La historia es un barco

Autor: Padre Juan Manuel del Río C.Ss.R. 

Correo: delriolerga@yahoo.es

 

 

El abuelo y yo estábamos asomados al pretil del Acantilado. Se veía perfectamente el puerto. Dijo:

 

—La Historia es un barco que se aleja...

 

Yo veía en el puerto ondear pañuelos. Se adivinaba alguna lágrima furtiva, que el viento secaba, en la despedida. Unos se iban, otros se quedaban. La vida es así, unos van, otros vienen.

 

—Las despedidas son duras.

—Queda un rumor de lamentos al socaire del sol y la sal, de la arena y la nácar, mientras el viento impulsa un aleteo grácil de gaviotas blancas.

 

Como si se hubieran puesto de acuerdo, en el batir de las alas sentí que las gaviotas rompían en una ovación.

 

Debo decir que la imaginación del abuelo iba a la par de su evocación de las cosas.

 

—La vida consta de una sola página que cada quién debe saber cómo llenarla.

 

La historia cabe en una página. Se llama la vida. Pero, ¿qué es la vida?

 

—Pura arqueología, Abuelo.

—¿Pura arqueología la vida?

—No, Abuelo; la historia.

 

 

La vida es un poema amasado con tierra de color universal, geografía labrada por el tiempo y los días donde nadie jamás podrá suplantar a nadie.

 

El aire soplaba suave y agradablemente sobre el Acantilado. El abuelo llevaba una blusa, de colores playeros y alegres; desabrochada. Se parecía a una bandera ondeando al conjuro de los sentimientos.

 

—Soy un viajero hacia la luz, donde reside la infinita claridad del Ser. Admiro el árbol y su cósmica canción, de verde pentagrama, que embruja el paisaje de mi ser.

 

Junto a él, yo sí me sentía embrujado con la cadencia de su mágica palabra que era como una caricia. Como el agua, que al brotar de la fuente, recóndita y cautiva, se convierte en estrofa de frescura para el sediento.

 

—Me siento solidario de todas las estrellas que navegan por el mar sin fondo de las infinitas galaxias, ecuménicas viajeras de una existencia sin final.

 

Sentía la armonía sublime de las flores, el cotorrear alborozado y solidario de los pájaros a la puesta del sol,  o su alegre algarabía al nacer de cada día.

 

Las olas batían contra las rocas del Acantilado en magnífica orquestación, al ritmo de andante allegretto.

 

—Llevo calzadas las sandalias de la fe, mientras empuño el cayado peregrino del hombre que busca la felicidad en la tarea ineludible de seguir oteando el horizonte.

 

Sus palabras caían lentamente, como haces de luz, sobre la gran platea que formaba el mar.

 

—A la par de mi poema, del cosmos o del fuego, las raíces de mi ser vibran en la inteligencia de la luz.

 

Se sabía amasado en las hondas raíces del soplo divino. Llevaba del árbol la savia.

 

—Solfa soy... Do re mi fa sol. Solfa soy, escrita en el pentagrama del agua. Tengo la libertad de las gaviotas, sin más límites que el Mar.

 

Hubo de fondo un acorde de violín. Era el rumor de las olas del mar. El Abuelo se volvió y agradeció con una leve inclinación de cabeza.

 

El mar estaba engalanado de azul universo, y sonrisa de sal. El abuelo prosiguió:

 

—He plantado mi tienda en este valle de lágrimas. Tiene techo de estrellas para adentrarse en el cosmos, sin complejo de sueños, y seguir siendo el Soñador, más allá de los trigales, que al despertar juega naipes de luz embrujada por la magia de los días y el sol.

 

Bajó con humildad los ojos. Luego, mirando implorante a un imaginado público, declaró abiertamente:

 

—Póker de ases son mis cartas, aunque a veces me guarde un as entre la manga.

—Abuelo, ¿tú haces trampas?

 

El mar rió la salida. Yo disfrutaba, escuchando al abuelo, dejando que mi fantasía se columpiara en los cuernos de la luna. Impertérrito continuó:

 

—Por lo demás, siempre apuesto a ganador, en la multicolor cancha de la vida; y orientada tengo mi brújula a las estrellas, donde ondea mi esperanza en el mástil de la existencia. Eso sí, juego siempre con luz de sol,

para que el poema de mi vida pueda deslizarse tranquilo mientras lentamente va cayendo la tarde.

