Pretil del tiempo
Autor: Padre Juan Manuel del Río C.Ss.R.
Correo: delriolerga@yahoo.es
Déjame, oh Dios, asomarme esta noche
al pretil viejo del tiempo y que decir yo te diga mis cuitas
como una plegaria candorosa que hundiera,
igual que el árbol frondoso de la vida, sus raíces
en el desierto, la estepa, o el huerto, del sueño,
la quimera, la ilusión, la fantasía.
Que aún tengo el sabor de la palabra en mi boca
y hombre me sé, aprendiz de niño que juega
en las ramas umbrosas del árbol de los años,
con la inocencia y la tristeza de los días iguales.
Taladrada tengo el alma de paisaje para atisbar de luz
el universo estremecido, mientras intuyo,
presiento y siento, amorosamente, tu envolvente presencia.
Padre, te digo, con la ternura del barro de mi ser recién horneado
en el cuenco infinito de tus manos que amasaron
de amor sabiamente las galaxias
para vestir de relente el misterio de la noche
eterna y fantástica del tiempo.
Raíz del tronco en figura de hombre me sueño,
que correr quisiera, peregrino sin rumbo,
igual que un profeta, sin sandalias, sin cayado,
ni voz, ni palabra, sin nada, el desierto,
y envuelto de pronto me veo
en el palpitante aleteo de tu mágica voz
que va creando a retazos la luz, el cosmos, la vida,
para que esta savia de mi viejo árbol reverbere
por las venas tránsfugas del pensamiento,
de la fe, y de la esperanza, la misma
que alienta y empuja mi ser.
Siento entonces llenarse mis ojos de luz
en la desnuda inmaterialidad de tu regazo
y vuelvo a ser el niño recién amanecido
en tus brazos de Padre que debe pastorear de inocencia
el rastrojo de estrellas de tu infinito firmamento
donde pacen la Osa Mayor y la Osa Menor,
al abrigo del silencio de los siglos, mientras yo,
con todo mi ser, y apenas un susurro,
silencio es tu voz, sólo atino a decirte:
¡Padre, Padre...!