En el trapecio del circo

Autor: Padre Juan Manuel del Río C.Ss.R. 

Correo: delriolerga@yahoo.es

 

 

Han pasado los años. Muchos años. He vuelto a sentarme sobre las mismas rocas de entonces, que tantos recuerdos evocan. Es el mismo lugar desde donde, tantas veces, mi Padre y yo contemplábamos el mar. Él ya no está. Cumplido su ciclo vital se fue. El Acantilado sigue igual. 

No me cansaré de decirlo, mi Padre fue mi mejor amigo y maestro. Solía decir con frecuencia:

—La tarea del hombre sobre la tierra es ser feliz. Muchos no lo consiguen. 

No recuerdo si alguna vez le pregunté: 

—¿Por qué? 

Es una cuestión, para cuya pregunta y respuesta no tenía capacidad entonces. 

Mi Padre era feliz entre los libros. Más de una vez le escuché decir:

—Se es feliz cuando se trabaja para que los demás lo sean. No son las cosas las que hacen feliz al hombre.

Se me quedaba mirando con aquella mirada, penetrante y serena a la par, que tanta seguridad me inspiraba. 

—Hijo, los libros tienen la virtud de evidenciar y descubrir nuestras carencias, nuestros vacíos intelectuales; al tiempo que nos proporcionan herramientas para activar la inteligencia. No te extrañe, pues, que los libros sean nuestros grandes amigos.

De vez en cuando, solía repetir una especie de broma que a mí me causaba mucha gracia.

—Hijo, la humanidad está llena de gente intelectual y de gente inteligente. Intelectuales, son todos. El resto, inteligentes.

Como si hubiera hecho un pacto de silencio conmigo mismo, he tendido la vista por encima de las olas, hasta abarcar la inmensidad que mis ojos podían contemplar desde lo alto del Acantilado. Y he dejado que los recuerdos siguieran aflorando. En parte, porque necesito, más que guardar silencio, escuchar el silencio. Solía decirme:

—El silencio es, a veces, respeto. Otras, asentimiento. Y no pocas, complicidad. Pero también, prudencia y sabiduría. Con frecuencia, manifestación evidente de nuestras carencias.

Él, al contrario que yo, tenía el don de la palabra y el respeto por la palabra y por el silencio. Decía:

—Hay inflación de palabra. 

Y añadía:

—La palabra tiene significados distintos según quien la diga. En boca de ciertos políticos se convierte en ambigüedad.

No le iban los políticos. Ahora, en la apacible soledad del Acantilado los viejos recuerdos afloran vívidamente a mi mente. Aquel día habíamos estado en la biblioteca curioseando libros.

—Hijo, trátalos con cariño. Ya sabes, son nuestros grandes amigos.

A mí me atraían de modo preferente las enciclopedias y los libros con láminas. No obstante, mi gran enciclopedia seguía siendo él. 

Era frecuente, cuando estaba en el Acantilado con él, reclinar la cabeza sobre su regazo. Hoy lo he hecho sobre una pequeña roca. Creo que me he quedado dormido. Y he soñado:

Mis ojos miraban los anaqueles de la biblioteca. Ha sido en ese momento, justo en ese momento, cuando al querer alcanzar un libro, se ha presentado Leibniz, el ilustre filósofo. Ha salido de entre los libros, ha tomado mi mano con fuerza, y como si de un separador de páginas se tratara, la ha ido llevando, con suavidad pero con firmeza, hasta ir señalando todo el conjunto de libros. 

Por más que lo intentaba, no podía retirar mi mano. Me obligaba a leer los nombres en el dorso de los libros. Y decir en voz alta los títulos. Pero las letras no se estaban quietas. Saltaban. Decían: “Ensayos de teOdicea”, “ensAyos de teodiceA”, “Ensayos de teodiceA”. Del derecho, del revés. Como las olas en el mar.

—Oiga, señor Leibniz, que me mareo. Yo sólo busco un atlas.

Para mi desgracia, el atlas no estaba. No había ningún atlas. Sólo Leibniz estaba. ¿Y mi Padre? ¿Dónde estaba mi Padre? Tampoco estaba. Grité:

—¡Papá...!

No respondió. Con visible enojo, increpé al filósofo:

—Pero, pero... ¡Vamos a ver! ¿Señor, quién es usted?

Noté que el hombre, con gesto apenas imperceptible, me indicaba que conservara la compostura. Traté de dominarme. De modo más educado y amable, le dije:

—Perdone, pero ¿qué hace usted aquí, en lo alto del Acantilado? ¡Está haciendo frío...! ¡Se va a resfriar...!

Leibniz se echó a reír. 

—¿El Acantilado…? ¡Esto es una biblioteca!

Retomó su habitual seriedad. No dijo más. Y se fue. No lograba yo entender apenas nada de sus disquisiciones filosóficas. En caso contrario, le hubiera preguntado:

—¿Por qué ha escrito usted que el mal es necesario?

Y probablemente, él me hubiera respondido:

—No, no; no es así. Yo he escrito que el mal es necesario porque resalta la bondad. La bondad de Dios, naturalmente.

Por debajo de mi posicionada altura en el Acantilado, una gaviota, blanca y parda, planeaba graciosa. El azul del cielo era limpio. Un avión de las líneas aéreas regulares lo atravesaba en ese momento. Tuve la sensación de que tomaba pista allí mismo, sobre el Acantilado. Por quedar mirándolo, distraídamente, casi me había olvidado de Leibniz. Entonces, desde otro libro, de pastas antiguas, apergaminadas, fue Orígenes, quien asomándose por la esquina de otra estantería, me respondió: 

—El mal nace necesariamente de la generosidad de Dios.
—¿Cómo dice usted?
—Claro, de lo contrario seríamos máquinas.
—¿Máquinas, dice? ¿Acaso el mal viene de Dios?
—No, hombre, no; Dios en su infinita bondad tolera el mal.

