Y Don Quijote lloró
Autor: Padre Juan Manuel del Río C.Ss.R.
Correo: delriolerga@yahoo.es
El autobús recorría cansino los pueblos de La Mancha. Me entró sueño. Cerré el libro que iba leyendo y me dormí, acunado por el ronroneo del motor. Y soñé.
Soñé que estábamos en plena recolección de la uva. Tiempo afanoso y alegre de la vendimia en las anchas tierras de La Mancha. Veía, con frecuencia, a Don Quijote pasear por el camino cercano a nuestra viña. Solía caminar mirando a lo lejos, como abstraído, hasta donde la inconmensurable llanura manchega se perdía en el horizonte. Varias veces había hablado con él en el pueblo. Hombre siempre correcto, afable, soñador. No faltaba quién dijera que andaba un tanto “grillao”. A mí no me lo parecía. Por el contrario, me parecía el hombre más cuerdo y sensato del pueblo. Intencionadamente, me hice el encontradizo. Le saludé.
—¿Qué pensamientos son esos que lleva hoy en su mente, señor Don Quijote?
—Iba pensando en la libertad. Es un tema que me apasiona.
Normal. Su mente era un tanto filosófica. Y el tema de la libertad era una de sus manías. Aún se comentaba el lío que armó cuando se empeñó en dar libertad a unos presos condenados a galeras.
También solía quejarse de la inmediatez con que se vive hoy. Decía:
—Hay gente que no se plantea a nivel personal los porqués que la vida misma nos presenta. Viven de lo inmediato, no son soñadores. En consecuencia, no son libres.
—Señor Don Quijote, ¿qué es la libertad?
—¿La libertad? ¡Ay, hijo! Las cosas más sublimes carecen de definición. Las cosas más sublimes se entienden en la medida en que se viven o se experimentan.
—¿Por ejemplo?
—Por ejemplo: Dios, la Vida, el Amor…
—Pero el suyo, señor Don Quijote, es un amor platónico.
—Te equivocas. Pero dejemos eso.
Alzó los ojos, mirando a la lejanía. Acarició el libro que llevaba en las manos. Era como aproximar a su presencia y acariciar con espiritual ternura a su Dulcinea del alma. Suspiró. Luego se volvió hacia mí.
—La libertad... Te lo explicaré descriptivamente. Las cosas, por lo general, pueden enfocarse o apreciarse desde diversos ángulos. Has preguntado por la libertad, qué es. Te diré: la libertad no es en sí misma. Tú la haces ser.
—Entonces, ¿no existe?
—Existen las personas. Con independencia de las cosas en sí, a las que ponemos nombres, como Dios, vida, libertad, amor, etc., si tú no te implicas en ellas quedarás al margen de todo. Al margen de la realidad.
Me extrañó que hablara de la realidad, él, tan soñador. Debió intuir mi pensamiento, porque añadió:
—La libertad es patrimonio de la gente soñadora.
Nada tuve que objetarle. Me acercó el libro que llevaba en sus manos. Estaba encuadernado en piel.
—Hermosa edición. ¿De qué trata?
—Es un libro de caballería. Los caballeros que recorren el mundo, y que se conoce por Caballeros andantes, de los que, por desgracia, ya vamos quedando pocos, son los auténticos pioneros de la libertad. Son los verdaderos soñadores.
Don Quijote bajó ligeramente la cabeza en señal de humildad, nada afectada. Luego, la alzó de nuevo, con gesto hidalgo. Continuó:
—Los Caballeros andantes son una de las metáforas más brillantes de la libertad.
Don Quijote jugaba con las metáforas como yo podía jugar con los granos de uva que andaba vendimiando. Y es que, a todo le echaba imaginación.
Le ofrecí un racimo de uvas, que agradeció. Nos despedimos y se marchó para continuar con su habitual ocupación de pasearse por La Mancha, pastoreando en sus sueños ovejas, gañanes y Dulcineas. Todo en pos del ideal que se había marcado, como un "sueño imposible", y que le hacía pasar por loco. Para mí seguiría siendo el único cuerdo fiable.
No cabe duda, pensé, que los soñadores han hecho avanzar la historia a pasos agigantados. Por eso, La Mancha se había transformado en un inmenso campus universitario. Pero hoy los soñadores se han ido, y han sido sustituidos por los economistas y los americanos.
Me pareció entreoír que alguien hablaba con el conductor. ¿O sería que Don Quijote suspiraba hondamente? Pero, de pronto, La Mancha había desaparecido. Don Quijote tampoco estaba. El conductor del autobús respondía a alguien:
—Si no te dejas posesionar por la libertad nunca la entenderás.
¿Qué pasaba con la libertad? Los conceptos rebotaban en mi mente como las aspas de los molinos manchegos en las espaldas de Quijano el Bueno.
—Es un signo de libertad ver las cosas con diáfana claridad. Sólo así se pueden relativizar.
—En la vida todo es relativo.
La gente subía y bajaba del autobús, pero yo seguía dormido. Y el sueño se me estaba convirtiendo en pesadilla.
—Todo es relativo. Los absolutos esclavizan.
—Pues Dios es absoluto.
—Te equivocas. También Dios es relativo. Se relativiza a sí mismo en favor de sus criaturas. Lo verdaderamente absoluto que hay en Dios es el Amor.
Me afloraban recuerdos antiguos.
—Sí, lo aprendí en la catequesis.
El cura explicaba:
—El Amor es todo lo contrario del egoísmo. Por eso mismo, Dios es capaz de relativizarse. Dios es el único que es capaz de amar de verdad. Y la libertad consiste en amar. El amor es lo único que no esclaviza.
Aquí tenía una versión diferente de la misma realidad. Pero seguramente que mi teoría de la libertad aprendida de niño en el catecismo no se diferenciaba mucho de aquella de Don Quijote.
