Pastor de sueños

Autor: Padre Juan Manuel del Río C.Ss.R. 

Correo: delriolerga@yahoo.es

 

 

Había pasado parte de su niñez, casi toda su juventud y el resto de su vida al completo, como pastor de Sueños. Pastoreaba el rebaño de sus Sueños junto al Acantilado. Les hablo, naturalmente, de mi abuelo.

Un poco escorado a la izquierda, por aquello, decía, de que ahí está el corazón, había archivado en sus sentimientos las alegrías de la gente libre y el dolor que todas las guerras, habidas y por haber, producen. En cuestión de guerras y batallas, nunca estuvo a favor de uno u otro bando. Cuestión de principios, decía. Y añadía:

—En la guerra nadie tiene razón; aunque unos son más culpables que otros.
—¿Quiénes?
—Quienes la inician.

Lo dicho, cuestión de principios. Pero al Abuelo le dolía en el alma ver el dolor de tanta gente inocente, humillada, explotada, vilipendiada, masacrada… Por eso había recorrido, sin más salvoconducto que sus libros, todas las guerras antiguas y modernas. 

Había estado en la batalla de las Termópilas cuando las guerras Médicas. Y en la del Peloponeso, por citar alguna. 

—Guerras fratricidas. Todas son fratricidas.

Contaba que dorios y egeos, jonios y atenienses -antes y después-, unos por tierra, por mar los otros, todos se habían atacado. Espartanos y corintios, y al revés, todos habían dado y recibido mandobles generosamente. Naturalmente, nadie salió bien parado. Ni tan siquiera los atenienses, que por controlar el mar Egeo creían controlarlo todo. Nadie. Las costas, dentro y fuera de ellas, es decir, por tierra y por mar, eran campo habitual de guerra. Y si no había guerra, la inventaban; tanto tirios como troyanos. Era su pensamiento. Y añadía:

—Y no creas que las cosas han cambiado mucho con respecto a la actualidad.

Corinto quería unirse a Esparta para luchar contra Atenas. Los tebanos, que eran de la oposición, seguía diciendo el Abuelo, a punto estuvieron de disolver la Confederación de Delos. Cuestión de cabezonadas, matizaba. Y añadió:

—Y a Fidias, el escultor, lo metieron en “chirona” por el timo aquel. 
—¿Cuál, el de la estampita?
—No, hijo; peor. Construyó la estatua de Atenea con una aleación de oro más baja de lo estipulado. El resto se lo quedó.
—Bonita manera de enriquecerse pronto.
—Un pillo. Aunque en esto, los tiempos tampoco han cambiado mucho, que digamos. Pero sigamos. 

Y el Abuelo, pastor de Sueños desde su infancia, opuesto siempre a la guerra, contaba que se apuntaba a todas las manifestaciones públicas. Solía decir:

—Para cualquier huelga que se convoque, avisadme; excepto si es de hambre.

El Abuelo era de buen yantar. Decíamos que había estado en todas las guerras. Aunque enseguida agregaba:

—Pero no participé en ninguna. Ya sabes, hijo, a mí las guerras no me van.

Menos mal. Ni las jónicas, ni las macabeas, pongamos por caso. Ni las de antes ni las de después de Maratón, Las Termópilas, o Salamina. Ninguna guerra le iba. Cuestión de principios, era su estribillo. 

De haber tenido oportunidad, y en el supuesto, pongamos, que un día se hubieran encontrado Napoleón Bonaparte y él, seguro que el corso hubiera depuesto las armas. El Abuelo tenía argumentos suficientes para estar siempre en contra de la guerra y persuadir a todos los artificieros de la misma. 

En cambio, no estaba tan demostrado su poder de convencimiento. Hay que perdonarle: era poeta. Y ya se sabe, el pajarillo muere cantando en la enramada, por los disparos del vil cazador. En la enramada de los poetas, precisamente, andaba cantando cuando le sorprendió la guerra civil de Estados Unidos. Y la primera mundial; y la segunda... Solía quejarse:

—Que el mundo está muy revuelto, hijo. Y lo estará más.

Participó también en la guerra de Vietnam; y la del Golfo; y la de Afganistán. En la de Irak no, porque andaba en la oposición. Eso, también era cuestión de principios.

No sucumbió en los repetidos y constantes ataques entre palestinos y judíos, y al revés, por pura casualidad. Su queja era fundada.

—Las guerras no han hecho sino llevar gente inocente al infierno del sufrimiento más atroz y antihumano.

Qué razón tenía. Por lo demás, singularizaba cada guerra. Cierto día, mientras desplegaba el infernal mapa de las guerras, habidas y por haber, aproveché para preguntarle:

—Abuelo, ¿dónde está el infierno?
—¿No lo estás viendo? ¿No ves todos los días los telediarios? ¿Tantos niños inocentes destrozados por los omnipresentes Herodes de turno? 

Se encendía, cuando tocaba este tema. Me imaginaba ver, detrás de cada niño inocente, un asesino apuntando y dispuesto a disparar. 

