Alegría, Paz y Esperanza

Autor: Judith Araújo de Paniza

 

 

“Pues Dios amó tanto al mundo que dió a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna” (Juan 3,16)

La mayor conquista de quienes aman a Jesucristo y confían en su testimonio y en su Palabra, luego de la resurrección, es la alegría, la paz y la esperanza. Esta vivo,  aquel en quien tienen puesta toda su confianza, con una vida que nadie le puede arrebatar. 

Después del dolor y la frustración de la cruz, el Señor resucitó, con la promesa de que todo aquel que decida tomar su camino, podrá conquistar la vida para siempre. Vida que mientras permanezca en este mundo, estará sujeta a contradicciones, dolor, sufrimiento y dificultades pero que podrá ser asumida con la paz, con la alegría y con la esperanza que ofrece el Señor. 

 Jesucristo es el camino hacia la gloria. Seguirlo a él, aceptando las dificultades de cada día, guardando sus mandamientos de amor, para luego salir victoriosos con él en su resurrección y disfrutar de la presencia permanente de Dios, en comunión con los justos y santos. ¿Qué más podemos pedirle a la vida que vivir junto al Bien, la Verdad, la Justicia, la Belleza y el Amor? 

Tomemos conciencia de esta realidad,  Jesucristo es el Señor de la historia. Es el transformador de nuestras vidas. Sólo él puede frente al mal ofrecernos su protección; frente al pecado lavarlo y purificarnos; frente a la zozobra y angustia ofrecernos su paz; frente al dolor darnos el consuelo y la esperanza; frente a la tristeza transformarla en alegría; frente a nuestros proyectos darnos frutos sanos abundantes. 

¿Podríamos reconocer al Señor en la fracción del pan y repetir con los discípulos que iban camino a Emaus: ‘¿no es verdad que el corazón nos ardía en el pecho cuando nos venía hablando por el camino y nos explicaba las escrituras?”? (Lucas 24, 31, 32) 

Jesús nos pregunta a cada uno de nosotros igual que lo hizo a Simón Pedro; “¿Me amas? Ojalá le pudiéramos contestar como Pedro: “Señor tú lo sabes todo: tú sabes que te quiero”. (Juan 21, 17) 

La vida se nos va de nuestras manos porque sacamos tiempo para muchas cosas,  menos para lo importante. Lo importante es lo que nos conduzca a Dios, lo que nos permita resucitar con Jesús.  La única meta valiosa para nuestra vida es alcanzar el cielo, las otras metas tienen que ser medios que nos conduzcan a la meta mayor.  

El asunto es de orden y de fijación de prioridades, si sacamos tiempo para conocer a Dios y a su voluntad, el acontecer diario, nuestras luchas y dificultades, nuestros aciertos y alegrías todo se transforma en medio para la plena realización. Todo adquiere mayor sentido, el trabajo, la vida cotidiana de familia, la vida en comunidad,  todos los ámbitos,  

en los cuales nos desenvolvemos. 

Jesucristo refiriéndose a María nos enseña en qué consiste la felicidad verdadera: “Dichosos quienes escuchan lo que Dios dice y le obedecen”. Imaginemos la alegría de María Santísima, después de la resurrección, nunca perdió su fe y confianza en el Padre aunque viviera junto a su hijo el inmenso dolor de la cruz. La paz, la alegría y la esperanza son los mejores regalos para aquellos que se dejen cautivar y conducir por el inmenso amor de Dios.