En la República de los Sueños

Autor: Padre Juan Manuel del Río C.Ss.R. 

Correo: delriolerga@yahoo.es

 

 

La Imaginación había sido Embajadora en la República de los Sueños. La Embajada estaba situada, por cierto, en el lujoso boulevard que lleva el mismo nombre: Boulevard de los Sueños. Era referencia obligada y segura para todos los ciudadanos del Mundo que, a pesar de serlo, a veces andaban perdidos. Como yo. Era punto obligado de encuentro. Siempre. 

La conocí siendo todavía niño. Nos hicimos amigos. Recuerdo aún aquel día, a la orilla del mar. Veía yo a las pequeñas gaviotas dejar el nido, y tras pequeños anclajes, abandonarlo definitivamente. Le dije:

—Esas gaviotas que salen del nido, estoy seguro que se van a ir lejos, lejos, muy lejos. Y cruzarán el mar.
—El mar es muy grande para cruzarlo. Sin embargo, sí lo cruzarán las que vayan escoltando algún barco.
—¿Por qué?
—Porque son gaviotas soñadoras. Tienen los mismos sueños que los pasajeros del barco. Cada pasajero es un soñador. Por eso emprende el viaje.

Por supuesto, la Imaginación era mayor que yo; me llevaba unos cuantos años. Le pregunté:

—¿Y tú has atravesado el mar?
—¡Oh, sí, muchas veces! Yo viajo mucho.

Yo estaba admirado de las cosas que la Imaginación me contaba. Me encantaba escucharle. Me di cuenta enseguida que la Imaginación tenía razón, cuando decía:

—También las gaviotas, al igual que los demás seres, tienen su corazoncito. Aman, sufren, sueñan.
—Y el mar tiene corazón?
—Por supuesto que el mar tiene corazón.

Y pensando en el mar y su corazoncito, me iba a correr por la arena de la playa. Feliz, contento, hablando con las olas, con las gaviotas que revoloteaban a mi alrededor. Todo resultaba ser una bonita lección de ecología.

Un día, jugando en la playa a hacer castillos de arena, me dijo:

—¿Sabes? La gente vulgar y frívola no tiene sueños.
—Será que no duermen. ¿Y por qué no duermen?
—No, no. No es que no duerman, es que no tienen sueños, que es cosa diferente.

Esto no lo comprendí entonces. Pasaron los años. Y en esa arraigada costumbre de leer un rato antes de dormirme, leyendo estaba, como cada noche, un capítulo del Quijote. Pensé: 

—Quién sabe, quizá Don Quijote estuviera loco, o al menos necesitara darse una vuelta por el despacho de un psicólogo. Pero vulgar o frívolo, nunca lo. 

Me venció el sueño. Al despertarme por la mañana, el ejemplar del Quijote dormía plácidamente a mi vera. 

Pero esa noche, mi sueño fue un tanto metafísico. Observaba a Don Quijote. Mientras velaba sus armas, al relente de la luna, me pareció que hacía un viaje circular hacia dentro de sí mismo. 

Es posible que encontrara en sus sueños más molinos de los previstos y menos Dulcineas de las imaginadas. Pero nadie pondrá en duda que era un hombre digno, de porte vertical; que guardaba, al circular alrededor del aljibe del pequeño patio donde yacían por el suelo su abollada armadura a la sombra de un olivo y su famélico caballo, la compostura de caballero fiel y leal.

A veces, caballo y caballero daban con sus huesos en tierra. Sus sueños permanecían en pie, en toda su verticalidad.

—El Quijote fue un hombre vertical.

Disfrutaba discutiendo con la Imaginación sobre todo lo habido y por haber. 

Pasó el tiempo. Había perdido casi por completo la pista de la Imaginación. En cierta ocasión le oí decir que, de todas las Embajadas del mundo, la que más le gustaba era la que estaba en la República de los Sueños. A mí me resultaba fascinante. Era un nombre muy poético. Le pregunté:

—Imaginación, ¿qué es un sueño?
—Si te doy una definición, igual no lo comprendes. Pero para que me entiendas: el sueño es algo muy importante; es como el oxígeno para vivir. 
—Imaginación, ¿y si te nombran Embajadora en la República de los Sueños, podré ir contigo?
—Por supuesto. Además, mira; el mundo no tiene fronteras. Ya no se necesitan pasaportes ni visados. Eso está ya anticuado. Fueron necesarios cuando los hombres no tenían imaginación. Las cosas han cambiado.

Esa noche soñé que nos encontrábamos, la Imaginación y yo, en la cima, enhiesta y majestuosa, del Volcán de Agua, en Guatemala. 

A más de tres mil metros de altitud, la mañana era radiante. Un cielo azul, intensamente limpio. Y por encima del Volcán, el universo infinito. Ladera abajo, entre el verde tupido y denso de la selva y los cafetales, pequeñas poblaciones indígenas. 

—Aquel pueblo es San Juan del Obispo. Aquel Santa María. Y esa ciudad se llama La Antigua.

La Ciudad de Antigua, la Ciudad Colonial de las Américas, por excelencia, estirada como una alfombra de colores; de calles tan bien trazadas y rectas, que parecen hechas a cordel, y donde, si uno aplica el oído sobre el empedrado antiguo, aún parecen resonar los cascos de los caballos de Don Pedro de Alvarado y sus huestes. Qué mirador de excepción.

—Te habrás dado cuenta que La Antigua es apta sólo para poetas. Cada piedra, cada monumento, cada rincón cubierto de buganvillas es un poema.
—Un mojón clavado en el tiempo.
—Un indicador de mensajes.
—¿Qué mensajes? 
—Mensajes de los dioses Mayas.

