Sueño de nieve
Autor: Padre Juan Manuel del Río C.Ss.R.
Correo: delriolerga@yahoo.es
Sé que fue de madrugada,
-tu balcón tenía el rumor verde de los geranios en flor-.
Alta estaba la montaña. Te dije:
Tengo prisa por subir a la montaña
y de la cumbre, tomar tomaré,
la más blanca nieve entre mis dedos.
Y antes, mucho antes que a la mar,
en agua transformada llegue,
con esta limpia nieve un pequeño, muy pequeño mar,
en el cuenco de mis manos formaré.
Los blancos copos frágiles barcos serán,
que el inmensamente pequeño mar de mis manos surcarán.
Será un mar con barquitos veleros navegando
por la orilla del acantilado de mis manos
que cual diminutos náufragos desaparecerán;
e irse se irán, como se va un amor entre la niebla
oh, mis copos veleros, ampo de nieve,
por la océana y universal altamar de mis manos.
Habrá un revuelo azul de pañuelos
bordados de ensueño y atardeceres.
Y subir subiré, y jugar jugaré, juego limpio de estrellas
con miles y miles de copos rodando
ladera abajo de mis manos,
como un evocador acantilado de sueños.
Y antes que al suelo mis halados barcos de nieve lleguen,
girar los haré, cual frenética danza de luces,
en el firmamento espléndido del tiempo,
igual que gira, salta y vuela una bengala
en surtidor multicolor de fuego, embrujo y fiesta,
ancestral remolino de ilusión,
sobre el frío impoluto y raudo de la cumbre.
Entonces, la montaña en ventisca saltará,
y yo también saltar saltaré, y correré
la luminosa danza del remolino de nieve en el hielo
al tiempo que en cascada de luz
mis barquitos frágiles se deslizarán
ladera profunda de mi niñez ya olvidada.
Sólo entonces, de la nieve en la cumbre
bajar bajaré,
dejándome deslizar por la pista
inmaterialmente blanca de los días.
Con increíble velocidad, descender descenderé,
hasta llegar a lo más hondo del valle
sorbido de embrujo en el paisaje virgen de la nieve.
Como una estrofa de agua, henchida de sol y piedra,
mis blancos barquitos de nieve pañuelos de seda serán, fondeados sobre el rumor verde
de tus geranios en el balcón.
Sólo entonces, y en silencio, te diré:
soy yo, regalándote un cargamento cautivo de besos.
Mil gaviotas escoltarán este viejo barco
hasta dejarlo anclado en tu arena,
asomado al pretil azul de la montaña
que guardará mis recuerdos, tus geranios y mi vida.