El tren, parábola imperfecta

Autor: Padre Juan Manuel del Río C.Ss.R. 

Correo: delriolerga@yahoo.es

 

 

(Cuento)

La tundra, helada, interminable, infinita, tenía el color blanco-ceniza de la soledad de la nieve. Nunca había sentido tan de cerca la tristeza del paisaje aterido. El transiberiano se movía con pesada monotonía. En mi maleta, los libros se agazapaban como queriendo huir de su soledad, que no se diferenciaba mucho de la mía.

-Buenos días, me dijo alguien, así lo supuse, en una lengua que no entendí. Esbocé una sonrisa, como contestación amable, le extendí el billete, y seguí leyendo. El revisor picó el tiket, anotó y se marchó. Yo seguí leyendo el Archipiélago Gulag disimulado tras unas pastas del Quijote. Luego me detuve. Peligro, pensé. Cerré el libro, eché a correr. Con dramatismo y furia, salté las alambradas electrificadas y seguí corriendo. Crujía la nieve bajo mis pies y el aullido de los lobos me estremecía. Lejos, muy lejos, podía vislumbrar la lejana playa de la libertad donde me aguardaba Françoise Sagan.

Yo corría, mi mente corría, los dos corríamos juntos y más que el tren; éste seguía avanzando despacio, con una especie de desaliento aprehendido en la monotonía interminable de las estepas siberianas. El frío se colaba por los vagones casi vacíos. Desde mi sitio veía el dormir acompasado de algunos pasajeros.

-¡Buenos días, tristeza ... ! -oí que alguien me saludaba-. (¿Tristeza ... ? -me dije. No estoy triste, simplemente, pienso).
-¡Buenos... -inicié, y a punto estuve de completar, como contestación, la ritual frase- ...días!. Pero me di cuenta que en los asientos más cercanos no había nadie. Menos mal. El sentido del ridículo me incomoda. En las playas de mi mente había también mucha soledad, me fui adormeciendo, estirado en el paisaje borroso de la estepa interminable, y mi mente buscó el acantilado, la playa, el verano, el punto opuesto al paisaje gélido de la tundra. Un hombre viudo y su hija paseaban por la casi solitaria playa, en la espléndida novela; él no perdía de vista a Elsa. Los amoríos de siempre. Sentí un frenazo en forma de golpe seco y chirriante. Pude ver en ese momento cómo Ana moría, en accidente, casi, casi llegando a París. Me sobresalté.

El tren había efectuado su parada en una estación perdida en medio de la tundra. Creí que había sido un terremoto, ¿el de Lisboa...?. Año 1755. Levanté la vista hacia la maleta de los libros. Cándido estaba tranquilo; él había estado allí de manos de Voltaire y me lo podría aclarar. No dijo nada. Entonces, no. El asiento contiguo seguía vacío. Y la estación desierta; la pequeña campana que sobresalía por entre el frío y la neblina me recordó las que había visto en las antiguas estaciones ferroviarias de España. Me enfundé aún más en la fuerte chamarra. Tras la ventana de la estación se adivinaba una sala y en ella una vieja estufa a carbón. Se parecía a una cárcel, si bien, quizá más caliente. No sé por qué, me acordé de Marco Polo dictando a Rusticiano de Pisa el Libro de las Maravillas del mundo. Pero esto no era Venecia, de agua y sol, góndolas y romances, sino la Siberia.

Un plebeyo, pero sabroso bocadillo de tortilla española, a la francesa, -para acreditar mi origen europeo-, me devolvió a una realidad más risueña. Me puse a tararear Katiuska, a dúo con Sorozábal. ¡Katiuska, Katiuska, qué va a ser de ti...! Gritábamos fuerte porque no nos oía nadie. Pero se nos impuso alguien que cantaba, con voz de bajo profundo, viejas canciones del Don.

