Tertulia en la biblioteca

Autor: Padre Juan Manuel del Río C.Ss.R. 

Correo: delriolerga@yahoo.es

 

 

Era una hora tranquila cuando entré en la amplia biblioteca. Supuse que no habría nadie. Grave e imperdonable error el mío. Nunca se puede decir “nadie” tratándose de una biblioteca, donde cada libro es como un patio de vecindad habitado a tope. Todos tienen algo, o mucho, que decir. No hay enemigo peor para un libro que la soledad.

Como si fuera la hora del recreo en un colegio, los libros habían descendido de sus anaqueles y se habían reunido en el centro de la amplia sala de lectura. De cada libro iban saliendo distintos y muy variados personajes. Se estaban reuniendo en el acordado areópago de la cultura, que era la amplia sala de lectura. Uno a uno iban tomando asiento. Comenzaba la Tertulia en la Biblioteca, la que podría calificarse de Tertulia de las Palabras sin fecha de caducidad. Porque los libros carecen de fecha de caducidad.

La tertulia que comenzaban los libros y sus personajes me tomó de sorpresa. Entré en la gran biblioteca sin estar avisado de su celebración. Como no era correcto interrumpir, me quedé discretamente quieto al amparo de una columna. Desde ahí podía seguir tranquilamente y sin ser observado el debate; prometía estar interesante, y ya comenzaba.

—“La vida de todo hombre es un camino hacia sí mismo, la tentativa de un camino, la huella de un sendero, ningún hombre ha sido por completo él mismo”.

Asomé la cabeza para distinguir mejor quién había tomado la palabra. Era Hermann Hesse. En sus manos tenía un ejemplar de Demian. Venía a ser como su historia personal. Siguió:

—“Los poetas cuando escriben novelas, suelen hacerlo como si fueran Dios mismo y pudieran abarcar con su mirada toda una historia humana... Yo no puedo hacerlo así... pero mi historia es más importante que a cualquier poeta la suya, pues la mía es propia”.

¡Hombre! ¡Claro!, -pensé. Nadie es ajeno a su propia historia. 

En esto, intervino Salvador Freixedo. Alzando la voz, para que todos le oyeran bien, dijo:

—Defendámonos de los dioses. Dioses y ovnis son la misma cosa. Lo único que buscan es destruir la humanidad. Buscan a la gente porque necesitan la energía que las masas emanan cuando se concentran. 

Jack London, más tranquilo e interesado en temas de la naturaleza, sentado en la cubierta del barco, presentó sus Cuentos en los Mares del Sur. Hizo ver a los tertulianos que los hombres, sean de tez blanca o de color, conviven o luchan movidos por pasiones y apetencias, odios raciales y ambiciones, y sangrientas venganzas. Y apostilló:

—“El hombre blanco lo invade todo como dominador”.

Intervino Rodolfo Benavides:

—“Cuando las piedras hablan los hombres tiemblan”.

Y mostró una foto de la Gran Pirámide, para que todos se situaran en las “dramáticas profecías de la gran pirámide”.

—Es la gran pirámide la que señala las edades, las constelaciones, los cataclismos...

Hizo una descripción muy vívida del continente de Lemuria, de la Atlántida, de la Esfinge, y del zodíaco de Denderah.

Como sin quitar dramatismo, pero cambio de tercio, intervino Joy Fielding:

—“Díganle adiós a mamá”.

Todos volvieron hacia él sus miradas. Describió la tormenta de celos, venganzas, rechazos, que acontecen en el matrimonio. Por ser tema de acuciante actualidad, todos les pusieron mucha atención.

Intervino de nuevo Salvador Freixedo. Seguía ensimismado en sus temas.

—“El cristianismo es un mito más”. Una invención de fanáticos.

Se lió haciendo gala de su erudición, sobre todo en concilios, para poner en tela de juicio el cristianismo. Echó por tierra la Encarnación, la Virginidad de María. Y añadió:

—El mito es una realidad extorsionada.

Me parece que pocos le hicieron caso, porque Marco Almazán dio un giro copernicano al asunto, poniendo sobre la mesa “el Rediezcubrimiento de México”; y citando a Ceferino Díaz Fernández, desde la salida de su Asturias natal hasta su ubicación en México, hizo una defensa de lo español y lo mexicano, dos pueblos, dijo, “a quienes dividen sus semejanzas y unen sus diferencias”. Todos le aplaudieron. Momento que aprovechó Francisco Almela Vives, para meter en escena a Lucrecia Borja, la ilustre patricia digna de los altos designios de su alcurnia, de genuina raigambre española, que si, arrastrada por el torbellino de las circunstancias, tuvo errores humanamente disculpables, pero dejó una estela de portentosa claridad en una fase culminante del Renacimiento.

Tomó la palabra D’Arbo. Mostró un libro:

—He escrito este libro sobre “Los enigmas del hipnotismo sexual”. En él expongo el papel que la hipnosis ha desempeñado a lo largo del tiempo en la conducta de muchos seres. 

Y, en breves palabras, describió los crímenes y salvajadas que el hipnotismo ha ido descubriendo. Habló de tragedias en USA, como la de Sharon Tate y varios amigos. También de la muerte de Rasputín.

