Domingo I de Cuaresma, Ciclo C
Autor: José Portillo Pérez
San Lucas, 4, 1-13
La conversión y las tentaciones que nos impiden ser discípulos de Jesús
1. Sigue a Jesús cuando sientas que El te llama
Existen dos razones fundamentales por las que nuestro Padre no es aceptado por muchos de nuestros prójimos. La primera de las citadas razones consiste en que no podemos ver a nuestro Padre común, ya que El carece de cuerpo físico. La segunda razón conssiste en que nuestras creencias son muy diferentes a las ideas en que creen muchos de nuestros hermanos los hombres. Independientemente de la ideología que nos caracterice, necesitamos vivir según las creencias que aceptamos. En el Evangelio de san Lucas encontramos el siguiente texto:
"Mientras iban caminando, uno le dijo (a Jesús): "te seguiré adonde quiera que vayas." Jesús le dijo: "Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza."" (LC. 9, 57-58). Quizá nosotros, después de vivir unos ejercicios espirituales o de recibir algún sacramento nos hemos sentido llenos de emoción para decirle a Jesús que seremos sus discípulos hasta que concluya nuestra vida, pero, quizá al confrontar nuestra religiosidad con la vivencia de las circunstancias que no podemos ni debemos eludir, nos encontramos con que nuestra fe, que en un principio parecía inquebrantable, se debilita rápidamente. Jesús le dijo a aquél que le dijo que le seguiría adonde El fuera que el Hijo de María sólo tenía el cielo por techo, y la tierra que pisaba como lugar de reposo y de trabajo. Quizá podemos pensar que Jesús vivió como un profeta, y, por tanto, no tenía que cubrir las necesidades que constituyen nuestras mayores preocupaciones hasta que no nos percatamos de que las podemos cubrir. Es cierto que Jesús, a diferencia de la mayoría de sus prójimos, renunció a la posibilidad de constituir una familia, pero no podemos pensar que esa renuncia le hizo feliz, así pues, si el vino al mundo para servir a dios en sus prójimos, no hemos de olvidar que la soledad y la carencia del afecto que sólo podemos recibir los laicos en nuestros hogares debieron hacerle mucho daño. Jesús renunció al hecho de ser feliz en el seno de una familia por amor a dios y a sus hermanos los hombres. Quienes no somos religiosos, a pesar de que tenemos que cubrir nuestras carencias a nivel material, no hemos de olvidar que hemos sido llamados a vivir en la presencia de nuestro Padre común, y, por este hecho, al recibir el Sacramento del Bautismo, además de convertirnos en hijos de nuestro Criador, nos comprometimos a servir a nuestro Creador en nuestros prójimos los hombres.
"A otro dijo (Jesús): "Sígueme." El respondió: "Déjame ir primero a enterrar a mi padre." Le respondió: "deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios."" (LC. 9, 59-60). Yo pienso que Jesús no le hubiera impedido a ninguno de sus futuros seguidores que hubiera sepultado a su padre antes de convertirse en su apóstol o en su discípulo. El hecho de convertirnos al evangelio nos incita a cambiar nuestras creencias, con el fin de que podamos aceptar plenamente la fe que profesa, en este caso, la Iglesia Católica. Si no aprovechamos el momento -o las múltiples ocasiones- en que Jesús nos invita a convertirnos en sus seguidores para aprender a vivir en la presencia de dios, jamás podremos ser cristianos, dado que nosotros no tenemos el poder de decidir cuál es el tiempo más apropiado de nuestra vida para creer en Dios. No nos reportará ningún beneficio el hecho de renunciar a la fe que podemos profesar en nuestra juventud para aceptar la misma en la ancianidad, con el fin de no reconocer el miedo que puede producirnos el hecho de perder la vida en cualquier momento. La Iglesia nos ofrece muchas posibilidades para que aprendamos a recorrer el camino de nuestra santificación, así pues, de la misma manera que los niños aprenden a caminar cuando son muy pequeños, la Iglesia quiere enseñarnos a que aprendamos a vivir en la presencia de nuestro Padre común. Tenemos a mucha gente dispuesta a evangelizarnos, ya sea en los templos en que celebramos la eucaristía, o en Internet, si no nos es posible trasladarnos desde templos que, tal como es el caso del más cercano a mi vivienda, están prácticamente abandonados a otros más activos, en el sentido de que la actividad cristiana en los mismos es prácticamente nula.