El tren seguía su marcha. Hacia dónde? ¿Dónde está la estación final? Buena pregunta, me dije a mí mismo. Cambiando de postura, me volví hacia el asiento de al lado dirigiéndome a la noble figura envuelta en un largo gabán blanco:
-Santidad, usted que acaba de tener una visión espectacular sobre el fin del mundo, dígame, vamos bien en esta dirección?
Gregorio XVII me miró compasivo, casi con mimo; temía, como el que más, el estallido de una guerra nuclear; se limitó a decir que somos los bufones de Dios. Lo dijo, y tuvo que abdicar. Sentí una especie de rabia reprimida, e increpé a Morris West:
-Señor West, usted juega con los sentimientos. Pero el amor, la fe, la esperanza, viajan en el mismo vagón.
-No estés tan seguro, -intervino Anton Chejov; luego, como haciendo sitio al silencio, quitó el vaho del cristal con la manga de su abrigo-; continuó: ¿ves esos pobres campesinos, están ateridos de frío y muertos de hambre, qué esperanza de vida tienen?
-Ninguna, pero son los pocos clarividentes que aún quedan en el mundo, aunque no sepan leer ni escribir, señor Chejov, -le dije. -Son esclavos, simplemente esclavos, eternos esclavos, -no supe si era yo o mi mente quien se pronunciaba-, y en ellos, como en todo ser humano que vive esclavizado se incuba el resentimiento, el odio, la sed de venganza. Y esa sed de venganza está por encima de toda ética. -Dije, y me callé.

¿Dónde habría leído yo semejante diatriba? Lo mismo da. La frase era tan redonda, hermosa y vacía como cualquier discurso político, aunque más real.
-También, camino de incansable libertad, -apostilló Milan Kundera.
--¿Libertad, ha dicho usted? ¿Qué es la libertad? -pregunté de mala fe- porque la pregunta sobre la libertad es tan insidiosa como la pregunta sobre la verdad. (¿Qué es la verdad?, -había preguntado Pilato, el egregio patrón de los políticos, con afectada modestia, ante el tribunal de Dios). Insistí:
-¿Qué es la libertad?
-Yo diría que.... el amasijo de una historia de amor, celos, sexo, traiciones...
-¿Ah, sí? ¿Para terminar limpiando cristales como Tomás, su médico, tan insoportable como la insoportable levedad del ser? Ese es argumento válido para una novela, para cualquier novela, no para mí. No me convence. Aunque, la verdad, le felicito a usted; la suya es de las que más me han gustado. Extraordinaria. Le ruego, por favor, que me estampe su autógrafo. ¡Gracias!

Siguió un largo silencio. Miré por las ranuras, en forma de pequeños riachuelos, que el vaho dejaba en el cristal al escurrirse condensado. Se adivinaba a lo lejos un pequeño pueblo. Casas humildes, de madera. Me pareció ver a la madre de Gorky, disfrazada de peregrina, ir corriendo de puerta en puerta; Nilovna no pedía limosna, repartía literatura, presuntamente subversiva, preparando el parado de los bolcheviques. Pensé que en aras de la libertad. ¿De qué libertad? -Simplemente, la libertad ¿Acaso hay otra?, -terció Alvin Toffler.
-Dirá usted la esclavitud. ¿Pediríamos, acaso, libertad si no fuéramos esclavos? Conozco sus libros. No es usted un profeta, pero sabe penetrar como nadie en el futuro de la economía mundial, la misma que se mueve desde fuerzas ocultas en la era de la informática, la auténtica revolución de los tiempos actuales y que va mucho más allá del capitalismo y del socialismo. Pero el altar del sacrificio seguirá siendo el mismo: la política por la política. ¿A qué nos lleva la política...? ¡No, no; no conteste, que yo mismo se lo diré! A seguir escribiendo la misma historia de siempre: la historia de todas las esclavitudes.

Tras esta parrafada que me salió de lo profundo del alma sentí mi garganta reseca. Extraje de la mochila mi bota de vino. Bebí. Yo primero, por cortesía. Luego la ofrecí. Todos bebieron.
-¿Del Duero?
-No, no, del Ebro, que lleva más agua, y al pasar por Zaragoza se vuelve canción tras haber catado las bodegas riojanas. 
Todos rieron. Pero al que vi de mejor humor fue a Graham Greene. Dio un fuerte apretón de manos a su Monseñor Quijote, cerró la puerta de Rocinante, el pequeño auto, una vez que Sancho logró acomodar su humanidad generosa, y los despidió. Este sí era un sueño posible, salpicado de cómicas aventuras en sus intensos debates sobre todo lo habido y por haber, religión, moral, política...

De pronto los perdí de vista. El frío me había entumecido las piernas. Me puse en pie y comencé a recorrer, tambaleante, el viejo tren. No había nadie. Sólo mis libros. Asomándose por la vieja maleta de viaje, me miraban con cara de extrañeza, como diciéndome: no te vayas, no nos dejes solos.