 

La tarde caía y la brisa marina arreciaba.

 

—Y cuando llegue la noche, que llegará, un carrusel de luz las estrellas todas formarán, para alumbrar de azul celeste mi muerte. Porque caída que sea la tarde, yo, bajo protesta de hombre, verticalmente morir me moriré.

 

Hizo una pausa. Luego, en gesto que parecía un brindis, siguió:

 

—Y en túnica de luz me envolveré para seguir enhebrando, sin fin, mi poema como un canto a la vida.

 

Para mí, el tiempo era como un carcaj tangencialmente llevado al hombro donde se guarda la flecha que hay que lanzar siempre más allá del relente de la vida. El Abuelo me había enseñado a amar el trigal, el río, el árbol, la estrella, y el viento.

 

La música tenía el sabor del agua fresca en la fuente donde abrevan su sed la oveja y la alondra, y cuantos como él,  hilvanan, por oficio, sueños de luz. Se volvió hacia mí.

 

 

En la bitácora del tiempo, la espuma de las olas es arqueología sobre los lomos del agua transida de sol, mientras la luz se baña en la playa. Y la arena es un pergamino para trazar sin desdoro amores de eternidad.

 

Por más que en la playa de la vida acampan, por turno, como enemigos del sueño, los deseos, peregrinos del tiempo y la eternidad, el abuelo y yo, seguíamos asomados al mar desde el pretil del Acantilado.

 

—Abuelo, ¿qué es el hombre?

 

Metafísica pregunta la mía, sin duda, de múltiples respuestas.

 

—Hijo, lo entenderás mejor si te acercas, con unción y temblor, a la bíblica página de la Creación. ¿La recuerdas?

 

En el Libro Sagrado estaba contenida la respuesta a mi pregunta. Pero yo entonces aún no lo sabía.

 

—El hombre, bíblica tierra es; amasada por el aliento divino. Arcilla frágil, rota como un cascarón, en el primer intento por recorrer en libertad los caminos de la vida.

 

Los Sueños son parte de la Libertad. Perdida la libertad, al Hombre no le queda más remedio que peregrinar. Salir de sí mismo.

 

La Paz quedó cautiva en la novela de la historia.

 

La Historia... Cabía preguntarse: ¿Qué es la Historia? El Abuelo intuyó mi pensamiento y se apresuró a responder.

 

—¿La Historia? La novela más fantástica, por donde desfilan guardias y ladrones; intrigas y enredos. Y las más sofisticadas mentiras.

 

La Historia. Una gran superficie mercantil, donde se exhibe y vende la colosal artesanía del odio, la guerra y la destrucción, envuelta en el oropel engañoso de la ilusión. 

 

El Abuelo me había remitido al Libro Sagrado. Encontré que decía, literal y hasta casi brutalmente:

 

   “Dios se arrepintió de haber creado al hombre”.

 

La Historia. La misma que no se escribe en pergaminos de piel o de piedra, ni en letra gótica, redondilla, o cuneiforme, sino en la memoria.

 

La Historia no tiene copyright, ni percibe derechos de autor; porque es patrimonio universal de la humanidad,

 

Casi sin darnos cuenta estábamos volviendo sobre los pasos que nos devolvían a nuestros orígenes.

 

—Hijo, el futuro del Hombre es su origen.

El hombre es hijo también de la soledad.

 

Ésta es la escueta verdad. Pero el hombre no nació para estar solo. Nació para llevar responsablemente las riendas de la Creación a la aventura fascinante del diario vivir.

 

Sólo que al hombre le dio miedo el compromiso, la responsabilidad. Le asustó la tarea. Se aterrorizó al verse salido de sí mismo. Y armó una bronca monumental en la misma y primera página de la Historia.

 

Cuestionó de Libertad, la misma que nunca supo entender. El Hombre pecó contra la Libertad. Y vino el rompimiento, con Dios y consigo mismo.

 

Explicaba bien el Abuelo lo que fue la primera y original rebelión, principio sin final de todas las demás. Qué lejos estaba esta sencilla explicación de aquella otra de la manzana y compañía. Felicité al Abuelo.

 

—No se contraponen. El lenguaje de los símbolos tiene muchas sendas que llevan al mismo punto de intención explicativa.

