Analfabeta y hereje: 19 años

Autor: Padre Juan Manuel del Río C.Ss.R. 

Correo: delriolerga@yahoo.es

 

 

Sólo las ideas permanecen en la base de datos de la memoria histórica de los libros. A veces, también en mi cabeza.  

Pero los libros no tenían ya amo. Como a perros callejeros del verano, los habían abandonado a su suerte por los caminos inverosímiles del internet. Entablé un diálogo de urgencia con las ideas. Ellas seguían siendo el reducto sacro de todas las libertades. La palabra libertad serenaba mi ánimo.  

—¿Dónde os habéis metido?

—¡Dónde quieres que estemos! Escondidas tras algún libro.  

Las ideas daban siempre la cara. Sabían afrontar con entereza y valentía todos los peligros.  

—Pues debíais salir más a menudo a que os dé el sol.  

Mi decepción no tenía límites cuando me veía a mí mismo, o veía a la gente, sin ideas. La política había secuestrado las ideas. Campaba a sus anchas una economía despiadada, neoliberal y neocapitalista. Los soñadores habían sido llevados al exilio. Yo protestaba. Salía a gritar mi protesta a las plazas, como un nuevo Diógenes. Pero las plazas estaban desiertas, vacías. Gritaba, y nadie me oía:  

—El mundo está en manos de los políticos. Debería estar en manos de los poetas. Ellos sí conservan aún algunas ideas.  

Estuve a punto de echarme a llorar. Por pundonor, no lo hice. Traté de consolarme a mí mismo. Recordé lo sucedido a Orígenes. Había sido capaz de vender su hermosa biblioteca de literatura no religiosa.  

—Mal hecho.

—Era una literatura carente de ideas. 

Él era un hombre dinámico y soñador. Lleno de ideas. Pensó que en la teología había más sitio para las ideas, que en los viejos libros que guardaba en los anaqueles de su biblioteca. Y, dicho y hecho, se dedicó al estudio de la teología, comenzando por la Biblia.  

Vio cómo martirizaban a su padre bajo la persecución de Septimio Severo. Quería cristianos cultos. Que no se dejaran matar tan fácilmente, que estuvieran dispuestos a defender sus ideas. Prefería el martirio de la palabra al de la sangre. Si caes, que sea porque el rival ha tenido argumentos más contundentes.  

—¡Hay que argumentar con la fuerza limpia de las ideas, no de la violencia!  

Así pensó, y pensó bien. Y a fin de que hubiera gente preparada, con ideas claras y precisas, abrió una escuela privada para la enseñanza de la filosofía cristiana. Sabía que sólo quien es capaz de defender sus ideas merece el honor de entregar su vida por otros y entrar en la Academia restringida de los soñadores.  

Las ideas aseveraban mi afirmación. Pero añadieron:  

—Los cristianos han sido los grandes soñadores de la Historia, y los soñadores suelen gente de ideas, pero no siempre estuvieron de nuestro lado.

—Lo sé.  

Orígenes había sido uno de los hombres más cultos de la antigüedad. Su cabeza estaba habitada por las ideas. Viajero infatigable, fue llenándose de experiencia y de cultura. Al terminar sus “comentarios a la Biblia” emprendió un viaje por Arabia, en el primer tercio del siglo tercero. Antes había estado en Roma. Más tarde, se fue a Alejandría, y de ahí marchó a Cesarea y a Jerusalén., donde encontró mucha oposición.  

Las ideas argumentaron:  

—No todas somos iguales. Entre nosotras hay a veces mucha disparidad de criterios y de razas. Cuando alguien se encuentra con ideas carentes de contenidos substantivos, es mejor abandonarlas.  

Es lo que hizo Orígenes. Por eso regresó a Alejandría, aunque enseguida partió hacia Antioquia.  

Fue allí donde se entrevistó con la madre del emperador. Viajó a Grecia, pasando por Palestina. En Palestina se ordenó de sacerdote. Pero esto disgustó enormemente al obispo Demetrio, quien organizó actos de protesta en Alejandría. Naturalmente, Orígenes no se quedó callado, y le respondió con una carta autobiográfica.  

—Estábamos con él, y él con nosotras. Las ideas que él defendía eran también de las nuestras.  

Cierto. Hombre de ideas, muchas veces tuvo que salir en defensa de sí mismo. Cuando no podía hacerlo oralmente, lo hacía por escrito. Y fue así como lo hizo cuando, por ejemplo, escribió al Papa Fabián y al emperador Felipe el Árabe.  