En un impulso instintivo eché a correr, pero no hacia la cabecera del tren, sino hacia la cola del mismo. No hacia la terminal de destino, sino hacia la terminal de origen. Era como trazar una parábola en el tiempo, (-yo estaba en la mitad del tren-), y lo mismo que la pescadilla al morderse la cola, quedar en posición fetal. Me pregunté que por qué tenemos tan poca prisa en llegar a la estación de destino, siendo ésa, precisamente, la terminal única y convergente. Por qué tanto afán en volver hacia el origen ignoto del cual sólo sabemos que arrancamos, y nada más. ¿Va el tren hacia adelante, o va hacia atrás? Era la pregunta crucial sobre la vida: qué es, dónde empieza, dónde acaba, qué hay antes, y qué hay después.
-¡No te vayas ... !, -me gritaban mis amigos los libros.
-Ahora vuelvo, -les dije para tranquilizarlos. 

***********

-Oiga, señor jefe de estación, ¿a qué hora sale el tren?, -pregunté amablemente.
-¿El de hoy o el de ayer?, -así me contestó.
-¡¿Ah...?! -Al ver mi cara de extrañeza, el jefe de estación de la ciudad de Mazatenango, Guatemala, me aclaró, bajando la voz:
-Es que, ¿sabe?, el de ayer aún no ha llegado.
-¡Ah.... vale. ¡Oiga! Esto..., ¿no se llamará usted Manolo?
-¡No!. ¿Por qué?
-Es que, tengo un amigo que se parece mucho a usted, y se llama Manolo, el humorista; es amigo de Tomás Salvador ¿sabe?
-Entonces, seguro que es filósofo.
-Bueno, más o menos.

Luego me senté en el suelo, a la sombra de la misma estación; muy cerca estaba la trocha o camino por donde pasaban los camiones cargados de algodón. Venían de la costa. Atravesaban sin cuidado las vías del ferrocarril; total, el tren siempre venía con retraso... El de ayer no había llegado. ¡Ah, bueno, entonces el de mañana, que es el de hoy, estará para salir...! ¡Qué lío, o sea, que mañana es hoy! Es decir, que esto es el movimiento continuo alentado por un ingenuo motor de ilusión. Eso. Se lo acababa de oír a Jaime Gades Dartmoore. Así, Dartmoore, que siempre es bueno hacer constar el segundo apellido, aunque, en definifiva, da igual, digo yo; él es sobrino de tía Lisa, según me contó don Torcuato, pero quien le eriza la piel es Pepa Niebla, con lo cual los apellidos son como la pedrea de la lotería: pura consolación.

No quise meterme en devaneos amorosos, y viendo que el tren no llegaba, ni el de ayer ni el de mañana, eché a andar vía adelante, que mañana es hoy. No tenía prisa. Quería llegar a las selvas del Petén; y luego seguir hasta Yucatán, aunque antes, por cercanía, subiría al Altiplano guatemalteco, a echar un vistazo a la luna gardenia de plata, la luna de Xelajú, única, inconfundible, la de mis noches de amor... 

Mi intención de acercarme a la selva del Petén se debía al talento particular de los mayas. Ellos descubrieron el valor del número 13, mi número de suerte, y el calendario, antes, mucho antes que los aztecas.

Creo que adivinó mis intenciones Pierre Ivanoff, porque, apresurando el paso, me dio alcance y se puso a caminar a mi lado. Mejor, era un excelente conocedor del país de los mayas. Al volverme, vi que me seguían, saltando sobre las traviesas de la vía, todos mis otros libros. Parecían los siete enanitos detrás de Blanca Nieves; contentos, felices. Por el camino se les agregaban otros y otros, muchos, muchísimos libros.

Habíamos pasado del Pacífico al Atlántico. Llegando estábamos a las costas de Yucatán. Justo en ese momento amanecía, de golpe, como es costumbre en el trópico. Pudimos observar cómo naufragaba Jerónimo de Aguilar, muy cerca de la costa. Quise acercarme para entrevistarlo, pero mientras se me ocurrían las preguntas, Hernán Cortés se me adelantó. Luego los dos desaparecieron. Supe, más tarde, de su vocación de fraile aventurero y de sus labores de traductor junto a doña Marina la Malinche.

Mis libros descansaban ahora bajo el cielo intenso, luminoso y cálido, del trópico. Junto a mí no vi a nadie más. A mis pies encontré una nota, enigmática, escrita sobre la arena: "El transiberiano, nunca arrancó; el mazateco, nunca llegó". No lo entendí. Me resultó indescifrable. Fue como si Torcuato Luca de Tena hubiera dicho mientras se alejaba por la playa: El futuro fue ayer.

Más no escuché. Era la víspera del primero de enero del año de gracia del Señor de 1511. Yo estaba a punto de nacer. Doy fe.