La Resureccion contada por el mismo Jesús

Autor: Padre Juan García Inza 

 

Documento privado de La Pasión que según Catalina escuchó del mismo Jesús en Cochabamba, que cuenta con las debidas licencias de la Jerarquía, como se puede leer en el documento que incluimos al final. Entra dentro de lo que podemos llamar REVELACIONES PRIVADAS que tienen el valor espiritual que la Iglesia concede en estos casos cuando no consta nada en contra de la Doctrina Oficial de la Iglesia. Ofrecemos el capítulo de la Resurrección, tal y como es recogido en la versión oficial de la Pasión completa, de la que se han hecho múltiples ediciones. Nos ofrece las palabras del Hijo, del Padre y de la Madre Dolorosa. Pienso que te hará bien leer estos textos con fe y amor. Escucha a Dios y a María que te hablan a ti. 



LA RESURRECCIÓN DE JESÚS
Al Viernes Santo siguió el alba gloriosa del Domingo de Resurrección... Si no He decidido destruir al mundo, quiere decir que deseo renovarlo y rejuvenecerlo. Los árboles viejos necesitan ser deshojados y podados para que echen nuevos brotes. Y las ramas viejas, las hojas secas, se queman. Separar a los cabritos de los corderos para que estos puedan encontrar, a punto y bien preparados, fértiles pastos dónde poder apacentarse a su gusto y beber de las límpidas fuentes del agua de salvación... Es Mi Sangre redentora, que riega las áridas tierras que han quedado desiertas del mundo de las almas; y correrá siempre sobre la tierra esta Sangre, mientras haya un hombre que salvar. 

Amada esposa, quiero lo que tú no quieres, pero puedo lo que tú no podrías conseguir. Tu misión es hacerme amar por las almas, enseñarles a vivir Conmigo. Yo no He muerto en la Cruz entre mil tormentos para poblar de almas el infierno, sino de elegidos el Paraíso. 

DIOS PADRE
Veo, tembloroso, allá abajo en la penumbra de Getsemaní, a Mi Hijo que, bajado del Cielo, tomó la forma y la sustancia de esa Mi criatura, que presume y presumió poder rebelarse a su Creador. El hombre, aquel hombre solo y turbado, es la víctima designada y, como tal, ha debido lavar con Su propia Sangre a la humanidad toda, que representa. Se estremece y horroriza al sentirse cubierto, hasta verse dominado por la inconcebible masa de pecados que debía quitar de las conciencias negras de millones y millones de criaturas sucias. 

Pobre Hijo Mío, el Amor te Ha llevado a esto y Tú ahora estás amedrentado por ello. ¿Quién deberá glorificarte en el Cielo cuando, radiante, hagas Tu ingreso en él? ¿Podrá alguna criatura darte una alabanza digna de Ti; un amor digno de Ti? ¿Y qué es la alabanza y el amor de un hombre, de millones de hombres, en comparación con el Amor con que Tú Has aceptado la más tremenda de las pruebas que jamás podrá existir en la tierra? No, Hijo amado, nadie podrá igualarte en amor sino Tu Padre, sino Yo que, en Mi Espíritu de Amor, puedo alabarte y amarte por Tu sacrificio de aquella noche. 

Has alcanzado, amadísimo Hijo Mío, en quien apoyo toda Mi benevolencia, el paroxismo de la muerte sobreviviendo en la agonía amarguísima del Huerto. Tú Has llegado, en la esfera de Tu Humanidad verdadera y entera, al cúlmen de la gran pasión que pueda tener un corazón humano: sufrir por las ofensas hechas a Mí; pero sufrir por ellas, con el amor purísimo e intenso que hay en Ti. Has tocado, si bien con temblor, el límite por el cual la humanidad debía alcanzar completa Redención. Tú, Hijo adorado, Has conquistado, con sudor de Sangre, no sólo las almas de Tus hermanos sino, aún más, la Gloria Tuya, personal, que debía sobre elevarte a Ti, hombre, al par Conmigo, Dios como Tú. 