Terciaron las ideas:  

—Por cierto, Felipe el Árabe fue asesinado el año 242. Te repetimos, los violentos y los asesinos son gente que carece de ideas.  

Gran verdad, ésta que las ideas me expresaban. Y como las ideas, la cultura y el carácter no están reñidos con la fe, de ahí que muchas veces estuviera envuelto en polémicas.  

—Cuando hay polémica hay que fijarse si no estará baja la batería de las ideas.  

Pues, baja o no, lógicamente, su carácter fuerte y las polémicas subsiguientes, que ambos solían andar juntos, le acarrearon a veces la cárcel, y hasta la tortura.

Así iba dialogando con las ideas. La tarde avanzaba, y el aire arreciaba; de modo que, al libro abierto entre mis manos se le iban saltando las hojas. Hoja a hoja, página a página se abrían como si una mano invisible las fuera pasando. Temí que el viento se llevara también las ideas.  

—No te preocupes, estamos aquí.  

De pronto vi, no una, sino varias páginas en blanco.  

—¿También estáis aquí?

—Es el espacio libre, reservado para nosotras.  

El editor había tenido una buena idea: dejar páginas del libro en blanco para que el lector pudiera anotar sus propias ideas.  

El problema está cuando la gente tiene miedo a estampar sus propias ideas. Miedo a que lo puedan tachar de hereje, a que lo consideren de la oposición. En definitiva, a que lo lleven a la hoguera.  

La historia ha sido la gran pira donde han ardido libros, ideas y personas. Y donde se ha hipotecado la libertad de mucha gente.  

—¿Estás pensando en la Inquisición?

—Estoy pensando en la Inquisición.  

Ésta, había hipotecado la libertad de las gentes. Me entraban escalofríos con sólo recordar los atroces tormentos con que la Inquisición castigaba a los herejes, reales o imaginados.  

—Fue el atropello a las ideas y a la libertad.

Fue la fuerza bruta de la sinrazón.  

Verdaderamente, estaba enojado. Pregunté a las ideas:  

—¿Acaso libertad es sinónimo de pecado?  

Me respondieron:  

—La libertad de quien está en la verdad permanece en pie; como un árbol cuyas ramas son agitadas por el viento, pero el tronco no se mueve. Se podrá doblegar, incluso aniquilar, a las personas, jamás la libertad, y en consecuencia las ideas.  

Proverbial resultaba el caso de Galileo Galilei. ¿Cómo abdicar de la evidencia? Y su famosa frase. “Y, sin embargo, se mueve”.  

Aunque, como dicen, si la pronunció, nunca la pronunció en voz alta; lo hubieran quemado de inmediato en la hoguera, a mi mente acudió de inmediato otra idea.  

Me imaginé Europa, en una gran noche de san Juan. Las hogueras de la Inquisición crepitaban con fuerza. Los bosques ardían como piras de una extraña y macabra ceremonia cuyas llamas subían hasta el cielo iluminando de terror a humildes hombres y mujeres que huían despavoridos sin saber dónde esconderse.  

—Siempre fue peligroso expresar en voz alta el pensamiento. No hay cosa que más alarma cause que las ideas.

—Tengo más miedo a la ignorancia, sobre todo, si reside en quien gobierna.  

El problema estaba en que la Inquisición no sólo veía herejes por todas partes; también veía demonios. Y éstos, por lo general, adictos a la lujuria.  

La historia lo constata. Una de las últimas, si no la última hoguera que ardió en España, fue en 1781. Y, ¿a quién quemaron? A una pobre mujer, acusada de fornicar con el demonio. Absurdo. Y de risa, si no fuera por lo trágico. La acusaron de que quería conseguir que sus gallinas pusieran huevos con profecías escritas en la cáscara.  

Si entre los inquisidores hubiera habido algún humorista, aún estuviera muriéndose de la risa.  

Y es que, un pueblo que vive bajo el miedo está imposibilitado de progresar.  

La gente temblaba ante la posibilidad de ser acusados. De lo que fuera. Y de que les confiscaran sus bienes.  

Lo peor era que, a veces, ni siquiera se sabía quién era el acusador. ¿Cómo poder defenderse, entonces?  

La Inquisición fue suprimida, por fin, en 1834. Pero los muertos, muertos están. Cada ejecución era como si de un auto de fe se tratara, a cuya representación nadie faltaba. Al pueblo le van los espectáculos fuertes.  