El pulular de los indígenas, con sus trajes multicolores, era como si de pronto, el alma de esta raza, aparentemente anclada en el paisaje sin par de la Ciudad, llamada de la Eterna Primavera, se hubiera vestido de fiesta.

—Para el indígena no existe el tiempo. Existe la vida.
—Y la vida se hermana con el paisaje.
—Y con la tierra, con los árboles, con las quebradas, con los duendes y leyendas, con los antepasados.

Mientras la Imaginación me explicaba, yo estaba emocionado. Insistí:

—¿Con los antepasados has dicho?
—Sí. Los indígenas se comunican constantemente con sus antepasados.
—Será con Dios.
—Con los dos.

Acurrucados en lo más alto del Volcán, la Imaginación y yo observábamos, fascinados, cuanto sucedía cerca o lejos, y en nuestro propio entorno.

—Imaginación, ¿de no haber sido por el terremoto que convirtió a la Antigua en la más emblemática y bella ciudad de América por sus ruinas, sería en la actualidad tan bonita como es?
—A buen seguro que no. En todo caso, esta es una ciudad con alma.

El alma de un pueblo es también su fe. Los indígenas mayas plasmaron su fe en piedra. 

—Una cultura ancestral traducida en personalidad y dignidad.
—La técnica despersonaliza.
—Cultura y dignidad se construyen desde la humildad.

En este sentido, este es un pueblo humilde, sufrido, laborioso, tesonero. Admirable, en verdad. El alma de esta gente es exquisita, como sus paisajes paradisíacos.

La vida y los días iban pasando, como en espiral, lenta y tranquilamente. No existía la prisa. Cada cosa, todo, tenía sentido. Era la lógica de un mundo en movimiento, pero sin prisas. Desde ese mirador, impresionante y de excepción, podía contemplar a mis anchas largos trozos de historia, emanados como de un pergamino que se desenrolla y estira. Ante mis ojos, llenos de la luz purísima de un cielo terso, la rueda de la historia giraba con suave lentitud. 

—¿Sabías, que esta ciudad está declarada Patrimonio de la Humanidad, por la Unesco?
—Por la Unesco y por méritos propios.

Los turistas iban archivando embriagadoramente en sus cámaras fotográficas, cada rincón, cada monumento. 

—Son las ruinas con más vida que jamás había visto.

A la policromía de las buganvillas se unía la de los trajes de los indígenas, ellos y ellas. Cada estampado estaba lleno de simbología.

—¿Te gustan los colores, eh? Los indígenas son muy soñadores.
—Los turistas también. Mira cuántas fotos están sacando.
—Las fotos son iconos de los sueños.

La Antigua, constituida Capitanía General para todo Centroamérica por Don Pedro de Alvarado, era también una ciudad símbolo. Junto a edificios tan emblemáticos como la Municipalidad, la Catedral y el Palacio de los Capitanes, veíamos pasar a los indígenas, enjutos de carnes, morenos de sol, coleccionistas de muchas lunas, pero con un porte tan señorial que acreditaba, sin más documentación, su hidalguía de raza y de sangre. 

—Cada rostro es como para una acuarela.

La belleza radiante y juvenil de sus “patojas”, de sus muchachas, es como de gracia llena, como noche de plenilunio. Como “la luna gardenia de plata”. La luna de Xelajú. 

El pueblo indígena es un pueblo con alma florecida de lunas llenas, de eterna primavera. 

Veíamos a los indígenas adorar, alabar y dar gracias a Dios. Entraban a la Catedral, se arrodillaban, prendían velas a sus santos.

—El indígena, más allá de la estructura endeble de las cosas, transciende la materia, y con su alma limpia sabe llegar hasta Dios.

Cómo nos llegaba a nosotros La Antigua. Y es que, hacia cualquier parte que uno dirija la vista, todo resulta maravilloso: conventos, edificios civiles, universidad…, todo. Singular belleza. Ahí están, si no, los conventos de La Merced, Capuchinas, Santa Teresa, San Agustín, Santa Catalina, San Francisco…

—Donde reposan los restos del Hermano Pedro Betancourt, beatificado y santificado por los indígenas mucho antes de que la Iglesia lo hiciera. 

No perdía detalle. Era mejor que estar en el país de las maravillas. Casi me estaba quedando traspuesto. La Imaginación, al verme con el Popul Vuh en la mano me dijo:

—¿Ya lo has leído todo? Seguro que te ha gustado.

El Popol Vuh, el libro de las Antiguas Historias del Quiché. Claro que lo había leído y me había gustado. Le dije:

—Escucha. Te voy a leer un pasaje.

Comencé a leer:

—“Esta es la relación de cómo todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio; todo inmóvil, callado, y vacía la extensión del cielo. Esta es la primera relación, el primer discurso. No había todavía un hombre, ni un animal, pájaros, peces, cangrejos, árboles, piedras, cuevas, barrancas, hierba ni bosques: sólo el cielo existía”.

Continué:

—“No había nada dotado de existencia. Solamente había inmovilidad y silencio en la oscuridad, en la noche. Sólo el Creador, el Formador, Tepeu, Gucumatz, los Progenitores, estaban en el agua rodeados de claridad”.

Un quetzal cruzó la enramada umbrosa de la selva.

—Es el Ave Símbolo de este país único y singular. Simboliza la Libertad.

Quetzal y Libertad: Dos hermosos símbolos. Ambos expresados en el lenguaje sublime de un poema a colores.

—El alma del indígena es también un poema a colores.

Los indígenas seguían yendo y viniendo. Con sus atuendos pintorescos y elegantes daban la impresión de estar anclados más allá de los días; de haber hundido sus raíces en los tiempos remotísimos de la historia. Algunos portaban sobre sus espaldas grandes cargas que sujetaban a la cabeza con el mecapal. 

—Es como si llevaran a cuestas un trozo largo de historia.