Al oír Rasputín, Archer sacó a colación a Florentina Rosnovski, “La hija pródiga”; la ambiciosa hija, como todo saben, de Abel y nuera de Kane. Pero, advirtió: 

—Supongo que habrán leído “Kane y Abel”. Este es su continuación. Así que “La hija pródiga” pertenece a la siguiente generación. En resumidas cuentas, la historia comienza en 1934 cuando su padre llega como inmigrante polaco y levanta uno de los imperios hoteleros más poderosos. Alcanzó la presidencia de los E.U. 

Estuvieron de acuerdo que era una novela formidable, sin duda.

A Homero Ardjis, al oír Estados Unidos, se le despertaron las “Memorias del Nuevo Mundo”. A través de su personaje central, Juan Cabezón, llevó la tertulia por los periodos más fascinante de la historia humana, la América de los siglos 15 y 16. Informó:

—Juan Cabezón vino con Colón como gaviero; eterno rebelde, espíritu inquieto, quiso ser la voz del tiempo para tener un destino propio ante los embates de la historia.

Presentó un resumen de los grandes personajes históricos que aparecen en las páginas de esta monumental novela. Luego, hizo una leve inclinación de cabeza, y calló.

Aprovechó la oportunidad Sholem Asch para ir más al fondo del tiempo y de la historia:

—Yo les presento a “Moisés”. Es mi obra cumbre.

Describió el Éxodo por el desierto con vivo realismo, donde “la odisea del pueblo israelita y su conductor, alcanza una grandeza dramática de carácter bíblico en la que no se ocultan las bajas pasiones: el miedo, los apetitos... la audacia y la santidad. Las andanzas de Balaam, el ambicioso brujo, constituyen una pieza maestra del más fino humor; la tentación de las hermosas hijas de Moab y Madián, induciendo al pecado a los hijos de Israel, es un episodio que puede parangonarse con las páginas más bellas de Las mil y una noches”.

Tomó la palabra Desmond Bagley: 

—Les hablaré brevemente de “El tesoro mortal de los mayas”. Es una historia donde se amalgama la civilización maya, los tesoros de oro enterrados en México, la ambición ciega, y una venganza oculta, sin faltar una imposible historia de amor.

Y es que el ser humano es capaz de adaptarse a las más críticas circunstancias y que incluso es capaz de matar cuando el instinto de supervivencia se encuentra en un callejón sin salida.

Michel Baigent, Leigt, y Lincoln, presentaron “El legado mesiánico”. Dijeron que era la continuación del “Enigma sagrado”. Explicaron:

—Jesús no murió en la cruz, y se casó con la Magdalena...

Hubo gestos de sorpresa, sonrisas irónicas, y gente distraída. Hablaron de la expansión del pensamiento cristiano primitivo y de las discrepancias entre dicho pensamiento y lo que hoy se denomina cristianismo. Tampoco faltaron alusiones a los “Guardianes del Santo grial”.

Pero donde suscitaron más atención fue cuando se metieron en lo que llamaron “los tenebrosos submundos de los negocios europeos y norteamericanos; donde la política, el Vaticano, las altas finanzas, la masonería y otras sociedades secretas y diversas agencias de espionaje se entrecruzan”.

Benavides tenía la mente en pensamientos más elevados. Hizo un “Relato de un viaje al más allá”.

—Se trata de la vida del espíritu de ese mundo al cual viaja el cuerpo astral.

Alguien preguntó:


—¿Hay otra realidad después del mundo físico? ¿Cómo es la vida de un espíritu? 

No pudo evitar dar respuestas evasivas, si bien ilustró sus palabras contando una experiencia tenida en el Tibet, con los espíritus desencarnados.

Mario Benedetti, en un intento por expresar la realidad social de Montevideo, presentó “El cumpleaños de Juan Ángel”.

—Sólo hay el camino que conduce a la verdad, al encuentro de esas dos realidades que se hacen una en Juan Angel, el protagonista.

Fernando Benítez llevó a los tertulianos a México con “Los demonios en el convento”.

—Toda ciudad monacal tiene sus demonios, pero los demonios de la ciudad de México, en la segunda mitad del XVII, se revelaron mucho más sagaces y vengativos que los conocidos de Loudum”. Los hijos de los conquistadores eran caballeros que trataron de crear un reino independiente y fueron eliminados sin misericordia. Un siglo después ya no eran caballeros, sino gente de Iglesia, y por tanto, activos participantes del poder colonial.

Sus palabras fueron seguidas con mucha atención, más cuando aludió al personaje central, Sor Juana Inés de la Cruz, la monja mundana, dijo, que sublimó la libido en la poesía amatoria.

El prolífico escritor navarro J.J. Benítez, se remontó al “Testamento de San Juan”.

—Ciudad de Efeso, año sexto del emperador Trajano. Juan de Zebedeo, el “hijo del trueno” cumplía 100 años. La hora estaba próxima. Y escribe su cuarta y postrera epístola. 

¿Cuarta epístola? Hubo un momento de asombro.

—Cuarta, sí. Juan confiesa sus errores: el verdadero fundador de la Iglesia fue Simón Pedro. Pablo de Tarso la reformó propiciando el florecimiento del cristianismo. Jesús no fundó la Iglesia. Su mensaje fue deformado.

