El abuelo y los cruzados
Autor: Padre Juan Manuel del Río C.Ss.R.
Correo: delriolerga@yahoo.es
La imaginación del abuelo, igual que su vitalidad, era desbordante; sobre todo cuando sentado en una banca del parque se ponía a charlar con sus amigos. Aquella tarde comenzó con una especie de recitado:
—Mira, mira, cómo trotan los caballos/ y golpean con sus cascos/ sobre el suelo los guijarros./ Son tropas de castellanos,/ navarros y aragoneses,/ cántabros y leoneses,/ hay europeos y vascos,/ catalanes y andaluces…,/ de esos que llaman Cruzados.
—¡Para, para, Abuelo! ¿Dónde vas con tanta gente? —le espetó uno de los abueletes que solía sentarse con él en el mismo banco del parque.
—Tranquilo Matías, que aunque ésta es gente de conquista, no te harán nada. ¡Qué te van a hacer, hombre, qué te van a hacer! Al grito de “¡ancha es Castilla!” van a la reconquista de la Tierra Santa y sus mezquitas. Pero a ti los Cruzados no te harán nada. Si sabré yo..., que estuve con ellos.
—¿Que estuviste con ellos?
Y el abuelo entretejió su versión de la historia. Como quien va haciendo footing y de pronto se detiene, por cansancio, o lo que sea, él se detenía de vez en cuando; a veces para enfatizar sus asertos, otras para tomar aire.
—El destino de los Cruzados era la conquista del santo Sepulcro, en Jerusalén. Sabrás dónde queda Jerusalén, ¿no, Matías? Pues fíjate, ahí van llegando, ahí los tienes.
El abuelo fue describiendo con vivos colores, la entrada de los Cruzados en Jerusalén. Unos pocos, a caballo; el resto, a pie. La mayoría, desarrapados, descalzos, muertos de hambre. El resto, quijotes, soñadores de imposibles; buscadores de un porvenir mejor que el previsible en sus tierras de origen. Unos, cristianos cabales. Otros, mercenarios de guerra.
—Pues, ya que sacas el tema del Quijote, esta mañana decía la radio...
—Matías, no estoy hablando del Quijote; estoy hablando de los Cruzados.
De todos modos, nombrados que se sintieron, la imaginación y Don Quijote, ambos hicieron acto de presencia. Éste, impecablemente vestido de caballero andante, venía de dar una vuelta por la Mancha, donde pastoreaba ovejas, gañanes y dulcineas. Todo, en pos de un ideal, como un “sueño imposible”.
El abuelo, que de sus conversaciones con el cura de la parroquia alguna teología había adquirido, le soltó a Matías, a bocajarro, que el Quijote era el mejor teólogo de cabecera de todos los tiempos. A lo que Matías no puso ninguna objeción, por ser tema que le desbordaba.
A decir del abuelo, las calles de Jerusalén estaban abarrotadas de un gentío multicolor, aunque sobresalía el negro impecable de los judíos ortodoxos. Según avanzaba el relato en boca del abuelo, Matías veía a los judíos rezar en el Muro de los Lamentos, moviéndose en sincronizado y acompasado ritmo.
Saliendo por la Puerta de Damasco, de otomana arquitectura, y bordeando por fuera las murallas de la “ciudad bien unida y compacta”, le hizo admirar la belleza sin par de las murallas, y algunas de sus siete espléndidas puertas que dan acceso a la ciudad, perpetuando, desde el siglo XVI, la memoria de Suleimán el Magnífico.
Matías, que no había salido del pueblo y, por consiguiente, no conocía la Tierra Santa, procuraba no interrumpir la narración. Escuchaba fascinado.
—Esa es la Puerta de los Leones..., y esa la de Herodes, destruida por los Cruzados, en 1099, —le decía el abuelo.
—Te digo, Matías, que sin los Cruzados la historia de esta Tierra sería hoy muy diferente.
