “De todo pueden menos aquello y esto” Restricciones propias dentro de un plan de la salvación simple y natural. Como cuando uno quiere que su niño no meta los dedos en el sistema eléctrico, simplemente le coloca tapones a los agujeros o les pone candado o cerraduras. El acto de Dios es un movimiento a favor de Adán y Eva, jamás era un sometimiento o esclavitud.

 

            También un valor para los diversos personajes bíblicos que fueron llamados. Abraham lo tocó dejar su tierra y parentela; los diferentes profetas y escogidos para la misión ofrecieron todo a favor de la intervención de Dios en la historia de un pueblo sometido, humillado y esclavizado a las apetencias extranjeras. Para la Virgen María tuvo un valor de decisión para concebirlo, para cuidarlo, para entender y aceptar la misión de la cruz que su hijo había aceptado con plena libertad. Para Jesús fue de un gran valor porque le correspondió anonadarse y aceptar esa muerte de cruz.

 

            En Jesús, vemos con mayor claridad, el valor por la cual le correspondió pasar. Es la cruz el gran valor. Una cruz que lo lleva al Huerto de los Olivos. Allí lugar de un “encuentro muy fuerte” que se podría llamar “lugar de la fe y la respuesta” Pareciera que allí se detuvo por instantes el tiempo de la historia de la salvación. Lo digo porque en ese momento se libró la más dura batalla. Jesús decide afirmar o retractarse. Vuelve a resonar aquello del grano de trigo que debe caer en tierra y podrirse para dar fruto o por le menos comenzar a crecer. Aquí se vislumbra que sin la cruz no habrá jamás la redención que se había ofrecido, frase bien recogida y atestiguada por san Pablo en Hebreos 9,22.

 

            Esta resurrección que ahora saboreamos se fijó una meta y era cargada en los hombros de Cristo Jesús. Cuando, por instantes Cristo la visualiza, empieza a sudar gotas de sangre y se enfrenta a esa condición humana la cual, debo decir con toda franqueza, jamás dominó en Jesús, para nada. Pero si estuvo presente. Recordemos que Jesús era perfectamente hombre y perfectamente Dios. Al decir de hombre afirmamos que menos en el pecado. Pero ese ambiente le rozaba, le silbaba al oído. Recordemos las tentaciones en el desierto. Jesús fue tentado.  DE ese instante de lucha sale Jesús fuerte, decisivo y con una sencillez tal que le permite ponerle la oreja al servidor del Sumo Sacerdote, de guardar silencio mientras era arrestado. Jesús nos muestra que ese valor sumó un mayor esfuerzo, empeño y sacrificio para no dejar a un lado la cruz por la cual Él y ahora todos tenemos que caminar.

 

            Esta resurrección que muestra las marcas de las amarras de la cruz, de los latigazos despiadados de soldados es la respuesta que anima a los que están escondidos en el temor. Son muchos los que en esta hora de la resurrección no quieren nada con compromiso, mucho menos con nacer de nuevo para comprenderla y amarla con todo su valor de cruz que ella implica. Aunque pienso que es natural tener miedo, pero no nos debe asustar el trajinar caminos polvorientos, llenos de espinas y que muchas veces se impone el dolor, la crítica y hasta la propia muerte. Ese temor que es natural se debe superar con la presencia activa de un cristiano fuerte y que mira con ojos de la fe en la verdad de la vida dejando a un lado la flojera y la cobardía.

 

            Para ello hay que renovarnos a la luz de la cruz. Jamás la podemos olvidar. Con ella caminaremos y viviremos. En ella encontraremos la razón de la resurrección. Porque Jesús va a la cruz para que desde allí naciera la propia vida que alimentaría y daría mayor vida a los temerosos apóstoles y ahora a nosotros que estamos escondidos y nos cuesta renovarnos.

 

“Hay un valor que jamás se ha escondido.

Hay un valor que está a la vista.

Es la Resurrección que en la cruz triunfó”