Domingo III de Cuaresma, Ciclo C
Autor: José Portillo Pérez
San Lucas, 13, 1-9
La búsqueda de una respuesta satisfactoria al dolor
Estimados hermanos y amigos:
En la Biblia podemos leer que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, así pues, si hemos sido llamados a ser dioses por la aceptación de la Palabra de nuestro Criador, no ha de sorprendernos el hecho de que intentemos responder objetivamente las cuestiones últimas relacionadas con nuestra existencia, muy a pesar de que ello no nos es posible si nos basamos en nuestros razonamientos humanos. Como podemos decir muchas cosas con respecto a las citadas cuestiones y el formato de esta edición de Padre nuestro me exige que sea breve al exponeros esta meditación para que la misma sea publicada en los portales y listas de correo cuyos lectores leen mis textos semanalmente, en esta ocasión, dado que estamos en el centro de la Cuaresma, vamos a reflexionar brevemente sobre el dolor.
En el Evangelio de hoy nuestro señor nos habla de 18 víctimas del derrumbamiento de una torre y de las víctimas involuntarias de un sacrificio humano. De la misma manera que no sabemos por qué tenemos problemas los cuales carecen de importancia por lo que tenemos tendencia a olvidarlos porque los consideramos insignificantes, nos inquieta la razón por la cuál la humanidad es víctima de actos terroristas, ignoramos la razón por la que existen la pobreza y la enfermedad, al mismo tiempo que no sabemos cuál es la causa que justifica otras formas en que lo que erróneamente calificamos como mal nos hace infelices. Muchas de estas cuestiones pueden ser respondidas en cierta forma por nosotros sin que nos sea necesario acudir a la Religión para ello, así pues, existen respuestas muy sencillas que justifican, por ejemplo, la existencia del terrorismo y la pobreza, aunque las mismas sólo nos hacen recordar que la humanidad está sedienta de poder, de prestigio y de riqueza, pero aún así, desde nuestra fe, nos es necesario intentar responder satisfactoriamente las citadas cuestiones, dado que estamos de paso en un mundo en el que hemos recibido la misión de alcanzar la felicidad en conformidad con las posibilidades que tenemos para ello, sirviendo a nuestro Padre común en nuestros prójimos los hombres.
Aunque disponemos de todos los años que vivimos para responder satisfactoriamente a las cuestiones cuya existencia estamos meditando, todas las religiones cristianas nos apremian a que no dejemos de esforzarnos para intentar iluminar estas cuestiones sobre las que estamos reflexionando, ya que ignoramos el momento en que acontecerá la Parusía de nuestro señor al mundo, y, en ese glorioso momento, se nos acabará el tiempo de prueba que se nos ha concedido para que nos formemos en el conocimiento de nuestra fe, antes de que concluya la instauración del Reino de Dios en el mundo. Es cierto que necesitamos que Dios venga a nuestro encuentro para librarnos de nuestras miserias, pero no es menos cierto que necesitamos conocer nuestras creencias a fondo, porque no podremos valorar suficientemente a nuestro Criador, hasta que seamos conscientes de lo que El ha hecho por amor a nosotros y con tal de conducirnos a su presencia purificados. A este respecto, en el Evangelio de hoy, Jesús nos habla de una higuera improductiva cuyo dueño quería cortar, a pesar de que el jardinero le pidió un poco más de tiempo, con el fin de hacerla fructificar al menos una sola vez, aunque lo que más deseaba era intentar que aquel árbol no fuera estéril para siempre.
No estamos capacitados para saber la razón por la que podemos carecer de trabajo temporalmente, de la misma forma que tampoco conocemos las causas por las que podemos sufrir enfermedades o ver fallecer impotentes a nuestros seres queridos, pero ello no nos impide reconocer que el dolor nos sirve para reconocer que en el caso de que no nos valoremos ni a nosotros, ni a nuestros seres queridos ni a nuestras posesiones, en nuestra vida, no todo es malo. La realidad del dolor nos ayuda a amar lo que somos y lo que tenemos hasta el punto de incitarnos a seguir venciendo obstáculos mientras se prolongue nuestra existencia mortal. La realidad del dolor nos hace conscientes de que no debemos perder lo que hemos conseguido, que debemos relacionarnos con nuestros prójimos, y que Dios es nuestro Padre.
