Domingo VII del Tiempo Ordinario, Ciclo C

Autor: José Portillo Pérez

 

 

Lucas 6, 27-38

El amor a los enemigos

En mi tierra durante esta semana hemos vivido unos días de calor bastante fuertes si tenemos en cuenta que aún estamos viviendo el mes de febrero. Tengo la sensación de que este año la primavera quiere adelantarse varias semanas, como si el tiempo cálido nos instara a esperar la Pascua de Resurrección. El miércoles de la próxima semana empezaremos a vivir una vez más el tiempo de Cuaresma, es decir, volveremos a prepararnos a celebrar la Pasión, la muerte y la Resurrección de nuestro Hermano y Señor Jesús de entre los muertos. Las semanas que anteceden a la Semana de Pasión están caracterizadas por los múltiples esfuerzos que llevamos a cabo durante las mismas para intentar ser mejores cristianos. Durante las 6 semanas que anteceden a la celebración de la Pasión de Jesús, nos prepararemos a vivir los misterios centrales de nuestra fe orando, pues sabemos que aún no ha concluido nuestra conversión a nuestro Dios.

Es importante que meditemos atentamente el sermón del monte durante el tiempo de Cuaresma, así pues, Jesús les dijo a sus oyentes muchas cosas que a ellos les dieron mucho que pensar, dado que las mismas no parecían razonables. Aunque han transcurrido más de 2000 años desde que Jesús nació, aún podemos decir que su sermón del monte, en cierta forma, contiene enseñanzas que no parecen estar acordes con nuestra mentalidad. El Domingo de la semana anterior recordamos el texto de las bienaventuranzas del Evangelio de San Lucas. Al recordar el citado texto, pensamos que nuestro Padre común siente una predilección especial por los pobres, por los enfermos, por los desamparados, por los huérfanos y las viudas, y, en cierta forma, por todos los que sufren por cualquier causa. Para nosotros la gente importante se distingue por su riqueza, por su sabiduría, por su inteligencia… Resulta chocante el hecho de que Jesús les manifieste su aprecio especialmente a quienes sólo cuentan con su dolor y en ciertas circunstancias con la incomprensión de quienes les rodean.

Cuando Jesús nos dice que los pobres son dichosos o bienaventurados simplemente por causa de sus carencias, entendemos que Jesús puede sentir lástima de la situación que los mismos viven, pero no comprendemos cuál es la importancia que los tales tienen en un mundo en el que carecen de oportunidades para alcanzar la felicidad. Cuando Jesús nos dice que los que sufren por cualquier causa son felices, no podemos evitar el hecho de sentirnos contrariados, ya que todos intentamos evitar dar a conocer nuestras dificultades a toda costa, pues creemos que si nuestros conocidos saben que estamos sufriendo, pensarán de nosotros que somos demasiado débiles, y que siempre nos estamos quejando por cualquier motivo. Del mismo modo, cuando Jesús afirma que los perseguidos por causa de su fe religiosa son dichosos, no sabemos lo que pensar al respecto de las citadas palabras de nuestro señor, porque creemos que nuestra fe es una ilusión pasajera, una utopía para consolar a quienes sufren, y por ello nos negamos a entender que, el hecho de que no podemos ver a dios cara a cara, no puede impedir que nuestro Padre común sea amado por sus más admirados hijos.

Jesús nos dice en el Evangelio de hoy: "Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen" (LC. 6, 27-28). Hace algún tiempo escuché a un niño muy pequeño insultar a los padres de un niño de unos 10 años que este año precisamente comulgará por primera vez en su vida. El niño mayor, mirando con los ojos llenos de odio al niño que había insultado a sus padres, le juró que lo destriparía si volvía a insultar a sus padres en su presencia. Aunque yo no tengo enemigos, no porque no tengo problemas con nadie, sino porque considero que no me sirve de nada guardarles rencor a quienes me hacen daño, comprendo que puede sernos muy difícil el hecho de amar a quienes nos hieren de alguna forma. Jesús oró en la cruz por sus enemigos, diciéndole a nuestro Padre común: "Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen" (LC. 23, 34). Hace varios años le oí decir a un sacerdote que Jesús intentó engañar a nuestro Padre común con la intención de que nuestro Creador no vengara su muerte. Nunca llegué a aceptar esa explicación, porque siempre he considerado que si Jesús vino al mundo para cumplir la voluntad de Dios, hemos de pensar que era imposible el hecho de que intentara engañar a nuestro Criador. Hoy puedo comprender perfectamente que el odio, al igual que el amor, puede ser un sentimiento ciego que puede llevarnos a llevar a cabo acciones de las que podríamos arrepentirnos en un futuro quizá no muy lejano. Repito nuevamente que puede sernos muy difícil el hecho de amar a nuestros enemigos. Yo aprendí a no tener enemigos considerando que me han sucedido muchas cosas desagradables a lo largo de los 29 años que he vivido. He aprendido que si me enfado con quienes desean hacerme la vida imposible lo primero que conseguiré es estresarme, y ello me impedirá sentirme feliz, dentro de las posibilidades que tengo para sentirme alegre. En segundo lugar, si me niego a perdonar a quienes me hieren, no tardaré en dejarme arrastrar por rencores inútiles cuya primera víctima seré yo, porque quienes me hacen daño sólo pueden suponer que les odio, pero no pueden estar ciertos de ello, a menos que mis gestos o la brutalidad con que puedo tratarlos se lo puedan confirmar.