Tú Has arrastrado en Mí la más perfecta justicia y el más perfecto Amor. Entonces representaban la Hez del mundo y lo hacías por Tu voluntaria y libre aceptación. Ahora eres, entre todos, el honor y la Gloria y el gozo Mío. No eras Tú Mi ofensor, no Tú; Tú Has sido siempre Mi Hijo amado en quien He puesto Mi complacencia; no eras Tú la Hez; porque incluso entonces, Yo Te veía como Has sido siempre: Mi Luz, Mi Palabra, es decir, justamente Yo mismo. Hijo, que temblaste y sucumbiste por Mi honor, ¡Tú Has merecido que Tu Padre Te haga conocer al mundo; a ese ciego mundo que Nos ofende y que, con todo, Nos es tan querido! Oh, Hijo amadísimo, Yo Te veo y Te veré siempre en aquella noche de Tu amargura, y Te tengo siempre presente. Por Tu amor, Estoy reconciliando a las criaturas con las criaturas. Y pues, Tú no podías alzar a Mí Tu rostro; tan cubierto estaba de sus culpas. Ahora, para complacerte, hago que ellos alcen sus rostros a Nosotros para que, vislumbrando Tu Luz, queden presa de nuestro amor. 

Ahora, Hijo Mío, siempre tan amado, haré lo que Te dije cuando estaban en la sombra de Getsemaní y serán grandes cosas para alegrarte y darte honor… 

LA SANTISIMAMADRE
LOS DOLORES DE LA VIRGEN MARÍA 
Muchos Profetas hablaron de Mí; vieron anticipadamente que era necesario que Yo sufriese, para llegar a ser digna Madre de Dios. Anticiparon en la tierra Mi conocimiento pero, como tenía que ser, de manera muy velada. Después hablaron de Mí los Evangelistas, especialmente Lucas, Mi amado médico —más de almas que de cuerpos. Posteriormente, nacieron algunas devociones que tuvieron como base las penas y dolores sufridos por Mí. Y así, comúnmente se cree y se piensa en siete dolores principales experimentados por Mí. 

Hijos Míos, Su Madre ha premiado y premiará los esfuerzos y el amor que han tenido por Mí. Pero como lo hizo Jesús, quiero hablarles más extensamente sobre Mis dolores. Luego ustedes los referirán a otros hermanos y todos por fin Me imitarán ya que, por lo que sufrí, estoy continuamente alabando a Jesús y no busco nada, sino que El sea glorificado en Mí. Miren hijitos, es triste hablarles de estas cosas a mis propios hijos, porque toda madre oculta sus dolores solo para sí. Y esto ya lo hice Yo cumplidamente en el transcurso de la vida mortal; por tanto Mi deseo de madre ya ha sido respetado por Dios. Ahora cuando estoy acá, donde la sonrisa es eterna, y habiendo ya ocultado como todas las madres los dolores que experimenté, debo hablar de ellos para que, como hijos Míos conozcan algo de Mi vida. 

Conozco los frutos que recabarán de ello y como agradan a Jesús, Mi adorado Hijo, les hablaré de ellos en cuanto puedan comprenderme. Mi Jesús dijo: el que es primero hágase último y verdaderamente así lo hizo El porque es el primero en la Casa de Dios, pero se abajó hasta el último peldaño. Ahora no le quitaré este último y primer puesto que le corresponde por razón de amor. Mas bien Me esfuerzo por hacerles entender esta verdad y Mi gozo mucho mayor será cuando acepten este convencimiento, no por vía de simple conocimiento sino por medio de una profunda y arraigada convicción. Sea El el primero y nosotros todos, los verdaderos últimos. Si El era el primero, debía haber un segundo en la escala del amor y de la gloria y por tanto, de la bajeza y humillación. Ustedes lo han comprendido ya: Ese Ser debía ser Yo. Hijitos, alaben a Dios que, aún habiendo establecido una distancia inmensa entre Jesús y Yo, quiso colocarme inmediatamente junto a El. 