 

El asunto es que el Hombre salió malparado y, naturalmente, lo echaron de casa. Se quedó sin cariño. Supo entonces lo que es la soledad. Y echó a andar, atolondrado, sin saber a dónde, ni por qué, sin más equipaje que la lencería de su piel de tierra, mientras rumiaba, nostálgico, el recuerdo de su madriguera segura, caliente, protectora, en la espesura del bosque primordial de la Creación.

 

—El jardín de la Libertad.

 

La Libertad. Cuánta evocación suscitaba. Irresistiblemente nos llevaba al Hombre. Supo éste que estaba hecho de Tierra, que se llamaba, y era, Hombre; es decir, Adán, Tierra, Barro, Arcilla. Nombre y apellidos. Y que de pronto se vio subido al carro de la soledad.

 

 Mal comido y mal vestido con aquel raído traje vegetal, confeccionado con el saldo sobrante de los retazos ínfimos de su hipotecada autoridad, puesta ahora en venta.

 

Con el hatillo al hombro de su amargura y frustración, el Hombre echó a andar, andar, y andar. Sin rumbo. Y sin rumbo sigue.

 

Nómada de los siglos, pero intuyendo, sin duda, que cada paso que daba era un mojón indicador de Historia, el hombre comenzó a registrar una serie de hechos y datos, que a la larga formarían parte de su propia Historia, guardada en el disco duro del ordenador del tiempo.

 

Un día, cansado de andar, se detuvo. Fue en un humilde rincón del cosmos llamado, como él, Tierra, donde se paró y comenzó a pensar rebobinando la película de su vida. Todo quedó registrado en la memoria ram del cosmos. Desde entonces hubo pasado, presente y futuro.

 

—La Historia.

 

La Historia era como el barco que veíamos alejarse desde el Acantilado.

 

En el puerto seguían agitándose pañuelos blancos, humedecidos de despedida y nostalgia.

 

En la playa, la espuma seguía quebrándose como el rumor de un beso que apenas logra rozar la mejilla.

 

El Acantilado seguía siendo el mejor observatorio para ver pasar el rompecabezas de la Historia, formado de las infinitas y diminutas piezas; eso que forman, dicen, la Humanidad. Con su historial de hechos, pesadamente arrastrados unos, livianamente llevados otros.

 

—Hijo, el Acantilado es como la cima real de la conciencia.

 

Observé que miró en rededor, contempló el horizonte en toda su extensión: pasado, presente y futuro. Verdaderamente, estaba en el cenit mismo del universo de su conciencia. Noté de pronto que algo, como un escalofrío, le estremeció. ¿Un rayo de luz?

 

 

Cada ser humano está contenido virtualmente en el primer Hombre, en el primer Adán, insignificante mota de tierra existencial de la cósmica Madre Tierra. Por eso, la conciencia y su memoria histórica, nos engloba universalmente a todos.

 

Su estremecimiento fue un rayo de luz que iluminó su memoria histórica y personal. Fue así cómo el Abuelo se sintió, no solamente Adán, también Abraham, o cualquiera de los profetas. Sintió correr por sus venas la sangre de Homero, dando vida a todos los personajes de la Ilíada. Se vio conquistador y triunfador a las puertas de Troya. Cada personaje histórico, bíblico o extrabíblico, eran parte de su ser.

 

Por supuesto, no creía en la pureza ni de sangre ni de raza. Decía que Adán no tenía patria; que era universal. Que las patrias pertenecen a la burguesía decadente, hipotecada por los Sueños.

 

No obstante, por razones de sangre, según decía, se escoraba hacia los habitantes de la controvertida tierra bíblica. Yo sabía que se debía, también, a que era la gente que más sentido universal de la ocupación de la tierra había demostrado; sin perder por eso el sentido inamovible de sus raíces de origen.

 

También el abuelo tenía la “nostalgia de Sión”. La historia le recordaba a Abraham. Éste llegó al monte donde estaba enclavada la aldea. Era una  aldea en crecimiento. La llamaban Salem “la ciudad de la paz”. Resultó ser luego una ciudad pequeña y bonita. Cada vez más bonita, como una niña en desarrollo.

 

—La codicia de los hombres se cebó sobre la incipiente ciudad.

 

Resultó que todos querían cuidarla. Todos decían amarla; aunque hay amores que matan. Tanto, que la convirtieron en la ciudad más religiosa del mundo.

 

—Ciudad querida y añorada.

 

Hablaba, por supuesto, de Jerusalén. El abuelo era creyente. Y el corazón del creyente tiene sus propias y universales verdades. Recordó el salmo:

 

—“¡Ay, si de ti yo me olvidare, Yerusalaim…, Jerusalén!”

