Domingo IV de Adviento, Ciclo A

Autor: José Portillo Pérez

 

 

Mt. 1, 18-24 

 

1. Todos los años, a través de los diferentes ciclos litúrgicos que conmemoramos los episodios más relevantes de la vida de Jesús, recordamos prácticamente los mismos pasajes evangélicos que se adhieren a nuestra pretensión de hacer que el mayor número de personas posible, a través de explicaciones sencillas y profundas, conozcan las verdades fundamentales de nuestra fe cristiana y católica. Desgraciadamente, por causa de nuestra carencia de fe, podemos caer en una rutina incómoda, al leer, todos los años, los mismos textos, en las mismas fechas. Si nos sucede esto, ello indica que aún no hemos avanzado apenas en nuestro camino de conversión aunque le hayamos pedido ayuda a Dios, pues una cosa es orar con una fe superficial para que nuestro Padre común nos inculque sus verdades, y otra cosa, muy diferente, es informarnos, a través de la Biblia, el Catecismo de la Iglesia, las Encíclicas papales, los textos que conservamos de los Padres de la Iglesia, y otros documentos de un valor incalculable, del mensaje que el Señor desea transmitirnos, y la forma según la cuál el Dios Trinidad desea que enfoquemos nuestra vida al cumplimiento de su voluntad. Cuando yo ejercía como catequista de niños y adultos, les decía a quienes se acercaban a mí que leyeran la Palabra de Dios escenificando en sus mentes todo lo que podían entresacar de los textos sagrados, algo así como si estuvieran viendo una película en vez de encontrarse leyendo un libro. Cometemos un gran error si leemos el Evangelio como si este fuera una serie de artículos de prensa, pues es necesario que leamos con gran interés y ansias de aprender los pensamientos que Dios nos sugiere en cada ocasión que leemos atentamente su Palabra. El próximo día 27 celebraremos la fiesta de San Juan Apóstol y Evangelista. Sería un gesto maravilloso por nuestra parte el hecho de proponernos, durante las próximas fiestas, leer algunos episodios evangélicos, al menos los 2 primeros capítulos de los Evangelios de San Mateo y San Lucas, y, en el caso de que nos surjan dudas, podemos escribirles pidiéndoles ayuda a los moderadores de las comunidades cybernéticas a las que pertenecemos, o podemos servirnos también de nuestros catequistas, religiosos y sacerdotes, pues todos nosotros vivimos consagrados a Dios, según la vocación que el Espíritu Santo ha creído más conveniente infundirnos en el corazón en atención a nuestra salvación.

2. El Evangelio de hoy está contenido entre los versículos 18 y 24 del capítulo 1 del Evangelio de San Mateo. San Mateo no perseguía a los cristianos como lo hacía Pablo de Tarso, pero él era recaudador de impuestos, trabajaba para los romanos, y, por ello, quizá era ladrón, y les exigía a los pobres más dinero del que le pedían las autoridades, para amasarse una fortuna respetable. La vida del citado Apóstol cambió bruscamente cuando Jesús, manifestándole su afecto, le pidió que le siguiera, sin ni siquiera haberse cuestionado el hecho de que Mateo era un desconocido para él, por consiguiente, muchos tenemos la experiencia de que no podemos fiarnos ni de muchos de nuestros conocidos. Al Apóstol Mateo o Leví, le bastó la manifestación del afecto que necesitaba por parte del Mesías, para dejar que el Señor transformara su vida. ¿Somos fieles discípulos de Cristo Jesús? ¿Qué circunstancias nos apartan del seguimiento de nuestro querido Señor? ¿Qué podemos hacer para aumentar nuestra fe y motivarnos más a cumplir la voluntad de nuestro Padre común al ser fieles seguidores de nuestro Maestro?