"también otro le dijo (a Jesús): "TE seguiré, señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa." Le dijo Jesús: "Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el reino de dios."" (LC. 9, 61-62). Yo no puedo decirle a Jesús: espera que concluya el tiempo en que he de trabajar para mantener mi hogar y mi matrimonio, pues, cuando no tenga nada que hacer, te serviré, así pues, si es cierto que obtengo dinero porque realizo mi trabajo, no puedo negarme a trabajar para nuestro señor, aunque no pueda hacerlo todo el tiempo que quisiera servirlo en quienes me escuchan hablarles de El o tienen paciencia para leer mis meditaciones semanales. Si queréis que un trabajo sea bien hecho, confiádselo a una persona que tenga muchas ocupaciones, pues sólo quienes no tienen un segundo libre son capaces de hacer bien lo que quieren.
2. Las tentaciones de Jesús y de sus seguidores
Para comprender las tentaciones que Jesús vivió en el desierto, hemos de comprender cuál era la situación de la vida de nuestro Señor en aquél tiempo. Jesús tenía unos 30 años cuando fue bautizado por San Juan el Bautista. Nuestro señor vivió hasta aquél tiempo sujeto a san José, el cuál falleció durante los años de la adolescencia de nuestro señor, y a María Santísima. Nuestra celestial Mediadora cuidó de Jesús hasta que el Niño de belén cumplió cinco años. A partir de aquél tiempo, María le encomendó la educación de su Hijo a su marido, ya que los hombres debían educar a sus hijos a partir de aquella edad, y las mujeres a sus hijas. Teniendo en cuenta este dato, no nos es difícil imaginar el gran dolor que nuestro Señor debió sufrir cuando vivió la gran pérdida de su padre adoptivo. Seguramente aquél acontecimiento hizo que Jesús profundizara en sus estudios religiosos, ya que El debió plantearse todas las cuestiones relativas a nuestra existencia y a la quietud que observamos en Dios cuando sufrimos y necesitamos que El se nos manifieste liberándonos del peso que puede hacernos perder la fe.
María y José sabían que Jesús nació para cumplir la voluntad de dios, pero ignoraban si nuestro señor había de vivir como un nazareo, o si llevaría a cabo su misión en el taller de José, aunque esta segunda opción podría resultarles muy difícil de aceptar. Como ambos ignoraban lo que Jesús iba a hacer para sobrevivir y para servir a nuestro Criador, tomaron la decisión de que su Hijo aprendiera el oficio de José, así pues, la agilidad con la que nuestro Hermano aprendió a trabajar con sus manos, debió servirle para liberar su espíritu de las ataduras que pensamos que constituyen el sentido de nuestra existencia, así pues, de la misma manera que quienes trabajan con sus manos son libres al no depender de nadie, los hijos de Dios son almas libres, hombres y mujeres que tienen su esperanza puesta más allá de la posibilidad de vivir aferrados a sus muchos o escasos bienes caducos.
Cuando Jesús supo que San Juan estaba bautizando a sus oyentes, tomó la decisión de hacerse bautizar por el hijo de Zacarías, así pues, quizá María le instó a buscar al hijo de su parienta, con el fin de que lo enhcaminara a conocer la vida proféticca, por si Dios quería que su Hijo se dedicara exclusivamente a predicar su Palabra.
Jesús sabía que para él el bautismo era el comienzo de una misión que no podría abandonar después de haberla comenzado a vivir. Jesús, a pesar de que lo más probable era que ignorase lo que le iba a suceder en el futuro, se hizo bautizar por San Juan, como si una fuerza lo empujara desde su interior a vivir en la presencia de dios, una fuerza que, al mismo tiempo que le instaba a servir a dios, le hacía feliz.
Aunque los evangelios Sinópticos no concuerdan con el evangelio de san Juan, los Evangelios más parecidos entre sí nos informan de que Jesús, después de que aconteciera el episodio de su bautismo, se retiró al desierto a meditar y a orar, para ver qué era exactamente lo que dios quería de El. Quienes no creen en la fuerza de la oración deben tener una gran dificultad para comprender la razón por la que Jesús se retiró a meditar al desierto, al considerar que nuestro Señor vino al mundo a consolar a quienes sufren por cualquier causa. Jesús sirvió a dios aprendiendo a vivir tal como lo hacemos nosotros. Jesús sirvió a dios en el silencio de su oración y en la obediencia a sus padres. Jesús sirvió a dios cumpliendo los preceptos religiosos caracterícticos del Judaísmo. Jesús sirvió a dios preparándose a hacer con su vida lo que dios le pidiera que hiciera, costárale lo que le costara obedecer a nuestro criador.
