Domingo III de Adviento, Ciclo A
Autor: José Portillo Pérez
Mt. 11, 2-11
1. Jesús dijo de San Juan Bautista: "Os digo que no hay hombre mayor que Juan" (Mt. 11, 11). El segundo Domingo de Adviento vimos cómo Juan decía lo que creía que tenía que decir prescindiendo de los respetos humanos que podían apartarlo de la forma tan particular que tenía de enfocar el fiel cumplimiento de su misión. Juan fue encarcelado por el Tetrarca de Galilea porque cometió la osadía de decirle a Herodes que, según la Ley de Moisés, no le era lícito vivir con su cuñada Herodías como si ella fuera su mujer, pues la madre de Salomé estaba casada con Filipo de Cesarea. Herodes respetaba a Juan y no quería encarcelarlo, pero su amante insistió hasta que al fin logró lo que deseaba. Antes de que Herodes diera la orden de la ejecución del Profeta, el hijo de Elisabeth se percató de que había concluido su misión en el mundo, y, por ello, quiso que el Mesías le dijera, por medio de varios de sus seguidores, si era él aquel cuya divina misión había sido profetizada por los
grandes predicadores que alentaron la fe de los israelitas en el pasado. La dramática vivencia del Bautista en la cárcel puede hacernos suponer que el hijo de Zacarías había perdido la fe, y que por ello, a través de algunos de sus discípulos, quiso que Jesús lo alentara, pero lo cierto es que, una vez que Juan supo que no saldría con vida de la cárcel, quiso hacer todo lo que estuviera a su alcance para que sus seguidores empezaran a seguir al Mesías. Juan sabía muy bien que él no había sido enviado al mundo para ser servido, sino para servir y dar su vida por una causa justa, imitando al Mesías, que fue crucificado varios años después. A mí me gustaría mucho que algún día podamos hacer nuestras las palabras con que Juan les respondía a quienes le decían que Jesús le estaba quitando a sus seguidores: "él tiene que desempeñar su papel, cada vez más importante; yo, en cambio, he de ir quedando en la sombra" (Jn. 3, 30). Muchas veces le pedimos a Dios que nos ayude a progresar en
nuestro trabajo, que nos cure de nuestras enfermedades, y que proteja a nuestros familiares y amigos queridos. La oración de petición constituye un acto de fe y esperanza, dos virtudes teologales que pueden ser sustituídas con una facilidad muy extremada por una gran dosis de egoísmo. Vamos a decirle a Jesús que, aunque no se nos comprenda al iniciar nuestro trabajo de predicadores en nuestro entorno social, vamos a hacer lo posible para comunicarles nuestra fe a quienes nos rodean, para que, cuando celebremos el nacimiento de Jesús, el Señor tenga más brazos en los que ser acogido.
2. Juan les dijo a algunos de sus seguidores que interrogaran a Jesús en los siguientes términos: "¿Eres tú el que había de venir, o hemos de esperar a otro¿" (Mt. 11, 3). En la monición del Evangelio de hoy os dije que San Mateo nos ha demostrado que Jesús es el enviado de Dios porque él cumplió puntualmente la profecía contenida en el fragmento del libro de Isaías que constituye la primera lectura de este Domingo III de Adviento. A pesar de la realidad que estamos meditando al comparar los citados textos de los dos testamentos en que se divide la Biblia, creo que deberíamos pensar si Jesús es el Mesías que debemos esperar, o si debemos buscar nuestra liberación en el mundo. Nosotros somos cristianos, y debemos renovar nuestra fe recibida por el Sacramento del Bautismo día a día, y por ello debemos afianzar el pilar sobre el que se sostiene nuestra creencia fundamental. Conozco a muchos pobres que piensan que su carencia de felicidad se justifica porque no disponen de los medios