Hijos Míos, no es lo que aparece al mundo lo que más cuenta delante de Dios. El haber sido elegida Madre de Dios implicó para Mi graves sacrificios y renuncias y la primera fue esta: Conocer por Gabriel la elección hecha en la intimidad de Dios. Yo había querido permanecer en estado de humilde conocimiento y de ocultamiento en Dios; deseaba esto más que toda otra cosa porque era mi delicia saberme la última en todo. Al conocer la elección de Dios, respondí como ustedes saben, pero Me constó tanto subir a la dignidad a la cual estaba llamada. Hijitos: ¿comprenden esta Mi primera pena de que les hablo? Reflexionen sobre ella, den a su Madre el gran deleite de estimar aquella humildad que Yo estimé mucho por sobre Mi virginidad. Sí, era y Soy la esclava a la cual puede pedirse todo y acepté únicamente porque Mi entrega era del mismo grado que Mi amor. 

Te gustó, oh Dios, elevarme a Ti y a Mí, Me agradó aceptar porque Te era grata Mi obediencia. Pero Tú sabes qué pena fue para Mí y que esa misma pena está ahora delante de Ti, requerida de luz para estos hijos que amas y que amo. ¡Yo Soy la esclava, como se hizo conmigo, así ahora sin dubitación, dejen oh hijos Míos, que se haga con ustedes todo lo que Dios quiera! La aceptación llevó a Dios la respuesta que llevará a los hombres el acceso a la Redención y en esto se verificó aquella frase admirable: “He aquí que una Virgen concebirá y dará a luz un Hijo que será llamado Emanuel”. El haber aceptado hacerme Madre de Emanuel implicaba Mi donación al Hijo de Dios, de manera que la Madre de El se donase a El mismo antes que la Humanidad de Jesús se formase en Mí. Por eso Mi donación fue efecto de la Gracia, pero también causa de la Gracia y, si bien deba reconocerse la prioridad de la primera causa que es Dios, sin embargo debe afirmarse que Mi aceptación actuó en el plano de la Gracia como causa concomitante. 

Me llaman Corredentora por los dolores que he sufrido; pero Yo lo fui antes aún por la donación que había hecho por medio de Gabriel. 

¡Oh, Hijo Mío Divino! ¡Cuanto honor Has querido dar a Tu Madre en compensación de la pena grande que sufrí al subir a la dignidad de Madre Tuya! 

Ustedes hijitos, están en el mundo ciegos, pero cuando vean, cosas estupendas serán aliciente de su regocijo para Mí. Verán qué unión de gloria y de humildad hay aquí donde Mi Jesús Es el sol que jamás se oculta. Verán qué sabio designio se llevó a cabo a través de Mi renuncia, a la bajeza del ocultamiento. 

Pero ahora, escúchame. Al avanzar Mi maternidad tuve que hablar a algunas personas queridas y lo dije ocultando lo más que pude, el honor que había recibido... Lloré la renunciada conquista del secreto en Dios, porque El Mismo Dios debía ser glorificado en Mí. Sin embargo muy pronto tuve la alegría de saber que era considerada como una mujer de tantas. Se alegró Mi alma, porque frente al mundo era pisoteada la esclava de Dios que anhelaba humillaciones como sólo Yo lo podía. Cuando José se ocultó, Yo no sufrí, sino gocé verdaderamente, No digan que sufrí entonces, porque no es verdad. Así fue como Dios satisfizo Mi deseo de humillaciones, esta fue la contra partida del Señor de haber llegado a ser la Madre de Dios: ser considerada como una mujer caída. Hija, aprende la sabiduría del amor, aprende a estimar la santa humildad y no temas porque es virtud que brilla con luz centellante. Cuando se realizó el desposorio, no tuve ninguna contrariedad, sabía como irían las cosas y no temía nada. En efecto, Dios da a quien se entrega a El enteramente una perfecta paz en las situaciones más paradójicas, como era la Mía, de tener que desposarme, forzada por el compromiso humano, con un hombre, aún sabiendo que sólo a Dios podía pertenecer. 

