Miercoles de Ceniza, Ciclo C
Autor: José Portillo Pérez
San Mateo, 6, 1-6. 16-18
Vivamos una Cuaresma inolvidable
Estimados hermanos y amigos:
1. Un año más hemos dispuesto nuestro corazón a vivir una nueva e intensa Cuaresma, con la intención de esforzarnos para cumplir la voluntad de nuestro Padre común. Todos los años, durante las seis semanas en que nos preparamos a celebrar los misterios más trascendentales de nuestra fe, recibo muchos correos electrónicos de lectores que afirman que creen en nuestro Padre común, aunque creen que la penitencia no sirve para nada, y dicen que piensan que la oración no tiene sentido. Nosotros creemos que la penitencia nos ayuda a adaptarnos al Dios que no puede ni debe adaptarse a nuestras exigencias, porque El es más perfecto que nosotros, y desea que alcancemos la plenitud de la felicidad. La oración es una conversación que mantenemos con Dios, con nuestra Santa Madre y con los santos siervos de nuestro Criador, pues hablamos con ellos de la misma forma que lo hacemos con nuestros familiares y nuestros amigos.
En la primera lectura correspondiente a esta celebración litúrgica, encontramos las siguientes palabras proféticas: "Por eso pues, ahora, dice Yahveh, convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento" (JL. 2, 12). Durante las semanas anteriores hemos tenido la oportunidad de meditar sobre nuestra conversión al Señor nuestro Dios. Hemos tenido la oportunidad de recordar que sin nuestro Padre común no podemos hacer nada. Estamos muy limitados para alcanzar la plenitud de la felicidad. Queremos convertirnos a nuestro Padre común con todo nuestro corazón porque necesitamos a nuestro Creador, no porque El nos puede favorecer al concedernos sus dádivas celestiales, sino porque nos hemos acostumbrado a tenerlo presente en nuestra vida, de tal forma que sin el nuestra existencia carece del sentido de la eternidad.
Quizá pensamos que el ayuno no nos sirve de nada, pues no tiene sentido el hecho de privarnos de comer carne y productos lácteos, como si de esa forma le hiciéramos a Dios el regalo de privarnos de los dones con que El ha previsto que nos alimentemos. Personalmente os digo que yo llevo muchos años sin ayunar, porque pienso que mi oración consiste en beneficiar a mis prójimos y alabar a Dios con buenas obras y alabanzas nacidas de la inspiración del Espíritu Santo, así pues, todos adoramos a nuestro Padre común de la forma que creemos más conveniente.
El llanto y los lamentos de que se nos habla en la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando nacen de los corazones que son conscientes de su debilidad y han depositado su confianza en nuestro Padre común. No olvidemos que Jesús dijo en su sermón del monte: "felices los que en este mundo están tristes, porque Dios mismo los consolará" (MT. 5, 4). Nuestra tristeza nace de nuestra incapacidad de extinguir las miserias características de nuestra humana imperfección del mundo. Nos gustaría vivir en un mundo en el que no existieran la enfermedad, ni la pobreza ni la muerte, pero ello no nos es posible actualmente. No hemos de contemplar nuestros problemas como si los mismos fueran abrumadores, dado que los tales han de ser aprovechados por nosotros para vivir la plenitud de nuestra experiencia de Dios.
"Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Yahbeh vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y que se duele del castigo" (JL. 2, 13). El autor del texto profético que estamos meditando nos dice que no nos escandalicemos por causa de la existencia del mal, sino que evitemos incumplir los preceptos de la Ley divina. Yo puedo pensar que en el mundo hay muchas personas que pecan a sabiendas de que ello no es lo que nuestro Padre común desea que ellos hagan, pero el pensamiento de que los tales hacen lo correcto no hará de mí un santo, pues nuestro Creador espera de mí que, a través de mi ejemplo cristiano, intente hacer que ellos comprendan que, al ser el objeto directo del amor de nuestro Padre celestial, podrían cumplir la voluntad del Dios que desea que seamos felices, a pesar de las dificultades que hemos de superar durante los años que se prolonga nuestra existencia.
Dios es tardo para la ira. Todos los años, durante el tiempo de Cuaresma, recibo cartas de lectores que se quejan porque dicen que Dios castiga a quienes actúan como verdaderos santos, mientras que deja impunes a quienes hacen el mal. Para comprender esta cuestión, hemos de tener en cuenta que, cuanto más nos hayamos superado con respecto a nuestro crecimiento espiritual, serán mayores las dificultades que tendremos que afrontar. Si intentamos que un niño pequeño que está comenzando a dar sus primeros pasos nunca se caiga aunque para ello haya que privarlo de caminar, cometeremos el error de impedirle al citado niño que fortalezca sus piernas y aprenda a caminar lo más rápidamente posible.