Hubo distintas reacciones en el ambiente de la tertulia. Pero sin perder tiempo, y mientras unos y otros hacían sus pequeños comentarios, presentó su intrigante novela: “La rebelión de Lucifer”.

—Lucifer no es un demonio, sino un ser superior; buscador, igual que los hermanos, de la verdad. Y autor del manifiesto de la libertad.

A renglón seguido metió a los tertulianos en el “Caballo de Troya”, y les hizo imaginarse, en los adelantos de la ciencia, que una cápsula espacial les retrocede en el tiempo, a la época de Cristo. Y allí, el Mayor, personaje clave de la experiencia en la cápsula espacial, vivirá a la par del Maestro para ser testigo de los últimos días de Cristo en esta vida. 

Alberto Bevilacqua no se fue tan lejos. Aunque, según la distancia partiendo de donde uno vive, podrá decir cuán lejos o cerca está el Viet-Nam. El caso es que Marcelo, el “Ojo del gato”, al volver del Viet-Nam, encuentra que su mujer Julia se ha ido a vivir con un hombre. Decide castigarla. ¿Total? Marcelo se queda solo con el gato. Todos rieron la ironía.

Con su enorme autoridad, intervino José Luis Borges. Presentó “El Aleph”, con sus 17 cuentos como parte de su mundo fantástico.

José María Cabodevilla, otro hombre lleno de fantasía, trajo a escena su “Pato apresurado”. El ilustre tafallés presentó con brillantez a 26 personajes de la vida diaria: un taxista, un obispo, una viuda, un filósofo, etc, para profundizar, desde ellos, en temas que de verdad interesan.

—Nos interesan, por supuesto, la libertad, la incomunicabilidad en que se vive; también las posibilidades de entendimiento, la vacuidad de toda justicia, las tensiones dentro del catolicismo, la desesperación, el gran teatro de la vida.

Con su optimismo realista, dijo que se debe hablar bien de los hombres, que no hay que alabar sus virtudes, pero sí excusar sus pecados.

—Más que culpables, los hombres son insolventes; y más que inocentes, amados de Dios.

Recibió una fuerte ovación. Ovación que se prolongó cuando tomó la palabra la señora Taylor Caldwell, desde “Médico de cuerpos y almas”.

—Por eso la escribí. Porque pretendía hacer una novela atrevida, que enfrentara los temas más escabrosos y las escenas más violentas y subidas de tono para describir el mundo decadente de la Roma imperial, sus orgías, sus escenas de terrible crueldad. Pero como ustedes saben, donde se entremezclan también la infinita ternura y humanidad del personaje central, san Lucas.

Nuevamente se repitieron los aplausos. Levantando la mano dijo:

—Tengo también aquí a la mano “La columna de hierro”.

El gran tribuno de Roma, Cicerón, nos hace revivir la Roma de los momentos más gloriosos de su historia: la época de César, Pompeyo y Marco Tulio. Personajes descollantes de la República, como Scevola, el jurisconsulto que ayudó a Cicerón en su primer caso importante frente a Sila; César, magistralmente descrito, Catilina, el aristócrata apuesto empeñado en la destrucción de Roma; Noé ben Joel, el judío que casi logra convencer a Cicerón de la próxima llegada del Mesías.

Intervino a continuación un hijo de padres judíos españoles, el búlgaro Elías Canetti y su novela “Auto de fe”. Dijo que su libro constaba de tres partes: I-Una cabeza sin mundo, II Un mundo sin cabeza, III Un mundo en la cabeza. Y el protagonista: Kien y sus libros. Al sentirse aludidos, todos los libros de la biblioteca comenzaron a silbar de gozo.

También Alejandro Casona tomó la palabra para recordar que el mundo infantil es muy importante, y que por eso había escrito “Flor de leyendas”, para recoger algo de lo mejor que hay en la literatura universal de Grecia, la India, Persia, Arabia, etc.

Camilo José Cela, que había recogido ciento sesenta personajes en “La colmena”, quiso intervenir.

—Ahí tenéis el Madrid del 42, donde la misma gente a veces es feliz y a veces no.

—¿Y qué me dicen de la infancia desvalida?

Era Gilbert Cesbron quien acababa de hacer la pregunta. Efectivamente, con su “Perros perdidos sin collar” puso al corriente a todos los tertulianos del estremecedor problema de la infancia desvalida. Un relato desbordante de ternura y pasión. Un libro inolvidable. Una denuncia de uno de los hechos de mayor transcendencia de nuestro tiempo, donde “los niños mueren de amor”.

—¿Y de qué morían “Los campesinos” en Rusia?

La pregunta la acababa de lanzar Antón Chejov. “Los campesinos”, un formidable cuento ruso, donde Chejov presenta la vida de los campesinos pobres en la Rusia de 1897.

El Premio Nadal 1968, Álvaro Cunqueiro, acompañado de “Un hombre que se parecía a Orestes”, presentó una versión temporal del mito de Orestes, centrándose en la expectación que había en Argos ante la llegada de Orestes.