Como el sol pegaba fuerte, reingresó al interior de la ciudad, donde el ambiente resultaba más fresco y agradable, al amparo de las estrechas calles. Lo hizo por la Puerta de la Basura, de extraña personalidad, tras la ampliación realizada por los ingleses en torno al 1920. Una abigarrada multitud de peregrinos, de toda raza, lengua y religión, casi hacía perder el hilo y la sintonía con la época de los Cruzados. Sin embargo, aún se escuchaba a los lejos el trotar de los caballos.
—“Mira, mira, cómo trotan los caballos…”
Tal énfasis dio a la narración que al golpear seca y contundentemente el suelo con el bastón, tomó desprevenido a Matías. Este sintió que los caballos de los Cruzados se le venían encima. Hizo un gesto instintivo de autodefensa. No pasó desapercibido al abuelo, que se echó a reír.
—No tengas miedo, Matías. Los Cruzados son parte de la historia, y la historia no puede darte miedo. Esta gente ha acometido la gran aventura de su vida, que los hará figurar en las páginas de la historia: conquistar la Tierra Santa ocupada por el Islam.
Matías dijo:
—La historia está llena de guerras. Me acuerdo que cuando yo estuve en la guerra...
El abuelo ignoró su comentario y no le dejó continuar. Por el contrario, añadió:
—A continuación de la guerra viene la unión. Los Cruzados pelearán contra los musulmanes y luego se unirán, en confabulada democracia, para seguir haciendo la guerra. El ser humano nació para estar en constante movimiento.
—O sea, en constante guerra. La historia está llena de guerras.
—¿La historia, dices? Mira, Matías, la historia es una novela. Que te lo digo yo. La más fascinante y hermosa novela. Efectivamente...
Hizo una pausa. Luego continuó contándole a Matías cómo allá, al otro extremo del mar, el Mare Nostrum de mil batallas, —(“señores guardias civiles / aquí pasó lo de siempre / han muerto cuatro romanos / y cinco cartagineses”)—, el Mar Mediterráneo de griegos, fenicios y cartagineses; y de pateras cautivas del fatídico Estrecho de Gibraltar, que distancia y rompe corazones y evidencia la insolidaridad internacional, Sancho III de Navarra extendió sus dominios hasta situar la frontera de su reino en el eje Duero—Sierra de Cameros.
—¿Y qué me dices de Castilla. Castilla—León, por su parte, se pasea entre el Duero y el Sistema Central. Y mientras Alfonso VI ocupa Toledo, Castilla comienza a bajar, poco a poco, al sur, para castellanizar Andalucía, comenzando por Granada, gitana y mora, la del Albaicín y la Alambra, y Córdoba, sultana, con su mezquita y su gente, y Sevilla, torre del oro y la Maestranza, de grana y oro en tardes de toros.
—¡Olé...! —exclamó espontáneo Matías, gran aficionado a los toros.
Pero el abuelo siguió con su rollo. Contó que Alfonso I de Aragón aprovechó un descuido almorávide para anexionarse Zaragoza, Virgen del Pilar incluida. Que ahora Castilla es Aragón, y Aragón es Castilla, con permiso de Tudela y Madrid, Huesca y Teruel, donde conviven judíos y árabes, y el arte tiene la gracia mudéjar, mientras a mí “tres moritas me enamoran en Jaén: Axa, Fátima y Marién”.
—Para..., para..., —le atajó Matías—. Dejemos en paz las moras, que estamos metiendo mucha gente en tan poco espacio, y si juntamos a todos, pasaremos a engrosar, nosotros también, el número de los indocumentados, y hasta puede que nos aprese la guardia civil, o nos deporten.
—No te preocupes, Matías. La historia es ambivalente. Es como una criada, humilde y buena, que sirve para todo. Al servicio de quien la quiera contratar. La historia es un cuento. O, si quieres, un sueño; la cosa más subjetiva que me he echado a la cara. Ya sabes lo que decía Segismundo.
—Hace días que no viene por aquí.
—No, Matías; te hablo de otro Segismundo. Aquel que decía que “los sueños, sueños son”.
Los sueños... El abuelo le explicó a Matías que son la más universal metáfora, el consuelo que les queda a los pobres. Hizo otra pausa, y luego siguió explicando a Matías que la grandeza de Aragón fue cuando se unió a Cataluña. Todo se hizo tras acuerdos y desacuerdos, tratados y bodas, bodas y tratados, que vienen y van.
