Enviado especial al Aconcagua

Autor: Padre Juan Manuel del Río C.Ss.R. 

Correo: delriolerga@yahoo.es

 

 

(cuento)

 

Desde que llegué, como enviado especial, me acurruqué en lo más alto del Aconcagua. Desde allí veía pasar los días, los hombres y las cosas. De un lado América, Europa del otro. Como en un pensamiento hacia dentro de mí mismo, oí que alguien decía: la vida es del hombre. Y la vida pasaba delante de mí, lenta, tranquilamente; todo tenía sentido. Era la lógica de un mundo en movimiento, pero sin prisas. Lo dicho, yo estaba apostado en lo más alto del Aconcagua, era lo único cierto. Desde ese mirador impresionante podía contemplar a mis anchas largos trozos de historia, emanados como de un pergamino que se desenrolla y estira; ante mis ojos, llenos de la luz purísima de un cielo terso, la rueda de la historia giraba con suave lentitud. De pronto soñé que me despertaba. No supe cuánto tiempo llevaba tumbado sobre aquella fría, majestuosa, y agreste cumbre. Estaban altas las estrellas. Mis esquemas mentales estaban siendo invadidos por el virus informático de una metafísica intuitiva, introspectiva, y de una lógica en libertad.

-Tú estás loco. ¿Cuándo has estado tú en el Aconcagua? ¡Dime, loco, dime, ¿cuándo...? ¡Nunca! Ni tan siquiera sabes tú dónde está el Aconcagua.

Alargué instintivamente la mano para tomar un atlas de una de las estanterías. ¡Dónde diablos estaba el Aconcagua...! Fue en ese momento, justo en ese momento, lo recuerdo perfectamente, cuando Leibniz, el ilustre filósofo, agarró con fuerza mi mano y como si de un separador de páginas se tratara, la fue llevando, con suave firmeza, arrastrándola por todos los anaqueles de la biblioteca. Apuntaba: "Ensayos de Teodicea", "ensaYos de teodiceA", "ensayoS de teodiceA". Del derecho y del revés. Veía a Leibniz por todas partes. Pero el atlas no estaba. No había ningún atlas. Sólo Leibniz estaba.

-Pero... oiga..., ¿quién es usted? -inquirí de mal humor. ¿Qué hace usted aquí, en lo alto del Aconcagua? ¡Buen hombre, se va usted a congelar...!
-¿El Aconcagua...? –me respondió.

Leibniz se echó a reír. Retomó su habitual seriedad. Y no dijo más. Yo también me eché a reír. El seguía sin decir nada. Lo mismo yo. Pero su silencio se articulaba en mi cerebro, como si me dijera:

-Más allá de las estrellas está la bondad de Dios.

Eso oí. Le respondí con cierta irritación:
-Entonces, ¿por qué ha escrito usted que el mal es necesario porque resalta su bondad...? 

Muy por debajo de mi posicionada altura, un cóndor de alas grandes planeaba majestuoso. El Aconcagua dominaba la historia. Era único el paisaje, y la nieve hacía resaltar el azul limpio de los Andes. Un avión de las líneas aéreas regulares llegaba en ese momento de Europa y estaba tomando pista. Miré distraídamente al avión que tenía aspecto de cóndor. Casi me había olvidado de la pregunta formulada a Leibniz, cuando en esto oigo que desde otro libro, de pastas antiguas, apergaminadas, me responde Orígenes, asomándose por otra estantería, hasta hacerme perder de vista el avión y la pista:

-El mal nace necesariamente de la generosidad de Dios. 
-¿Cómo dice usted?
-Claro, hijo, de lo contrario seríamos máquinas.
-¿Máquinas...? Entiendo, -le respondí-. ¡Bueno, no! ¡No sé...!

Al otro lado del mar, una ambulancia del Samur ululaba su sirena en las calles de Madrid en ese momento. 

-¿Madrid? Claro, la capital imperial de los Austrias. O sea, Europa acurrucada a los pies del Guadarrama, con salida de emergencia a Maastricht. 

¡Qué pequeña era Europa! Orígenes no se enteraba.

-Dios nos ha hecho a su imagen; pero sobre todo, nos ha dotado de libre albedrío, -proseguía el bueno de Orígenes. 
-¡Ay, disculpe mi distracción...!, -me excusé.

De todos modos, seguí sin entender apenas nada. Bueno, sí. No. O quién sabe. 

-Continúe, continúe...
-Todo lo que tiene vida posee un dinamismo interno. Se polariza. Es lo que se llama el principio del bien y del mal. Una dualidad.
-Oiga, pero ¿de qué me está usted hablando? ¿No ve que estamos en lo más alto del Aconcagua?