Pero el que llegó fue Von Däniken. Dijo:

—“El día en que llegaron los dioses”, lo hicieron a las ciudades mayas. Fueron los dioses, entiéndase ovnis, quienes nos transmitieron los conocimientos astronómicos más perfectos antes de que los mayas existieran.

Se oyó una voz:

—La famosa fecha 11 de agosto de 3114 AC fue el día en que llegaron los dioses?

Respondió:

—Exactamente, ese mismo día.

Hubo risas en el ambiente.

Jean Descola intervino de inmediato. Por si faltaba claridad, puso a la vista de todos “Las iluminaciones del Hno. Santiago”. Explicó:

—Se trata de un joven español de noble familia que ingresa en la Compañía de Jesús, entonces en sus comienzos. Su fe es tibia. Busca a Dios. Pero su aptitud para las lenguas, amén de su nombre, su fortuna, y su sentido de las relaciones humanas incitan a sus superiores a utilizarlo como intérprete y negociador al servicio de la Orden.

Ahí comenzó su vida de aventurero que le pondrá en relación con los grandes místicos de la época y le hará recorrer buena parte de la tierra. En Japón, intérprete de san Francisco Javier, frecuenta a los budistas. Luego se relaciona con los brahmanes de la India.

—Pero no les cuento más, si no, ¿qué queda a la imaginación?

Por si faltaba imaginación, Walt Dovan presentó “Las terroríficas profecías de la gran pirámide”. Una doble conjunción de geometría sagrada y geometría profética donde se halla la explicación de la historia, plasmada en la piedra desde hace 6.000 años.

—Les informo –dijo-, que los habitantes del Egipto de la protohistoria bien pudieron ser originarios de América. Encuentro gran similitud entre el antiguo Egipto y los maya-quichés. La historia de la humanidad se puede seguir a través de la geometría de los pasadizos interiores de la gran pirámide.

Se hizo un gran silencio en la sala. Fue roto cuando a continuación tomó la palabra Carlos Fuentes desde “Las buenas conciencias”.

—No hay culpables ni inocentes: en nuestra sociedad, todos somos a la vez víctimas y cómplices.

Fue muy aplaudido. Desde Guanajuato oyeron los aplausos por internet.

Cuando los aplausos cesaron, Gabriel García Márquez, el gran escritor suramericano, habló. Se refirió a “El amor en los tiempos del cólera”. Exuberante, como siempre, en su lenguaje. Pero puntualizó:

—Me inclino más por “El general en su laberinto”.

Una voz anónima apostilló:

—Pues en Venezuela, no están muy contentos con el Simón Bolívar que presenta la novela.

El público, conocedor del derrumbamiento que hace del mito de Simón Bolívar se volvió hacia García Márquez para ver su reacción.

—Las novelas, novelas son; no vayan más allá. Aunque ésta, eso sí, y por descontado, pretende ser histórica. En cuanto a los mitos, soy partidario de que conviene derrumbarlos de su pedestal.

Gibran Jalil Gibran, por el contrario, igual que “El profeta”, no eran mito, sino ese raro fenómeno literario que aparece sólo de muy tarde en tarde y que parece estar fuera de la dimensión del tiempo y del espacio.

—Más frecuente es encontrarse con la miseria.

Fue Gorki quien tomaba la palabra. Con “Los tres” en la mano describió a los contertulios la miseria de un muchacho en un ambiente de suma pobreza, que al confesar un crimen antiguo, murió al huir de la policía.

—Señores, “la mayoría es la que tiene razón”.

Su lapidaria frase quedó flotando en el ambiente. Naturalmente, nadie estuvo de acuerdo, pero sí en la ironía que la frase contenía. Y si no, que se lo pregunten a “La madre”, de Gorki.

—Trabajaba en la organización y difundía literatura, disfrazada de peregrina. Ella constituía una excepción. Lo mismo que Pavel Vlasov. Muchachos como él fueron los que crearon el partido de los bolcheviques. 

El ambiente se había puesto un tanto tristón. Así que Graham Greene hizo entrar a escena a su “Monseñor Quijote”. Con permiso de Cervantes, tomó prestados sus personajes para traerlos a los tiempos actuales en una trama llena de irónicas reflexiones, entre filosóficas y divertidas. Invitó a los contertulios que observaran la pantalla colocada a tal efecto.

Subidos en un pequeño auto, por nombre Rocinante, Monseñor Quijote y Sancho comienzan a recorrer los centros religiosos de España. Sus cómicas aventuras, entremezcladas de intensos debates sobre moral, religión, política, fe, etc., hicieron pasar un rato hilarante a los contertulios.

Cuando las carcajadas cesaron intervino Gutierre Tibón:

—Mi libro, “Los ritos mágicos y trágicos de la pubertad femenina”, trata de investigar el rito de la pubertad en el México antiguo, y que también se da en la Amazonía. Hay una relación entre la angustia del varón prehistórico ante la pubertad femenina, con la sujeción a la cual, se condenó a la mujer en el curso de milenios. Es el tabú de la sangre, antiquísimo arquetipo, que persiste hasta nuestros días.

