Para crecer juntos...

Eduquemonos para la paz y seamos responsables

Autor: Padre Marcelo Rivas Sánchez 

Web del Padre

 

 

 

En todo mensaje siempre hay algo nuevo y llamativo, pero en el mensaje del papa Juan Pablo II, más que novedad hay una profundad realidad, que quizás, se deba leer de rodillas al mejor estilo de la lectura meditada de la sabia Teología que nos enfrenta al mundo para sanarlo. En este mensaje estaba el rostro impaciente y desquiciado de los fanáticos terroristas y lo señorial e inteligente de los miembros de la ONU. A todos, a ellos y a nosotros nos escribe este conmovedor mensaje en esa Eucaristía del Primero de Enero dedicada a la Jornada Mundial por la Paz. Ahí mismo invitó a una reforma de la Organización de las naciones Unidas para que de forma, clara y más efectiva de respuesta al terrorismo y se evite el dominio de los más fuertes. Es a ellos, en primer lugar, porque tienen la responsabilidad de promover la paz y la prohibición de la fuerza como mecanismo para intimidar y ejercer presión, sin dejar a un lado la legítima defensa y el sistema de seguridad colectiva, además, con la insistencia a todos para no caer en la tentación de vivir en la violencia (Terrorismo). El Papa insiste casi rallando para que la Organización no siga siendo una fría oficina de asuntos internacionales para que sea un verdadero centro de la moral donde todos sean hermanos.

El llamado del Papa adquiere mucha relevancia, pues afirma categóricamente que la paz es posible y si tiene posibilidad entonces es un deber de todos donde todos, sin excepción, tienen responsabilidad que los obliga en conciencia y de verdad. Es, pues, para el papa un deber que se debe enseñar a todos comenzando por las generaciones más pequeñas y jóvenes. Debemos aprender a decirle no a la plaga del terrorismo donde sus actos de masacre y barbarie producen mucho dolor y que por el camino de mayor dolor al reprimirlos despierta más violencia. Aquí, insiste el Papa, en una educación en el respeto por la vida humana en todas sus circunstancias. Somos muchos los que queremos aplicar aquello de “quien a hierro mata a hierro debe morir” En esta dimensión el perdón y el amor se deben imponer porque todos sabemos que la violencia ejercida produce mayor violencia. No se debe aceptar, por tanto, que “el fin nunca justifica los medios”

El Papa habla de la primacía del amor donde la simple justicia no basta, debemos, y es para todos, un sagrado deber vivir y mantener la vivencia del amor. Es en el amor donde el perdón se impone como camino que nos conducirá a la solución de los problemas. Resuena esa frase tan justa, tan santa y tan llena de valor: “No hay paz sin perdón” es una vivencia que debe alcanzar a todos y de forma muy especial a Palestina y a Medio Oriente. Es decir, a todos y donde todos estén involucrados. Al hablar el Papa del amor nos está señalando que en ese amor Dios fundamentó todas las cosas y al hacerlo nos estaba enseñando y señalando que sin amor no se podrá vivir. La gran preocupación del Santo Padre se centra es que lo que anime a la humanidad no sea el amor, sino el odio y de allí resulte tantos enfrentamientos donde la muerte y la tristeza sea la marca y la nota desagradable que enluta nuestras vidas. 

La Iglesia en este tiempo, y de forma especial el Papa Juan Pablo II, ha sido la voz incansable por la paz. Al comenzar un Año Nuevo lo vuelve a invocar y a llamar dentro de una necesidad imperante con la figura de María la Virgen, quien dócilmente acepta la misericordia y a ella se acoge como tabla de salvación y prosperidad. En sus palabras, llenas del dolor por sus años y enfermedad, está el anuncio para que nos eduquemos en la paz. Una paz que se actualiza en un trabajo común para hacerla un deber. En primer lugar, por las situaciones de injusticia y violencia; segundo, porque a los cristianos proclamar la paz es anunciar a Cristo que es nuestra paz (Efesios 2,14). Porque desde Belén ha nacido la paz verdadera; tercero, porque necesitamos vivir en el perdón donde no “habrá paz sin el perdón”; cuarto, el amor es la forma más alta y noble de las relaciones de los seres humanos donde la paz es auténtica y verdadera.

Es, pues, para nosotros un llamado formal para que nos eduquemos y vivamos por una paz que nos invita a cumplir un deber de conciencia en la fe que ilumina nuestro caminar; en la verdad que nos obliga a no aplaudir la guerra y la violencia; a una vida comunitaria donde no podemos vivir en la violencia pues sería negar el amor y el perdón por el cual Dios murió y resucitó.

“Sólo una humanidad en la que reine la ‘civilización del amor’ 
podrá gozar de una paz auténtica y duradera”
(Papa Juan Pablo II)