¡Cuantos dolores He pasado en la tierra! No es fácil hacer de Madre del Altísimo, se los aseguro. Pero tampoco puede decirse difícil todo lo que se hace por un fin purisimo y por agradar a Dios. ¡Recuérdenlo! ¿Han pensado aluna vez qué fue lo que más dolor Me causó en la noche Santa de Belén? Ustedes distraen la mente con el establo, con el pesebre, con la pobreza. Yo en cambio les digo que aquella noche la pasé toda en el éxtasis de Mi Hijo y, aunque tuve que hacer lo que toda madre hace con su pequeño hijo, no dejé Mi éxtasis, Mi arrobamiento y así, la única cosa que Me causó dolor en aquella noche de amor, fue el ver la aflicción de Mi pobre José al buscarme un refugio, un lugar cualquiera. 

Consiente como estaba de cuanto debía suceder y de Quien debía venir al mundo, Mi amado esposo, al ver que Yo estaba confundida, se angustió y Me dio mucha lástima. Luego, la alegría Nos colmó a los dos y olvidamos toda otra congoja. 

Huimos a Egipto y a esto, ya se han referido cuanto era posible, si bien algunos centran su imaginación más en la fatiga del viaje que en el temor de una Madre que sabía que poseía el tesoro del Cielo y de la tierra. 

Después ya viviendo en Nazaret el pequeño Jesús crecía vivaz y en aquel tiempo, no nos causó sino poquísimas y mínimas congojas. Toda madre sabe lo que es desear la salud de su hijo y cómo cada simpleza parece una gran nube negra. Mi Niño pasó todas las epidemias y enfermedades infantiles propias de aquella época. Como todas las madres, Yo no podía estar preservada de ninguna de las ansiedades propias del corazón materno. 

Pero llegó un día la verdadera nube negra que oscureció la luz festiva de la Madre de Dios. Aquella nube se llama Jesús perdido... Ningún poeta ni maestro del espíritu podría imaginar a María al saber que ha perdido a Su Bien adorado y que no tiene noticias Suyas hasta tres días después... Hijitos, no se asombren de Mis palabras, Yo experimenté la turbación más grande de Mi vida. No han reflexionado lo bastante en aquellas palabras Mías: “ Hijo, Yo y Tu Padre Te Hemos buscado por tres días ¿Porqué Nos Has hecho esto? Dios Mío, ahora que hablo a estos amados hijos, no puedo dejar de alabarte a Ti que te ocultaste para hacernos sentir la delicia de encontrarte. ¡Oh! ¿Cómo de otro modo podría conocerse la dulzura que pone en el alma un vaso lleno de miel cuando abraza a Su Todo? Ya lo ven, también les hablo de Mis alegrías; pero no sin motivo, asocio y junto dolores y alegrías. Ustedes saquen provecho de todo lo que pasó en la mejor forma posible. Dios se oculta para hacerse encontrar, algunos conocen esta verdad; otros, pensando en aquel dolor atroz de haber perdido a Jesús, hagan todo por encontrarlo. No deben permanecer inertes y abatidos. 

Su Madre quisiera ahorrarles el tratar de cuanto queda todavía por decir. Primero son cosas nunca dictas y por lo mismo aún no apreciadas. Segundo, porque al conocerlas tendrán que unirse a Mí en sufrimiento y en penosas consideraciones. Mas se ha dicho todo lo que Mi Jesús quiere sin oposición alguna. 

¿Creen que pasé tranquila la vida de familia de Nazaret? Fue tranquila en virtud de la uniformidad con el querer de Dios. Pero de parte de las criaturas, ¡cuanta guerra hubo!… Fue notado el singular modo de vivir que teníamos y como efecto obtuvimos publica burla. Me consideraban una exagerada por el solo hecho de que todas las veces que Jesús se alejaba de casa, no podía contener las lágrimas y Jesús lo hacía con frecuencia. José era acosado como si hubiese sido un esclavo Mío y de Jesús. ¿Qué podía comprender el mundo? Dejábamos todo el cuidado al que entre Nosotros vivía, adorado en todas sus manifestaciones. 