Cuando intervino Richard Hammer, dijo:

—De 1971 a 1973 cerca de mil millones de dólares en valores robados y falsificados entraron en el mercado internacional de dinero. Unos 14 millones terminaron en el Vaticano. Les invito a que lean mi novela “Contacto en el Vaticano”. Es la denuncia más explosiva de los estafadores a nivel mundial.

—Debe tenerse en cuenta que el ser humano es muy complejo.

Herman Hesse, fino conocedor del psiquismo humano, es quien había tomado ahora la palabra, al tiempo que sostenía en sus manos su obra “Siddhartha”. Una auténtica joya de la literatura universal.

Otro que sabía de gentes, aunque desde otra muy diferente perspectiva, era Pierre Ivanoff. Había estado “En el país de los mayas”. Había vivido con los indígenas de la altiplanicie de Guatemala. Pasó luego a Yucatán. Estuvo un tiempo entre los Lacandones. Y en la selva de Petén descubrió una ciudad sepultada por más de diez siglos. Estaba abonado al número 13. Dijo que era número muy importante para entender el calendario. Encendió un cigarrillo y no dijo más.

A su lado estaba sentada la genial escritora inglesa P. D. James. Fue ella quien escribió “Sangre inocente”, obra de aguda penetración psicológica.

—Mi personaje central es Philippe Rose Palffrey. Ustedes comprenden muy bien, señores tertulianos, que cada personaje de una obra se mueve en la dirección que le marca el autor. Yo le he hecho atravesar por una crítica situación: la búsqueda de su propia identidad. Adoptada a los ocho años, su vida anterior permanece en tinieblas. Hasta los 18 años no le concedí el derecho de saber quiénes eran sus padres.

Enrique Jardiel Poncela sonrió desde su sillón. Acababa de hacer “La tournée de Dios”. Explicó a los tertulianos:

—Es que Dios decidió hacer una tournée, y mira por dónde, eligió España, donde están de moda los “homos” y las “lesbis”. Comenzó la tournée por el Cerro de los Ángeles, en Getafe, famosa por su Universidad y por quedar al sur de Madrid. Los dos personajes interesantes son: Perico Espasa, periodista, invertido sexual. Sí, Espasa: porque 1º hablaba de todo sin profundizar en nada, 2º porque algunas veces daba detalles extraños de las cosas, 3º porque cuantos se acercaban a él lo hacían para informarse de algo, 4º porque había venido de Barcelona, y 5º porque era un poco pesado. 
El otro es Federico Orellana. No se pierdan el discurso de Dios en la Plaza de toros. Fue un fracaso.

Es bueno que haya gente con sentido del humor.

Luego tomó la palabra Kazantzakis, con “La última tentación”. Él mismo reconoció que lo mejor del libro es, sin duda, el prólogo. Un dramático grito de fe, de dolor y de amor.

A renglón seguido presentó su “Carta al Greco”. Abrió el libro y leyó con entonación: 

—“Clamo a la memoria de este recuerdo, reúno mi vida dispersa en el viento, y de pie como un soldado ante el general, hago mi informe al Greco: porque él está forjado con la misma tierra cretense que yo y puede comprenderme mejor que todos los luchadores vivientes o extintos”.

Fueron sus palabras como una especie de testamento. Y una cerrada ovación fue el mejor signo de aceptación.

Luego, en la sala se hizo un silencio profundo cuando Charles Krause presentó “La masacre de Guyana”

—18 noviembre 1978. Secta Templo del Pueblo. Pastor de la secta, el fundamentalista Jim Jones. Lugar, Jonestown, Guyana. Más de 900 cadáveres fueron hallados en el suicidio colectivo. Sobre el trono del demente Jones un letrero decía: “Quienes no recuerden el pasado están condenados a repetirlo”.

Sobre la pista del aeródromo murieron a balazos el congresista Ryan, Harris, Brown, Robinson y Patricia Parks. Krause queda ligeramente herido, y es quien puede contarlo como periodista del “The Washintong Post”.

Se optó por guardar un minuto de silencio. A continuación intervino Milan Kundera y “La insoportable levedad del ser”.

Extraordinaria historia de amor, celos, sexo, traiciones, muerte, debilidades.

—Es la paradoja de la vida, que se va entretejiendo con diabólica sabiduría en torno a sus personajes: Teresa, Tomás, el médico que termina limpiando vidrieras. Es la persecución de una incansable libertad.

No podía faltar un teólogo de altura. Se trata de uno de los cerebros mejor dotados de los siglos XX y XXI: Hans Küng. Preguntó a la concurrencia:

—“¿Hay vida eterna?”. ¿Qué sucede en la muerte y después de la muerte? ¿Es la vida eterna una realidad o un deseo? ¿De dónde procede la esperanza en la resurrección? ¿Existe un infierno? ¿Qué nos dice hoy el cielo?

En la sala volvió a reinar el silencio. Escribir novelas, está bien, es fácil. Lo difícil está plantearse los temas serio, trascendentes.

Hans Küng continuó:

—Creer en la vida eterna es estar seguro que el mundo no es definitivo, que todo cuanto existe, incluidas las instituciones religiosas y políticas tienen carácter transitorio... Que el mundo está sometido a la transitoriedad y al cambio...