Qué lío. ¿No iba yo buscando un atlas? 

Orígenes estaba absorto, atento a mi soliloquio. Era un turista más entre los libros. Pero el atlas seguía sin aparecer. Había guardado silencio, mientras yo andaba a vueltas con el mapa. Con increíble desparpajo le pregunté sobre el mapa. Se echó a reír, y me saltó por donde menos me esperaba:

—Dios nos ha hecho a su imagen. Pero sobre todo, nos ha dotado de libre albedrío.

Me había distraído. Intenté ser educado.

—¡Ay, disculpe, querido Orígenes, mi distracción...! Con esto del mapa, no le estaba poniendo atención. ¿Ha dicho libre albedrío?

Fue mi excusa. Razonable, en cierta forma. Seguía sin entender apenas nada. Y lo del libre albedrío, a medias. Estuve por preguntar a mi Padre sobre la libertad. Me abstuve. 

Nacido para la libertad, a la hora de la hora, ¿hasta dónde es libre el ser humano? ¿Yo era libre? Pregunté a mi Padre, que estaba sin estar, por esas cosas que tienen los sueños de hacer posible lo imposible:

—Padre ¿soy libre?

Él había sido un hombre libre. Estaba seguro de que los seres que más quería también lo eran. Guardó un momento de silencio. Luego, tomando prestada la palabra a Leibniz, dijo: 

—Hijo, la libertad no es congénita al ser humano.

“La libertad no es congénita al ser humano…” ¡Vaya...!, pensé; no era eso lo que me habían enseñado en la Facultad. ¡Libertad! Una dialéctica que me apasionaba. 

—Padre, tú siempre fuiste libre. 
—Hijo, desde que nacemos, y antes, la libertad está hipotecada.
—Pues el pensamiento es libre.
—Hasta que llega el altzheimer. 

Sin que lo intentara, mi Padre hizo saltar el sistema de alarma de los esquemas de seguridad de mi mente. Le dije:

—Padre, todos somos libres. 
—Hijo, no estés tan seguro. 

Bien pensado, tenía razón. ¿Acaso podía yo mismo liberarme alguna vez de mi conciencia? Terció Orígenes:

—Tu conciencia es la libertad. Entiéndelo. 

Verdad. Cada decisión personal de mi vida, era mía, exclusivamente mía. Pero en el juego que todos jugamos en la cancha de la vida, quien anota los tantos en el marcador, te guste o no te guste, es otro. ¿Quién podía ser?

—Tu conciencia.

Recordé que mi padre solía llevarme al circo. Decía que el circo es el mundo de los niños y de los grandes. Porque hay ilusión y fantasía a raudales. De los niños, porque los hace estar en su hábitat; y de los grandes, porque les permite, al menos por un par de horas, ser niños. 

—Y porque la risa es muy necesaria para desentumecer los sentimientos. 

La gaviotas jugaban a hacer cabriolas sobre el Acantilado. Mientras contemplaba sus evoluciones en el aire, me imaginé el mundo como un gran circo.

—Mira, Papá, yo también sé caminar sobre el alambre.
—Cuídate, que estás en lo más alto del circo, y debajo no hay red.

Estaba solo ante el peligro. Lo más fascinante era que me resultaba agradable estar solo ante el peligro. No recordaba cómo ni cuándo había subido al trapecio. Ni para qué. Mi Padre decía:

—Sólo los valientes afrontan el peligro y los riesgos que conlleva. 

La vida, como el mundo, es un circo; un gran circo. Una vez subidos en lo alto del trapecio, o del alambre, nos damos cuenta de que estamos solos ante el peligro. Abajo no hay red. Y se vive una sola vez. Desde la altura el panorama es mejor. Me embargaba la euforia, por la situación, por el vértigo, por el riesgo. 

—¡Papá, mira, estoy solo ante el peligro!

Una euforia nerviosa me invadía mientras el trapecio se balanceaba de un lado a otro de la gran carpa del mundo. Abajo, las plateas del circo estaban llenas de hombres y mujeres que aplaudían a rabiar. Pero no vi ningún niño.

—¡Libre! Solo ante el peligro. 

De pronto, se hizo un absoluto silencio. Justo en ese momento, todas las miradas convergían en un solo punto. En el alambre más alto, en perfecto equilibrio funicular sobre su silla de ruedas, Hawking, el gran sabio, comenzaba a contar sus “Historias del tiempo: del big-bang a los Agujeros negros”. 

Lo explicaba todo maravillosamente bien. Intentaba juntar la relatividad general con la teoría cuántica relacionándolo todo con la cosmología. Todos escuchan expectantes. Pero la mayor parte del público no entendía nada. Insistía en que la creación del Universo tuvo su origen a partir de una Gran Explosión o Big Bang, surgida de un punto de distorsión infinita del espacio y el tiempo. Decía que el espacio y el tiempo forman una superficie cerrada sin fronteras. Yo disfrutaba como un enano oyéndole. 

“Los agujeros negros”. No faltó un gracioso que gritó:

—¿Negros? ¡Podrían televisarlos a color!

Su grito suscitó una carcajada general. Algunos silbaban. Alguien, desde el fondo del gran circo gritó: 

—¡Cállate, gamberro!

Como por arte de magia Hawking desapareció de la vista de todos. ¿Sería que había dicho todo lo que tenía que decir, o que el público presente no le agradaba por no tener suficiente percepción de la ciencia y de la historia? 

Los enanos invadieron la pista central para regocijo de todos los presentes.