Un corazon nuevo

Autor: Judith Araújo de Paniza

 

 

Cuando hay claridad de que la meta que queremos conquistar es muy valiosa, somos capaces de muchos sacrificios para lograrla. Ese es el sentido de la Cuaresma. Cuarenta días de énfasis en la oración, el ayuno y la limosna para crecer en la capacidad de amar y prepararnos para la Pascua, la vida eterna con Jesús.  

Jesús antes de entregar su vida por nosotros se fue al desierto por cuarenta días. El sabía que lo que le esperaba no era fácil y se dedicó al ayuno y a la oración como fase previa  en el cumplimiento de su misión. Cuánto amor, el del Hijo quien aceptó hacerse hombre para redimirnos, cuánto amor el del Padre que permitió que su hijo entregara su vida, cuánto amor el del Espíritu Santo quien permanece activo entre nosotros. 

La Cuaresma nos enseña a  no tenerle miedo ni al sacrificio, ni a las dificultades, ni a la muerte para hacerle frente al mal con valentía, en nosotros mismos, en nuestra familia y en la sociedad. Pero sin fe en la otra vida y sin el estímulo del amor de Dios, seríamos esclavos del temor y no podríamos aprender a amar y a entregarnos a los demás. 

 Por ejemplo, un padre de familia educa a sus hijos en el amor a Dios y a los hombres. El hijo estudia medicina y quiere ayudar a  enfermos de alguna enfermedad contagiosa. El sabe que puede contagiarse y morir también. Sin embargo, tanto el padre como el hijo aceptan el reto, porque es tan grande su amor y deseo de curarlos, que no les importa el sacrificio. 

Otra situación, un líder que sabe que pone su vida en peligro si lucha contra negocios ilícitos. Su padre lo apoya porque sabe que puede realizar una labor purificadora de la sociedad aunque arriesgue su vida. 

En las situaciones sencillas y cotidianas de la vida también podemos aprender a realizar sacrificios o renuncias por amor al otro.  Por ejemplo los esposos que luchan por fortalecer su amor para preservar la familia unida; personas que trabajan con amor en tareas difíciles, sin esperar recompensa. En fin detalles de la vida diaria en que se hace un esfuerzo extra por cubrir la necesidad de otra persona con amor. 

Vivir conscientemente la Cuaresma es tener la esperanza de la resurrección con Cristo, y aprender a  relativizar las cosas temporales y a aspirar a las eternas. Nuestra iglesia ha suavizado mucho las normas referentes al ayuno y a la abstinencia y sin embargo nos cuesta mucho ser obedientes, en cambio, hacemos toda clase de racionalizaciones para justificarnos, privándonos a nosotros mismos y a la sociedad de los efectos beneficiosos.   

Cuando hacemos oración estamos dándole más importancia a Dios y a nuestra relación con El; cuando ayunamos estamos aprendiendo que no sólo de pan vive el hombre y nutrimos mejor el alma: “mi banquete es hacer la voluntad de mi Padre”, le dijo Jesús en alguna ocasión a los discípulos;  cuando compartimos con el otro, le damos más importancia a las personas que a las posesiones. 

Estas prácticas deben mover nuestras almas a buscar el Sacramento de la Reconciliación. Nos ayudan a despertar más nuestra conciencia sobre las barreras que ponemos frente al amor de Cristo  para ir corrigiéndolas a través de su perdón. Con nuestras almas libres de pecado o desamor podemos participar de la Resurrección, porque nuestros corazones regresan a la vida de gracia, en comunión con Nuestro Señor y empezamos a disfrutar desde aquí la dicha que nos espera.  

Nuestro Dios quiere más nuestra felicidad que nosotros mismos. Nos propone el camino más sencillo, dejarnos amar por El para poder crecer en el amor. María puede ayudarnos a entender estos sagrados misterios si acudimos a ella.