Qué amor de Hijo aquél jovencito más bello que el mar, más sabio que Salomón, más fuerte que Sanson. Me lo habrían arrebatado todas las madres, tal era el encanto que lo circundaba. Sin embargo, los mezquinos abrigaban juicios solaces sobre Mí, no ahorraban criticas al infatigable padre que lo creían un sometido de su esposa fiel, pero celosa. Todos conocían Mi integridad, pero la creían una pasión egoísta, vulgar. 

Esto es hijitos Míos, lo que no se sabe. Esto pasó entre el mundo que no veía y no podía comprender y Su Purísima Madre. Jesús callaba sin alentarme, porque la Madre de Dios, debía pasar por el crisol, es decir, como una mujer del montón a la cual no debían ahorrarse las opiniones. Admiren la sabiduría de Dios en estas cosas y encuentren aquel sentido divino que acopla la mayor sublimidad a las pruebas que son más dolorosas en relación con tal sublimidad, porque todo abismo llama a otro abismo y toda profundidad llama a su profundidad... Llegó la hora de la separación, la hora de la acción de Jesús. Con ello, llegó el día temido de la partida de Nazaret. 

Jesús me había hablado muy extensamente de Su misión y, me la había hecho amar por anticipado, los frutos que debía darle a El y a todos. Fue necesario por tanto, separarnos, si bien por breve tiempo... Se despidió, nos besó y se encaminó a Su misión de Maestro de la Humanidad. Pero el hecho no pasó inadvertido al pequeño pueblo donde Jesús era tan amado. 

Fueron demostraciones de afecto, de bendiciones y por más que no sabían bien lo que Jesús iba a hacer, sin embargo se presentía una pérdida para aquella gente de mentalidad pequeña, pero en el fondo, de corazón generoso. 

Y Yo, entre tantas manifestaciones, ¿Como Me sentía? Se Me agolpaban mil afectos; pero no retardó un minuto Su partida. Mi Jesús conocía lo que le esperaba después de la predicación, Me lo había dicho tantas veces, Me había hablado tan profusamente de la perfidia de los fariseos y de los demás. Y ya lo ven partir así; solo sin Mí, para cumplir Su mandato. ¡Sin Mí que lo había hecho crecer con el calor de Mi corazón. Sin Mí que lo adoraba como nadie nunca lo adoraría! Después lo seguí, lo encontré cuando estaba rodeado de tanta gente que no me era posible verlo. Y El, verdadero Hijo de Dios, dio a Su Madre una respuesta sublime como Su sabiduría, pero que traspasó este corazón materno de parte a parte. Sí, Yo lo comprendía plenamente, pero no por eso me ahorraban las penas. Al parentesco humano, El opuso el divino en el cual estaba comprendida Yo, es verdad, pero sin embargo los comentarios de los demás no dejaron de lastimarme. Al golpe inicial siguió la alegría de ver Su grandeza, de verlo honrado, venerado y amado por la gente, así pronto cicatrizó también esta herida. 

Recorría con El los caminos, extasiada con Su saber, confortada con Sus enseñanzas y nunca Me saciaba de admirarlo y amarlo. 