Dominique Lapierre, presentó a continuación “La ciudad de la alegría”, donde un sacerdote francés, un joven médico norteamericano, una enfermera de Assam y un excampesino indio que se gana la vida tirando de un rickshaw se encuentran un día bajo las cataratas del monzón y se instalan en la miseria alucinante de un barrio de Calcula. Su misión: cuidar, ayudar, salvar. Condenados a ser héroes pelearán, lucharán, vencerán.

—La Ciudad de la alegría es un canto de amor, un himno a la vida.

Una cerrada ovación siguió a sus palabras.

Oscar Lewis presentó “Los hijos de Sánchez”, autobiografía de una familia mexicana de los años 40.

—Créanme si les digo, señores tertulianos, que es un libro de fuerte realismo. Y aunque Luis Cataño Morlet condenó mi obra como obscena y denigrante para nuestro país, la Procuraduría Gral. de la República con fecha 6 de abril de 1965 sentenció no haber delito que perseguir.

Alguien gritó:

—¡Viva la libertad de prensa!

Por identidad de geografía, se vio obligado a tomar gentilmente la palabra Torcuato Luca de Tena. Traía varios de sus libros: “El futuro fue ayer”: La fábula supuestamente autobiográfica del fraile Jerónimo de Aguilar, que naufragó en 1.510 frente a las costas de Yucatán, y que Hernán Cortés lo llevó como intérprete en su aventura en Tenochtitlan, donde compartió su labor de traductor con la ilustre dama Doña Marina la Malinche. 

Otro era, “Escrito en las olas”. El siguiente, “Los hijos de la lluvia”. También, “Los renglones torcidos de Dios”, donde explora los sentimientos, costumbres y conducta de los alienados de un manicomio con 800 pacientes. Y por fin, “Pepa Niebla”.

También Don Torcuato Luca de Tena fue muy ovacionado. 

Le correspondió luego el turno de intervención a Robert Ludlum, con “El caso Bourne”. Interesante trama donde realidad y ficción se mezclan hasta configurar una de las novelas más sensacionales de los últimos tiempos.

Salvador de Madariaga presentó de inmediato “El corazón de piedra verde”.

Todos estuvieron de acuerdo que se trata de un libro de lo más bello y fascinante que se puede leer. Es la conquista de México, narrada en forma novelada. 

—Les diré tan sólo que consta de tres partes: I: Los fantasmas: -el rey Nezahualpilli tiene una hija (Suchitl), -Don Rodrigo Manrique tiene un hijo (Alonso Manrique). II: Los dioses sanguinarios: (Descubrimiento). Y III: Fe sin blasfemia.

Entre los contertulios de la biblioteca se encontraba asimismo Martín Malachi, ex jesuita. Presentó su libro llamado, precisamente, “Los jesuitas”.

Teólogo eminente, profesor que fue en el Instituto Bíblico Pontificio, dijo ser también autor de “Vaticano” y “El rehén del diablo”. 

Aunque andaba un poco agazapado, Marco Polo quiso hablar de sus aventuras, recogidas en su libro que lleva por título, cabalmente, “Aventuras de Marco Polo”.

En ésta, su novela biográfica, llevó a los tertulianos hasta la corte del legendario Kublai-Khan. Hizo gala de una amplia gama de conocimientos particularidades de una cultura que, en aquel entonces, era desconocida en el mundo occidental.

Explicó que el destino de su viaje era la búsqueda del gran Khan, conocido como Campanilla dorada.

Cuando retornó a su Venecia natal, hizo saber que antes que él ya su padre, don Nicolás, y su tío Mateo Polo, habían efectuado el viaje.

Estando en la cárcel con otro gran erudito, Rusticiano de Pisa, éste le fue escribiendo lo que Marco Polo le dictaba. Dijo:

—Y éste fue el resultado. Este hermoso libro conocido como “Libro de las maravillas del mundo”.

Una tierra sufrida y conflictiva, víctima de sangrientas evasiones, ha sido históricamente Polonia. Tomó por eso la palabra James Michener.

—Les presento mi libro “Polonia”.

Nada más pronunciar la palabra Polonia, aludiendo a la magnífica novela ganadora del Pulitzer, sonó una atronadora ovación en toda la sala.

En ella entreteje la inolvidable historia de tres familias: los Condes de Lubonski, los Pequeños Caballeros de Burkowski y los humildes y valientes Campesinos Buk. Puntualizó Michener:

—Polonia ha llevado una espada en la mano derecha y una cruz en la izquierda.

Josef Mince, a su vez, presentó “Atentado en el Vaticano”. Dijo:

—Más que una narración, es un veraz testimonio de los acontecimientos que están sacudiendo a nuestra época y de los que todos somos, al mismo tiempo, testigos y protagonistas.

Se estaba refiriendo al atentado sufrido el 13 de mayo de 1981 el desaparecido Juan Pablo II. La novela culpa del complot internacional al Islam, que ve en el cristianismo su mayor enemigo.

El historiador Joaquín Mortiz presentó a los contertulios su libro “El placer de pecar, el afán de normar”. Un libro del seminario de historia de las mentalidades, del Instituto nacional de antropología e historia.

—Me he limitado a recoger documentos históricos del tiempo de la conquista de México.