Me desperté cerca ya de Madrid. En el entorno, veía casas. Eran todavía las afueras. Atrás habían quedado las ubérrimas viñas manchegas. Con notable volumen de voz, dos paisanos discutían de fútbol. Ahora, al fútbol lo llamaban el juego de las estrellas; impropia metáfora que seguramente no compartían las verdaderas estrellas, confinadas a ser pasivas espectadoras desde el firmamento.
El fútbol, alegría fácil de ricos y pobres; universal democracia de la artesanía de la más transitoria fraternidad; con fecha de caducidad apenas terminaba el partido. ¿Qué pensaría Don Quijote del fútbol? Me lo imaginé:
—Que es una metáfora imperfecta de la unidad que debería lograrse por otros cauces.
—Es que, el mundo está unido por un balón.
—Eso no sirve. Ojalá que el fútbol consiguiera lo que ni los políticos, ni la ONU, son capaces de hacer: lograr que el entendimiento, la unión y paz entre los pueblos, fuera una realidad. Pero el mundo no está unido por un balón.
Por mi mente desfilaron derbis; “partidos del siglo”, de esos que cada semana hay varios. Finales de Liga, y de Copa. La misma liturgia, repetida hasta la saciedad.
Habíamos llegado a Madrid. Mientras el taxi avanzaba con lentitud por la Castellana, no pude evitar que mi pensamiento aterrizara en la Cibeles, la fuente programática y obligada de la mitológica diosa.
Un mar de gente convergía en el Carro de la Diosa, estratégicamente estacionada en el corazón de Madrid. A la Cibeles le crecían por momentos los hijos; millones de hijos. Era el parto de la historia, no por repetido menos importante.
—Este el Madrid pasará a la historia.
—Una ciudad con mucha historia, feudo multisecular de reyes.
—No me refiero a la ciudad, sino al equipo.
Eso comentaban en el autobús aquellos aficionados al fútbol. Se cumplían cien años, explicaban, del Real Madrid. Suficientes para convertir a Madrid en una ciudad para la historia. Si don Quijote levantara la cabeza... Pero después de cuatrocientos años...
—Cuatrocientos no son nada.
—En ese caso, te garantizo señor Don Quijote que en los libros futuros de historia habrá cambios sustanciales. No será el Madrid de los Austrias, sino el Madrid del Real Madrid.
—Por mí, “lo imposible soñar...”.
Así me pareció que decía el bueno de Don Quijote. El griterío iba en aumento. Una avalancha de gente convergía en La Castellana al grito sagrado de guerra:
—¡¡¡Hala, Madrid…!!! ¡¡¡Hala Madrid…!!!
El tiempo se detenía. La gente, olvidada de sí misma, olvidaba también sus problemas, sus penas, y su soledad. Aunque fuera sólo por unas horas.
—Un triunfo deslumbrante, señor Don Quijote.
—¡Vah! No han pasado del empate. Te aseguro que en Tirteafuera o en el Toboso juegan con más brío.
Al manchego hidalgo no le faltaban tablas. Exclamó:
—¡Oh, tiempos idos! ¡Aquellos, los míos, sí que eran tiempos de soñadores, de místicos, poetas y gañanes. Este, en cambio, yace derrumbado sobre la aridez de las ideas!
—Señor Don Quijote: podríamos decir, parafraseándole a usted: ¡Con el fútbol hemos topado, amigo Sancho!
Tuve la impresión de que el universal manchego estaba a punto de embrazar de nuevo la lanza, para salir raudo a la conquista de las ideas.
No es de extrañar. Él se había batido el cobre platónicamente por Dulcineas que, por lo que la gente comentaba, no lo eran tanto; sino de carne y hueso. Manchegas de buen ver. Pero sus sueños imposibles eran la esencia misma del amor. En consecuencia, no podía estar de acuerdo con la cultura de la masificación.
En ese mismo momento, Don Quijote, puesto en pie, empuñó la adarga y protestó. Lo hizo con energía. Sintió que la historia era un atropello a la inteligencia. Y protestó con rotundidad.
Levantado él, también La Mancha se puso en pie. Y en gesto solidario de épica grandeza rompió en una atronadora ovación al más ilustre de sus paisanos.
En el Parlamento, Bono sonreía desde su escaño de ministro.
Pero como “hasta el rabo todo es toro” según dice el refrán, como si de un toro mal apuntillado sobre la arena del redondel se tratara, de pronto hubo un momento de confusión. A la velocidad que su copiosa humanidad le permitía, vimos al bueno de Sancho salir del estadio a toda prisa. Su equipo perdía. La tangana fue general en la cancha y en los graderíos. Y mientras a él lo manteaban, al vaivén de la ola, alguna chispa de las bengalas que lanzaban los hinchas de ambos fondos, saltó del estadio y prendió. En la Castellana, la gente gritaba:
—¡Fuego! ¡Fuego!
También yo, alarmado, grité:
—¡Señor Don Quijote! ¡Que la biblioteca se quema! ¡Los libros han comenzado a arder!
—¡Deja! ¡No te preocupes! ¡Mis sueños no se queman, están a buen resguardo!
Al otro lado del Atlántico, otro mundo emergía, al crepitar del fuego. Octavio Paz, acababa de encender “La llama doble" en lo más alto del Popocatépetl y del Iztaccíhuatl.
Don Quijote se retorcía de rabia y de sentimiento. Vi que de sus ojos soñadores brotó una lágrima silenciosa. También yo me emocioné al ver llorar a Don Quijote. Mientras, con dignidad y elegancia, se levantó. Y cansado y hastiado, se retiró, en silencio, a su solariega casa manchega. Los vendimiadores cantaban alegres una canción. “Sembrador, sembrador”.