Domingo I de Adviento, Ciclo A
Autor: José Portillo Pérez
Mt. 24, 37-441. Hoy hemos comenzado a vivir un nuevo año litúrgico. Tal como os dije en la monición de entrada, el primer Domingo de Adviento es para nosotros un día muy importante, precisamente porque empezamos un año de esfuerzo para perfeccionar nuestra actividad en el mundo y para fortalecer nuestro espíritu. Este periodo litúrgico que antecede a la Navidad que hoy hemos empezado a vivir se divide en 2 partes, así pues, entre hoy y el 16 de diciembre, vamos a centrarnos en el fin del mundo, y en el establecimiento del Reino de Dios, que tendrá como consecuencia el perfeccionamiento espiritual de todos los hombres, para que podamos gozar de la paz mundial. A partir del 17 de diciembre, empezaremos a preparar la celebración de la Navidad, un tiempo litúrgico que tendremos muy presente a partir del 8 de diciembre, pues recordaremos un altísimo ideal de Santidad: la Inmaculada Concepción de María.
2. Todos aceptamos el hecho de que Dios es muy bondadoso, pero quizá nos cuesta creer que El, cambiando el dolor de la humanidad por una alegría indescriptible, obviará nuestra necesidad de la fe para venir a nuestro encuentro. Quizá no nos hemos percatado de que Dios vive en nosotros y en nuestros prójimos, de la misma forma que a lo mejor no hemos tenido la oportunidad de pensar o de comprender que El se nos revela por mediación de los acontecimientos que conforman nuestra vida. La Iglesia, a través de su Liturgia, nos enseña a esperar la segunda venida de Cristo durante las semanas que anteceden a la Navidad. Esta es, pues, la causa por la que, en nuestras oraciones, durante las próximas semanas, repetiremos sin cesar: "!Ven, Señor Jesús" (Ap. 22, 20).
3. Si Dios va a venir a nuestro encuentro, se nos hace necesario prepararnos a recibir a nuestro Rey. ¿Qué nos dice San Pablo con respecto a nuestra formación para que estemos dispuestos a recibir al Mesías? El Apóstol nos dice: "Dad lugar a la renovación espiritual de vuestra mente y vestíos del hombre nuevo, creado a imagen de Dios para una vida verdaderamente recta y santa" (Ef. 4, 23-24). El Apóstol nos sigue formando para que estemos dispuestos a recibir al Señor: "Estamos dispuestos a castigar toda desobediencia cuando vuestra obediencia sea perfecta" (2 Cor. 10, 6). ¡Qué significa la extraña frase del Apóstol? San Pablo intentaba en su Epístola hacer que los lectores de su Carta se concienciaran de que él les había sido enviado por Dios, ya que ellos estaban divididos por causa de los judíos que no creían en el Hijo de María, y porque muchos creían que tanto Apolo, Pedro y Pablo, predicaban para dar a conocer a dioses diferentes o formas distintas de concebir la
misma fe (Cf. 1 Cor. 1, 12-13). La Ley de Dios es muy compleja para que la podamos memorizar, es esta la causa por la que San Pablo, haciéndose eco de que es más importante cumplir los Mandamientos divinos que memorizar las Escrituras, escribió las siguientes palabras: "Vivid en plena armonía unos con otros. No ambicionéis grandezas, antes bien poneos al nivel de los humildes. Y no presumáis de suficiencia" (Rom. 12, 16).