Y puntualizó:

—No se extrañen, señores y señoras, de las novedades que guardan los archivos. Es que, la sexualidad es el último reducto de la libertad, el más sólido bastión de la costumbre, y el cáliz y el fermento de la subversión.

Intervino entonces Henry Morton Robinson:

—En “El Cardenal”, protagonizado por Stephen Fermoyle, he tratado de hacer una combinación de todos los sacerdotes que he conocido. No es ni un alegato ni una condena de la Iglesia. Tampoco un tratado de historia, sino una obra de imaginación. Estoy convencido de que, a pesar de tanta maldad aparente, la fe, la esperanza, y la compasión, animan a muchos hombres de buena voluntad en muchas partes.

El famoso Fray Toribio de Benavente, más conocido por Motolinía, presentó su “Carta al Emperador”, donde refuta la actitud de Fray Bartolomé de Las Casas con respecto a la colonización española en América. Enfatizó:

—Mi experiencia de más de 30 años por la Nueva España, es autoridad suficiente para atacar el proceder de Las Casas. Todos conocemos su falta de prudencia y conocimiento de la realidad. Y su connotado anti españolismo.

A continuación hizo uso de la palabra Juan Carlos Onetti, autor de “El astillero”. En 1980, premio Cervantes; entre muchos otros.

—Más que hacer reflotar una empresa en decadencia, hemos de esforzarnos por buscar el paraíso, ese lugar de paz que todos hemos perdido por el hecho de nacer.

Intervino Michael Palmer:

—Yo, con “La Hermandad”, me he propuesto mostrar que, más allá de aliviar el dolor de una manera desesperada y escalofriante, hay que crear la Hermandad de la Vida. 

Estaba claro que los contertulios estaban a favor de la vida. Por eso aplaudieron sus palabras.

Luego intervino Henryk Panas, el novelista polaco. Su obra “El evangelio de Judas”, sarcástica y atea no concitó la atención de los presentes.

Por el contrario, cuando intervino Giovanni Papini, se llevó una salva de aplausos, máxime cuando presentó sus “Cartas del Papa Celestino VI a los hombres”. Son de una factura excelente, de lo más bello que se ha escrito.

La fantasía e historia se entremezclaron hábilmente con “El Dios de la lluvia llora sobre México”, que presentó Laszlo Passuth, donde indios y españoles aparecen no como mitos sino como seres humanos que llevaron a cabo una de las empresas más grandes de la historia.

En ese momento intervino, con toda la carga de su enorme personalidad y prestigio, Octavio Paz. Le aplaudieron tanto que casi no le dejaron hablar.

De todo lo que habló, con su habitual y exquisita elegancia, yo me quedé con una frase:

—El mexicano no es una esencia sino una historia.

Cuando los aplausos cesaron, fue Joaquín Peñalosa quien puso en escena sus “Cien mexicanos y Dios”. Al estilo de Gironella, pero sin aludir a él, entrevista a cien mexicanos de algún renombre. Les pregunta sobre su fe en Dios, en Cristo, y el aporte de las religiones.

Hubo risas en la sala, pues en las respuestas quedó en evidencia la cuestión religiosa de muchos.

El Papa Eneas Piccolomini, Pío II, presentó su autobiografía: “Así fui Papa”. Todos reconocieron el valor documental incalculable de esta obra, cuya publicación se debe al periodista Antonio Castro Zafra, que fue corresponsal en Roma durante el Concilio Vaticano II.

No podían faltar referencias a personajes de la monarquía. De eso se encargó Jean Plaidy: “Castilla para Isabel”. Novela histórica que se lee con agrado. Presenta los años mozos de la más extraordinaria reina de España, hasta subir al trono del brazo de Fernando de Aragón.

Jean François Revel, por el contrario, no estaba con la monarquía. ¿Con quién estaría? Tras el llamativo título, “Ni Mar ni Jesús”, su libro iba de la 2ª revolución americana a la 2ª revolución mundial.

—Hay que combatir por la igualdad real de los sexos, por el repudio de toda represión moral.

Así habló, pero noté que sus palabras no tuvieron mucha resonancia.

Harold Robbins llevó a los contertulios, por un momento, a la “Avenida del parque 79”, con su estupenda novela.

Mientras tanto, Carlos Rojas con “Azaña”, hizo un extraordinario retrato del presidente, que fue, de la República española. Enmarcado en un contexto histórico documentado con rigor, presentó a Manuel Azaña, exiliado ya en Francia, rememorando episodios de su vida política; desde el drama de Casas Viejas hasta la retirada por los Pirineos.

Otro escritor muy aplaudido fue Juan Rulfo. Su “Pedro Páramo” es como una metáfora en arco en un mundo fantasmal.

El librepensador Bertrand Russell, que si no lo decía parecía que iba a explotar, explicó, llegado su turno de tomar la palabra “Por qué no soy cristiano”. Hay que reconocer que es la más conmovedora defensa que se haya escrito del no creyente, desde los días de Hume y Voltaire.

Un libro, embrujador y poético, resultó ser “Buenos días tristeza” de Françoise Sagan. Le concedieron el premio de la Crítica 1954 en París. Fue ovacionada.

Quien trajo otro momento de humor y distensión fue Tomás Salvador, con su “Manolo el humorista”.