—¿Te parece poco infierno? Hijo, cada guerra es una maldición.

El instinto thanático es el peor virus informático que ha podido invadir la mente del ser humano. Muchas veces me lo repitió, y yo estaba de acuerdo totalmente con él. Y no olvidaba apostillar:

—Eso sí, las guerras son un gran negocio. Esta es la razón verdadera por la que las guerras no acabarán hasta el día después del juicio universal.

En su papel de Embajador de Sueños había recorrido, en su juventud, la Siberia, para alertar a los bolcheviques de que la revolución estaba llamada al fracaso. No le hicieron caso y, para colmo, casi se muere de frío. 

Cuando lo más duro del invierno había ya pasado, me dice:

—Ahora que ha llegado el buen tiempo, vámonos a lugares más tranquilos.

Fue así cómo un día, dejando en orden el Acantilado de sus Sueños, puso rumbo a la actual Turquía, país de extraordinaria belleza. El Asia Menor, de los antiguos. Cuna de importantes civilizaciones; de hombres ilustres, que tanta influencia tuvieron en la cultura griega, como Tales de Mileto, Anaximandro y Anaxímenes. Cómo no recordar a Heráclito de Éfeso, a Lupecio, Demócrito, Protágoras y Pitágoras; a Homero, Hipócrates, Herodoto, y tantos otros. 

Ilustrado, como era, el Abuelo añadía:

—Y lugar donde transcurrió la infancia y gran parte, podríamos decir, de la juventud de la Iglesia. 

Efectivamente. Allí nació Saulo de Tarso, el impulsor más grande del cristianismo. Y muchos de los llamados santos Padres. Allí se celebraron los grandes y más importantes Concilios. Y se promulgaron dogmas. Y hubo herejías y contra herejías. 

Turquía es lugar donde cada piedra guarda un trozo grande de historia que rejuvenece la vida actual con redoblada vitalidad. Cómo no recordar Pérgamo, su biblioteca y sus pergaminos. Y su Asklepion. La Tracia europea, y la Anatolia asiática, hoy formando parte del actual mapa turco. Es decir, Asia y Europa, unidas por el mar del Mármol, o Mármara, y el estrecho del Bósforo. 

—Sí, hijo, sí. La Turquía actual, rodeada de mares: Negro, Mediterráneo, Mármara y Egeo, es de belleza cautivadora, 

El Abuelo se entusiasmaba al describir sus andanzas. Que por algo era también poeta. Como un turista enterado, no perdía detalle; pero sus ojos soñadores alcanzaban mucho más. Decía:

—A Turquía hay que ir con la blusa desabrochada, para que nos dé de lleno el aire fresco de la historia y de la sabiduría. 

A lo que yo le respondía:

—Y llevar los ojos bien abiertos, para que quepa, si no todo, parte de su paisaje y belleza.

Por él supe que en la ciudad que los hititas llamaron Adaniya; la misma que, según la leyenda, fundaron Sarus y Adanus, hijos del dios Uranus, la actual Adana, que, tras pertenecer a los imperios Bizantino y Selyúcida, fue incorporada al Imperio Otomano en el siglo XVI. Añadió:

—Como ves, Adana está enclavada en la fértil llanura de Cilicia, en la región de Çukorova. Daremos una vuelta, primero por la ciudad; luego visitaremos la Colina Negra. Te encantará. 

Y así fue. Esta resultó ser un auténtico y hermoso museo de ruinas al aire libre.

—Esos preciosos relieves que, como ves, adornan la puerta de la ciudad, datan del siglo XVIII a.C. Se construyó como fortaleza, por parte de los hititas.
—¿Y ha podido conservarse durante tanto tiempo?
—En realidad, todo esto fue descubierto por Bossert en 1946; luego, los arqueólogos turcos se encargaron de ir sacando a la luz tanta belleza.

Era verdad; cada piedra en la que tropezábamos o tocábamos, nos iba entregando, a manos llenas, trozos de vida guardados por el tiempo y el respeto que esta gente culta tiene a los valores incalculables de la antigüedad. Yo estaba maravillado.

—Pero has de ver más. En este país, estamos pisando tierra que es sagrada y tan antigua, que los asentamientos humanos se remontan al Paleolítico superior: 20.000 años antes de Cristo.
—¿Tanto?
—Lo podrás comprobar en la región de Antalya, por ejemplo.

Mientras el Abuelo, con su palabra fácil y sus conocimientos precisos, me iba instruyendo, yo me llenaba los ojos de jeroglíficos, de paisajes, y de piedras que guardaban vivo el recuerdo, el paso, o el asentamiento, de muchas civilizaciones. 

Resultó indescriptible contemplar, en la Anatolia central, el embrujo de la Capadocia, por su extraña y original formación geológica. Y su silencio.

