El castillo de algodón
Libro: “Abuelo, píntame un Sueño”
Autor: Padre Juan Manuel del Río C.Ss.R.
Correo: delriolerga@yahoo.es
El Abuelo, según él mismo afirmaba, no era hombre de letras… ¡sueltas!, matizaba. Sino de palabras completas que, a su vez, formen pensamientos que puedan navegar en libertad por los caminos caprichosos del viento.
Con frecuencia solía decir que la puerta principal de la mente es la fantasía, porque nos introduce tanto en la dimensión de lo real como de lo irreal. Es decir, el mundo de los sueños donde él se movía con más facilidad. Y apostillaba:
—Que cada quién sepa situarse en su propia realidad.
Como es sabido, la mayor parte de su vida transcurrió en la Universidad del Acantilado. Sus ratos libres, es igualmente del dominio público, los dedicaba a pastorear sueños. Le gustaba jugar con la nieve.
—Pero eso fue más bien en los años mozos, cuando la juventud…
Hizo una pausa. La palabra juventud le quedó colgando en los labios. Noté un deje de nostalgia en el rostro. No era la primera vez que esto ocurría. ¿Le pesarían los años?
—No, hijo. Ocurre que la juventud…
Nueva pausa. Sonrió, como dejando aflorar a sus labios todo el romanticismo de sus años jóvenes. Y como para que el viento escuchara y esparciera su mensaje, fue relatando que la Juventud es tiempo de cantar, igual que los ruiseñores, con la libertad intacta en el pecho, y sin esperar retornos; sin dejar recuerdos mal aparcados a la orilla del río donde crecen los juncos y el viento se rasga en los cuchillos verdes del deseo.
La vena tránsfuga de su pensamiento jugaba en remolinos, como las ramas jubilosas del deseo y del tiempo donde hacen sus nidos, también, las sombras del misterio. Dejaba el Abuelo desgranar su verbo, hondo, caliente, sincero. Y su alma transparente se derramaba como agua victimada que deja un trozo de su llanto en la quebrada.
El Abuelo, a la vista estaba, era de gran corazón. Había amado mucho, sin esperar nada a cambio, y ahora podía cantar su alegría anónima al viento, a la orilla de sus recuerdos, dejando que los juncos finísimos de su sangre se cimbrearan más allá del deseo.
—Hijo, la juventud es muy breve. No la estropees.
Y este hombre, vertical como el sol de mediodía, candidato seguro a la eternidad, de alegría serena y horizontal, siguió relatando cómo aquella mañana, de madrugada, cuando aún no se abría el balcón al rumor verde de los geranios en flor, se puso en camino. Enfiló rumbo a la montaña. Subió la montaña. La nieve cubría todas las cumbres.
—Esa montaña es el gran Ararat, la más alta de Turquía; sobrepasa los cinco mil metros.
—¿Dónde se posó el Arca de Noé?
El Abuelo sonrió. Pastor de sus sueños, había subido a la montaña. Tenía prisa por subir. Al llegar a la cumbre tomó un puñado de la blanca nieve; dejó que se escurriera entre sus dedos. Luego, con la mente en el Acantilado, formó un pequeño mar en el cuenco de sus manos, y fue depositando copos de nieve que él imaginó pequeños barcos veleros. Pensó.
—En estos frágiles barcos debo atravesar el inmenso, y al mismo tiempo pequeño, mar de mi vida.
Y se puso a surcar la vida, como un nuevo Quijote que cabalgara en un barco de seda, dejando que a la orilla de sus manos navegaran también pececitos de colores para que no se perdieran entre la niebla. Estos iban, venían, desaparecían y volvían a asomar.
—Abuelo, pececitos de colores.
Ampo de nieve la montaña; veleros, mar, y Abuelo se esfumaban, como se esfuma un amor entre la niebla. Dijo.
—Flota siempre un pañuelo azul en alta mar.
—Bordado de ensueños y atardeceres.
El Abuelo comenzó a descender la montaña. Bajaba dejándose deslizar por la pista inmaterialmente blanca de los días. Como un nuevo Moisés, venía radiante. Los copos habían rodado ladera abajo de sus manos, evocador acantilado de sus sueños. La danza de la ventisca y la nieve formaban un remolino de ilusión. Pensaba proseguir su particular viaje de parte a parte del país; de este a oeste; y al centro. Para archivar recuerdos, decía.
—¿Recuerdos de cuándo, Abuelo?
—Recuerdos y sueños de siempre, hijo.
