Para crecer juntos...

Dios esta en el esfuerzo...

Autor: Padre Marcelo Rivas Sánchez 

Web del Padre

 

 

Un joven soñó que entraba en un supermercado

recién inaugurado y, para su sorpresa,

descubrió que Jesucristo se encontraba atrás del mostrador.
¿Que vendes aquí? - le preguntó. 
- Todo lo que tu corazón desee - respondió Jesucristo.
Sin atreverse a creer lo que estaba oyendo,

el joven emocionado se decidió a pedir lo mejor

que un ser humano podría desear:
 Quiero tener amor, felicidad, sabiduría,

paz de espíritu y ausencia de todo temor.

dijo el joven-. Deseo que en el mundo se acaben las guerras,

el terrorismo, el narcotráfico, las injusticias sociales,

la corrupción y las violaciones a los derechos humanos.
Cuando el joven terminó de hablar, Jesucristo le dice: 
- Amigo, creo que no me has entendido.

Aquí no vendemos frutos; solamente vendemos semillas.
(EL VENDEDOR DE SEMILLAS)

 

 

            Evadimos, eludimos, rehuimos, nos apartamos y hasta desechamos todo lo que tenga olor a sacrifico, esfuerzo, compromiso… Es decir, lo que no es de nuestro agrado buscamos la manera de que no se nos aparezca por ningún lado. Pero lo que nos interesa, nos hace grandes y nos da caché lo perseguimos y lo buscamos a cualquier precio.

 

            Vivimos en una mundo donde todo lo queremos echo y bien echo, al punto de exigir a los demás, pero cuando lo damos o lo hacemos nos molesta la exigencia. Es un mundo contradictorio. Una perfecta ley del embudo donde lo ancho es para nosotros y lo angosto para los otros. Es una locura que nos persigue y nos hace sufrir mucho porque es mucho lo que queremos y deseamos sin ninguna clase de exigencia personal.

 

            Cuando hablamos del cumplimiento cristiano la cuestión es más grave y nos encontramos frente a un enorme problema. Todos queremos ser felices y es bueno, muy noble y querido por Dios. Pero cuando ese llegar a la felicidad tiene que pasar por el sacrificio, el sufrimiento y la derrota para aprender a vencer, enseguida pegamos el grito al cielo. Ese grito va cargado de reclamos y de muchas malas palabras que rayan en las maldiciones de todo tipo.

 

            Dios nos ha enseñado a confiar en Él y que esa confianza es absoluta, total y siempre disponible. Pero nos empeñamos en que Dios nos lo de todo hecho y lo pedimos en eso que él mismo ofrece. “Todo lo que pidan en mi nombre les será dado”. Esto es una verdad donde todo lo que pidamos con la fe lo obtendremos. Sabemos que la voluntad de Dios es buena, perfecta y agradable donde no hay defectos y a nosotros nos va a gustar cumplir. Pero esa voluntad no olvida o no deja a un lado nuestra humanidad y nuestro medio donde vivimos. Un medio lleno de alegría pero también de sufrimientos, de esfuerzos y satisfacciones, de llenuras y de hambrunas… En esa voluntad debemos responder con decisión y verdad.

 

            Una decisión que debe partir de hacer feliz a Dios con nuestro actuar recto y honrado para que en el testimonio crezca el amor a Dios en los otros. Una verdad para tener bien presente que le debemos todo lo que somos a Dios y además, le debemos todo lo que tenemos. De ahí, que debemos vivir para Dios aún en las cosas que nos vayan mal. No hay que perder el contacto con Dios y en medio de los sinsabores gritárselos y repetirlos cuantas veces sean necesarias pero con palabras de hijos agradecido y confiado.

 

            ¿Cuántas veces hacemos las cosas por amor a nuestros propios intereses, y al salir mal le reclamamos a Dios airadamente? Todo porque hemos desvalorado el esfuerzo de contar con Dios desde el principio. De seguro, porque en esas actuaciones siempre han existido vanidad, ambición y todo ese deseo de poder y gloria.  Frente al prójimo lo que hago por su bien es simple formulismo de una necesidad que se resuelve y punto sin saber que lo que hago a uno de los más pequeños es a Dios a quien lo entrego.

 

            Nuestro caminar ha sido un avanzar en busca de frutos y no de semillas, que son en la realidad, la cosecha que recogeremos a lo largo de nuestra vida. Pide semillas, siémbralas y cosecha los frutos junto con Jesús. Se hace necesario convertir los frutos en semillas que hay en cada uno de nosotros y así poder en contar en mi cristianismo, en mi fe resultados positivos que me acerquen a Dios y me identifiquen con mi hermano que necesita de una buen colecta para su bien.

 

             A partir de este momento una vida sin esfuerzo no tiene sentido. Es como agua entre los dedos. Por eso debemos agradecerle a Dios y al enfrentarnos a la vida la viviremos con alegría y esfuerzo. Jamás, pero jamás

 

No digas que no puedes

No digas que no puedes hacer nada por el bien de los demás. 

¡Cuántos mudos pagarían una fortuna para poder hablar como tú! 

¡Cuántos paralíticos quisieran poder dar los pasos que tú das! 

¡Cuantos millonarios entregarían sus riquezas por tener la décima parte de tu fé! 

¡No digas que no puedes hacer nada! 

Comparte los bienes que Dios te dio, con actitudes de amor y palabras de cariño.