—Abuelo, esto es lo más bello que mis ojos han visto. ¿A qué se debe esta singular y caprichosa formación geológica que tanta belleza imprime? 
—Fíjate al fondo, en los volcanes: aquél, el Ercydes, con sus 3.917 metros de altitud; aquel otro, el Hasán, de más de tres mil doscientos. De allí procede la toba arrastrada. La lluvia, la nieve, y el viento completan la erosión hasta convertir el paisaje en un paisaje de hadas.

Efectivamente, estos montículos parecen hadas. Paisaje de ensueño, de belleza y aridez, de silencio y colorido, por donde pasaron hititas, frigios, medos, persas, griegos, romanos y bizantinos. 

—Abuelo, y tú, y yo. 
—Hijo, todos han pasado por aquí y dejado su impronta. 

Contaba el Abuelo cómo a la muerte de Alejandro Magno, la Capadocia pasó a manos de los romanos. 

Puente natural entre Asia y Europa, cruce de razas y de caminos comerciales, aquí vivieron y desde aquí impartieron la doctrina cristiana los tres famosos padres Capadocios. Me adelanté:

—San Basilio, san Gregorio de Nisa, y san Gregorio Nacianceno.
—Eso es; sin embargo, ya ves, del cristianismo ya sólo queda, prácticamente, la arqueología; ésta sí abunda. El islam lo invadió todo.

Cierto. Las luchas iconoclastas, primero; el islam después, habían hecho mella. El Abuelo puntualizó:

—Sin embargo, el cristianismo tuvo aquí su mayor fuerza y esplendor entre los siglos II y XII, a pesar de las invasiones islámicas.

Testigo fehaciente de lo que el Abuelo acababa de decir y de un pasado glorioso y de esplendor, eran las iglesias, algunas minúsculas, otras más grandes, horadadas en la roca, y bellamente decoradas. A veces llevan el nombre del propietario del lugar donde se ubican. En el Valle del Göreme es una delicia admirar, por ejemplo, la Elmali Kilise, o iglesia de la Manzana; la Karanlik Kilise, o iglesia oscura; la Tokali Kilise, o iglesia de la Hebilla. Y tantas, y tantas otras que, además de deleitar la vista con sus magníficas decoraciones, deleitan sobre todo el alma.

En el Valle del Zelve, nos deleitamos con sus conos de piedra toba, su silencio majestuoso, sus casas de las hadas. Porque, efectivamente, parecen hadas. 

Era como entrar por la vía misma de la naturaleza en el monacato, tan floreciente que fue. En muchos de los conos aún se conservan perfectamente algunos lauros monacales.

—Abuelo, aquí todo invita a la comunicación con Dios.
—El silencio es un regalo de Dios; vale tanto como la palabra. No todos son capaces de descubrirlo.

El silencio vale tanto como la palabra… Me quedé pensativo y traté de sacar partido a tan hermosa aseveración. Dada mi afición a buscar el qué y el porqué de las cosas, a punto estuve de preguntarle qué era el silencio. No hizo falta. La sintonía entre el silencio del valle y los sentidos era perfecta. Ahí tuve la respuesta. Cuestión de sintonía. Cambié el giro de la conversación.

—Abuelo, ¿los monjes y eremitas, sintonizaban con la gente?
—Por supuesto. Pero había sus diferencias de criterio. Por ejemplo: san Basilio decía que para llevar la gente a Dios había que estar en medio de la gente. Y, haciendo honor a su nombre, dispuso basileias por todas partes, una especie de servicio social a los necesitados. Otros pensaban que desde la soledad y la oración estaban sirviendo al pueblo. Ya ves, apreciaciones distintas.

En Uçhisar, lo primero que hicimos fue subir a la fortaleza. La panorámica que se ofrece desde la cumbre es única, indescriptible, lunar. Hacia cualquier parte que uno dirija la mirada se encuentran las chimeneas de las hadas. La erosión ha convertido el paisaje en único, irrepetible, y hasta sobrecogedor. Notoria resulta la presencia de iglesias bizantinas, como en Cavusín. O la gente dedicada a la alfarería, como en Avanos. 

Mención aparte merecen las ciudades subterráneas, como la de Derinkuyu, con capacidad para diez mil personas; o la de Kaymakli, ciudad de diez pisos.

—Abuelo, de no haberlo visto no lo hubiera creído.
—Pues dicen que hay cerca de doscientas ciudades subterráneas.
—Desde luego, representan una riqueza cultural impresionante.
—Ya ves, lo que son las cosas. Nosotros las admiramos como simples curiosos. Ellos las habitaron como refugio en los momentos de incursión del enemigo. Desde sus casas podían desplazarse rápidamente por pasadizos estrechos y ocultos que se intercomunicaban. Jenofonte ya las cita en la Anábasis.

Nosotros no teníamos que escondernos de nadie. Sentíamos el alma henchida de la riqueza religiosa, cultural, y humana, que desde el hondón de los siglos, otras gentes nos habían legado. Nuestra visita nos hacía ser parte de ellos. Y nuestro agradecimiento consistiría en legar su patrimonio a las siguientes generaciones.
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