Para crecer juntos...

Abriendo las cerraduras de la costumbre

Autor: Padre Marcelo Rivas Sánchez 

Web del Padre

 

 

 

“Un hombre había pintado un lindo cuadro. El día de la presentación al público, asistieron las autoridades locales, fotógrafos, periodistas, y mucha gente, pues se trataba de un famoso pintor, reconocido artista. Llegado el momento, se tiro el paño que revelaba el cuadro. Hubo un caluroso aplauso.

Era una impresionante figura de Jesús tocando suavemente la puerta de una casa. Jesús parecía vivo. Con el oído junto a la puerta, parecía querer oír si adentro de la casa alguien le respondía. Hubo discursos y elogios. Todos admiraban aquella preciosa obra de arte. Un observador muy curioso, encontró una falla en el cuadro. La puerta no tenía cerradura. Y fue a preguntar al artista: "

Su puerta no tiene cerradura. ¿Cómo se hace para abrirla? "Así es." respondió el pintor. "Esta es la puerta del corazón del hombre."

"Solo se abre por el lado de adentro."

 

            Al igual que a pinocho se busca un corazón. Cuántos hay viviendo de ñapa con un marcapaso y cuántos teniendo el corazón en excelentes condiciones andan viviendo mal porque su vida es un estrellarse a cada rato.

 

            El drama de la humanidad no es otro que andar de problema en problema. Si no los tenemos los inventamos y si no los inventamos los soñamos para que al otro día lo hagamos realidad. En estos días llegué a una casa a compartir el almuerzo y uno de los hijos reclamó ¡otra vez pollo! y por ahí se formó todo un problema. Yo guardé silencio y me decía. ¿Cuántos no tendrán nada que comer y éstos discutiendo por el pollo? Luego entendí el meollo de la cuestión. No son agradecidos de Dios. Al joven le habían dado todo, le han permitido todo y ahora es un tirano de aquellos que le aplaudieron y le dieron todo. Perecía que ante la ausencia de respeto, de armonía y de buenos modales familiares aparece el reclamo y el egoísmo.

 

            Nosotros al pedirle a Dios queremos, por encima de todo, que Dios nos cumpla y que ese cumplimiento sea siempre a mi favor. Le pedimos a Dios que mi esposo no tenga a otra pero mi conducta hacia él es de humillación y desprecio; que mis hijos no fumen ni tomen aguardiente pero los viernes y sábado llego borracho; que mis hijas no griten tanto pero a cada instante insulto y descalifico a los de la casa...

 

            Todos queremos lo mejor pero damos lo peor. Eso nos pasa porque tenemos con que abrir la puerta y no es otra cosa que la llave de la indiferencia, de ese a mí no me importa y de seguro  a mí no me va a suceder. Esa clase de llave que abre por fuera es muy normal en nuestros ambientes familiares donde lo superficial, lo rutinario se convierte en cadenas que nos atan y nos esclavizan.

 

            Entre nosotros existe un conformismo tan arraigado que se nos mete hasta por los poros que lo convertimos en “chinchorro guindado perezoso acostado” que nos hace perder el valor de las cosas, de la vida y de una manera sorpresiva el valor de personas pues nos rebajamos a  niveles muy peligrosos. Es el caso del padre de familia que se bebe o juega todo el dinero ganado en la semana. O el hijo que se roba los artefactos para comprar la droga. O la hija que miente descaradamente sabiendo que al final tendrá todas las materias raspadas y la mentira descubierta como un abanico en pleno verano. Son muchos que los llaman “pobrecitos” y sienten compasión alcahueta que permite y aplaude todas esas vagabundearías. Esa clase de personas tienen que ser reeducadas, pues, a cada instante son malos ejemplos para la familia y la sociedad entera. Ellos se hacen los mártires y los que no son comprendidos. Pero una cosa es cierta jamás mueven un dedo para regenerarse o cambiar de actitud. Ellos representan lo que nuestras abuelas llamaban “las  ovejas negras” no por el color, sino porque la hacían a la entrada o a la salida. Necesitamos enseñarles, aunque no seamos perfectos, a muchos a caminar por la vida siendo productivos y si por algún motivo no han podido estudiar, perfeccionarse por lo menos no echen tanta varilla que hagan sentir mal  a tantas personas.

 

            Se hace necesario que abramos nuestro corazón al amor de Dios. Hay necesidad de cambiar, aún estamos a tiempo y tenemos las maneras y las formas de hacerlo. Lo que pasa es que no nos atrevemos a tomar y llevar la vida en serio. Dios nos ha creado  y nos ha dicho: “Yo soy tu Dios; yo te he dado fuerzas, he sido tu auxilio” (Isaías 41,10) Y lo ratifica en la primera carta de san Pedro 4,10 “Que cada uno ponga al servicio de los demás el carisma que ha recibido, y de este modo serán buenos administradores de los diversos dones de Dios”

 

            Pareciera mentira pero siempre tendremos esa magnífica oportunidad para salir adelante. Eso sí, toda la solución está dentro de nosotros que es el lugar donde está la verdadera fuerza de toda persona. El peinado, las uñas, el tinte, la cirugía… es interesante y útil, pero no nos da la fuerza necesaria para querernos y vencer la modorra y la pereza