El transiberiano
Autor: Padre Juan Manuel del Río C.Ss.R.
Correo: delriolerga@yahoo.es
Habíamos trasladado la Embajada de los Sueños a la Siberia. El frío ayudaría a conservar frescos los pensamientos. Pero el Embajador y yo viajábamos de incógnito. Yo iba de Secretario de la Embajada. Viajábamos en el tren, el famoso Transiberiano. Sentí un escalofrío. Los pensamientos querían huir de nuestra valiosa valija diplomática.
La tundra, helada, interminable, infinita, se extendía a nuestros pies. Tenía el color blanco-ceniza de la soledad de la nieve. Nunca había sentido tan de cerca la tristeza del paisaje aterido. El Transiberiano se movía con pesada monotonía. En la mochila del Embajador los libros se agazapaban, congelados de frío; como nosotros. Daba impresión de que querían huir de su obligada soledad, que no se diferenciaba mucho de la nuestra. Alguien nos saludó en una lengua que no entendí. Supuse que dijo:
—¡Buenos días!
Era el interventor. La respuesta a su saludo quedó apenas colgada de mis labios. Era un señor educado, pero infundía miedo.
Esbocé una sonrisa, cortés y amable; le extendí los billetes y continué mirando por la ventanilla. Se limitó a cumplir con su deber. Nos miró, picó los billetes, anotó y se fue.
El Embajador, que leía desde hacía rato, prosiguió inalterable la lectura. Cuando el interventor se fue, pregunté:
—¿Qué lee, señor Embajador?
—Un libro prohibido por estos parajes: Archipiélago Gulag.
Disimulado tras unas pastas del Quijote, para que resultara menos sospechoso, el libro del Archipiélago más prohibido en estas latitudes, y que él, deliciosamente, sostenía en sus manos, nos iba pasando por un campo de alambradas, de exterminio, de sufrimientos indecibles. Eso fue, al menos, lo que me contó el Embajador. Le contesté:
—Pues corremos peligro, Embajador.
—Siempre ha resultado peligroso leer. Por leer, mucha gente terminó en la hoguera de la Inquisición. Pero es mucho más peligroso no hacerlo. La ignorancia es la peor dictadura.
—Pues, alguna vez oí que alguien decía: “Temo al hombre de un solo libro”.
El Embajador soltó una carcajada.
—Sí, porque ¿dónde va uno con un solo libro? Es como tener el coche al límite de la reserva de combustible cuando aún te quedan mil kilómetros por delante y no hay gasolineras en todo el trayecto. La ignorancia, además de atrevida, es peligrosa.
Según atravesábamos la tundra, sentí como si un poder interior me empujara con fuerza. Me levanté del asiento y eché a correr. Lo hice con dramatismo y furia. Salté las alambradas electrificadas y seguí corriendo. Crujía la nieve bajo mis pies y el aullido de los lobos me estremecía. Lejos, muy lejos, podía vislumbrar no sé qué lejana playa de la libertad. Y más allá, entre la niebla, dominándolo todo, se adivinaba un Acantilado.
Yo corría, mi mente corría, el Embajador también corría. Corríamos juntos, y más que el tren. Este seguía avanzando despacio, fatigosamente, con una especie de desaliento aprehendido en la monotonía interminable de las estepas siberianas. El frío se colaba por los vagones casi vacíos.
El Embajador cerró el libro. Me miró.
—¿Dormías?
Nos sonreímos los dos. Desde mi sitio veía el dormir acompasado de algunos otros pasajeros.
Pero observé que en los asientos más cercanos no había nadie. Menos mal. El sentido del ridículo me incomoda. En las galerías de mi mente había también mucha soledad. Me fui adormeciendo otra vez, estirado igual que el paisaje borroso de la estepa interminable. En mi mente buscaba el Acantilado. Había sido también una de nuestras anteriores Embajadas de los Sueños. Además, allí sí se estaba bien. No hacía frío. La explanada del Acantilado era el punto más opuesto al paisaje gélido de la tundra. De pronto, sentí un frenazo en forma de golpe seco y chirriante. Me sobresalté.
—Embajador, ¿qué ha pasado?
—Nada, un frenazo.
El tren había efectuado una parada en una estación perdida en medio de la tundra.
—Pensé que había sido un terremoto; como el de Lisboa.
—Ese tuvo lugar el año 1755. Aún no habías nacido.
No estaba yo seguro de eso. Mi mente permanecía en un estado medio intemporal; tanto era el nerviosismo que llevaba.
