Misa de la aurora de Navidad , Ciclo C

Autor: José Portillo Pérez

 

 

San Lucas 2,15-20

 

Alabemos a Cristo, nuestro Hermano y Señor

Todos los católicos, independientemente de nuestro estado social, hemos celebrado durante la noche el Nacimiento de nuestro Hermano y Señor Jesús. Durante la primera parte del tiempo de Adviento preparamos nuestro corazón a recibir a Cristo en su Parusía, así pues, el alba del día 25 de diciembre, significa la instauración del Reino de Dios entre nosotros, pues hoy ha amanecido sobre nosotros el Sol de justicia del que Zacarías habló el día en que fue circuncidado San Juan el Bautista: "Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar sus caminos y dar a su pueblo conocimiento de salvación por el perdón de sus pecados, por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, que harán que nos visite una Luz de la altura, a fin de iluminar a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte y guiar nuestros pasos por el camino de la paz."" (LC. 1, 76-79).

La justicia es una virtud que nos permite hacer que todos tengamos los bienes que nos corresponden. "Yo confesaré la justicia del Señor tañendo en honor del Señor Altísimo" (SAL. 7, 18). Alabemos al Señor ejercitando los dones y virtudes que hemos recibido por la inspiración del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones. "Mirad, el Señor reina eternamente. Tiene establecido un tribunal para juzgar: juzga el orbe con justicia y rige las naciones con rectitud. El Señor es refugio del oprimido, su refugio en los momentos de peligro. Confiarán en ti (Señor) los que tienen trato contigo, porque tú no abandonas a los que te buscan, Señor" (SAL. 9, 8-11). Los oprimidos a los que se refiere el Salmista son quienes confían en nuestro Padre común en los días en que son afligidos. Nuestro Padre común es un Juez justo que, al mismo tiempo que reprende a los injustos aunque en ciertas ocasiones creemos que ello no es cierto porque los criterios con que él nos juzga son diferentes

a nuestra forma de proceder a la hora de emitir juicios, sabe escuchar las oraciones de quienes intentan confiar en él, aunque se sientan acorralados por sus problemas. Un ejemplo de fe muy digno de tener en cuenta para nosotros es el Profeta Jeremías, pues él tuvo muchos problemas por atreverse a predecir que Israel sería absorbido por Babilonia por causa de las transgresiones en el cumplimiento de la Ley divina de sus habitantes. Jeremías oraba en estos términos: "Tú lo sabes. Yahveh, acuérdate de mí, visítame y véngame de mis perseguidores. No dejes que por alargarse tu ira sea yo arrebatado. Sábelo: he soportado por ti el oprobio. Se presentaban tus palabras, y yo las devoraba; era tu palabra para mí un gozo y alegría de corazón, porque se me llamaba por tu nombre Yahveh, Dios sebaot" (JER. 15, 15-16).

Otro ejemplo de fe digno a tener en cuenta es San Pablo. "Finalmente, como si de un hijo nacido a destiempo se tratara, se me apareció también a mí (Cristo Resucitado), que soy el más pequeño entre los apóstoles y que no merezco el nombre de apóstol, por cuanto perseguí a la Iglesia de Dios" Pero la gracia divina ha hecho de mí esto que soy; una gracia que no se ha malogrado en cuanto que a mí toca. Al contrario, me he afanado más que todos los otros (apóstoles); Bueno, no yo, la gracia de Dios que actúa en mí" (1 COR. 15, 8-10). "A nadie damos ocasión alguna de tropiezo, para que no se haga mofa del ministerio, antes bien, nos recomendamos en todo como ministros de Dios: con mucha constancia en tribulaciones, en necesidades, angustias; en azotes, cárceles, sediciones; en fatigas, desvelos, ayunos; en pureza, ciencia, paciencia, bondad; en el Espíritu Santo, en caridad sincera, en la palabra de verdad, en el poder de Dios; mediante las armas de la justicia: las de la

derecha y las de la izquierda; en gloria e ignominia, en calumnia y buena fama; tenidos por impostores, siendo veraces; como desconocidos, aunque bien conocidos; como quienes están a la muerte, pero vivos; como castigados, aunque no condenados a muerte; como tristes, pero siempre alegres; como pobres, aunque enriquecemos a muchos (gracias a las riquezas espirituales que hemos recibido de Dios); como quienes nada tienen, aunque todo lo poseemos" (2 COR. 6, 3-10).