Jesús, además de recomendarnos que amemos a nuestros enemigos, nos pide que les hagamos bien a quienes nos odian. Esto es muy difícil de entender y de aceptar porque muchas veces desconfiamos de quienes nos odian -o creemos que nos desprecian- simplemente porque nosotros les rechazamos. El odio es un círculo vicioso del que puede sernos muy difícil salir. Si nos puede ser difícil el hecho de amar a quienes nos odian, más difícil nos es beneficiar a nuestros enemigos. No sé dónde leí la siguiente frase: No les demos armas a nuestros enemigos, porque las usarán contra nosotros. Soy consciente de que hemos de intentar tener el corazón limpio de resentimientos vanos, pero no puedo cerrar los ojos para afirmar rotundamente que el autor de la frase anterior no tenía razón cuando pronunciaba las citadas palabras.

Puede ser muy difícil para nosotros el hecho de bendecir a quienes nos maldicen -o creemos que nos maldicen- y orar por aquellos de quienes sabemos que les hablan a quienes pueden mal de nosotros. Llegados a este punto, no estará mal recordar que la difamación es el incumplimiento del octavo Mandamiento de la Ley de Dios, el cuál nos prohíbe dar testimonio falso con respecto a ninguna persona. Ojalá nuestras oraciones por aquellas personas con las que nuestras relaciones nos dejan mucho que desear nos hagan más conscientes de la necesidad que tenemos de vivir en la presencia de nuestro Padre común.

"Al que te hiera en una mejilla -nos sigue diciendo Jesús-, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica" (LC. 6, 29). Sabemos perfectamente que, durante las horas que se prolongó su Pasión, Jesús se dejó golpear por los soldados judíos y romanos que lo tenían preso, pero también sabemos que San Pablo utilizó el documento que acreditaba su ciudadanía romana para evitar ser azotado en algunas ocasiones. Cuando Jesús nos dice que le presentemos una mejilla a quienes nos hayan abofeteado la otra, nos está diciendo que hagamos todo lo posible para reconciliarnos con nuestros prójimos, antes de que los mismos se conviertan en nuestros enemigos. "Si estás en pleito con alguien -nos dice el Hijo de María-, procura resolverlo por las buenas mientras que sea posible hacerlo, para que tu adversario no te entregue al juez, y el juez a los guardias, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que pagues el último céntimo de tu deuda" (MT. 5, 25-26). No todos los problemas que podemos tener con nuestros prójimos acabarán resolviéndose a favor de alguna de las partes inmersas en conflictos en tribunales, pero todos sufriremos de alguna manera la separación de nuestros familiares y de nuestros amigos, los inconvenientes que nos supondrán nuestras desavenencias con algunos compañeros de trabajo, etcétera.

Jesús nos dice que no desconfiemos eternamente de quienes nos hicieron algún daño en el pasado o nos robaron algo de dinero o algún objeto de valor. De esto os puedo hablar mucho yo, que veo muy poco, y llevo más de 8 años vendiendo lotería, y me he encontrado con gente que ha llegado no sólo a írseme sin pagarme la lotería que me han pedido, sino que me han robado en dos ocasiones, en una más de 400 euros, y, en otra, más de 3000. Yo no les guardo rencor a quienes han aprovechado mi deficiencia visual para obtener dinero fácilmente, pero no puedo tener las manos abiertas ante todo el mundo para que la gente coja la lotería que desee sin yo controlar la cantidad de boletos que pongo en sus manos, porque no sé lo que me podría volver a suceder en el momento que pudiera estar más desprevenido para sufrir otro robo. Lo que puedo hacer es tratar bien a todo el mundo, no sólo para mantener mis bentas, sino porque ello satisface a mis clientes y me hace sentirme bien, y tener cuidado para no tener más pérdidas de dinero ni de boletos.

"A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames" (LC. 6, 30). En este caso a todos nos sucede lo mismo que me sucede a mí a la hora de vender lotería. No podemos poner a disposición de todo el mundo la totalidad de nuestros bienes. Quizá nos arriesgamos a perder un libro o un objeto que no valoramos mucho cuando lo prestamos, pero no podemos arriesgar mucho más. Conozco a varias personas a las que les gusta pedir dinero prestado a quienes confían en ellos y devolverlo algunas veces, hasta que llega el momento en que piden mucho y no les pagan ni un céntimo a quienes les favorecen para que resuelvan sus problemas.

"Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente" (LC. 6, 31). Jesús nos dice que ttratemos a nuestros prójimos de la misma manera que queremos que ellos nos traten a nosotros. Quienes favorecemos a nuestros prójimos tenemos la experiencia de que muchos de aquellos a quienes favorecemos son desagradecidos, de la misma manera que otros nos devuelven mal por bien cuando tienen la ocasión de herirnos. Normalmente, cuando tratamos bien a nuestros prójimos, ellos confían en nosotros, y nosotros les apreciamos más cuando nos favorecen a la hora de resolver nuestros problemas.

Conccluyamos esta última meditación dominical de la primera parte del tiempo ordinario, pidiéndole a nuestro Padre común que llene nuestro corazón de su compasión.