Domingo IV del Tiempo Ordinario, Ciclo C
Autor: José Portillo Pérez
La fe
Quizá tenemos la costumbre de asistir todas las semanas a la celebración de la Eucaristía dominical, celebramos las grandes celebraciones religiosas anuales como lo son la Navidad y la Pascua de resurrección, e incluso oramos en algunas ocasiones. La Iglesia, a través de las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando, pretende concienciarnos de que hemos de vivir nuestra experiencia de Dios de una forma activa, es decir, si verdaderamente tenemos fe en nuestro Padre común, tenemos que actuar como verdaderos hijos de nuestro Padre Santo.
En la primera lectura de hoy, nos encontramos que Jeremías se sentía incapaz de cumplir la misión que Yahveh le encomendó, así pues, él era joven y tímido, y sabía que iba a sufrir mucho por causa de su obediencia a nuestro Criador. Dios le dijo a Jeremías las siguientes palabras con la doble intención de consolarlo y de impulsarlo a cumplir su voluntad: “Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones te constituí” (JER. 1, 5). Todos vivimos nuestra vocación religiosa llenos de alegría porque trabajamos en el campo que creemos que podemos alcanzar la felicidad, pero ello sucede porque nuestro Padre común nos ha dado la posibilidad de servir a la Trinidad Beatísima. Jesús les dijo a sus discípulos la noche en que fue traicionado por Judas: “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. En adelante, ya no os llamaré siervos, porque el siervo no está al tanto de los secretos de su amo. A vosotros os llamo desde ahora amigos, porque os he dado a conocer todo lo que oí a mi Padre. No me elegísteis vosotros a mí; fui yo quien os elegí a vosotros. Y os he destinado para que os pongáis en camino y deis fruto abundante y duradero. Así, el Padre os dará todo lo que le pidáis en mi nombre” (JN. 15, 14-16). Jesús les dijo a sus seguidores que si hacían todo lo que El les mandaba, de esa forma le demostrarían su amistad. No hemos de entender la frase de Jesús que estamos meditando como si nuestro Hermano fuera egoísta, así pues, ya que El nos supera en la posesión de dones y virtudes, es justo que nos sometamos al cumplimiento de la voluntad de dios siguiendo sus indicaciones, pues sabemos que El nos quiere redimir. Jesús también nos dice que si tenemos fe en El y le servimos en nuestros prójimos los hombres, nuestro Padre, en nombre de Jesús, nos concederá todo lo que le pidamos cuando oremos, aunque no hemos de entender que podemos sobornar a Dios haciendo unas cuantas obras de caridad con la condición de que el nos conceda todo lo que le pidamos, pues no ignoramos que siempre que oramos no obtenemos lo que deseamos de nuestro Padre común por diversas razones, dado que el sabe lo que nos conviene en cada momento de nuestra vida.
Dios le dijo a Jeremías que les dijera a los israelitas todo lo que el le mandara, sin miedo a que sus palabras no fueran aceptas por sus oyentes. Vivimos en un tiempo en que nuestra fe está en decadencia en países cuyas tradiciones están muy relacionadas con nuestras creencias religiosas. En ciertas ocasiones, puede sucedernos a los predicadores que podemos tener la tentación de no hablarles a nuestros oyentes de temas que pueden hacernos quedar mal ante ellos, pero sucede que los católicos no podemos callarnos y no esforzarnos por impedir, por ejemplo, que en nuestra sociedad desaparezca el respeto a la vida, pues ello se traduce en el asesinato de muchos niños no nacidos y en el exterminio de muchos enfermos, aunque dicen que el segundo caso ha de ser denominado muerte digna. Quienes decimos que creemos en Dios no podemos quedarnos callados al ver cómo los valores que deben caracterizar forzosamente a las familias se transforman de manera que las familias cada día están más divididas. Los católicos no debemos privarnos de denunciar todos los acontecimientos que acaecen en nuestra sociedad que consideramos injustos utilizando para ello todos los medios que estén a nuestro alcance.
Dios le dijo a Jeremías que no tuviera miedo de quienes no le iban a acoger como a un profeta de Yahveh, pues, de esa forma, el todopoderoso haría que la situación de su siervo fuera más difícil. Necesitamos confiar en nosotros y en Dios para resolver nuestros problemas, así pues, si no confiamos en nosotros, nos será imposible confiar en el Dios invisible, porque, si creemos que somos incapaces de solventar nuestros problemas, ello significa que no reconocemos que nuestro Padre común nos ha dotado con dones y virtudes para que superemos todas las dificultades que marquen los años que se prolongue nuestra vida. Si en vez de resolver nuestros problemas convenientemente nos dejamos embargar por el sentimiento de que somos incapaces de hacer bien lo que debemos hacer bien hecho, cada día nos atormentará más la visión de nuestras dificultades. Hemos sido destinados a recorrer un camino y, aunque tomemos atajos para alcanzar la felicidad evitándonos dolores que creemos estériles, tenemos que reconocer que existen ciertas situaciones a las que hemos de enfrentarnos tarde o temprano irremediablemente.
San Lucas, en el evangelio de hoy, nos relata una experiencia muy triste que nuestro señor vivió en la sinagoga de Nazaret, la aldea en que pasó la mayor parte de su vida. Nos resulta difícil creer el hecho de que nuestro señor no fuera creído por sus convecinos cuando les dijo que el era el Mesías, así pues, al vivir con ellos durante muchos años, el Hijo de María podría haberse ganado la confianza de los nazaretanos. Quizá, al reflexionar sobre este hecho, podemos pensar que el Hijo del carpintero descendiente de la dinastía davídica no tenía buena reputación entre sus familiares y conocidos, pero, al leer y meditar el Evangelio correspondiente a esta celebración eucarística, podemos comprender fácilmente que a Jesús le ocurrió en la ocasión que estamos recordando lo mismo que podría sucederle a cualquier predicador religioso o laico que se atreviera a exponer las razones que fundamentan nuestro rechazo del aborto ante quienes defienden la citada práctica. Jesús les dijo a los nazaretanos que tanto la viuda de Sarepta como el leproso sirio fueron librados de sus miserias actuales para que tanto ellos como sus contemporáneos comprendieran que el Reino de Dios está entre nosotros, dado que ellos creían que cuando el Mesías los visitara, los libraría de la opresión que caracterizaba sus vidas.