Jesús es Dios y hombre, así pues, ya que nació y vivió como un hombre, tuvo que enfrentarse a las tentaciones que caracterizan nuestra existencia mortal. Si nuestro señor no hubiera sido pobre, hubiera podido conseguir que el Evangelio hubiera sido aceptado por quienes planearon su crucificción, pero los enemigos del Hijo de María no hubieran aceptado la realidad de dios por amor a nuestro Padre común, sino por tener a Jesús de su parte. Si Jesús hubiera sido un personaje muy querido de su tiempo, no hubiera tenido grandes dificultades para dar a conocer la Palabra de dios, pero su mensaje no hubiera sido acogido por sus seguidores con amor e ilusión, pues nuestro señor hubiera sido aceptado por causa de su fama, así pues, en tal caso, el Hijo de María no hubiera sido amado por el hecho de ser nuestro Hermano, sino en virtud de los milagros que hacía. Jesús venció las tentaciones del diablo para que nosotros pudiéramos comprender que nos es necesario vencer muchas dificultades con el fin de que podamos alcanzar grandes metas.
San Marcos sintetiza muy brevemente el pasaje de las tentaciones del desierto: "Después el Espíritu impulsó a Jesús a ir al desierto donde Satanás le puso a prueba durante cuarenta días. Vivía entre animales salvajes y era atendido por los ángeles" (MC. 1, 12-13). San Juan Marcos no nos explica en qué consistieron las tentaciones a las que nuestro señor se enfrentó en el desierto, pero los Evangelistas San Mateo y san Lucas se ocuparon de describirnos el citado pasaje bíblico, el cuál fue la última etapa de la preparación de Jesús, antes que el Mesías iniciara su Ministerio público.
Los Evangelistas San Mateo y san Lucas nos describen la primera de las tres tentaciones a las que Jesús venció: "Entonces el diablo le dijo: "si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan."" (LC. 4, 3). Antes de exponernos el primer intento que el diablo hizo para intentar impedir que Jesús llevara a cabo nuestra redención, san Lucas escribió en su segunda obra: "Jesús, lleno de Espíritu santo, se volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto, durante cuarenta días, tentado por el diablo. No comió nada en aquellos días, y, al cabo de ellos, tuvo hambre" (LC. 4, 1-2). El autor del citado texto nos dice que Jesús fue lleno del Espíritu santo cuando fue bautizado en el Jordán. También se nos dice en el Evangelio de san Lucas que Jesús era conducido por el Espíritu de dios, es decir, nuestro Maestro actuaba dejándose impulsar por el Paráclito para cumplir la voluntad de nuestro Padre común. Jesús sufrió las tentaciones del diablo y ayunó durante cuarenta días con sus respectivas noches. Es obvio pensar que nuestro Señor tuvo que alimentarse de hiervas para sobrevivir, pues ninguna persona puede vivir durante tanto tiempo sin alimentarse. Independientemente de la forma en que interpretemos el ayuno intenso que llevó a cabo nuestro señor en el desierto, no nos cabe duda de la sensación de debilidad que debió adueñarse de El en aquél tiempo. El tentador sabía que en aquel estado en que estaba nuestro señor hubiera podido convencer a mucha gente para que renunciara de su fe, ya que no todos podemos comprender el silencio que guarda dios cuando necesitamos escuchar su voz para impedir que se extingan nuestras creencias religiosas de nuestro corazón, pero nuestro señor no se dejó vencer fácilmente.
Satanás le dijo a Jesús que dejara de orar el tiempo que necesitaba para convertir una piedra en pan y alimentarse. En cierta forma, podemos creer que el seductor aconsejaba a Jesús intentando impedir que el Mesías no se enfermara en aquel estado, pues sabemos que los ayunos que se prolongan demasiado pueden debilitar extremadamente a quienes los practican. Si Jesús hubiera cedido a la pretensión del diablo se hubiera alimentado, pero nos hubiera dado a entender que podemos y debemos hacer lo que queramos, aunque ello signifique que podemos hacer todo lo que nuestro Padre común define como ilícito en la exposición de su Ley. Jesús podría granjearse nuestra amistad si nos concediera todo lo que le pedimos en nuestras oraciones, pero ese hecho indica que nuestro corazón no le aceptaría por amor, sino por egoísmo. Existen circunstancias en las que nos es más provechoso sacrificarnos que optar por conseguir lo que nos es necesario para evitarnos dolores y molestias.
A pesar de los sacrificios que debemos hacer para favorecer a nuestros prójimos e incluso para beneficiarnos a nosotros, no hemos de olvidar que necesitamos dinero y bienes materiales para vivir. Esto lo sabemos bien quienes conocemos la pobreza y la impotencia que caracteriza a quienes carecen de los medios necesarios para solventar sus carencias y para ayudar a sus familiares. Por otra parte, a pesar de que nos es necesario conseguir bienes materiales, y a pesar de que el amor sólo es un sentimiento, es importante que no nos afanemos únicamente para ganar dinero, dado que el amor y la compañía de quienes amamos nos ayudan a ser felices. Jesús le dijo al tentador para justificar su rechazo de la primera tentación: ""está escrito: No sólo de pan vive el hombre."" (LC. 4, 4). Al leer el citado versículo del Evangelio de San Lucas, nos preguntamos: ¿En qué sentido nos dice San Lucas que debemos vivir teniendo en cuenta algo a lo que le hemos de dar más importancia que al hecho de tener un hogar y de poder cubrir nuestras carencias? Si no sólo de `pan vive el hombre, ¿de qué otra cosa podemos alimentarnos para no perder la vida? San Mateo escribió en su Evangelio: "-Las escrituras dicen: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra pronunciada por Dios" (MT. 4, 4). Si el pan nos es necesario para mantenernos vivos, la Palabra de dios nos es imprescindible para vivificar nuestro espíritu.