—Manolo es esa filosofía popular que al verterla a los libros cautiva.

Intervinieron también en la tertulia Maurice Serral y Max Savigny, con su novela-ficción “Muerte en el Vaticano”. Objetivo, hacer creer que Juan Pablo I fue asesinado. Su estilo periodístico, muy bueno, fue reconocido por los numerosos contertulios.

El médico escritor Shobin, presentó dos libros. Su primera novela, por cierto muy buena, intrigante y aterradora, “El no nacido”. Y “La siembra”, donde la patología de las víctimas en un hospital y ciertas enfermedades parecen tener su origen en plantas tropicales. Habló:

—La jungla tropical está habitada por una enigmática y avanzada cultura. Amigos contertulios: ¿No habrá una civilización, con siglos de antigüedad, que ha sobrevivido por medio de una simbiosis única en la jerarquía biológica? Las plantas pueden guardar el secreto de la vida.

Hubo trepidantes aplausos.

Hizo uso de la palabra a continuación otro médico: Frank Slaughter:

—“Nadie debería morir”. 

El título es, en sí mismo, una proclama. Y una de las más apasionantes novelas, que describe el acontecer de un médico y las intrigas de los hospitales.

Rafael Solana, el prolífico escritor, con “La casa de la Santísima” intentó hacer una monografía sobre los problemas sexuales de los adolescentes. Informó:

—La Casa de la Santísima es en realidad una casa de citas frente a la famosa iglesia de la Santísima, de México.


En la forma de preguntas y respuestas, intervino Toffler. Comenzó: “Avances y premisas”. Creó expectativa en los oyentes, sobre todo cuando habló de las nuevas políticas de la era de la información y las fuerzas ocultas que impulsan la economía mundial.

La novelística rusa la presentó Iván Turguenev con “Nido de Hidalgos”, su obra más popular.

Pero en un mundo donde lo esotérico es actualidad, no podía faltar “El enigma de los Templarios”, de Vignati-Peralta.

—La acción está ubicada durante el reinado de Felipe el Hermoso de Francia, que culmina con la famosa maldición de Santiago de Molay antes de morir en la hoguera citando ante la justicia de Dios al Papa y al rey.

Para que no faltara intriga, los Templarios estuvieron en América antes que Colón.

Francisco María Arouet, más conocido como Voltaire, por el contrario, no debió estar en América. Pero tuvo que huir de París tras la publicación de las Cartas Filosóficas. Y con “Cándido” y sus históricas peripecias, llevó a los contertulios al terremoto de Lisboa en 1755; a la ejecución de la pena de muerte de lord Byny; a las andanzas de los jesuitas por el virreinato del Río de la Plata, y mucho más.

Otro escritor prolífico: Irving Wallace. Aunque traía el maletín lleno de libros, sólo sacó “El milagro” donde presenta al Vaticano divulgando la noticia de que la Virgen se va a aparecer otra vez en Lourdes. Y, naturalmente, comienza a llegar gente de todo el mundo. Curiosamente, entre otros, un etarra, que considera la gruta un símbolo de represión; un diplomático ruso, una periodista norteamericana, una ciega de Italia. Puntualizó:

—Pero ni el etarra dinamita la gruta, ni el diplomático ruso (que mata a la guía que lo ha descubierto) termina en la cárcel.

Suscitó interés “Sinuhé el egipcio”, de Mika Waltari. Interesante por la crónica que hace de todos sus avatares durante los 15 capítulos de la obra.

Morris West fue como un agradable vaso de agua fresca en verano contando verdades simples con el lenguaje maestro que lo caracteriza.

Presentó primero “Dios salve su alma”. Y a continuación “Los bufones de Dios”, del que hizo la siguiente síntesis:

—Su Santidad Gregorio 17 tiene una visión del fin del mundo y de la segunda venida de Jesucristo. Recibe también el mandato divino de dar a conocer a la humanidad este mensaje y tratar de salvar al mundo de la destrucción. Todo esto hace que se le juzgue loco y es forzado a abdicar.

David Yallop, al tomar la palabra, dijo que también él deseaba hablar de otro Papa. Mostrando el libro “En el nombre del Padre”, dijo:

—Me refiero a Juan Pablo I. Todos ustedes saben que en septiembre de 1978 murió Juan Pablo I, a sólo 33 días de su elección. He investigado y descubierto que existía una cadena de corrupción vinculando a prominentes figuras.

Citó los nombres de Gelli, Valvi, Sindona, Marcinkus... Los bancos Ambrosiano y Vaticano y toda la mafia financiera.

Se le preguntó:

—Señor Yallop: ¿Hasta dónde abarca lo real y hasta dónde la ficción en su novela?

Inteligente respondió:

—Hasta donde su imaginación se lo permita.

Hubo risas suscitadas por la respuesta. 

Aunque la tertulia estaba resultando muy entretenida, se estaba haciendo tarde. Así que, de común acuerdo, los libros y sus autores acordaron dar por terminada la tertulia. Se levantaron de sus asientos. Hubo efusivos abrazos de despedida y cada libro comenzó a marcharse a su respectivo sitio en los anaqueles de la gran biblioteca.