Salmo para la hora undécima

Autor: Padre Juan Manuel del Río C.Ss.R. 

Correo: delriolerga@yahoo.es

 

 

A ti clamo, Señor,
desde el grito abismal que me sustenta.
Ya el aspa de mi llanto se ha quebrado, 
y una mano templada, complaciente, 
me acaricia los ojos... 

Escucha, Señor, mi plegaria terca: 
esta congoja tibia que resbala 
superflua y desdeñable por mi carne.

Destierra de mi rostro el sopor 
de la indolencia intransferible; 
despeña entre tus manos 
este dolor mediocre, irredimible. 

Hazme huérfano inútil de todas las codicias 
para que nadie pueda usurpar mi nombre, 
cuando la escueta estructura de mi ser
descanse en las tierras baldías del olvido,
pues quiero ostentar en la sombra 
el apellido ingenuo de las cosas: 
noche, ciudad, viento y escarcha, 
nieve y rocío, y tu nombre.

Cuando a la hora undécima me llames, 
regrésame, Señor, a tu regazo, 
para que el caminar nómada 
y frágil de mi existencia, 
no se estanque en las arenas 
movedizas de la muerte. 

Déjame entonces ver tu rostro
y que al mirarte,
se enreden mis ojos en tus ojos 
y juntos desgranemos la canción jubilosa 
del encuentro,
que quedará flotando limpia, 
como el relente de la noche
sobre los trigales.

Déjame ser río en tu cauce
y que el agua de la vida 
mis labios saboreen 
en la limpia y desnuda 
inmaterialidad del alma.

Y si el amor desertara de mi vida, 
alárgame, Señor, todavía 
un poco más la vida
para poder seguir amándote
más allá de la hora undécima.