A pesar de lo expuesto en esta meditación, ¿por qué se negó Jesús a comer un poco de pan en el desierto? ¿No hubiera podido Jesús encontrar otra manera menos drástica de explicarnos que debemos aprender a ser fuertes cuando no podamos evadir el sufrimiento que no le hubiera supuesto un sacrificio? Jesús vivió como nosotros, como un hombre, así pues, el tenía que sacrificarse para enseñarnos el valor de la renuncia. Hace algún tiempo me contaron una anécdota muy simpática. Una mujer le dijo a su hija de cinco años que no debía mentir una tarde mientras que la pequeña merendaba. Minutos después sonó el teléfono, y la niña le preguntó a su madre: ¿Atiendo el teléfono? La buena señora le contestó: -Si es Ana la que está llamando, dile que no estoy en casa. Si Jesús consideró oportuno el hecho de privarse de los alimentos que necesitaba para vivir y se dedicó a fortalecer su espíritu por medio de la oración y de la meditación, ello indica que El es nuestro ejemplo a seguir en todo lo que hacemos durante los años que se prolonga nuestra vida.
Existe una disparidad en la exposición de las tentaciones que vivió Jesús en los textos bíblicos que exponen detalladamente esta vivencia de nuestro señor, así pues, San Lucas expone en segundo lugar la tentación que San Mateo expone en tercer lugar. Nosotros vamos a meditar el Evangelio de las tentaciones de Jesús siguiendo la narración que san Lucas nos hace de las mismas.
"Llevándole a una altura (el demonio a Jesús) le mostró en un instante todos los reinos de la tierra; y le dijo el diablo: "te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda será tuya."" (LC. 4, 5-7). Jesús sabía que el demonio intentaba persuadirlo con el fin de que El renegara de dios con el fin de obtener aquello por lo que los hombres se matan entre sí, es decir, el poder. Por mucho dinero que pueda tener una persona, si la misma no es poderosa, vivirá a merced de quienes deseen explotarla. Satanás dijo de sí mismo que era el dueño de la tierra porque el corazón transgresor de la Ley de dios de los hombres le rinde culto con mucha frecuencia. Satanás fue muy astuto al hablarle a Jesús en aquella ocasión, así pues, ya que cuando nuestro señor fue atacado por primera vez se negó a satisfacer nuestras carencias, el demonio decidió dotarlo con todo su poder, ora para que nos salvara, ora para que nos explotara a placer, o ya fuera para que solventara nuestras carencias cuando lo creyera oportuno. Jesús sabía que no era lo mismo ser aceptado por nosotros por causa de nuestra fe que ser acogido en nuestros corazones por causa de su poder. Es cierto que nosotros deseamos ser temerosos de Dios, pero el citado temor no es un sinónimo del miedo, sino un respeto reverencial.
"Jesús le respondió: "Está escrito: Adorarás al señor tu dios y sólo a el darás culto."" (LC. 4, 8). Jesús le dijo al tentador que El prefería adorar a Dios antes que ser poderoso. Jesús valoraba más los bienes materiales que los bienes caducos que podía adquirir.
Finalmente, el demonio subió a Jesús a la torre más alta del templo de Jerusalén, y le dijo que saltara, con la intención de que diera un gran espectáculo, así pues, ya que nuestro señor no quería satisfacer nuestras carencias para que aprendiéramos a valorar los dones que recibimos de Dios, Satanás quiso que la gente que viera a Jesús caer del Templo sin hacerse daño acudiera a El, con la intención de que nuestro Señor se regocijara al ver que la gente le buscaba por causa de su prestigio. Esto no sólo implicaba que nosotros amáramos a Jesús por su poder y no porque es nuestro Hermano, pues Satanás quería que Jesús pusiera a prueba el amor de dios, así pues, si nuestro señor saltaba del alero del Templo, si Dios lo amaba, tendría que enviar a sus ángeles, con el fin de que el Mesías no muriera en su intento desesperado de alcanzar la fama rápidamente.
Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestra santa Madre que ore por nosotros, para que no nos falte la fe que necesitamos para actuar como verdaderos hijos de Dios, en un mundo en que nuestros valores se están extinguiendo.