 

Era obvio que le invadía una cierta nostalgia. Dijo:

 

—Hoy vuelvo a ti, Jerusalén. He andado los siglos y milenios todos de la Historia, real o imaginaria. He subido una a una tus colinas, Jerusalén, ciudad de mis mayores, lugar de mis antepasados, raíz de mi sangre, atalaya y centro del mundo. Vengo como peregrino y buscador de verdades, para cobijarme a la sombra de tus murallas que tienen cadencia y ritmo de danza. He venido para besar tus muros milenarios con pasión ardiente, que “más sabrosos que el vino son tus amores”. He venido para buscar entre tus piedras blancas un poco de paz, la misma que se rompe tras la fragilidad de cada concordato de buena voluntad, teléfonos digitales en danza.

 

La brisa suave del mar invitaba a interiorizar. Recordé. Abrahán había sido un buscador de paz, pero el cuchillo ondeó en el aire rasgando el miedo, en gesto cruel y sacrificial.

 

Me imaginé a mí mismo, adormilado a la vera de un fiel camello, que sesteara junto a una tienda negra de beduino.

 

—¡La paz, Abuelo! ¡Necesitamos la paz!

 

Una ensoñación. Monte Sión. El templo no existe ya. A la greña contra los invasores andan Roboam, Yoram, Amasías y Ezequías. Pobre Ezequías, “encerrado como un pájaro en su jaula”. Atrapado en la maraña de la guerra.

 

—Jerusalén. Son tus murallas blancas jaulas de paz. Y yo un soldado universal.

 

Un soldado que veía en la lejanía, cómo Nabucodonosor, por dos veces consecutivas humillaba, saqueaba y deportaba a la gente. El hagiógrafo bíblico gritaba:

 

   “Reseca está mi boca de gritar improperios”.

 

Por supuesto, eran improperios contra el rey de Babilonia. Destruido el templo, no había ya culto ni sacrificios. El hombre de la Biblia prosiguió:

 

—“Hoy estamos humillados sobre la faz de la tierra”.

 

Se veían por doquier grupos de gentes que habían regresado del exilio. Un hombre con aspecto de profeta clamaba desolado:

 

—¿No veis el altar de los holocaustos, recién restaurado, de nuevo profanado? ¿No veis al seléucida Antíoco IV saquear el templo, mientras construye, a la par del mismo, una ignominiosa fortaleza y entroniza en lo más sagrado del templo a Júpiter Olímpico? ¿Será derramada en vano la sangre de los Macabeos mientras Judas, el valeroso capitán, recupera Jerusalén?

 

—¡Yerusalaim, Jerusalén! Ciudad codiciada. Todos te quieren. Y todos te destruyen. Pero todos dicen que te aman.

 

Me atreví a gritar:

 

—La paz es una mentira.

 

Cierto. Babilonios, seléucidas griegos, romanos, todos, todos acudían a Jerusalén para saquearla, para desnudarla y profanarla. En suma, para humillarla. Las treguas duraban menos que la consumición de un cigarrillo.

 

Vi cómo Herodes el Grande arrebataba la ciudad al último rey de la dinastía asmonea. Cómo la modernizaba y embellecía con la fortaleza Antonia, el palacio real, junto a la puerta de Jafa, y el anfiteatro. Y vi cómo ampliaba la explanada del templo hasta el Tiropeón, rodeándola de pórticos columnados.

 

—¡Ay, Jerusalén, amada más que la mujer de juventud!

 

Desde el Acantilado ya no veíamos el mar, sino más, mucho más allá.

 

Contemplando estábamos la belleza sin par, arrebatadora y serena, de la más hermosa de las ciudades antiguas, cuando de pronto sentimos estallar, como un ramalazo en espantoso torbellino, un fogonazo que lo arrasaba todo. Las llamas subían, rabiosas, hacia el cielo. Las legiones romanas acaban de incendiar el templo.

 

—“No quedará piedra sobre piedra”.

 

Josefo, historiador y cronista, estaba tomando notas en su agenda:

 

—Año 70 de Cristo, las legiones romanas ponen cerco a la ciudad.

 

Caía suavemente la tarde sobre la Ciudad Santa. En el Acantilado aún brillaba el sol. El barco de la historia se iba perdiendo en la lejanía.