Domingo IV de Cuaresma, Ciclo C

Autor: José Portillo Pérez

 

 

san Lucas 15,1-3. 11-32.

Los dos hijos del Rey

No sé si habréis tenido la oportunidad de vivir alguna circunstancia tan desagradable como constructiva al mismo tiempo de la cuál hayáis aprendido que en ciertas ocasiones, las personas de quienes esperamos más demostraciones de afecto son las que más nos desamparan, mientras que aquellos de quienes esperamos más muestras de rechazo, son los que más se acercan a nosotros para tendernos una mano, para ayudarnos en lo que necesitemos y para hacernos comprender que realmente nos aman, aunque no hayan tenido la oportunidad de demostrárnoslo en el pasado con obras, pues con actos de buena fe se demuestra el amor, no con palabras que se lleva el viento. Hoy meditamos la parábola del hijo pródigo. Jesús nos habla de un hombre que tenía dos hijos. Este hombre amaba a sus dos descendientes, pero su hijo pequeño estaba caracterizado por una rebeldía incontrolable que le hacía tener muchos problemas con su padre y con su hermano. Mientras que el hijo mayor obedecía ciegamente a su progenitor, el hijo menor parecía más egoísta que su hermano, dado que aparentemente sólo pensaba en "vivir a tope". No sabemos si el joven que parecía irreflexivo tomó la decisión de alejarse de su familia porque pensaba que su padre amaba más a su hermano que a él, y por ello le era inútil servir a un padre que se mostraba reacio a valorar lo que él era capaz de hacer para demostrarle que le amaba, o si simplemente el protagonista de esta historia era uno de tantos jóvenes que sólo piensan en divertirse. Jesús no nos dice en su parábola cuál de los dos hijos era más amado por su padre. Es importante destacar este hecho, dado que los celos entre hermanos, que suelen manifestarse cuando los niños son muy pequeños, pueden herir gravemente a las familias de las que son miembros los afectados por dicha enfermedad.

Como el hijo menor del hacendado de la parábola de Jesús decidió alejarse de sus familiares, cierto día le dijo a su padre: "Dame la parte de los bienes que me corresponden" (LC. 15, 12). El padre les repartió sus bienes a sus dos hijos, y vio con alegría cómo su hijo mayor seguía con él como si dependiera de su padre, y vio con tristeza cómo su hijo menor desapareció de su presencia.

Como el hacendado de esta parábola no es otro que nuestro querido Padre celestial, podemos pensar que el hijo menor se fue a vivir lejos de su padre a un lugar en el que se entregó a todo tipo de placeres, hasta que gastó toda la fortuna que había heredado de su padre rápidamente. Cuando llegó el tiempo del hambre al territorio en que vivía el hijo pródigo, este no podía alimentarse ni con las algarrobas que eran mantenidos los cerdos del hacendado para el que trabajaba. Hay ocasiones en las que tanto los hijos como los padres cometemos errores simplemente porque somos humanos. En ciertas circunstancias los padres no comprenden que sus hijos no pueden ni deben hacer siempre su voluntad, aunque los hijos no pueden comprender que sus padres no pueden comprender sus pensamientos porque vivieron en su juventud en una época diferente a nuestro tiempo actual, por lo que tienen una mentalidad distinta a la forma en que ellos enfocan su pensamiento.

Aquél que por error se alejó de dios decidió pedirle clemencia al todopoderoso cuando pensó que no podía vivir por sus propios medios, porque sin Dios no podemos hacer nada. El hijo que tuvo muchos desacuerdos con su padre decidió darse la oportunidad de volver a la presencia de su antecesor, aquél hombre que no se sintió traicionado por el más joven de sus hijos ni se enorgulleció extremadamente de su hijo mayor -menosmal que no lo hizo-, y decidió darle a su padre la oportunidad de abrirle su corazón, aunque no pudiera abrirle completamente la mente. El pensaba que su padre nunca le perdonaría sus desavenencias, pero, de todas formas, nada perdía con intentar verle antes de perderlo para siempre...

El buen padre era feliz porque tenía a su hijo mayor consigo, pero pasaba muchas horas mirando al horizonte, sin perder la esperanza de poder abrazar a su hijo menor nuevamente. Cuando el joven buscó a su padre nuevamente, este le recibió con los brazos abiertos, y le hizo un gran banquete, aunque no le había permitido a su hijo mayor hacer una fiesta con sus amigos íntimos. Aquél hombre era duro, pero actuaba en beneficio de sus hijos. El buen padre se llevó una gran sorpresa cuando su hijo mayor regresó de trabajar en el campo y descubrió que había vuelto su hermano, pues temió que su padre le concediera más dádivas en detrimento de su fortuna. El buen padre descubrió que su hijo mayor no le servía por amor, sino por egoísmo. El había pensado que su hijo mayor había sido feliz trabajando mano a mano con él, pero su primogénito había vivido únicamente estudiando la forma de desprestigiar a su hermano ante su padre para hacerse amo de toda la fortuna familiar. El hijo mayor no tenía motivos para quejarse porque su padre le cedió su parte de la herencia en el reparto que hizo inicialmente, pero aquél ingrato avaro quería quedarse hasta con la parte que su antecesor se reservó para vivir hasta el final de sus días. Al final de la historia, resultó que el hijo pródigo fue más honesto que su hermano, porque reconoció que a dios no se le sirve con la ambición de salvar el alma ni por miedo al infierno, sino por amor, y después de reconocer que sin El no podemos hacer nada.

El tiempo de Cuaresma es especial para que las prácticas penitenciales nos ayuden a identificarnos con el hijo pródigo o con su hermano egoísta. Si hemos cometido errores y nos hemos arrepentido del mal que hemos hecho y hemos decidido volver a vivir en la presencia de dios y servir a nuestro criador en nuestros hermanos los hombres, en ese caso nos parecemos al hijo pródigo. Si por el contrario decimos que nunca hemos matado a nadie, que colaboramos en muchos proyectos para erradicar el hambre, que tenemos el cielo ganado, que ojalá todo el mundo fuera como nosotros, y que nuestra conciencia está tranquila porque nos merecemos el cielo porque hemos sobornado a Dios haciendo el bien. En ese caso nos parecemos al hijo mayor del padre del que Jesús nos habla en su segunda parábola del Evangelio de hoy.

Hace unos días recibí un correo electrónico que me hizo reflexionar mucho antes de contestarlo. Se me preguntaba cuál es la causa por la que pensamos que el pecado es tan importante como para que pensemos tanto en ello en los tiempos de Adviento y Cuaresma. Si nos lo proponemos firmemente podremos vivir sin pecar. El pecado nos incapacita para ser felices porque nos impide amarnos y respetarnos, rompe nuestros vínculos de unión con nuestros prójimos y nos aleja del dios que nos quiere salvar porque nos impide desear escuchar su Palabra y vivir en su presencia. Independientemente de que dividamos los pecados en veniales y mortales, personalmente pienso que constituyen incumplimientos del quinto Mandamiento de la Ley de dios el asesinato y el maltrato psicológico.

Concluyamos esta meditación pensando en el examen de conciencia que estamos haciendo para confesarnos y celebrar la Pascua purificados.