Mensaje del naufrago

Autor: Padre Juan Manuel del Río C.Ss.R. 

Correo: delriolerga@yahoo.es

 

 

Selva del Petén, Guatemala. La más grande de América, después de la Amazonía. Pirámides, mitos, cosmogonías esculpidas en las estelas del tiempo. Selva misteriosa. Selva por todas partes, invadiendo y sepultando el misterio de hombres y dioses mayas amordazados bajo la vegetación copiosa, de un lujuriante verde tropical. Cuna del Pueblo maya. Un Pueblo singular, a caballo entre el mito y la realidad.

 

—Cuando la realidad se sublima hasta alcanzar la categoría de mito es muy difícil distinguir la parte que le corresponde a cada uno. Mito y realidad fácilmente se hermanan y se confunden.  

De las siete razas principales que conforman la actual Guatemala, la más numerosa sin duda, la Quiché. Están también los Manes, Sujtujiles, Kajchikeles, etc. Todos con denominación de origen maya. ¡Cuántos caminos recorridos! ¡Cuántas lunas archivadas en el haber de la historia al conjuro de los días, del tiempo y de la fe!  

—Hasta que surge un Pueblo. Con sus leyendas, sus mitos y sus ritos. Y su fe.  

No está claro si los intercambios de personas conquistadas como botín de guerras tribales, para el sacrificio a los dioses, o con otros fines, son también caminos de fe.  

—La respuesta está en los jeroglíficos.  

Algo ha quedado marcado a tiempo, para la posteridad, en jeroglíficos míticos. Por más que la selva, inflexible y cruel, se lo fagocita todo, el pasado está esculpido en jeroglíficos de piedra. Es difícil señalar las diferencias entre mito y realidad.  

La historia, la gran novela, como una máquina insaciable, también lo fagocita todo. Y lo transforma. Y así, la leyenda, resulta ser la página más actualizada de la historia.  

—Entonces, ¿no toda esta gente es maya?

 —Si acudimos a las raíces, seguramente no. Desde el mito, todos.  

La selva del Petén resulta sobrecogedora; toda ella es un poema en flor. Y Guatemala la novia de los dioses. Sobre todo cuando, linda y juvenil, como una “patoja” quinceañera, se mira en el espejo terso y transparente del lago Atitlán.  

Bajando de Sololá a Panajachel por aquel paisaje de ensueño, que es la carretera, nosotros, Embajadores de sueños, nos topamos con un oportuno letrero que decía: “No apto para poetas”.  

—Es que estamos ante el lago más bello del mundo.  

Lago profundo de cristalinas aguas, espejo de hadas en noches de luna llena. Tierra de mayas.  

 —¿Será cierto que los mayas descubrieron el valor del número 13, y el calendario, antes que los aztecas?

—El número 13 es el número de la inteligencia.  

Muchas eran las emociones que nos embargaban. Habíamos entrado, sin duda, en el componente emocional de la mitología que envuelve a este pueblo, donde la vida se mueve sin prisa, con la cadencia de un rito que envolviera el hacer y el quehacer de cada instante. Hay una cosmogonía de lo sagrado que lo envuelve todo. La tierra es sagrada, el maíz es sagrado, las imágenes son sagradas. Todo cae bajo el prisma de lo sagrado.  

—Son gente impregnada de un gran respeto a todo aquello que le trasciende.  

Así es. Se sienten trascendidos incluso por quienes siendo sus semejantes, consideran que están por encima de ellos, ya sea en razón de la preparación cultural, de la economía, o simplemente de la etnia.  

El indígena tiene un profundo sentido de humildad. De humildad y de respeto. Vive su vida con sentido trascendente. Ésa es, en parte, la razón de que sus finados y antepasados estén tan presentes en su pensamiento, y a lo largo y ancho de su vida.  

—Los caminos de la fe son caminos de encuentro.  

Sin duda, un camino diferente al del raciocinio intelectual, pero importante. En el fondo, viene a ser el camino del corazón.  

El nuestro era un camino más que orográfico, que también, simbólico. El Lago de Atitlán, donde coquetean su belleza las hadas todas de la selva, nos afloraba en sus aguas limpias y transparentes, leyendas ancestrales de princesas encantadas.  

Decidimos madrugar y subir a la cima del volcán de Agua. En nuestra mochila venía, entre otros, un ejemplar del Popol Vuh. Desde esa majestuosa altura de más de tres mil metros, la vista era sencillamente espectacular, paradisíaca, de ensueño.  

Los poblados de los alrededores del lago, sentados igual que Cristo a la mesa con sus apóstoles, cuyos nombres algunos llevan, guardaban y agrandaban la belleza de sus riberas.  

Acababan de abrir la carretera que va de Patulul a Mazatenango, la ciudad del Venado, o viceversa. Por acortar tiempo, por allí nos dirigimos a la costa sur. Tratando de aliviar el calor de la tórrida Mazatenango nos sentamos a la sombra que la estación del ferrocarril proyectaba. Preguntamos al jefe de estación:  

—¿A qué hora llega el tren?  