Quizá nos preguntamos: ¿Cuál es la causa por la que hemos de disponernos a recibir al Señor? ¿No resulta más apetecible el hecho de pensar que Dios no existe porque no se acomoda a nuestros caprichos excusándonos para ello confesando que el Todopoderoso no ha solventado las carencias de los más humildes? Dios vendrá a nuestro encuentro, así pues, en su visión del mundo redimido, Juan vislumbró la siguiente descripción que hizo en su Apocalipsis que oyó pronunciar por una poderosa voz: "He aquí que Dios ha montado su tienda entre los hombres. Enjugará las lágrimas de sus ojos, y ya no habrá más muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor" (Ap. 21, 3-4). De la misma forma que la instauración del Reino de Dios supone un cambio indescriptible por su significado, los cristianos nos comprometemos a marcar la diferencia entre quienes carecen de fe, así pues, si creemos en Dios, no debemos perder la esperanza cuando nos quedamos sin trabajo, tenemos que evitar perder el ánimo cuando
nuestros familiares y amigos sufren situaciones que no podemos resolver, y hemos de conservar nuestra confianza en el Señor cuando El cree oportuno el hecho de llamar a su presencia a nuestros seres queridos. Esto sucede porque "Dios nos ha llamado a una vida de consagrados" (1 Tes. 4, 7). Las palabras del Apóstol que estamos meditando nos instan a vivir consagrados a Dios, ofreciéndole a nuestro Santo Padre nuestros pensamientos, todas las palabras que pronunciamos y la totalidad de las obras que llevamos a cabo.
¿Cuándo acontecerá el fin del mundo? ¿Cuándo podremos constatar que Dios existe porque El se nos revelará? Esta misma pregunta que nos estamos planteando impulsó al Señor Jesús a pronunciar su famoso discurso apocalíptico cuando sus discípulos le inquirieron que los iluminara al respecto de las cuestiones relativas a su existencia, pues ellos estaban tan inquietos como lo estamos nosotros. Ellos le dijeron al Rabbi: "-Dinos, ¿cuándo sabremos que sucederá todo esto? ¿Cómo sabremos que tu venida está cerca y que el fin del mundo se aproxima?" (Mt. 24, 3). Si supiéramos el tiempo que falta para que Dios venga a nuestro encuentro nos olvidaríamos de realizar nuestras obras cuando faltara poco tiempo para que Jesús concluyera su obra redentora. Si Jesús hubiera podido satisfacer la necesidad de obtener respuestas de quienes le acompañaron dejando a sus familiares y pertenencias durante 3 años lo hubiera hecho, pero, como Dios no le reveló el día crucial en el que será
exterminada nuestra miseria, Cristo les dijo a sus amigos: "En cuanto al día y la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo ni el Hijo. Solamente el Padre lo sabe" (Mt. 24, 36).
4. Como cristianos que somos intentamos orar todos los días porque somos conscientes de que Dios está presente en nuestra vida. Creo necesario que durante las próximas semanas aumentemos nuestro tiempo de oración para familiarizarnos más y mejor con el Dios Trinidad, con María Santísima, y con nuestros titulares. Sería maravilloso que, cuando conmemoremos la Natividad de nuestro querido Jesús, podamos constatar que nuestra espiritualidad es más elevada que lo era al iniciar el Adviento, así pues, de la misma forma que los israelitas en su peregrinación vivieron durante 40 años en el desierto, nuestra vida cristiana es una peregrinación, un tiempo que se nos concede para que le permitamos a nuestro Padre celestial colmar nuestra existencia de dones y virtudes, así pues, aunque ignoramos cuándo vendrá Jesucristo a nuestro encuentro, debemos prepararnos a recibir al Rey que vendrá a visitarnos en Navidad como Hombre, y volverá al final de los tiempos, cuando este sistema de
cosas sea transformado en cumplimiento de la voluntad de Dios.
San Pablo nos motiva para que no permitamos que se debilite nuestra fe con las siguientes palabras: "Por la fe sabemos que el universo ha sido modelado por la palabra de Dios, para que no busquemos en las cosas que se ven el origen visible de este mundo" (Heb. 11, 3).
Concluyamos esta meditación repitiendo la conocida oración del Salmista: "De ti, Señor, viene la salvación y la bendición para tu pueblo" (Sal. 3, 9). "Solo en Dios descansa mi alma, porque de El viene mi salvación" (Sal. 62, 2).