El Illimani es vertical
Autor: Padre Juan Manuel del Río C.Ss.R.
Correo: delriolerga@yahoo.es
El Illimani, como los Andes, es vertical. Aproveché que los indígenas hacían la ruta anual de la sal, con su caravana de llamas, para unirme a ellos. Las llamas, estos camélidos, tan familiares, resultan imprescindibles en ciertas latitudes del planeta, como por ejemplo los Andes. Son la gran solución para el transporte.
La caravana se ha detenido. Hay que reparar fuerzas. Los indígenas, pastores de sus rebaños y de la soledad que les rodea, han ofrecido, en primer lugar, un poco de alcohol a los Achachilas, o divinidades de la montaña. Los Andes están llenos de vida. Luego, con la hospitalidad que les caracteriza, me han dado un mate de coca. Es delicioso, sobre todo en estas alturas, donde el sol, en el día, no calienta sino que quema el rostro; y en la noche, la luna llena, con su luz limpia, traslúcida, de fría plata, es reina soberana.
—Gracias, está delicioso.
La respiración se vuelve fatigosa. El paisaje andino es sobrecogedor, divinizante. Un panteón, en suma, de todas las divinidades.
Los indígenas, cansados de la dura caminata, duermen ya. Yo, en cambio, embriagado como estoy del sobrecogedor y fascinante paisaje, no puedo dormir. Los Andes sobrecogen. Me los imagino como el panteón de todas las divinidades, que aunque pueda parecer lo contrario, no aplasta sino que nos crece desde nuestra raíz de hombres, hasta hacernos verticales. Los Andes son verticales, gigantes puestos en pie. Me he dicho a mí mismo:
—Los Andes son verticales.
Contemplo el dormir frágil de los indígenas arropados por la Pachamama, la gran diosa-madre-tierra.
—¿Te das cuenta de que en esta cósmica soledad del planeta la soledad no es soledad?
El silencio de los Andes sobrecoge. Se escucha el silencio. Es un silencio transparente. Y la nieve, refractada por el sol, la cara risueña y alegre, de la montaña.
—Aquí todo trasciende a la altura.
Esta gente es soñadora. El indígena es soñador, de muchas lunas. De eternidades trasvasadas al tiempo. Raza sublime y eterna. Gente morena de sol, curtida por el frío.
Los indígenas no viajan sólo geográficamente. Viajan, sobre todo, existencialmente. Su pensamiento vuela, hasta saltar los días y el tiempo. Y todo, sin dejar de estar anclados en sus raíces ancestrales.
—Nacieron antes de la civilización griega o romana.
Por lo mismo, han acumulado en calendarios de piedra, tras muchas noches de luna llena, todos los senderos que los astros recorren por el firmamento. Trascienden el tiempo.
Ellos, como yo, están anclados en el hualupacha, es decir, viajan del presente al pasado, y del pasado al presente; al encuentro cotidiano de sus antepasados, omnipresentes en el universo cosmográfico, onírico y vertical, de los espíritus y las divinidades que son, y guardan, sus raíces.
—Ellos también claman a la memoria imperecedera de todos los recuerdos.
Los recuerdos viajan con ellos, eternizados en el mundo onírico de sus símbolos, ritos y costumbres.
Los Andes son un libro grande, descomunal, que guarda celosamente la magia de atávicos secretos.
En medio de esta épica e inabarcable grandeza me siento un indígena más, que pastorea las llamas que recorren incansables los Andes. Todos, hombres y llamas, van arropados por la Pacha-Mama, los Apus y los Achachilas.
Los Apus y los Achachilas. Son divinidades protectoras para el viaje inmediato, temporal y presente, por motivo de la sal. Pero está además el otro; más largo, sin retorno. Pero igualmente, siempre presente. De tal manera, que no se llega a saber quién tira de quién; si el presente del pasado, o el pasado del presente. Tan unidos están. Pienso que es el pasado el que tira más del presente, para anclarse en un estado nuevo, inédito, original. En espiral, me lo imagino. Para ello, todas las divinidades entran en juego. Es el viaje a la entraña misma del cosmos, del tiempo y de los antepasados.
—Los antepasados se esconden en la montaña.
La montaña. Enhiesta, de cósmica grandeza. Mientras el grupo de indígenas hace su ofrenda nocturna, el Chika-aruna, que entiendo como oración de la noche, que da gracias e implora benevolencia en el largo viaje, yo me quedo viendo, en la fría y hermosa noche, la danza de luz y nieve que forman los picos góticos de los Andes al paso de algunas nubes. Hay luna llena.
—El Illimani, es vertical.
El Illimani es majestuoso, sobrecogedor. Es el guardián, pasado y presente, de una raza perdida en el tiempo. El Illimani es como una divinidad, terrible y protectora a la vez. Volcán gigante que se ve desde todas partes. Se ha puesto a jugar con la luna llena que va emergiendo, naranja, desde sus entrañas.
—El Illimani es un dios vertical.
Todo está en silencio. Pero un silencio que tiene vida, como la tierra que se remueve y hace brotar la hierba. También los indígenas guardan silencio.
El silencio de los Andes es religioso, profundamente religioso. Silencio que comulga con los dioses de los antepasados. Es un silencio que hermana. Aunque las divinidades de los Andes resultan a veces terribles. Son exigentes. Los indígenas se han hermanado por siglos con la exigencia y el dolor de la sangre de los sacrificios, hasta hacer de ellos una raza resignada y conformista. Su religiosidad es una religiosidad sumisa.
—¿Podrán escapar un día del conformismo y la resignación?
Los veo; tumbados sobre sus petates, duermen. En su boca queda el sabor de las hojas de coca, que continuamente mascan. Y en su corazón siguen guardando la más ancestral y sumisa religiosidad. Pero en esto, son de admirar y me admiran.
Extraña raza, entrañable raza. El indígena se hace querer, por su sumisión, religiosidad y humildad. Religiosidad, por lo demás, que conlleva una especie de esclavitud, de la que no les es fácil caer en la cuenta. La fuerza inveterada del tiempo y las costumbres les ha convertido en una raza acostumbrada.
Mientras los Achachilas guardan su sueño, yo velo. Siento que amo a esta raza. Igual que ellos aman su tierra y sus costumbres. Me digo:
—Son como son, sin poder dejar de serlo.
Están anclados tan firmemente en sus raíces, como el Illimani lo está señoreando y protegiendo los Andes. Imposible moverlo de su sitio.
—El Illimani es vertical.
Lo es. Pero yo, adentrado en el panteón de los dioses, y sin doblar la rodilla, sino puesto en pie, alzo mi voz y protesto. Protesto contra todas las divinidades esclavizantes; de hoy, de ayer, y de siempre.
Los indígenas acaban de despertar y comienzan a preparar las cosas para reemprender la marcha. Pronto va a amanecer.
El Illimani también se despereza. Una leve neblina cubre la enhiesta montaña. La niebla es como una caricia protectora.
El alegre, aunque monótono, tintineo de las campanillas de las llamas nos acompañará a lo largo de la jornada.
Al echar a andar, he visto a un cóndor majestuoso mecerse en los columpios del viento.
El suave golpear de los pies descalzos de los indígenas sobre el camino ponen ritmo al nuevo día que se abre como un salmo de alabanza. La Pacha-Mama bendice a sus hijos.