Hombre de mi calle

Autor: Padre Juan Manuel del Río C.Ss.R. 

Correo: delriolerga@yahoo.es

 

 

Por la Calle del Olivar vive un Hombre, 
—Hombre de mi Calle—, 
habitante anónimo en el tiempo, 
paisano habitual de mis días iguales,
que casi, casi no sé quién es, 
por más que todos los días me encuentro con él.
A este hombre, quienquiera que sea, 
—de niño tenga el rostro, 
de joven, o adulto, sea varón o mujer, da igual, 
siempre es él—,
con quien me encuentro a diario 
en la misma acera cada mañana, a toda hora, 
hoy me acerco y le digo:

—Por tu sombra, dime, si puedes, 
quién eres, dime 
que saber yo quiero, saber quién eres.
Porque a ti y a mí decir nos han dicho 
que somos (¿somos?) 
habitantes de este extraño mundo, 
tan extraño, ¡ay, madre! que lo llaman 
de los civilizados.

Y decir también dicen 
que tenemos siglos de existencia, 
pues nacidos fuimos antes de la civilización 
griega o romana; y asegurar,

asegurarte puedo, ¡por mi madre!, 
que el calendario inventamos antes, 
mucho antes, que los aztecas o los mayas;
y aún decir, yo te digo, que las lunas nuevas, todas,

hemos contemplado acampados por siglos 
al relente abismal de las estrellas.

Mas ¡ay, amigo!, deja que decir te diga,
que tú y yo no nos conocemos 
por más que nacidos somos en el planeta azul, 
mismo que llaman, reitero, de los civilizados. 
Y que inventar hemos inventado, sabrás, 
la guerra y la democracia, y otras frivolidades; 
y andar hemos andado, campo a través

del relente, y de una extraña soledad,
amasada en libertad, 
los surcos todos de la cultura,

—¿cuál?—, sin dejar por eso de ser europeos

o americanos, traficantes fanáticos de la droga, 
del petróleo y de la guerra, —tan americana—.

Tanto tiempo ha,

—con dolor de mi alma te cuento—,
que vivir sin vivir vivimos, y que deambular deambulamos juntos las mismas cotidianas calles, 
sin embargo, tú y yo aún no nos conocemos.

Por lo cual, me gustaría, ya lo creo

que me gustaría, charlar contigo un rato 
a la sombra, excesiva y alargada ya, 
de la era industrial y postmoderna, tan arañada

de atajos, en los infinitos mundos navegables

de internet. 

Pero por más que nos encontremos 
en la misma y estirada calle de esta rara existencia, 
—tangencial y puntual—, no nos conocemos. 
Y hasta quizá, —vaya usted a saber—,
si cada viernes no jugamos, 
—¡al uno, equis, dos!—, nuestra quiniela ilusionada 
pensando ser reyes omnímodos de la entera Creación, 
—¡hasta dónde llega nuestra soberbia y ambición!—,
nosotros, que nacidos fuimos antes que las estrellas

o el sol, para pastorear de luz la inteligencia,

el cosmos, la vida, la ciencia, y ser, 
los granjeros de la Osa Mayor y la Osa Menor. 
Mas confundimos la O con la U, 
y USA pusimos en vez de Osa, 
—¡qué pena, madre, qué pena!—.

Y apagar, apagado hemos, los luceros todos 
—ya ves—, mientras arden sin sentido 
a golpe de pirómanos salvajes nuestros bosques,
de norte a sur y al revés,
los mismos que un tiempo fueron pacíficos olivares. Fueron.

Por lo cual, te digo, amigo, que conocer

aún no nos conocemos. 
Y si ofender no te ofendes, añadir aún añadiré,
que vivimos del cuento y la apariencia, 
la mediocridad y la duda; y aunque por más

que disimular queramos, evitar jamás podremos 
llevar remendado el pantalón 
con parches de metafísica indigencia. 

¡Qué pena, madre, qué pena! haber construido, 
—nosotros—, la civilización y la banca, 
la burocracia y el paro, y el trasto frívolo de la televisión, 
a ritmo de democracia, para terminar haciendo 
de la vida novela, culebrón interminable, 
de sueños y mentiras, pues implantado hemos 
el silencio en vez de la charla y el café de sobremesa. 

Por eso te digo, que pasear contigo me gustaría,

cada día un rato, despacio, entre los olivares,
mientras crecen, lentos, en las fronteras del deseo,

los olivos nuevos que un día signos serán

de paz y esperanza; 
lo mismo que cuando el mundo era,
una granja de poetas, 
y las flores hablaban con libertad suprema
el rumor verde de los bosques, 
y los colores saltaban de rama en rama 
como pájaros alegres en primavera
y la vida jugaba a encontrarse de risco en risco

y de valle en valle. —¡La Vida!—.

Pero ya ves, casi no hay olivos, ni hay paz, 
ni aceite que cure las heridas. ¿Y los poetas?
—¡Ay, madre!—, también los poetas se han ido. 

Ya sólo quedamos tú y yo, —¡solos!—, 
cual políticos de turno, contorsionistas fáciles 
del habitual circo barato, de barrio.

¡Hombre de mi Calle! —Calle del Olivar, no lo olvides—,
escúchame, si quieres y puedes, que ya terminar termino, y por lo mismo,

proponer te propongo un brindis, 
—¡que brindar aún podemos!—, y entonces, 
brindar brindaremos por la sinceridad y la vida, 
por la risa ingenua, tan alegre, de los niños, 
la libertad a color de las flores, y el paseo a media tarde.

Sobre el mismo fondo, inconfundible verde mate, 
de los olivos, y el gorjeo inimitable

de los pájaros cantores,
un huerto de olivos nuevos plantaremos, 
por si vuelven los poetas. 
Y en lo alto de la noche, estrellas, 
colgar colgaremos, que alumbren de esperanza 
nuestras calles, —la nuestra seguirá llamándose 
Calle del Olivar—, la misma que habita un Hombre, 
servidor, es un decir, y dicho sea con respeto, 
para servir a Dios y a usted.