          Sin asomo de sarcasmo, respondió:  

—¿El de hoy o el de ayer? Es que, el de ayer aún no ha llegado.  

¡Nada de extraño había en que no hubiera llegado; el calor derretía hasta las ideas! Ni una brizna de brisa. Daba la impresión de que la vida y los relojes se hubieran detenido. Tanta era la modorra.  

El tren no había llegado. Eso quedaba claro. No sin ironía comentamos:  

—He aquí la mejor definición del movimiento continuo.  

El tren representaba la vida. Un tren donde unos van y otros vienen. Pero todo sin prisa.  

—Todos vamos en el mismo tren.  

En el choque de culturas, que al correr del tiempo se da, hay una mezcla de razas no una fusión.  

—El árbol cambia de hojas, no de raíces.  

Quizá comenzaba a entender ahora la respuesta a la pregunta formulada, sobre si esta gente era, o no, maya. Por más que nos parezcamos, y el cosmos sea la matriz universal de todos, cada quién sigue siendo hijo de su padre y de su madre.  

Viendo que el tren no llegaba, ni el de hoy ni el de ayer, echamos a andar vía adelante. Total, el tren no iba a pasar.  

Nos fuimos camino a la frontera, para llegar hasta Yucatán. Es un camino que debe hacerse sin reloj. La mejor compañía era el paisaje y los libros.  

—Somos invitados de honor.  

            Había caído la noche. Alta estaba la luna. Y el cielo, raso, limpio. Nos afloró el recuerdo y la música de “Luna de Xelajú”, y nos pusimos a tararear la incomparable y romántica “Luna de Xelajú”, de Paco Pérez:  

Luna gardenia de plata

que en mi serenata te vuelves canción,

tú que me viste cantando

me ves hoy llorando mi desilusión.


Calles bañadas de luna

que fueron la cuna de mi juventud,

vengo a cantarle a mi amada

la luna plateada de mi Xelajú.


Luna de Xelajú

que supiste alumbrar,

en mis noches de pena

por una morena de dulce mirar.


Luna de Xelajú

me diste inspiración,

la canción que hoy te canto

regada con llanto de mi corazón.


En mi vida no habrá

más cariño que tú

porque no eres ingrata

mi luna de plata, Luna de Xelajú.


Luna que me alumbró

en mis noches de amor,

hoy consuelas la pena

por una morena que me abandonó.

 

Al escuchar la hermosa melodía, alguien se aproximó a nosotros. Nos saludó cordial. Era Pierre Ivanoff. Excelente conocedor del país de los mayas, quiso acompañarnos en el viaje.  

No venía solo. Como en el más bello cuento de hadas, y saltando sobre las traviesas de la vía, nos seguía un número incontable de gente. Pero no era gente de carne y hueso, sino todos aquellos que viajaban en las páginas de los libros.  

Habíamos atravesado el país de un extremo al otro; del Pacífico al Atlántico. Llegando estábamos a las costas de Yucatán.  

Estaba amaneciendo. En el trópico amanece de golpe. Algo nos llamó la atención. Una goleta a la deriva y alguien estaba naufragando.  

—Creo que se trata de Jerónimo de Aguilar.  

Era una ocasión de oro para que nosotros, Embajadores de Sueños, le hiciéramos una entrevista. Nos acercamos a la costa. Llegamos a la playa. Vimos con sorpresa que nos salía al encuentro, adelantándosenos, Hernán Cortés.  

De repente, en un abrir y cerrar de ojos, los dos desaparecieron.  

Jerónimo de Aguilar era, o había sido, no estaba claro, fraile. Bueno, digamos que un fraile aventurero. Por más señas, experto en lenguas, traductor con doña Marina La Malinche, para Cortés.  

Los libros, eran todo nuestro equipaje de Embajadores de Sueños. Después de la larga caminata, también ellos descansaban ahora bajo el cielo intenso, luminoso y cálido, del trópico. A nuestro rededor no vimos ya a nadie más. Luego vimos, con sorpresa, cómo una ola desmayada sobre la playa arrojaba a nuestros pies una botella.  

—Las botellas son portadoras de mensajes.  

Efectivamente. Llevaba dentro un mensaje. Una escueta nota, enigmática. Decía:

—"El transiberiano, nunca arrancó; el mazateco, nunca llegó".  

Se refiere al tren. Es el mensaje de un náufrago. Está muy claro. ¿No acabamos de estar recientemente en Mazatenango, donde el tren de hoy, que tenía que ser el de ayer, no había llegado?  

—¿Dónde está el náufrago?  

El mensaje decía:  

—Hoy, víspera del primero de enero, del año de gracia del Señor de mil…  

La fecha quedaba algo borrosa. Pero logramos entenderla. Decía:  

—...de 1511.  

Aquel fraile aventurero, también era un buscador.  

Los libros nos hicieron un guiño y se echaron a reír.