Sueños Tertulianos
Autor: Padre Juan Manuel del Río C.Ss.R.
Correo: delriolerga@yahoo.es
(cuento)
Las tertulias están hoy de moda gracias a los medios de comunicación social, sobre todo la radio. Son un modo pluscuamperfecto de estar siempre en perfecto desacuerdo. Conste. Pero las tertulias no nacieron hoy. Qué va. Son tan viejas como el diablo. El las inventó. Testigo la historia, como en este cuento se verá.
Pues bien, por divergente él, y por divergente ella, desde la creación misma, el hombre -varón y mujer- está sometido a la tentación de las tertulias. La primera tertulia que se organizó a nivel serio tuvo lugar en el paraíso terrenal. Fue una minicumbre. Las maxicumbres quedaban reservadas para tiempos posteriores, cuando surgieran la economía, la banca y la política, que para el caso es lo mismo. El diablo hizo de moderador. Contertulios únicos, e invitados de honor, por consiguiente, para esa primera ocasión, Adán y Eva. Se presentaron vistiendo riguroso traje de etiqueta: piel morena, sobre limpia arcilla de alfarero, con denominación de origen.
Como buen periodista, el diablo les fue tirando de la lengua. Se hicieron un lío. Confundieron “el árbol de la ciencia del bien” con “el árbol de la ciencia del mal”. Tras larga discusión llegaron a un primer acuerdo: cambiar de lencería. A partir de entonces, sastres y modistas tuvieron el pan asegurado. Y desde entonces también, las tertulias se pusieron de moda.
Resulta, pues, que una de estas noches pasadas estaba este su seguro servidor, descendiente de Adán por vía directa, escuchando en la radio una de las muchas tertulias de actualidad cuando, oh pecador de mí, debí quedarme dormido, ya que a la mañana siguiente aún seguía sonando la radio.
Se trata de ese sueño ligero, que es como estar ni despierto ni dormido, o sea, lo más parecido al síndrome de la pesadilla. De pronto soñé que me encontraba como contertulio, no sé dónde ni cómo. Quizá ya empezaba a amanecer, porque recuerdo que Anthony de Mello decía: "¿Quién puede hacer que amanezca?". En ese momento Hölderlin llegaba de "Patmos", y Erich Fromm "psicoanalizaba a la sociedad contemporánea". Mientras tanto, Henri de Lubac deambulaba por "los caminos de Dios", al tiempo que leía "las memorias de una joven formal", que Simone de Beauvoir le acababa de regalar.
La radio seguía sonando. ¡Qué pesadilla! Tan pronto estábamos en la sala de los estudios de la emisora, en ese momento un ovni sobrevolaba el Aconcagua, como en una aula universitaria. Las voces de la radio agudizaban "el problema del lenguaje religioso", señalado por Antiseri. Pero Fernando Sebastián insistía en que era cuestión de una "nueva evangelización", en tanto que Tentori hacía el recuento de "el problema del ateísmo primitivo" y "el ateísmo contemporáneo", y Nietzsche tomaba entonces la palabra para hacer un breve excurso sobre "la genealogía de la moral".
Las ideas iban y venían con suma claridad en mi cabeza como nunca antes. Pero aquello era como una "fiesta de locos" en el sensacional mundo de H. Cox. Debieron hacer un corte para la publicidad porque sentí que me quedaba dormido de verdad. Nevaba por encima de los novecientos metros. Había revueltas en Sudáfrica... En mi onírica tertulia volví a oír voces. Tito Lucrecio disentía contundentemente de los ecologistas actuales lanzándoles desde una tribuna su "de rerum natura". "Aunque el verdadero equilibrio se logra cuando se sintoniza con Dios". Sonaba pausada aquella voz autorizada. Pero ¿quién era? ¿Quién hablaba? La muchedumbre me impedía verlo. Por fin; era Cicerón exponiendo su "de natura deorum". Le interrumpió Von Balthasar. Las cámaras de televisión no perdían detalle. "Sólo el amor es digno de fe" decía. Sí, pero "el eclipse de lo sagrado en la civilización industrial" es evidente, añadía Acquaviva. Porque vamos hacia una "sociología de la irreligión", apostillaba Campbell.
Debió haber otra pausa publicitaria. Luego mi sueño tomó otro rumbo. Vi a Don Quijote, deambulando por La Mancha, según su costumbre, pastoreando ovejas, gañanes y Dulcineas. Todo en pos de un ideal, como un "sueño imposible". En ese momento, a él y a mí, nos interrumpió Stoetzel con una pregunta insidiosa: "¿Qué pensamos los europeos?". ¿Los europeos...? ¿Dónde había oído yo esa palabra últimamente? Hice memoria. La Mancha era un inmenso campus universitario. “España es diferente”, decía un slogan publicitario, y la isla de La Cartuja sigue en Sevilla. ¡Ah, sí...! ¡Claro, claro...! ¡Los europeos...! Sí, sí..., ya recuerdo. ¡¡¡Maastricht!!!
Me pescaron buscándolo en el mapa y me suspendieron en el examen de geografía. ¡Qué pesadilla, madre, qué pesadilla! Pensé, "La razón pura", de Kant, es la mejor aspirina contra las pesadillas y el dolor de cabeza. Y volví a quedarme dormido.
