Bitácora del acantilado
Autor: Padre Juan Manuel del Río C.Ss.R.
Correo: delriolerga@yahoo.es
—¡Abuelo, Abuelo!
Me desperté sobresaltado. Recuerdo que tenía mucha sed. De pronto, me vi transportado a la reseca orilla del Mar Muerto. Ahí estaba la causa de mi sed. Era la sal. Las orillas, las piedras, todo estaba invadido por la sal. Una sal que junto con el agobiante calor encerrado en aquella tremenda depresión, a 432 metros bajo el nivel del mar, no sólo daba sed, proporcionaba al mismo tiempo la impresión de épica soledad.
En Jerusalén había visto hoteles agradables para estar y, de paso, quitar la sed. La coca-cola de los americanos sabía bien con hielo. Con mucho hielo; porque, en definitiva, lo que sabía bien era el hielo. Pero no podría subir a Jerusalén por la habitual calzada de Jericó. Judíos y palestinos andaban alborotados. Y para colmo, los libros lo decían, el 4º Concilio de Letrán era abiertamente antisemita. Y la nobleza inglesa obligaba a Juan sin Tierra a concederles la Carta de las Libertades. El único que se oponía era Inocencio III.
Vi la tierra como un bosque, un bosque grande y encantado. Pero un bosque extraño donde no había árboles. Los árboles se habían convertido en lanzas. De todos los rincones salían reyes. La tierra se poblaba de monarquías constitucionales.
Quise pasar la página. En los anaqueles de la biblioteca, los libros bailaban una frenética danza de papel. Debían tener frío. En el Acantilado corría una brisa fresca que contrastaba con el páramo helado de la historia y el calor insoportable del Mar de la Sal.
Casi sin darme cuenta, los libros giraron sobre sí mismos hasta quedar mirando en una sola dirección.
También sobre Roma soplaba una desapacible brisa. Los soldados de Bonifacio VIII echaban mano del dimitido Celestino V.
La puerta de la mazmorra se cerró con un golpe seco. La tensión nerviosa que la pesadilla me había producido, seguía siendo la causa de que mi sueño no fuera reconfortable. El Abuelo me lo había advertido.
—No estés tanto tiempo sobre los libros. Se te pueden cruzar los cables como a Don Quijote.
—Abuelo, la historia es apasionante. Es como una novela.
—¿Como una novela, dices? Es la mejor novela.
La pesadilla no se me pasaba.
—Capítulo 3... Yo iba por el capítulo 3. No lo encuentro. ¿Dónde está el capítulo 3? ¿Y el libro? Tampoco aparece.
Efectivamente, ni uno ni otro aparecían por ningún lado. Sólo el indicador de páginas.
Como por arte de encanto, todo había desaparecido. Tendría que resignarme. No sin cierta preocupación volví la vista. El Mar de la Sal no estaba. El Acantilado no estaba. El Abuelo no estaba. ¿Estaría yo?
Lo que divisaba ahora era Francia, la Galia de tantas guerras. En la frontera, los camiones españoles formaban un atasco monumental. Los gendarmes franceses no los dejaban pasar. Montañas de naranjas y manzanas se desparramaban sobre las llanuras que, poco a poco, se iban inundando de sidra y champán.
En el interior de la emblemática nación, Felipe IV el Hermoso pleiteaba por el poder absoluto que los papas, encabezados por Bonifacio VIII, ostentaban.
—El poder es siempre el poder.
—Abuelo, ¿dónde estabas?
—Velando tu sueño. Veo que duermes como un lirón.
Así dijo el Abuelo. La realidad era muy otra. El libro de historia me daba constantes golpes en la cabeza. Estaba medio aturdido. Al día siguiente tenía un examen. La historia era una novela. Qué sabio era mi Abuelo. Se me estaba pasando la sed.
Mientras tanto, en la otra frontera, Dante Alighieri, se divertía contemplando el infierno desde la boca de un volcán. El Etna estaba en plena erupción. Entre el hervor de las llamas, danzaba frenética danza de fuego Bonifacio que, obviamente, había dejado vacante su sede.
—Qué extraño, los teólogos están divididos y andan a la greña.
—Son los dos consabidos bandos: de un lado los "curiales", del otro los "legistas".
Con razón que el Abuelo solía decir:
—La tentación de las leyes ha sido una constante, en el mundo de la política y de la Iglesia.
—¿A qué se debe?
—Las leyes son la fuerza de los gobernantes. Sin ellas no serían nada. Por eso se pasan el día haciendo leyes.
—Explícate, Abuelo.
—Está claro. Las leyes se hacen para que las cumplan los demás.
Con leyes o sin ellas, así anda el mundo. De un lado, América; el resto, tierra de conquista. De este modo parafraseaba el Abuelo una frase parecida aplicada en otro contexto. Le dije:
—Las leyes son una forma encubierta de dictadura.