—¡Hombre!, sin ir más lejos, el año de gracia del Señor de 1151: tuvo lugar el tratado de Tudilén. El año de gracia del Señor de 1179, el tratado de Cazorla.
A punto estuvo de añadir: “Aragón y Castilla bailan alegres la jota”. Pero se contuvo. Y hasta pensó que no era por la rima, no, sino por el reparto. Que no habría guerras si no hubiera un botín de por medio.
—Ya ves, Matías, sin botín de por medio, tú y yo somos inseparables.
—Es cierto. Por eso alguien dijo: ¡pobres del mundo uníos!
—¡Eso fue un error, Matías! Los pobres nunca se han separado…
Pero continuando el hilo de la narración, le explicó a Matías que los castellanos, en ese momento, se dirigían al sur. Y en La Mancha y Sierra Morena lucían, de verde y plata, los olivos al sol. Que los catalán—aragoneses se escoraban hacia Levante. Y que en Valencia, Denia y Baleares los naranjos estaban en flor.
—Valencia es la tierra de las flores.
—Y de bellas mujeres, Matías.
Matías no puso objeción. Así que el abuelo siguió su explicación desde la cátedra más democrática que resultaba ser aquel banco del parque público.
—Año de gracia del Señor de 1212, batalla de las Navas de Tolosa. Navas, Matías, Navas, con “N” de Navarra, cadenas incluidas, y que la brava jota inmortaliza.
El Abuelo se puso a cantar.
—“Pamplona tiene cadenas…”
La gente, al pasar, se volvía a mirarlo. Matías dijo que su voz, tan buena de joven, ya no le acompañaba. Cosa de la edad.
—¡Hombre, Matías, no soy un Gayarre, pero..., uno hace lo que puede.
Su memoria, por lo demás, seguía siendo buena. Le dijo a Matías que el año de gracia del Señor de 1231, Jaime I de Aragón ocupó Levante. Y el año de gracia del Señor de 1248 fue la toma de Sevilla, y con ella Andalucía, por Fernando III de Castilla. A Matías, al oír Sevilla, por asociación de rimas le vino a la mente Montilla. Y dijo:
—Sevilla, Andalucía, Castilla…, pues escánciame un vino de Montilla.
Se acercaron al bar de la plaza. Mientras paladeaban un vino que, por supuesto, no era de Montilla, el abuelo le habló del declive del mundo islámico peninsular. Sentenció:
—Se fueron al garete la cultura, el arte y la arquitectura; que dos y dos son cuatro, en árabe y en latín. Y has de saber que el año de gracia del Señor de 1492 España, fue: ¡Una, Grande y Libre!
Alzaron las copas de vino, las entrechocaron y apuraron con deleite el tinto.
—Sí, Matías, lágrimas moras arrastraron el Darro y el Genil. Y Granada, fue la tierra soñada…, mejor dicho, añorada. Hubo adioses y despedidas. Adiós, mi Granada mora.
Era feliz contándole sus saberes a Matías. Y Matías disfrutaba escuchando su cháchara.
—De esto te acordarás, Matías. Mismo año de gracia del Señor de 1492: Tres carabelas con suerte, rielan sueños de inocencia sobre las aguas tranquilas del casi siempre mar tenebroso, para despertar al alba la sorpresa vegetal de un continente, paraíso en verde, donde la gente es morena y el alma tiene de gracia llena.
Sintió que la frase le había quedado bien, y pidió otra ronda para los dos. Matías le dijo que siguiera con el tema de los Cruzados.
—¿Los Cruzados...? Ah, sí. Los Cruzados...
Dijo que hacía calor, mucho calor, aquel día. Y que, aunque se había medio adormilado, veía, al otro lado del Mare Nostrum, caer a pedazos el califato de Córdoba; mientras los reinos cristianos y las taifas se esforzaban por mantener endebles alianzas.
Matías disfrutaba viendo llegar, por oleadas, desde el África y sus desiertos, invasiones islámicas, almohades, y almorávides.