Luego vinieron las primeras fricciones con el Sanedrín, ocurrió el milagro que suscitó tanto ruido en las mentes de los Judíos, de los Sacerdotes soberbios. Fue odiado, perseguido, acechado, tentado. ¿Y Yo? Yo sabía todo y con las manos tendidas ofrecía en las manos del Padre, desde entonces, el holocausto de Mi Hijo, Su entrega, Su espantosa e ignominiosa muerte. ¡Ya sabía de Judas, ya conocía el árbol del cual se tomarían los maderos para la cruz de Mi Hijo. No pueden imaginar la intima tragedia que viví junto con Mi Jesús, para que la Redención tuviese su cumplimiento. Antes He dicho: Corredentora; para que lo fuese no bastaban las penas usuales. Hacia falta una unión intima con el gran sufrimiento de El para que todos los hombres fueran redimidos de manera que, mientras iba de un pueblo a otro con El, estaba cada vez más al corriente del llanto desconsolado que Mi Hijo derramaba en tantas noches insomnes que pasaba El en oración y meditación. Se Me revelaba y ponía delante cada estado de animo Suyo y ciertamente; comenzó entonces Mi calvario y Mi cruz. ¡Cuantas consideraciones agravaban cada día más Mis dolores de Madre Suya y de ustedes!! Tantos pecados, todos los pecados . Tanta congoja, todas las congojas. Tantas espinas, todas las espinas; no estaba solo Jesús, El lo sabia, lo sentía, veía que Su Madre estaba en unión continua con El. Y se afligía por ello, todavía más, porque Mi sufrimiento era para El mayor sufrimiento. ¡Hijo Mío, Hijo Mío adorado, si supieran estos hijos que pasó entonces entre Tu y Yo!... Y llego la hora del holocausto, llego después de la dulzura de la Cena de Pascua. Y desde entonces, debía Yo reintegrarme a la muchedumbre; Yo que lo amaba y adoraba de manera única, debía estar alejada de El. ¿Comprenden oh, hijos Míos?… Sabia que Judas estaba dando sus pasos de traidor y no podía moverme; sabia que Jesús había derramado Sangre en el Huerto y nada podía hacer por El ¡Y luego lo apresaron, lo maltrataron, lo insultaron, lo condenaron inicuamente! No puedo decirles todo. Les diré tan solo que Mi Corazón era un tumulto de continuas ansiedades, un asiento de continuas amarguras, incertidumbres, un lugar de desolación, de abatimiento y desconsuelo. ¿Y las almas que después se habrían perdido? ¿Y todas las simonías y trueques sacrílegos? ¡Oh, hijos de Mis dolores! Si hoy se les concede la gracia de sufrir por Mi, bendigan al que se las dio, con fervor, y sacrifíquense sin dubitación. 

Ustedes piensan en Mi grandeza, Mis amados hijos. Les ayuda a pensarlo; pero escúchenme, no piensen en Mi, cuanto en El. ¡Yo quisiera ser olvidada si fuera posible! Toda su compasión denla a El, a Mi Jesús, a su Jesús, a Jesús amor suyo y Mío. 

Así hijitos, la pena de Mi Corazón fue una continua espada que traspasó de parte a parte Mi alma, Mi vida. Yo la sentí mientras Jesús no; Me consoló con Su resurrección, cuando Mi inmenso gozo cicatrizó de golpe todas la heridas que sangraban dentro de Mi. “Hijo Mío“ Iba Yo repitiendo. ¿Por qué tanta desolación? Tu Madre está junto a Ti. ¿No Te basta ni siquiera Mi amor? ¿Cuantas veces Te consolé en Tus aflicciones? Y ahora ¿Porque ni siquiera, Tu Madre puede darte algún alivio?... Oh, Padre de Mi Jesús, no quiero otra cosa que lo que Tu quieres, Tu lo sabes; pero mira si tanta aflicción puede tener alivio; Te lo pide la Madre de Tu Hijo. 

Y ya en el calvario clamé: ¡Dios Mío, has volver a aquellos ojos que adoro la luz que en ellos imprimiste desde el día en que Me Le Diste! ¡Padre Divino, mira que horror aquel rostro santo! ¿No puedes enjugar, al menos tan copiosa Sangre? ¡Oh Padre de Mi Hijo; Oh Esposo Amor Mío, Oh Tu Mismo, Verbo que Has querido tener la Humanidad de Mi! ¡Sean plegaria aquellos brazos abiertos al Cielo y a la tierra, sean la súplica de la aceptación Suya y Mía! ¡Mira Oh Dios, a qué se Ha reducido Aquel A Quien amas! Es Su Madre la que Te pide un alivio a tanta tristeza. Después de poco, Yo Me quedare sin El, así se cumplirá enteramente Mi voto cuando lo ofrecí de corazón en el Templo; sí, Me quedaré sola, pero aligera Su dolor sin atender al Mío. 



Tu amigo Jesús