El dolor tiene sentido porque, aunque nuestra vida es muy limitada, dios vivirá eternamente, y nos ha llamado a vivir en su presencia, así pues, el sufrimiento sólo es una prueba que tenemos que pasar para poder comprender que somos hijos del Dios que lo dio todo por todos en un mundo en que no tenemos más remedio que preocuparnos exclusivamente de nosotros, a no ser que nos guste complicarnos la vida y jugárnoslo todo a la carta de un Dios que nos ama y de unos prójimos de entre los cuales muchos pueden llegar hasta apuñalarnos por la espalda en el momento en que nos cojan desprevenidos para librarse de nosotros. Servir a los considerados buenos es muy fácil, pero tienen un gran mérito quienes están capacitados para hacer que quienes caminan por sendas tortuosas busquen la luz de la vida.
La Resurrección de Jesús es para nosotros un signo esperanzador, no sólo por su simbolismo teológico, sino porque muchas veces pensamos que no podemos resolver nuestros problemas, porque siempre nos es más fácil pensar que ahora no nos es posible porque..., es que..., pero... etc., y, si miramos a Jesús muerto y Resucitado y tenemos fe en la Trinidad Beatísima, comprobaremos que somos capaces de hacer más cosas de las que pensamos. Si creemos que Dios nos escucha cuando oramos, pidámosle a nuestro Padre común lo que necesitamos, y esforcémonos para conseguir las citadas dádivas, pues ello será una señal de que aceptamos a nuestro Padre común. Yo no puedo pedirle a dios que me dé trabajo y quedarme sentado en mi casa esperando que el trabajo me busque a mí, así pues, debo aprovechar todos los medios que tengo a mi alcance para lograr mi objetivo. Hace más de 10 años conocí a una chica que estaba muy enamorada de un chico al que veía todos los días, pero no se atrevía a confesarle su amor al joven que tanto decía que adoraba. La joven estudiante enamorada oraba mucho para que dios hiciera que aquel chico al que ella adoraba se enamorara de ella de una forma mágica, de manera que ella no tuviera que preguntarle si quería salir con ella, ya que le daba miedo el hecho de ser rechazada. Mi amiga no obedeció mi consejo, pues le dije que hablara con nuestro amigo común, dado que, en el peor de los casos, recibiría la negativa que tanto temía. Yo puedo pedirle a Dios muchas cosas, pero, si nuestro Padre común no me concede todo lo que le pido, debo pensar que el sabe lo que me conviene, y que no me dará lo que necesito inmediatamente, porque se aprovechará de mis carencias para fortalecer mi voluntad débil, mi paciencia y mi nítida fe.
Yo quisiera que en este tiempo de conversión le pidamos a nuestro Criador que nos capacite para que ayudemos a quienes, al desconocer las respuestas fundamentales referentes a nuestra existencia, intentan olvidarse de las mismas, pues es necesario que abran los ojos, que busquen en su interior porque pueden encontrar en sus corazones muchas sorpresas, pues no hemos de desaprovechar el tiempo de nuestra redención para ansiar la salvación de nuestra alma. Jesús Crucificado representa la máxima expresión del dolor característico de la humanidad. Jesús era joven cuando murió. Su dolor no se prolongó durante toda una vida, pero sus enemigos le privaron de alcanzar la plenitud de la felicidad cumpliendo sus sueños, aunque nosotros no somos capaces de imitar al Hijo de María porque nuestros ojos no ven más allá de las preocupaciones que forman parte de nuestra rutina diaria. Mucha gente opina que existen circunstancias en las que es mejor morir que luchar por alcanzar algo que parece imposible, pero lo cierto es que la esperanza se extingue cuando se sabe que se perderá la vida, o cuando no existe un estímulo constante que nos ayude a vencer los obstáculos que nos impiden realizarnos durante nuestra corta vida.
Concluyamos esta meditación pensando en el examen de conciencia que hemos de hacer antes de confesarnos con el fin de preparar la celebración de la Pascua. Oremos para que nuestro Padre común, a través de las pruebas que nos hará vivir, nos ayude a extinguir nuestros defectos de nuestros corazones.