Levanté la vista hacia la mochila donde iban los libros. Uno de ellos, Cándido, casi se cae. Alcé la mano para sostenerlo, pero no llegó a caer, y se le notaba tranquilo. Él, que había estado allí de manos de Voltaire me lo podría aclarar. Pero no dijo nada. Permaneció mudo.
El asiento contiguo seguía vacío. Y la estación desierta. La pequeña campana que sobresalía por entre el frío y la neblina me recordó las que había visto en las antiguas estaciones ferroviarias de la España primitiva. Me enfundé aún más en mi chamarra. Tras la ventana de la estación se adivinaba una sala y en ella una vieja estufa a carbón. Parecía una cárcel, si bien, quizá más caliente. Me acordé de Marco Polo cuando dictaba a Rusticiano de Pisa el Libro de las Maravillas del mundo.
—Pero esto, Secretario, no es Venecia.
—Por supuesto; ni hay agua ni sol, ni góndolas ni romances.
—Es la Siberia, la tundra, el hielo. Archipiélago Gulag. Pero, olvida todo esto, que es la hora de comer.
Un plebeyo y sabroso bocadillo de tortilla a la española, que acreditaba nuestro origen, nos devolvió a una realidad más risueña.
Después, a dúo con Sorozábal, nos pusimos a tararear la famosa zarzuela, Katiuska:
—¡Katiuska, Katiuska..., qué va a ser de ti...!
El Embajador disfrutaba. Cantábamos fuerte, aprovechando que nuestro departamento había quedado vacío. También en el departamento contiguo alguien lucía sus facultades canoras. Con voz de bajo profundo, desgranaba viejas canciones del Don.
El tren seguía su marcha. ¿Hacia dónde? Cambiando de postura, me volví hacia el asiento que ocupaba el Embajador. Éste iba envuelto en un largo gabán cuyo color tiraba a blanco. Cualquiera podía haberlo confundido, ¿con quién?
—¿Sabe, señor Embajador, que se parece a Gregorio XVII?
—¡Qué ocurrencias tienes!
—Embajador, ¿dónde está la estación final, donde debemos apearnos?
—Ya que me encuentras un parecido con su Santidad Gregorio XVII, él podrá responderte con más autoridad que yo. La Historia de los Papas también la llevo en la mochila. Pregúntale a él.
Le formulé la pregunta; breve, y con cierta matización.
—Santidad, usted que acaba de tener una visión espectacular sobre el fin del mundo, dígame, ¿vamos bien en esta dirección?
El venerable anciano, Gregorio XVII, me miró compasivo, casi con mimo. Temía, como nadie, el estallido de una guerra nuclear. Se limitó a decir que somos los bufones de Dios.
Los bufones de Dios. Lo dijo, y tuvo que abdicar. Sentí una especie de rabia reprimida, e increpé a Morris West, que era en realidad quien lo había dicho desde uno de los libros.
—Señor West, usted juega con los sentimientos.
—¿Estás seguro? El amor, la fe, la esperanza, viajan en el mismo vagón. Es dirección única. No hay retorno.
Alguien carraspeó. Volví la cabeza, porque el sonido venía de otro lado. Era Antón Chejov. De momento no dijo más. Luego, como haciendo sitio al silencio, quitó el vaho del cristal de la ventanilla con la manga de su abrigo. Después de un intrigante silencio continuó.
—¿Ves esos pobres campesinos? Están ateridos de frío y muertos de hambre. ¿Qué esperanza de vida tienen?
Casi no tuve valor para responderle. Pero al fin contesté:
—Ninguna; aunque son los pocos clarividentes que aún quedan en el mundo, por más que no sepan leer ni escribir, señor Chejov.
—¡Son esclavos; simplemente esclavos, eternos esclavos!
Intervino el Embajador. Me sentí más tranquilo. Su aserto fue:
—En todo ser humano que vive esclavizado se incuba el resentimiento, el odio, y la sed de venganza. Esa sed de venganza rebasa toda ética. No puede haber amor donde no hay justicia.
Tenía razón el Embajador. Me hubiera gustado escuchar esto de boca de algunos otros políticos. Pero sus frases solían ser más redondas, incluso hermosas, pero, y al mismo tiempo, vacías.
Por la abertura de la mochila, y como queriéndose escapar, se asomaban ahora todos los demás libros que con tanto cuidado el Embajador llevaba escondidos. Nos podían haber metido en la cárcel por contrabando de libros. Las dictaduras no se llevan con la cultura. El Embajador me susurró:
—Cada libro abre caminos de incansable libertad.
Lo dijo, y los libros se pusieron a aplaudir.
