Crecer en el amor

Autor: Judith Araújo de Paniza

 

 

“El corazón del hombre es la cosa más traicionera y difícil de curar. ¿Quién lo podrá entender? Yo, el Señor, sondeo la mente y penetro el corazón para dar a cada uno según sus acciones, según el fruto de sus obras”.

En esta cuaresma yo quiero pedir a Nuestro Señor para mí y para quien lo desee, un corazón nuevo. Sólo El quien se autodenominó como manso y humilde de corazón,  siempre sujeto a la voluntad del Padre, puede transformar nuestros corazones de piedra en corazones de carne y hacernos capaces de bendecir a quienes nos maldicen, perdonar a quienes nos ofenden, poner la otra mejilla, dar el manto a quien nos ha quitado la túnica, compartir con el necesitado y entregar la propia vida por amor a los otros.

Deseo un corazón amoroso que se manifieste en las cosas concretas de mi vida cotidiana, en relación con mi esposo, con mis hijos, con mis familiares, con mis amigos, con los extraños, con quienes me cruzo en el camino, con quienes me quieren y con quienes me ofenden. Un corazón diligente en mi trabajo, en las contrariedades y en los triunfos.

Un corazón que aprenda a no juzgar, a no condenar, a desearle bien a todos, capaz de reconocer sus faltas y de pedir perdón,  de ser compasivo y dar a los demás a manos llenas. Un corazón puro y transparente que se muestre sin doblez.

Un corazón capaz de amar apasionadamente y con orden de acuerdo a mi condición de casada con la sexualidad concentrada en mi amor, si fuera soltera con abstinencia y paciencia y si hubiera hecho votos con castidad total.

Un corazón con el foco puesto en el bien, la belleza, la justicia y el amor, que no se amarre a las cosas perecederas del mundo, que hoy son y mañana no serán. Un corazón productivo en obras porque está cobijado por quien todo lo puede, porque tiene un vaso comunicante con el Señor.

Un corazón luminoso porque permite que la Luz Divina lo alumbre y proteja. Un corazón sabio porque permite que las leyes de amor manifestadas en la Palabra de Dios, llenen hasta su más remota profundidad. Un corazón listo a humillarse ante el Señor si se contrarían sus leyes. Un corazón agradecido que reconoce todas sus vivencias, felices o dolorosas, como una bendición y medio de crecimiento del alma.

Un corazón dispuesto a sufrir con quien sufre, a llorar con quien llora, a reír con quien está lleno de alegría. Un corazón dispuesto al trabajo arduo, al sacrificio, a la renuncia por amor y a poner todo su empeño en el logro de los objetivos propuestos.

Un corazón como el de María Santísima,  dócil y prudente, que pondera y medita todo antes de actuar; un corazón silencioso cuando sea oportuno callar y elocuente cuando necesita expresar el amor; un corazón atento y solícito a las necesidades de los demás. 

“Llena Señor con los perdones tuyos, el vaso frágil de mi corazón”, que te ame con todo mi corazón, mi mente y mi alma y como dice la canción: “Dame un nuevo corazón Señor”…