El beduino

Autor: Padre Juan Manuel del Río C.Ss.R. 

Correo: delriolerga@yahoo.es

 

 

El desierto es maravilloso, sublime y terrible. Siempre peligroso. A la gente que vive habitualmente en el desierto se les llama beduinos. Los beduinos son nómadas. Necesitan desplazarse con mucha frecuencia, en busca de pastos para sus ganados, y la subsistencia para ellos mismos.

Los oasis son lugares habitables, por haber agua y también, como consecuencia, vegetación. Ahí es donde suelen estar asentadas las poblaciones. 

Los beduinos son gentes del desierto, habituados al medio hostil que les rodea. Conocen el desierto, y las distancias que los separan del siguiente oasis. Se guían más por el instinto que por los caminos reales que, de haberlos, la arena los taparía rápidamente.

Es precisamente en el desierto donde acontece un fenómeno natural, frecuente y muy peligroso. Las famosas tormentas de arena. El aire, abrasador en el día, que a veces sopla con mucha fuerza, arrastra nubes ingentes de arena que lo invaden y cubren todo.

Pues bien, amaneció aquel día. Todo estaba tranquilo. Un beduino, nuestro amigo, tenía que hacer un viaje. Necesitaba desplazarse al siguiente oasis. Madrugó y se puso en camino. En su humilde mochila llevaba unas cuantas provisiones, y dátiles y agua. El agua es el elemento más necesario, imprescindible.

Cuando llevaba ya unas horas de camino, vio de pronto cómo en el horizonte se había formado una nube oscura, enorme, que avanzaba con rapidez en dirección hacia donde él se encontraba. 

Conocedor del desierto sabía que se trataba de una tormenta seca, de arena. Una más. Conocía asimismo el peligro que conllevan. En pocos momentos, el viento comenzó a llegar con fuerza, bramando; y la arena, como si fuera lluvia, comenzó a golpearle en el rostro. No había en los alrededores ninguna roca donde poder guarecerse de la furia del viento y la arena. Sabía nuestro buen amigo el beduino que su vida corría peligro. Con el rostro cubierto con una tela para evitar que la arena le ceguera, se tumbó en la tierra. Por lo menos, en esta postura, era más fácil no ser arrastrado por la fuerza de la tormenta.

Así aguantó largo rato, medio enterrado en la arena, hasta que la tormenta fue pasando. Se levantó poco a poco, como pudo, desenterrándose de la arena. Se sacudió, se pasó un paño por la cara quitándose la tierra para poder ver mejor.

Puesto en pie, trató de orientarse. Miró en todas direcciones. El cielo seguía oscurecido por la ingente masa de nubes de arena. Atisbó el horizonte. La línea que une el cielo con el horizonte en la lejanía estaba totalmente borrada. En verdad, se encontraba totalmente desorientado.

¿Qué hacer? ¿Quedarse en el lugar donde se encontraba? Sabía que era peligroso en extremo. El agua pronto se le acabaría. Y la deshidratación en medio del desierto acarrea muerte segura. Era consciente de que debía proseguir el camino. Pero, ¿hacia dónde? Estaba desorientado, completamente perdido. Sin embargo, había que proseguir si quería sobrevivir.

Nuestro amigo el beduino se puso en marcha. No sabía en qué dirección quedaba con exactitud el siguiente oasis. Sólo sabía que era necesario continuar el viaje, aunque fuese a la aventura.

Había caminado varias horas. Estaba cansado, el agua de la cantimplora se le estaba terminando. Para colmo, el espejismo, ese efecto óptico producido por la refracción de la luz al pasar por una capa de aire sobre una superficie recalentada, haciendo que el aire caliente actúe como un espejo, le aumentaba la ansiedad. Ahora el desierto le parecía un lago. Agua, mucho agua al frente. El beduino sabía que era un espejismo. Estaba acostumbrado a este fenómeno. Pero era motivo suficiente para aumentar también la sed.

Se bebió las últimas gotas de agua que aún contenía la cantimplora. Pero siguió caminando, casi, casi como un autómata. Los ojos bajos, vidriosos. El agotamiento, total.

El día declinaba rápidamente. Su alma de creyente musitaba plegarias al Dios de sus mayores, que era su mismo Dios. En gesto de oración levantó los ojos al cielo. Fue en ese momento cuando vio, no muy lejos, unas palmeras. Si había palmeras, pensó, tenía que haber vida. Aceleró el paso. No había dejado de caminar, excepto por la interrupción de la tormenta de arena. Su corazón también se aceleró. Con el rostro iluminado por la emoción y la ansiedad, se fue acercando. Pronto escuchó voces de niños que jugaban en la proximidad de sus humildes viviendas, en realidad, tiendas elaboradas con tejido de pelo de camello o de cabra.

Se detuvo un momento para dar gracias a Dios. Luego, caminó resueltamente hacia las primeras tiendas. Si hubiera tenido más fuerzas, hubiera corrido, en vez de ir al paso que sus pocas fuerzas le permitían; sobre todo cuando pudo distinguir el thawb de algodón blanco de algunos hombres. Las túnicas ligeras, talares, que cubriendo el cuerpo entero, salvo la cara, manos y pies, permiten que el aire circule, para poder soportar mejor el calor, al tiempo que dejan una gran libertad de movimientos, no solamente confieren un porte elegante y señorial en las personas, son además, por sí mismas, todo un símbolo de hospitalidad.

En cuanto lo vieron, sentaron a nuestro amigo el beduino a la puerta de una tienda, ofreciéndole el sabroso y hospitalario té, y comida. 

En cuanto vio recuperadas sus fuerzas comenzó a contar animosamente su personal epopeya. Y cómo el mismo espejismo de la arena había sido acicate para continuar su travesía y poder llegar a su destino.

Moraleja: quien se esfuerza y persevera, sobreponiéndose a las circunstancias, termina por alcanzar la meta.