El barro también florece

Autor: Padre Juan Manuel del Río C.Ss.R. 

Correo: delriolerga@yahoo.es 

 

 

¿Por qué la luz me deslumbra
cuando mi palabra riela
como la estela de un barco
en el azul de la mar,
o mi silencio escribe en el agua
palabras transparentes
de un amor ilusionado
que por prudencia
es mejor no pronunciar?

Náufrago seré en mi propia historia,
si vivo un presente incierto
cuando agoreros
y abundantes profetas falsos
me dicen que eso de la felicidad
sólo es allá, arriba en la eternidad,
como si la vida presente
no estuviera ya grávida
de radiante eternidad.

No es Dios el gran ausente,
en asunto de felicidad,
es el hombre quien se ausenta
del Dios Padre que es amor,
el que del barro, aún caliente,
hizo del hombre artífice
eficiente
del tiempo y su eternidad.

Conviene, pues, estar vigilante,
cuando el día va cayendo,
suavemente,
y llega en silencio la noche,
para guardar la lámpara y el aceite
de nuestra pequeña historia,
sabiendo que al día siguiente
volverá a alumbrar radiante
con su luz el sol resplandeciente.

Yo creo en el Dios
que aparentemente ausente,
es Amor, y está presente
en el hombre y sus cuitas cada día,
y creo en la eternidad y el hombre
que se estrena aquí y ahora
en el afán de cada día.

No es Dios quien niega al hombre,
aunque el hombre no recuerde
que el barro también florece
en destellos fehacientes
de tiempo y eternidad.

De ahí que caber no pueda
la soledad abisal
el hombre,
pues su barro primordial,
guarda fragancia de luz inmortal.