Fue tanto el amor que Pablo de Tarso sintió por Cristo, que llegó a escribirles a sus lectores de Galacia las siguientes palabras: "Ya no soy yo quien vive; es Cristo quien vive en mí. Mi vida en este mundo consiste en creer en el Hijo de Dios, que me amó y entregó su vida por mí" (GáL. 2, 20). En algunas ocasiones en que he comentado el citado versículo de la Epístola que San Pablo les dirigió a los cristianos pertenecientes a la comunidad que él mismo fundó en Galacia, me han hecho la siguiente pregunta: ¿No crees que San Pablo actuaba como un fanático? A pesar de que durante algún tiempo el citado evangelizador persiguió a los cristianos de la primitiva Iglesia de Jerusalén, él le dedicó muchos años a la evangelización después de que aconteciera su conversión al Evangelio. Nuestro Santo creyó durante mucho tiempo que Cristo estaba por concluir la instauración del Reino de Dios en el mundo en cualquier momento, por consiguiente, esta creencia debió infundirle un gran amor

por aquél de cuya crucificción llegó a sentirse culpable.

La última vez que Pablo fue encarcelado por causa de sus convicciones religiosas, le escribió a su fiel amigo el obispo Timoteo: "Mi vida es como una ofrenda. Ha de ser inmolada: ya llega la hora de la muerte. He corrido con valor, he corrido hasta llegar a la meta, he conservado la fe. Sólo me queda recibir la corona de salvación que el Señor, justo juez, me entregará el día del juicio. Y no sólo a mí, sino a todos los que hayan esperado su venida gloriosa con amor" (2 TIM. 4, 6-8).

Pablo murió por su amor a Cristo porque tenía fe. "La bondad de Dios os ha salvado, en efecto, mediante la fe. Y eso no es algo que provenga de vosotros; es un don de Dios" (EF. 2, 8). "Y nosotros, por nuestra parte, podemos acercarnos a Dios libre y confiadamente mediante la fe" (EF. 3, 12). "Que Cristo habite, por medio de la fe, en el centro de vuestra vida; que el amor os sirva de cimiento y de raíz" (EF. 3, 17).

San Pedro escribió: "Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que, por su inmenso amor y mediante la resurrección de Jesucristo, nos ha hecho renacer a una vida de esperanza, a una herencia incorruptible, inmaculada e imperecedera. Una herencia reservada en los cielos para vosotros, a quienes el poder de Dios asegura, mediante la fe, la salvación que ha de revelarse en el momento final" (1 PE. 1, 3-5). "La fuente de todo bien está en Dios, que os ha llamado a compartir con Cristo su gloria eterna. Y Dios mismo, después de estos padecimientos os restablecerá, os confirmará, os restablecerá y os colocará sobre una base inconmovible" (1 PE. 5, 10).

San Pedro también nos dice que, si esperamos que Dios cumpla sus promesas, hemos de vivir como quienes tienen fe en nuestro Padre común: "Estad, pues, listos para la acción; que nada os seduzca (que nadie os haga dudar de vuestras convicciones); poned toda vuestra esperanza en el don que os trae la revelación de Jesucristo" (1 PE. 1, 13). "Cristo, presente en la mente de Dios desde antes de la creación del mundo, se ha manifestado para vuestro bien en el momento cumbre de la historia. Gracias a él, creéis en Dios, que le resucitó triunfante de la muerte y le llenó de gloria. Así, vuestra fe y vuestra esperanza descansan en Dios" (1 PE. 1, 20-21).