La már, Icono de eternidad
Libro: “Abuelo, píntame un Sueño”
Autor: Padre Juan Manuel del Río C.Ss.R.
Correo: delriolerga@yahoo.es
Llovía sobre el Acantilado. Era una lluvia fina, pertinaz. Hacía frío. Espero que las rocas del Acantilado, piadosas, hayan guardado sus Sueños.
Lo mismo que cuando se apaga el televisor, y en un efecto de profundidad la luz se va metiendo hacia dentro del mismo en forma de túnel, así fue desapareciendo, poco a poco, mi Sueño.
—¿Mío, he dicho?
Mías eran, sí, las lágrimas que comenzaron a brotar incontenibles de mis ojos, hasta fusionarse con la lluvia. Igual que un aspa quebrada, se quebró mi llanto. De repente, me pareció sentir una mano templada, complaciente. Era como si el Abuelo hubiera escuchado mi plegaria. No supe cómo; tal vez fue sólo un pensamiento entrechocado con el fragor de las olas que golpeaban con fuerza sobre las rocas del Acantilado. Lo mismo que un niño abandonado, comencé a balbucir:
—Abuelo: Hazme huérfano inútil de todas las codicias para que nadie pueda borrar tu nombre, cuando esta escueta estructura de hombre descanse en las tierras baldías del olvido. Que quiero ostentar en la sombra el apellido ingenuo de las cosas, para que la noche, la ciudad, el viento, la escarcha, la nieve y el rocío, velen tu nombre. Llámame también a mí a la hora undécima, para que regresar pueda otra vez al principio de las cosas, donde la metafísica voz de tu presencia empuja este caminar, nómada y frágil, de mi existir. Déjame entonces ver tu rostro, junto a Dios, y que al mirarte, que mis ojos se enreden en tus ojos para que juntos desgranemos la canción jubilosa del encuentro; la misma que al caminar queda flotando, limpia, como el relente de la noche, o la niebla del Acantilado. Déjame, por último, ser río en tu cauce, para que mis labios saboreen el agua de la vida en la limpia y desnuda inmaterialidad de tu regazo. Y si el amor llegara a desertar de mi vida, le pido a Dios que me alargue entonces un poco más la vida, aunque sea tan sólo un instante, para que pueda terminar de amasar este barro de mi ser a la intemperie eterna de los siglos, y seguir recordándote más allá del tiempo y de los siglos, en el Acantilado.
Al terminar, comprendí que estaba solo. Solo, lo mismo que un huérfano a perpetuidad. El Acantilado había desaparecido. Quedaba, tan sólo, la metáfora del Sueño.
—¿Lo demás...?
—Cenizas de un poema esparcido al vaivén del viento sobre la Mar.
La placa de acero, en forma de Libro, decía:
“A la Memoria de mi Abuelo. Un hombre excepcional, que tuvo por libertad el pensamiento; por destino la luz de los luceros. De oficio soñador. Su misión fue vivir. Desapareció en el Acantilado. Velan su sueño las gaviotas, las margaritas, los peces y el mar. Y mi recuerdo. Descansa en paz, Abuelo. Para siempre, tu hijo”.
Según me marchaba, el Acantilado iba quedando atrás para siempre, envuelto en la bruma. Las olas golpeaban con fuerza las rocas. Una voz dentro de mí parecía decir:
—Hijo, los Sueños son Vida. Quien no sabe Soñar no sabe Vivir. No lo olvides.
—Abuelo, la metáfora es el Sueño.
—Hijo, la metáfora es la Vida.
El Abuelo terminaba de pintar un Sueño que quedó varado en la Mar.
—Hubo un Hombre...
—Un día de Niebla desapareció en la Mar.
—La Metáfora es la Vida.
—La Metáfora es el Sueño.
—Quedamos Tú y Yo.
—Y la Mar, Icono de Eternidad.