3. En el Evangelio de hoy, Mateo nos dice que María le había sido prometida en matrimonio a José, un artesano descendiente de la dinastía davídica, por su padre Joaquín. Según leímos en el Evangelio de la Inmaculada Concepción de María (Cf. Lc. 1, 26-38), la joven nazaretana concibió a Jesús por obra y gracia del Espíritu Santo, gracias a su libre aceptación del cumplimiento consciente de la voluntad de aquel que la eligió para que fuera su Madre. En Israel había muchas chicas mejor preparadas en el campo de la espiritualidad para concebir al enviado de Dios en sus entrañas, así pues, ¿cómo podría José creer que un ángel había hecho posible que el Mesías fuera engendrado en el seno virginal de su prometida? A él le era más fácil creer que su futura mujer le había sido infiel. José consultó lo que le había sucedido con un anciano sacerdote, el cuál le dijo que, para extirpar el adulterio de las mujeres de Israel, la Ley mosaica le obligaba a enterrar a su prometida hasta el cuello, después de haber convocado a todos los vecinos de Nazaret para que la apedrearan, siendo él el primero que tenía que tirarle una piedra al corazón para acortar su sufrimiento. María era una chica diferente a las demás. Ella no era rebelde, y muchos hombres envidiaban la sumisión con que ella obedecía y sufría cuando no estaba de acuerdo con las decisiones que tomaban su padre y su marido. ¿Cómo podía José concebir el supuesto adulterio de su futura mujer? Por otra parte, ¿por qué había escogido Dios a una chica que apenas tenía recursos para vivir para que en ella se encarnara su enviado? ¿Por qué no hizo Dios que su Mesías naciera entre quienes eran considerados puros por causa de sus múltiples riquezas? Según vimos en el Evangelio del Domingo III de Adviento (Cf. Lc. 1, 39-56), Joaquín y José tomaron la decisión de enviar a María a casa de Zacarías y de Elisabeth, mientras que José pensaba lo que iba a hacer con ella, pues, aunque quería evitar los rumores de quienes conocían los hechos relacionados con su angustia, amaba a María demasiado como para deshacerse de ella. En un momento de desesperación, el carpintero tomó la decisión de alejarse de su prometida secretamente, para que sus convecinos fueran olvidando su compromiso matrimonial.

4. Siempre que nos acaece algún hecho que nos bloquea mentalmente o nos obliga a elegir entre dos opciones diferentes, antes de proporcionarnos el remedio de esos problemas, Dios permanece en silencio, hasta que prueba la profundidad con que sus virtudes se hacen constar en nuestra forma de proceder. Esto fue precisamente lo que le sucedió a José, cuando decidió no responsabilizarse de María, atendiendo más a su orgullo varonil que se sentía traicionado que a la amargura de María, que, sabiendo sobradamente que no le había sido infiel a su marido, no sabía cuál era la forma de abrirle los ojos al actual Patrón de la Iglesia Universal. Cuando Dios comprobó la bondad y la fe de José, hizo que un ángel, a través de un sueño, le revelara que el Hijo de María había sido engendrado en ella por el Espíritu Santo, lo cuál le confirmaba la fidelidad de ella, por lo que él empezó a olvidarse de su orgullo herido, y empezó a aceptar a María, haciendo que el amor superara a su soberbia.

5. José aceptó a María y curó su herida con el paso del tiempo. Es importante que le prestemos atención a la misión que Dios le impuso a Jesús, pues, según el Evangelista, el Mesías vino al mundo para salvarnos de nuestros pecados, los actos que cometemos deliberadamente aun sabiendo el daño que les causamos a nuestras víctimas. Jesús también vino a curarnos de nuestras enfermedades a través de la ciencia y por su propia mano cuando venga nuevamente a nuestro encuentro el día de su segunda venida. El día de la Parusía del Señor, Jesús también nos librará de la muerte eterna. Cuando resucitemos el día de la Parusía de Cristo, no moriremos más.

Vamos a concluir esta meditación pidiéndole a nuestro Padre común que los ejemplos de Isaías, San Juan Bautista, Elisabeth, Zacarías, María, José, Mateo, y Pablo, nos sirvan para aumentar nuestra fe, de forma que nos sintamos evocados a profundizar en nuestros conocimientos de las verdades divinas.