Fue Meslier quien me hizo retomar el hilo de la tertulia con su "crítica de la religión y del estado". Pero como todos hablaban al mismo tiempo, yo no me enteraba de casi nada. González Blasco y González Anleo discutían sobre "religión y sociedad en la España de los 90". Qué atrás quedaban ya aquellos dorados años de los 90. La Expo. Sevilla capital de España, y olé. Pero ¡ojo! que ésta no es la España de mi "San Manuel Bueno, mártir", le decía Unamuno a Camilo José Cela, al tiempo que se tomaban una copa de vino del Ribeiro. No meta usted más santos en España, que hay ya suficientes. Quien sí se metió, aprovechando la ocasión, fue Russell para explicar, dijo, "por qué no soy cristiano". ¿Usted no? Yo sí. Es "la huida de Dios" terció Picard. Nietzsche, con cierto cabreo, anunció la llegada del "Anticristo". Guerra, el ilustrado político, sonreía desde su escaño parlamentario.
¿Cuándo amanecería? Aproveché la nueva pausa de la publicidad para echar un vistazo por la ventana. Antonio Machado paseaba su nostalgia por los "campos de Castilla". Vi también a Sartre que, como si de un peregrino a Santiago se tratara, dialogaba por el camino con "el diablo y el buen Dios". "Los ateos me aburren porque se pasan el día hablando de Dios". ¿Quién acababa de decir algo tan bonito? Anoté la frase en mi bloc de notas. Ah, sí; era una de las "opiniones de un payaso” de Böll. La vida es un gran circo. De pronto vi a todos los contertulios subir y bajar por los mástiles de un circo. Algunos, perfectos acróbatas, subían hasta lo más alto. Un trapecio se balanceaba de lado a lado. Y en el alambre más alto, en perfecto equilibrio funicular, sobre su silla de ruedas Hawking contaba sus "historias del tiempo". Todo lo explicaba ininteligiblemente bien. "Del big-bang a los agujeros negros". ¿Negros? ¡Podrían televisarlos a color!, grité. Alguien debió oír mi pensamiento. Todos oyeron mi pensamiento. Porque como un solo hombre vociferaron: ¡cállate, gamberro! El Bernabeu era un delirio enloquecedor, Roberto Carlos acababa de marcar su primer gol.
Luego todo quedó en silencio. ¿De dónde venía el silencio...? Hans Küng preguntaba en voz baja: "¿Existe Dios?". Me pareció buena pregunta para estos tiempos de increencia. ¿Habríamos pasado "del anatema al diálogo", como quería Garaudy? Vi que la sociedad española, enredada en los asuntos de la democracia, no se pronunciaba. Mientras tanto, rusos y americanos hacían ejercicios espirituales en el Coliseo de Roma. Yo aproveché para sacarme una piedra del muro de Berlín que tenía metida en el zapato. "Esto es el porvenir de una ilusión" comentaba Freud mientras psicoanalizaba a los contertulios. Es "el sistema de la sociedad moderna" le replicaba Parsons. ¡Se acaba la función!, gritó el director del circo. A esa hora, el diablo compartía un almuerzo de trabajo con Adán y Eva. Llevaban corbatas de verde higuera. Octavio Paz, justo en ese momento, colocaba "la llama doble" en lo más alto del Popocatépetl y del Iztaccíhuatl. En ese momento sonó mi despertador. El noticiero daba el número de muertos por accidente en carretera, informaba de los agujeros bancarios, del aumento progresivo de parados y, por último, daba los números de la bonoloto y el estado del tiempo. Una ducha de agua fría me devolvía a la realidad.
Abrí la ventana. Se iniciaba un nuevo día. Oí el ulular de una ambulancia. Las calles se colapsaban. España deambulaba a motor calado por la Europa de las distintas velocidades. Y Anguita dirigía el tráfico en la nueva España. Las calles se llenaban de gentes tempraneras que iban camino del trabajo. Lloverá en Galicia, anunciaba la radio. Niebla persistente en ambas Castillas. Subirán las temperaturas en Andalucía... Desde mi ventana veía el Ave que hacía el trayecto Madrid-Sevilla. Catalunya seguía a orillas del Mediterráneo. Y Euskadi era patrimonio de la humanidad.
Apagué el radio. Con tanto comercial se colapsaba mi cabeza. Salí al jardín a aspirar el relente de la mañana.
Camino ya de la diaria tarea y con la cabeza más despejada, todo me parecía excepcionalmente hermoso. Había como una especial y ecológica armonía en las cosas. Le di gracias a Dios por el nuevo día. Desde las flores de los jardines, a los políticos de turno; desde las amas de casa que madrugaban a hacer la compra, a los intelectuales; desde la Cibeles, a la plaza de La Seo en Zaragoza; porque todo, todo tenía sentido y armonía. Y en África, América, Europa, Oceanía, Asia, había paz. ¿Paz? Los aviones norteamericanos sobrevolaban nuestra Aldea Global. Mientras, en el paraíso terrenal, se continuaba la minicumbre, a la sombra del “Árbol del bien y del mal”.