Mi mala educación era notoria porque, sin ponerle mayor atención, ni siquiera intenté desviar el rabillo del ojo para ver lo que ocurría en el Bernabéu. ¡Qué palco de honor era el Aconcagua para ver el Bernabéu! ¡Grandioso espectáculo, de fiesta y colorido! A la Cibeles le crecían por momentos los hijos, millones de hijos. Era el parto de la historia. Un final de siglo, derrumbado sobre la aridez de las ideas, levantándose de pronto en épica grandeza, como un toro mal apuntillado sobre la arena del redondel, testigo de excepción del nacimiento de una raza nueva de hombres y mujeres hermanados en el destino común de la más nueva y millonaria cultura: el fútbol de las estrellas. El mundo giraba en torno a un balón. -Mi mente estaba lúcida-. La diosa Cibeles bendecía complaciente el rito iniciático y cultual de sus abundantes hijos. Por un momento, tuve la impresión de que la avalancha de gente, en forma de río desbordado, hiciera tambalearse al Aconcagua. Pero no; no se movió, no pasó nada. La historia se desarrollaba abajo; la gente pasaba; pero las ideas permanecían en la base de datos de la memoria histórica.

-¡Disculpe!

Orígenes había desaparecido tras algún libro. De pronto, tampoco el Aconcagua estaba. Ni Madrid.

-¡Hala, Madrid!, ¡hala, Madrid...! 

El mágico grito de los hinchas tenía la suave cadencia de las olas al desparramarse en las infinitamente alargadas playas del Pacífico. ¿Y la nieve, la montaña, el cóndor...? ¿Me estaría despertando? ¿Y Leibniz? ¿Dónde estaba Leibniz? ¿Y Orígenes...?

-¡Oiga, oiga...!

No estaba Leibniz. Ni el atlas.

-¡El atlas, el atlas...! ¿Quién ha visto el atlas...?

Nadie. Sentí miedo y quería despertarme. Debí hacer un movimiento brusco, pues de pronto vi cómo se me venía encima toda una andana repleta de libros. El más voluminoso impactó de lleno en mi cabeza. Se titulaba: Historia de la Iglesia. Un montón de tomos, uno tras otro. Todos seguidos. Y todos querían golpearme sin piedad. Quise echar a correr. Imposible. Me perseguían; me alcanzaban. Las piernas se me acalambraban.

-¡Santo cielo!, -grité.

Alguien oyó mi grito. Cierto, porque Cirilo y Metodio, los santos patronos de Europa, se presentaron de inmediato tratando de auxiliarme.

-Yo sólo quería saber dónde estaba el Aconcagua, -me excusé.
-¿El Aconcagua?

Tampoco ellos lo sabían. ¡Vaya por Dios! Venían de evangelizar las tierras de Moravia. Los vi fatigados. Acababan de despedirse del príncipe Ratislao. Decían que les corría prisa traducir el Nuevo Testamento al eslavo.

-Por mí, vayan, vayan..., -les dije con respeto y casi en un susurro. En realidad, pensé, lo único que yo necesito es estar solo, concentrarme, situarme. Imposible. En ese momento oí una especie de clamor sordo que iba en aumento. Eran las iglesias germánicas en pleno:

-¡Las lenguas aptas para celebrar a Dios son el hebreo, el griego y el latín...! 

Sus voces iban en aumento. ¡Vaya por Dios! ¡Qué noche! No hablaban, vociferaban. Luego se hizo el silencio. Los ordenadores trabajaban a tope. Desde mi escondrijo del desaparecido Aconcagua estiré la vista. Los germanos estaban ya entrando en Roma. Silencio.

-¡Anda, éstos...!

Habían sido llamados al orden por Nicolás I. Con razón había quedado todo en silencio. Porque juraría que se oía el silencio. Pero no. El suave rasgueo de la pluma de Urbano II sobre el papel, escribiendo Y convocando a la primera Cruzada, era como el somnoliento tic-tac de un reloj. Vi cómo, en una postdata, le decía al obispo Godofredo Lucano, que era lícito matar a los excomulgados...

-¡Anda este tío...! ¿Pero qué se habrá creído? ¡Ah, pues a mí no me pilla; porque ni estoy, ni pienso estar excomulgado; además, nadie sabe dónde estoy!

Mejor me hubiera callado. Los Padres conciliares del 4º Concilio de Letrán se me vinieron encima desde otro grueso libro colocado en uno de los anaqueles.

-¡El mapa! ¡El mapa...!, -grité. 