Una de las ideas se apresuró a traer a mi mente uno de los casos más famosos en los que había actuado la Inquisición: el del arzobispo Carranza, primado que fue de España; el más ilustre hijo de Miranda de Arga.  

Nacido en 1503, fue uno de los hombres de más confianza de Carlos V y de Felipe II. Carlos V lo nombró teólogo imperial para participar en el Concilio de Trento, donde fue figura clave.  

En 1558 fue nombrado arzobispo de Toledo. A pesar de ser hombre tan importante y de tanta categoría, fue a parar a la Inquisición. ¿Razón? Lo acusaron de herejía. Es el recurso fácil y universal. La herejía consiste a veces, simplemente, en tener opinión distinta del que manda.  

El proceso fue largo. Hasta que el ilustre mirandés, inteligente y preclaro, recusó al Inquisidor General; y de acusado pasó a ser acusador del juez que debía juzgarle. Tiene gracia la cosa, sobre todo, por lo insólito del caso. Rodeado de prestigiosos abogados, comandados por Martín de Azpilicueta, evitó la sentencia de culpabilidad. Aunque mucho tuvo que ver también Pío V. El Papa pasó la causa a Roma.  

—Y asunto concluido.

—No. Porque al morir Pío V, su sucesor Gregorio XIII fue quien quiso concluir el proceso. Pero se encontró con la presión de todos los enemigos de Carranza.

—¿Qué hizo el Papa?

—Dar una sentencia que no dejó contento a nadie. Sin acusarlo de hereje, sí lo calificaba de sospechoso de herejía, exigiéndole retractarse de lo que sólo eran sospechas.

—¡Vaya por Dios!

—Mientras tanto, le marcaba cinco años sabáticos antes de volver a ocupar su sede arzobispal de Toledo; cosa que no llegó a suceder porque murió antes.  

Extraña sentencia. Si sólo era sospechoso, ¿cómo es que el Papa lo castiga? No debía estar el Papa muy tranquilo porque, en reparación por tan extraña sentencia, colocó sobre su tumba el siguiente epitafio:  

“Bartolomé Carranza, navarro, dominico, Arzobispo de Toledo, Primado de las Españas, varón ilustre por su linaje, por su vida, por su doctrina, por su predicación y por sus limosnas; de ánimo modesto en los acontecimientos prósperos y ecuánime en los adversos”.  

          Todo había comenzado años atrás. Siete de ellos los pasó en las mazmorras de Valladolid, por una acusación estúpida. Le preguntaron si había leído a Lucero.  

—Naturalmente. Si he de controlar a sus seguidores, tengo que leerlo.  

Así argumentó. Y la respuesta, ad hominem, fue:  

—“Si lo ha leído, algo le habrá quedado”.  

Las páginas del libro que no estaban en blanco, decían también que los archivos de la Inquisición estaban llenos de casos lamentables y horribles no sólo en España; también en Alemania, Inglaterra, Escocia, etc.  

Me imaginé a Europa como una enorme noche de San Juan, donde las hogueras no se apagan.  

          De pronto, me veía saltando entre las hogueras. Todo era divertido y dramático a la vez. De pronto alguien gritó:  

    —¡Fuego! ¡Fuego!  

          Normal que hubiera fuego. Era noche de San Juan. Sin embargo, algo extraño ocurría. Por todas partes había fuego, mucho fuego. Y los chorros de agua a presión no podían sofocarlo.  Francia estaba invadida de ingleses. Recordaba perfectamente la fecha: 30 de mayo de 1431. El país se había paralizado. Las miradas de todos los ciudadanos convergían en una sola y única dirección: la hoguera donde Juana de Arco ardía en ofrenda de juventud y santidad. La ficha que con aviesos sentimientos habían puesto al pie de la gran pira decía: “19 años, analfabeta, hereje, apóstata”.  

          No pude contenerme y grité:  

    —¡Y santa!  

          Tuve la impresión de que todo el mundo se me venía encima. Porque, de repente, apareció una nube de fotógrafos que casi me arrojan a la pira de la ejecución. Las cámaras heréticas de la Inquisición y la televisión transmitían en directo al mundo entero la ejecución.  

          Una cerrada ovación sonó atronadora cuando, según se iban apagando las llamas de la hoguera, el alma de Juana de Arco comenzó a subir, limpia y majestuosa, a los cielos.  

          Fue el final. La apoteosis final. Lentamente se fue apagando la televisión. Sobre mi libro acababa de caer la noche.