Era como sorberse el alma de alegría; tanto era el gozo que le proporcionaba el hechizo del frío y la nieve. Me besó en la frente. Volvió a decir:
—Hijo, no lo olvides; no estropees la juventud.
Estaba moralmente cierto de que la suya había sido una juventud limpia. Ahora, envuelto cada uno en sus sueños, y después de recorrer muchos, muchísimos kilómetros, estábamos llegando a Pamukkale. Le dije.
—Abuelo, si Noé llega a posarse con el Arca en la cima del Ararat, seguro que se muere de frío; a semejante altura… En cambio aquí… Fíjate, qué maravilla lo estamos viendo. Aquí hubiera resultado más fácil.
El espectáculo que teníamos a la vista era sencillamente fantástico, deslumbrante, maravilloso.
—Estamos en Pamukkale. Significa Castillo de Algodón.
Quien hubiera tenido la ocurrencia del nombre, ciertamente estuvo inspirado. Le caía a las mil maravillas. Castillo de Algodón. Era como una fantasía bordada en mito y realidad, donde todo es real, absolutamente real. La antigua Hierápolis, y toda la riqueza de sus vestigios arqueológicos, ahí está; la falla tectónica, que los ojos no pueden detectar y las cuevas, a las que no dejan entrar, ahí están; los numerosos manantiales termales, los mismos que al dejar abundantes sedimentos calcáreos dan paso a este maravilloso espectáculo de la naturaleza, ahí están. Terrazas blancas descendentes que dan forma al Castillo de Algodón, que se afinca en el paisaje como una leyenda para deleite de la vista y alivio de dolencias. Frigios, hititas, romanos, turistas de todos los tiempos, y ahora el Abuelo y yo, han hecho acto de presencia aquí.
—Hijo, hay que dar gracias a Dios, a la Naturaleza, o a quien corresponda, por tal maravilla.
El valle del Çürüksu, el río Lyco, nos estaba regalando con esta sugestiva visión. Todo resultaba candorosamente deslumbrante, desde el blanco de algodón, hasta la fascinante irisación cromática, según la inclinación del sol. Indicó el Abuelo:
—La Turquía egea ha sido muy castigada por los movimientos telúricos.
—A cambio, la ruptura de las capas subterráneas ha dado lugar a los manantiales de agua calcárea de abundantes residuos de óxido de carbono que, a su vez, han ido formando estos travertinos o cascadas petrificadas.
El Monte Cadmos sonreía, sin duda, viéndonos disfrutar de tanta belleza. Todo el paisaje era como un bosque de cantos sonoros; en verde, por Hierápolis y el valle; en blanco por los travertinos. El Abuelo silabeaba la canción dorada de la tarde en la quietud del paisaje. Las flores columpiaban su belleza, coqueta y graciosa, al viento, junto a las tumbas situadas entre pilones calcáreos.
—Abuelo, estas flores son un guiño de fruta en almíbar, en medio de esta tarta inmensa de algodón que se me figura ser este lugar.
—Y a mí, las flores se me figuran ser trémulas niñas bonitas que sonríen con guiños de azúcar al ya casi tibio sol de la tarde.
Nos pusimos a cantar, a dúo con el paisaje y la tarde, estrofas de algodón en el reverberante pentagrama blanco de Pamukkale. Le dije confidencialmente al Abuelo:
—¿Sabes que el amor tiene el alma de una flor? La flor, que de amor tiene el alma llena, expresa su amor en acuarela de mil colores.
—Sí, hijo, sí. Y el alma expresa su amor regalando una flor.
—¿Será por lo intenso de su aroma y color, o por su breve y frágil existir?
—Hijo, ¿cuánto dura la primavera?
Todo tenía su ritmo, su tiempo: el sentimiento, la ternura, el amor. Sin duda, eso quiso darme a entender el Abuelo.
—Hijo, lo importante es que cuando llegue la Tarde, que llegará, alguien sepa que hemos estado Aquí.
Noté, por el énfasis que puso, que Tarde y Aquí, eran dos palabras que el Abuelo decía en mayúscula.
—Hijo, la Tarde es una metáfora. El Aquí, también.
—Y el Acantilado. Y tú, Abuelo. Tú y yo somos una metáfora: la metáfora de Dios.
La brisa desprendió algunos pétalos de las flores más próximas.
—Ya ves; nadie sabrá que al caer la tarde con los últimos destellos del sol, perlas de plata fina llora la flor.
—Que la luna, con fría luz, enjuga; pues de soledad la flor tiene el alma llena.