—Unos que vienen y otros que van, Matías. Pero, díme. ¿Quién conquista a quién? Los reyes cristianos, para quienes Europa ha quedado pequeña, quieren ensancharla. Y a la conquista de la Tierra Santa que se van. ¿Y qué pretexto o justificación ponen?
Matías no dijo nada.
—Pues que en 1099, Al-Hakim destruye la basílica del Santo Sepulcro, y comienza a perseguir a los cristianos.
Había pasado un año. Bajo el radiante sol de Jerusalén, luce en la cabeza de Balduino I la primera corona cristiana en el naciente reino de Jerusalén. Ochenta y siete años más tarde, los Cruzados son derrotados por Saladino en los Cuernos de Hittín, provincia de Galilea. No obstante, se reorganizan. Nuevos ejércitos llegan, retoman Acre, que se convierte en la capital de un nuevo reino que abarca el litoral mediterráneo de Siria y Palestina. Pero el año 1291, Acre vuelve a manos del islam.
—O sea, que los Cruzados se pasaron la vida peleando.
—Sin embargo, los Cruzados también realizaron obras colosales.
Al otro del mar, cada cacique era un rey, y cada vasallo un fiel espadachín, siempre en forma y aptos para la batalla; mientras el norte de África enseñaba a pensar, leer y sumar a media España, y en buena armonía vivían y convivían castellanos, árabes y judíos. Unos vendían, otros compraban, y todos traficaban; todo marchaba sobre ruedas. Hasta que, como en un sueño de una mala siesta de una tarde de verano, los Católicos Reyes de la católica Aragón y la católica Castilla, no sólo “unificaron”, dicen, España a base de unir reino con reino, tanto, que hasta las rayas se borraron.
—Ay, Matías. Para que me entiendas. España quedó convertida en una inmensa cancha de fútbol donde se podía jugar de norte a sur y de este a oeste. También, por indocumentados y no bautizados, echaron, tarjeta roja directa, a todo aquél, sospechoso o no, de tener la camiseta, léase la piel, de otro color que no fuera el de la selección nacional. Recuerda el dicho: “Mala la hubisteis franceses, en aquella de Roncesvalles”.
Y se fueron los moros. Y se fueron los judíos. Fue una desgracia. A partir de entonces España no levantó cabeza.
Se hizo silencio. Los dos abueletes quedaron callaron. El uno porque no habló, el otro porque sólo escuchaba. El abuelo retomó el hilo de su rollo.
—Después de los ayubidas, en el 1250 vinieron a ocupar la Palestina los mamelucos de Egipto, hasta que llegaron los otomanos. Los otomanos hacen acto de presencia a partir del 1517.
No hay duda de que Palestina conoció días de gloria con Suleimán el Magnífico. Era bien sabido, y el abuelo lo recalcó. Bien ganado tuvo el apelativo, aunque las cosas cambiaron pronto, porque los pachás egipcios, más que de una buena administración, se preocuparon de enriquecerse por la vía rápida. Y ya se sabe, políticos enriquecidos, pueblo empobrecido. Iba siendo hora de retirarse. El abuelo añadió aún:
—Grábate bien esta fecha, Matías: 1917: Declaración Balfour. Es cuando se establece la creación de un estado judío en Palestina. Pero también el problema árabe—judío. Y ésta otra: 18 de julio de 1948: por decisión de la ONU queda constituido el Estado de Israel. La Jerusalén occidental para los israelitas y la Jerusalén este para los palestinos.
—Punto.
—¡Qué va! Al tiempo llegó la Guerra de los Seis Días. Y los constantes enfrentamientos entre judíos y palestinos hoy en día.
—A pesar de estar ya en el Tercer Milenio.
Los aviones de Arafat, y Burak solicitaban pista, por enésima vez, para aterrizar en la Casa Blanca. Mientras, Clinton y Bush ondeaban al viento pañuelos blancos camuflados de paz. Y cuando Arafat faltó, sobre los edificios destruidos, seguían flotando pañuelos blancos entre banderas ajadas de uno y otro bando.