que necesitan para expandirse en esta vida, pero también conozco a algunas personas que tienen más dinero del que necesitan para vivir, y, como lo único por lo que se han esforzado en su vida es la consecución de riquezas y no han cultivado ningún valor espiritual, se sienten aisladas e inaceptas. He visto a muchos drogadictos suplicarme que les dé algunas monedas alegando para ello que tienen que atender a sus mujeres hospitalizadas, que tienen que alimentar a sus hijos y otras muchas desgracias que se reducen a su necesidad de irse envenenando lentamente. No faltan los ancianos que se sienten desamparados por sus familiares, los niños que tienen que esforzarse más allá de sus posibilidades para poder sobrevivir, y otros chicos que, aunque tienen medios para mantenerse muy ocupados, carecen del afecto de sus progenitores, pues ellos piensan que, con darles a sus hijos todo aquello que desean, cumplen con su labor paternalista. Pienso que nuestra sociedad actual es un gran rastrillo en el que todos valemos lo que podemos comprar con nuestra vida. En contraposición al pensamiento actual, todos los años por este tiempo, la Iglesia difunde los anuncios esperanzadores de Isaías, y nosotros nos preguntamos: ¿De qué manera influyen las profecías mesiánicas en nuestra vida y en nuestro ambiente? Somos católicos y por ello no ponemos en duda la realización de milagros por parte de Jesús, pero, ¿qué repercusión tienen en nuestro entorno las obras que llevó a cabo el enviado de Dios? ¿Conocemos algún testimonio que nos verifique que el Señor sigue manifestándose en nuestra sociedad actualmente? ¿Creemos que el Señor dejó de hacer prodigios cuando fue ascendido al cielo después de su Resurrección? Si la Liturgia adventista nos insta a pensar en las tragedias que se producen constantemente en el mundo, ¿cómo podremos vivir la Navidad en un entorno festivo? La Navidad es algo más que una serie de fiestas en las que sobran comida y bebida para quienes pueden derrochar sus bienes, así pues, el tiempo litúrgico que empezaremos a vivir en la noche que transcurrirá entre el 24 y el 25 del presente mes, es el símbolo de la instaupación de la paz mundial y la conclusión, en consecuencia de ello, de la Redención de la humanidad. En la Navidad se nos alertará para que no perdamos la esperanza en el cumplimiento de las promesas mesiánicas que se llevará a cabo en nuestra vida y en nuestro entorno cuando Cristo Jesús vuelva por segunda vez a nuestro mundo.
3. ¿Cómo puede saber una mujer que está preparada para recibir el Sacramento del Matrimonio? Al igual que los hombres, ellas tienen que cumplir una serie de condiciones para que su relación conyugal no fracase, así pues, en el caso de las mujeres, hay que decir que han de estar preparadas para cocinar y llevar a cabo las demás actividades domésticas, tienen que estar debidamente formadas para mantener relaciones sexuales, etcétera. De la misma forma que las mujeres se forman arduamente para casarse, nosotros, en este Adviento, tenemos que prepararnos para recibir a nuestro Señor en la Navidad. ¿Cómo podremos saber el próximo 25 de diciembre si habremos alcanzado la debida formación para recibir al Mesías en nuestros corazones? Sabremos que nuestro corazón está dispuesto para convertirse en templo vivo de Jesús, si nuestro Padre común puede cuestionarnos a través de nuestros prójimos, así pues, si amamos a Dios más que a nadie y más que a nuestras posesiones, y si ese amor se
caracteriza por nuestra capacidad de servir a nuestros hermanos los hombres, ello nos indicará que nuestra alma es apta para que Cristo Jesús nazca y habite en nuestros corazones. Recordemos que en el Adviento no se nos transmite un mensaje que habrá de ser olvidado cuando concluya la Navidad, sino una forma de vida que nos eleva a la categoría de Dios obviando nuestra humana imperfección.
Concluyamos esta meditación recordando con mucho amor a nuestros hermanos mexicanos, pues me consta que la gran mayoría de mis lectores son mexicanos y argentinos. Quiero que oremos por los habitantes de México porque en este día ellos celebran a la Guadalupe, la Bella Señora, la Madre de la paz que ha de caracterizar nuestra vivencia cristiana, la Diosa a la que le vamos a pedir que haga de nuestro corazón un templo apto para albergar a Cristo Jesús, pues él vendrá a nuestro encuentro el próximo día 25.