Sabía que el mapa era como un parapeto, pero no aparecía por ninguna parte. Y sí, los Padres conciliares. Hablaban tanto que casi me confundían, mientras concedían indulgencias a partes iguales, tanto por exterminar herejes como por ir a defender los lugares santos.

-¡Vaya por Dios...!

Sentí calor, mucho calor. De pronto me vi transportado a la orilla reseca del Mar Muerto. La sal me daba sed. En Jerusalén había visto hoteles agradables para estar y, de paso, quitar la sed. La coca-cola de los americanos sabía bien con hielo. Mucho hielo. Pero no podría subir a Jerusalén por la calzada de Jericó. Los judíos andaban alborotados. El 4º Concilio de Letrán era abiertamente antisemita. Y para colmo, la nobleza inglesa obligaba a Juan sin Tierra a concederles la Carta de las libertades. Inocencio III se oponía. Vi entonces la tierra como un bosque, un bosque grande y encantado. De todos los rincones salían reyes. La tierra se poblaba de monarquías constitucionales.

Quise pasar la página. En los anaqueles, los libros bailaban una frenética danza de papel sobre el páramo helado de la historia. Celestino V aprovechó la oportunidad para marcharse en silencio. Mutis se llama eso. De pronto los libros giraron sobre sí mismos hasta quedar mirando en una sola dirección. Una desapacible brisa se levantó sobre Roma. Los soldados de Bonifacio VIII echaban mano del dimitido Celestino V. La puerta de la mazmorra se cerró con un golpe seco. Me sobresalté, tanto, que casi me desperté. Quise seguir leyendo la novela que tenía sobre la mesita de cabecera. Capítulo 3. Iba por el capítulo 3. Este no aparecía por ningún lado. Pues aquí tenía puesta la señal. Tampoco ésta aparecía.

-¡Cómo...! Yo la puse aquí.

También la novela había desaparecido. Con cierta preocupación volví la vista a Francia. En la frontera los camiones españoles seguían atascados entre montañas de naranjas y manzanas. Ya en el interior, Felipe IV el Hermoso pleiteaba por el poder absoluto que los papas, encabezados por Bonifacio VIII, ostentaban.

Dante Alighieri, mientras tanto, se divertía contemplando el infierno desde la boca de un volcán. Al fondo, entre el hervor de las llamas, danzaba frenética danza de fuego Bonifacio que, obviamente, había dejado vacante su sede. Qué extraño pues, que los teólogos se dividieran y estuvieran a la greña. De un lado los "curiales", de otros los "legistas". La tentación de las leyes, una constante en el mundo de la política y de la Iglesia. Así anda el mundo, en Europa, y más en América. ¡Las leyes! Las leyes son una forma camuflada de dictadura. Más, son la carta magna de la dictadura. La novela estaba dentro de mi cabeza, cómo iba a encontrarla. Capítulo tres. Apasionante. El discurso sobre las leyes iba subiendo de tono, en forma de mitin espontáneo, de corte dramático. En el hemiciclo del parlamento improvisado sobre el Aconcagua iba ya a gritar: ¡Viva la libertad...!, cuando una tenue brisa me pasó, sin permiso, la página del grueso libro. Y no una, muchas páginas de historia pasaban a velocidad de ordenador. Capítulo tres.

-¿He dicho capítulo tres...? ¡Apasionante! La historia es una novela secuestrada, violada y torturada.

Allí estaban, bien resaltados, de un lado, Juan de París, y Pierre Dubois; de otro, Egidio Romano, Agustín de Viterbo, Mateo de Aguasparta, y un largo etcétera.

-Si al menos amaneciera pronto...

¡Qué noche y qué pesadilla, de la que no podía despertar! Las sirenas de los bomberos iban in crescendo.

-¡Fuego! ¡Fuego!

Nadie lo gritaba, pero se adivinaba. Por todas partes había fuego, mucho fuego. Y los chorros de agua a presión no podían sofocarlo. Francia estaba invadida de ingleses. 30 de mayo de 1431: Juana de Arco ardía en la hoguera. Su ficha personal decía: Analfabeta, 19 años, hereje, apóstata...

-¡Y santa!, -grité.

Nadie me oyó. O no quisieron oírme. Pero, de repente, apareció una nube de fotógrafos que casi me arrojan a la pira de la ejecución. Las cámaras de televisión transmitían en directo al mundo entero la ejecución. Una cerrada ovación sonó atronadora cuando, según se iban apagando las llamas de la hoguera, el alma de Juana de Arco comenzó a subir limpia y majestuosa a los cielos. Fue el final. La apoteosis final. Lentamente se fue apagando la televisión. Sentí que mi sueño entraba en una etapa de placidez. Sobre el Aconcagua comenzaba a nevar.