—No tan encubierta. Son el as escondido en la manga para imponer la dictadura de partido.
Caí en la cuenta. Eso mismo decía la novela, la gran Novela de la Historia. Era el capítulo 3. Y la novela estaba dentro de mi cabeza. Qué suerte, lo había encontrado. Al día siguiente tenía examen.
El discurso sobre las leyes iba subiendo de tono, en el mitin espontáneo, de corte dramático, que se había formado sobre el hemiciclo del parlamento improvisado en el Acantilado. Sus señorías se habían alborotado. Alguien gritó:
—¡Viva la libertad...!
Una brisa tenue pasó, primero suavemente, la página del grueso libro. A continuación, no una, muchas páginas de historia comenzaron a pasar a velocidad de ordenador. Fin del capítulo tres. Si me lo preguntan en el examen, está “chupao”, me dije.
Faltaba el resto del libro, que era la causa de mi pesadilla. En un repaso de última hora, a velocidad que casi no daba tiempo a que mis ojos pudieran concentrarse, fui pasando el resto del libro.
Allí estaban, bien resaltados por el rotulador, de un lado, Juan de París, y Pierre Dubois; de otro, Egidio Romano, Agustín de Viterbo, Mateo de Aguasparta, y un largo etcétera.
—Abuelo, ¿aquí cuándo amanece?
—En cuanto te despiertes.
El libro de la Gran Novela se había quedado pequeño. En la próxima edición había que meter, por fuerza, el 11 S. y el 11 M. y a Bin Laden. Y la violencia inmisericorde entre judíos y palestinos. Y tantas cosas más. Desgraciadamente, aunque las grandes masacres remueven los cimientos profundos de la conciencia de la Humanidad, terminan por entrar en el olvido o la indiferencia. Una desgracia tapa a otra. ¿Quién recordaba ya Las Torres Gemelas, Madrid, Irak, etc.? ¿Quién se acordaba de África, “que inmola a sus hijos en torpe guerra”?
Desde el Acantilado se veía perfectamente su silueta. Un barco velero ponía rumbo a las Azores. El resto quiso ser silencio. Hasta que, de pronto, se hizo la guerra. Una guerra que masacraba la conciencia sensible de quienes aún eran capaces de guardar un resto de sensibilidad y decencia. Los edificios iban siendo destrozados iluminados por los fuegos artificiales del más horrendo bombardeo de la historia. Las mil y una noches de Bagdad estallaron en mil pedazos, bajo la apocalíptica pirotecnia de la muerte.
Los niños callaron también para siempre su inocencia junto a las bicicletas con las que nunca más podrían volver a jugar ni correr.
—¡Abuelo, esto es horroroso!
—Lo peor es que una guerra hace olvidar a la otra.
Terrible afirmación que el libro de la gran novela, la Historia, daba por cierta. En el cielo se entrecruzaban las estelas de los misiles que lanzaban los aviones de la muerte. Al despertad, lo primero que haría, sería preguntar:
—¡Abuelo! ¿Dónde está el cielo?
En la Bitácora del Acantilado quedó registrada la pregunta. Y cada página de la Gran Novela que era la Historia.
Al despertad y según me iba espabilando, lo primero que oí fue la voz del Abuelo. Con su sonrisa cariñosa, mientras me acariciaba el rostro, dijo:
—Hijo, el Cielo está en el Acantilado.
Quedó también registrada la respuesta.
La brisa del Acantilado volvió a zarandear suavemente mi cabellera, como cuando era niño. Me detuve. ¿Habrá sido la brisa?
Desde el cielo, el Abuelo sonreía. El Acantilado seguía siendo la metáfora de una vida y de una historia.
Allí sí reinaba la paz. La vida seguía teniendo la sencillez de los días iguales; y la alegría íntima de ser parte de la inmensa y maravillosa creación, donde cada partícula, cada átomo, palpita como parte del salmo integral de acción de gracias al Creador.
Sobre el dorso del viento seguí escribiendo renglones imaginarios de la existencia de cada día. Todo quedó registrado en el cuaderno de bitácora del Acantilado que marcaba nuestros días. Al final, estampé nuestro nombre sobre las olas, en letras minúsculas, que las gaviotas se encargaron de alargar hasta convertirlas en letras radiales que indicaban dirección a todas partes.
—Abuelo, ¿dónde está Dios?
—Hijo mío, Dios está en todas partes. Y nosotros estamos en el núcleo central del salmo existencial de su eterna Creación.
Acantilado, Sueños, Preguntas, Respuestas…, todo, absolutamente todo, iba quedando registrado en la Bitácora del gran Viaje. La olas ponían pastas de nácar a nuestro Diario de Sueños que las gaviotas se encargaban de custodiar.