Dios se duele de los castigos con que intenta hacernos comprender que hemos pecado o que no hemos hecho lo que teníamos que haber hecho en el pasado. No hemos de comprender que los castigos de Dios son multas que hemos de pagar para poder seguir siendo hijos de nuestro Padre celestial, pues los mismos son lecciones que tenemos que aprender para alcanzar una gran sabiduría. No estoy de acuerdo con el hecho de que algunoss afirmen que dios nunca castiga a sus hijos, pues ello puede impedirles aceptar el verdadero sentido del dolor, que consiste en ver nuestras tribulaciones como caminos de superación personal. No hemos de olvidar las palabras que San Juan le oyó a Cristo Resucitado: "Yo reprendo y castigo a los que amo" (AP. 3, 19). Es importante que los cristianos no veamos el dolor como si el mismo fuera un signo de debilidad, pues, según San Pablo: "Al contrario, Dios ha escogido lo que el mundo tiene por necio, para poner en ridículo a los cque se creen sabios; ha escogido lo que el mundo tiene por débil, para poner en ridículo a los que se creen fuertes; ha escogido lo humilde, lo despreciable, lo que no cuenta a los ojos del mundo, para anular a los que piensan que son algo" (1 COR. 1, 27-28).
Hagamos penitencia para que, cuando el mundo vea que nuestro Padre viene a nuestro encuentro y lleva a cabo las obras que han de hacer que el mundo le acepte, todos podamos vivir unidos como hermanos en el Reino del amor y de la paz.
2. En el Evangelio de hoy Jesús nos dice que no favorezcamos a nuestros prójimos para que la gente pueda decir de nosotros que somos cristianos ejemplares, sino por amor a ellos y a nuestro Padre común, para servir a la Trinidad Beatísima en quienes necesitan que les ayudemos a solventar sus carencias materiales y espirituales. El pasado día 14 celebramos el día de los enamorados. A media mañana me encontré a una señora que llevaba un ramo de flores que le había regalado su marido. dicha señora, en vez de estar contenta por la demostración de amor que había recibido de su cónyuge, se quejaba de que no podía comprar nada hasta que no llevara las flores a su casa, porque tenía las manos ocupadas. Todos recibimos muchas dádivas de nuestro Padre común, y no somos conscientes de ello, ya que nunca nos falta el aire para respirar, y podemos contemplar la luz del sol todos los días. Es cierto que muchas veces no nos conformamos con las cosas que tenemos y deseamos alcanzar nuevos logros, pero, si miramos esta forma de ser nuestra de una forma positiva, podemos pensar que, mientras deseemos progresar en los campos material y espiritual, ello significará que tenemos un gran deseo de vivir.
3. Es conveniente que nos preparemos a celebrar los misterios centrales de nuestra fe durante las próximas semanas, ya que celebraremos los mismos durante un espacio de tiempo demasiado corto para que podamos interpretarlos adecuadamente. El Domingo de Ramos celebraremos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, al mismo tiempo que recordaremos la Pasión y la muerte de nuestro señor, para que así podamos celebrar el Domingo siguiente la Resurrección del Hijo de María, ya que las celebraciones del Jueves Santo y del viernes Santo no son preceptuales.
Durante la tarde del Jueves Santo, celebraremos la instauración de la eucaristía y del Orden de los sacerdotes. Durante una hora a lo largo de la noche, viviremos una hora de oración intensa anhte el monumento en que adoraremos a Jesús eucaristizado, mientras recordaremos la Pasión del Hijo del carpintero de Belén.
El Viernes Santo celebraremos la adoración de la cruz, la Pasión y la muerte de Jesús, y rezaremos el Vía crucis y el Vía Matrix.
El silencio del Sábado de Gloria, será interrumpido por la jubilosa celebración de la Resurrección de nuestro señor, que se prolonga´rá durante los siguientes 40 días.
Dispongámonos a aumentar nuestra fe por la vivencia de las prácticas cuaresmales, las cuales nos enseñan que los sacrificios característicos de este tiempo de oración significan que hemos de ser fuertes a la hora de afrontar nuestras dificultades.
Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestra celestial mediadora que su vivencia de nuestra corredención nos estimule a crecer espiritualmente.