—Y nadie quizá sabrá descubrir que la linda y solitaria flor por amor florece al llegar cada primavera, en el jardín silente del paisaje. Igual que una plegaria, porque de amor tiene el alma llena.
Una vez más, le afloraba la vena romántica y poética. Continuamos el recorrido por la Hierápolis romana, convertida en ruinas por un terremoto.
—Abuelo, tengo la impresión de que las ciudades son más bonitas cuando están en ruinas.
—Porque es entonces cuando se convierten en poemas amasados en piedra.
—¿También la vida es un poema?
—Sí. Amasada con tierra de color universal, que el tiempo transforma en geografía para ubicar perfectamente el lugar y estado de sus arqueológicas ruinas.
—Abuelo, ¿cómo anda tu arqueología?
—Te diré; me siento yo, escuetamente yo, con mi indigencia a cuestas, viajero hacia la luz, en la infinita claridad del Ser.
—Estás inspirado, Abuelo.
—Simplemente, sé admirar la belleza, tanto del árbol como de la flor; pasando por toda la gama inabarcable de estética que la naturaleza nos presenta en cósmica sinfonía.
Rememoraba antiguas conversaciones. La nostalgia va adosada al recuerdo, y viceversa. También yo me sentía cómodo revolviendo viejos recuerdos. Por eso, insistí:
—¿La vida es canción?
—No lo sé. Diría que es más bien un pentagrama, donde nosotros vamos escribiendo la melodía.
Sobre ese pentagrama, verde de paisaje, y lleno de embrujo, navegaba ahora la parte final de su existencia. Añadió:
—Más te diré. Hombre me sé, de divina hechura revestido; y aunque las sandalias de la fe llevo ya gastadas, sus correas aún sujetan mis pies.
—Abuelo, tu vida es un poema.
—Qué más quisiera. En todo caso, a la par de mi poema, del cosmos, del mar o del fuego, las raíces de mi ser vibran en la inteligencia de la luz. Hijo, sabes que hemos sido amasados de tierra. Pero el hálito divino alimenta nuestras raíces.
Le recordé, con piedad, que llevaba savia de buen árbol. Que seguía teniendo la libertad de las gaviotas, sin más límites que el azul de universo, y la sonrisa de sal que el mar cada día nos regala. Agradeció el recuerdo.
—Pero la vida es un valle de lágrimas.
—Pero has plantado tu tienda con techo de estrellas sobre el Acantilado.
—Sí, para poder adentrarme en el cosmos, sin complejo de sueños.
—Siempre has sido un soñador.
—Que es todo lo contrario de iluso.
La Tarde estaba llegando. El Abuelo hizo una pausa, como si necesitara pensar. Luego siguió:
—Al llegar la Tarde, yo seguiré trenzando mi poema sobre la página última del pentagrama; sabes que siempre he apostado a ganador sobre la multicolor cancha de la vida.
—Y que orientada tienes la brújula a las estrellas.
Me admiraba la tranquilidad con que seguía escribiendo su poema.
—Hijo, la vida es el pentagrama que Dios nos ha regalado. A nosotros nos corresponde seguir componiendo el poema sinfónico.
Siguió otra pausa. Yo notaba en el Abuelo una enorme paz, una especie de gozo interior, una alegría serena incapaz de poderse ocultar. Le animé.
—Sigue, Abuelo, sigue.
—Hijo, al llegar la Tarde, te aseguro que un carrusel de luz las estrellas todas formarán, para alumbrar de azul celeste mi muerte.
La música tenía el sabor del agua fresca en la fuente esa noche. Los olivos de Hierápolis columpiaban su color de plata vieja al vaivén de la luna. Un cometa, como flecha lanzada en arco, atravesaba el firmamento.
A caballo del relente, vi que el Abuelo tomaba notas en su diario. Las palabras más legibles que a simple vista pude captar decían: trigal, río, árbol, estrella, viento.
—¿Tienen algún significado especial?
—No, simplemente deseo que en el poema que escribo puedan también abrevar su sed la oveja y la alondra; y cuantos tienen por oficio hilvanar sueños de luz.
Había veces que no lograba captar el significado de sus palabras. Con un mohín de contrariedad le dije:
—Pero ninguna de las palabras marcadas en el cuaderno aparece en el poema.
—No te preocupes; están en el barco.
—¿Qué barco?
—Hijo, te lo he dicho muchas veces: la Vida es un barco que navega en la Mar. Hasta que llega un día en que el barco deja de navegar.
—¿Porque ha naufragado?
—Porque ha cumplido su misión.
—Y se ha hundido en la Mar.
—Que es el regazo amoroso de Dios. Lo has entendido.