Pero ¿qué era la libertad? La libertad resultaba siempre tan insidiosa como la verdad, para determinadas personas. Grité:
—¿Alguien me puede responder? ¿Qué es la libertad?
El señor Kundera, contestó, como dubitativo:
—Yo diría que..., que el amasijo de una historia de amor, celos, sexo, traiciones...
—¿Ah, sí? ¿A eso llama usted libertad? ¿Para terminar limpiando cristales como Tomás, el médico, en su La insoportable levedad del ser? ¿No será mejor deshacer el amasijo?
El Embajador me tiró de la manga. Luz ámbar. Alarmas encendidas. Peligro. Pero puesto ya en el disparadero, le espeté.
—Ése es argumento válido para una novela, para cualquier novela, no para mí. No me convence. Aunque, por lo demás, debo felicitarle: Su novela me ha encantado.
Le solicité un autógrafo, a lo que accedió gustoso.
—¡Gracias! También usted es un soñador.
No sé si captó mi apostilla. El Embajador me sonrió. Luego siguió un largo silencio. Miré por las ranuras que el vaho dejaba en el cristal al escurrirse.
Se adivinaba, a lo lejos, un pequeño poblado. Casas humildes, de madera. Me pareció ver a Nilovna, la madre de Gorky, quien disfrazada de peregrina iba corriendo de puerta en puerta. No pedía limosna; repartía literatura, presuntamente, subversiva. Seguro que en aras de la libertad. Casi grité.
—¿De qué libertad?
Me respondió con voz muy queda, el Embajador:
—Simplemente, la libertad. ¿Te parece poco?
Alvin Toffler, fue quien terció ahora en el pequeño debate entablado. Le respondí amablemente, y con todo el respeto que me merecía.
—¿Acaso pediría nadie la libertad si no fuese esclavo?
Yo conocía sus libros. Añadí:
—No es usted un profeta, señor Toffler; pero sabe penetrar como nadie en el futuro de..., por ejemplo, la economía mundial. La misma que se mueve desde fuerzas ocultas en la era de la informática.
—Le agradezco su apreciación. Ciertamente, la informática está resultando ser la auténtica revolución de los tiempos actuales. Va mucho más allá del capitalismo y del socialismo.
Su conversación resultaba agradable. Continuó:
—Pero convendrá conmigo en que el altar del sacrificio seguirá siendo el mismo: la política por la política. Y dígame, ¿a qué nos lleva la política...?
—Señor Toffler, ésa era la pregunta que yo pensaba hacerle; pero se me ha adelantado. En efecto, ¿a qué nos lleva la política?
—La política es el gran negocio que mueve los hilos de la gran marioneta en que hemos convertido nuestro pequeño mundo.
No le faltaba sentido de la ironía, al acentuar “gran negocio”, “gran marioneta”, con “pequeño mundo”.
De sus palabras deducía que estamos condenados a tener que continuar soportando que se siga escribiendo la misma historia de siempre: la de todas las esclavitudes.
Mientras transcurría nuestra animada conversación, extraje de la mochila la bota de vino. Se la ofrecí. Agradeció la invitación y paladeó gustoso un trago. Luego, bebieron los demás.
—¿Del Duero?
—No, no: del Ebro, que lleva más agua, y al pasar por el Pilar la Virgen lo bendice.
Todos rieron. Y cada quién siguió en sus tareas.
A quien vi de mejor humor, fue a Graham Greene. Dando un fuerte apretón de manos a su Monseñor Quijote, cerró la puerta de Rocinante, el pequeño auto, una vez que Sancho logró acomodar su generosa humanidad, y los despidió. Volviéndose hacia mí, me dijo:
—Este sí es un sueño posible.
—¿Ha dicho posible?
—Es que, los sueños imposibles no existen. Los imposibles, si acaso, están en las ideas cuando no se pueden llevar a cabo.
Su Monseñor Quijote estaba salpicado de cómicas aventuras en sus intensos debates sobre todo lo habido y por haber: religión, moral, política... De todos modos, en lo personal prefería al otro Quijote, al soñador.
Lo que no estaba para sueños era el frío, que arreciaba. Sentí, de pronto, que todos los personajes de los libros se habían entumecido, igual que mis piernas. Para calentarme, me puse en pie y comencé a recorrer, tambaleante, el viejo tren. Como por arte de magia, ahora ya no había nadie. Quedaba tan sólo el frío. Y el Embajador. Y yo.
—Y un mundo de Sueños, -añadió el Embajador.
Era un frío espantoso que paralizaba la tundra. Que atenazaba con su terrible soledad toda la Siberia.