Domingo XXXIII del Tiempo del Ordinario, Ciclo B
Autor: José Portillo Pérez
Estimados hermanos y amigos:
En los días 1 y 2 del presente mes celebramos la Solemnidad de todos los Santos y vivimos intensamente la conmemoración de los fieles difuntos. Como cristianos católicos que somos, vivimos intensamente las celebraciones litúrgicas de los citados días, porque, las mismas, nos sirvieron de pórtico para celebrar las últimas semanas de este ciclo litúrgico, cuyo fin es inminente.
Conozco a una mujer que es muy anciana que siempre se queja de que la vida de los hombres no tiene sentido, así pues, ella afirma que vivimos luchando para conseguir muchas cosas, pero esa lucha no nos sirve de mucho, dado que la debilidad de la ancianidad y la muerte, nos impiden alcanzar la felicidad. Nosotros creemos que la muerte no constituye por sí misma el fin de la existencia de nuestra alma. Nosotros creemos -según hemos escuchado en el Evangelio de hoy-, que, al final de los tiempos, Jesús vendrá nuevamente a nuestro encuentro, para vivificar nuestros cuerpos mortales, al unir nuestras almas inmortales a los mismos. Volviendo a la meditación de la anciana que cité anteriormente, he de decir que, ocasionalmente, recibo correos electrónicos de lectores que me envían en los mismos palabras parecidas a las siguientes: "¿De qué nos sirve afanarnos en esta vida para alcanzar la felicidad si ello es imposible para nosotros? Si la felicidad de los cristianos es la vivencia en la presencia de nuestro Padre del cielo, ¿para qué nos afanamos en la tierra¿". He de responder a las citadas preguntas que se me plantean en algunas ocasiones afirmando que hemos de vivir esta vida plenamente, como si cada día que vivimos fuera el último de nuestra existencia mortal. El hecho de que nuestra vida tocará a su fin algún día no ha de entristecernos, así pues, ello ha de hacernos conscientes de la necesidad que tenemos de vivir nuestro día a día plenamente. El hecho de pensar en que el mundo en que vivimos será transformado no ha de entristecernos, pues sabemos que viviremos junto a nuestro Padre común.
"Cuando Jesús salía del templo -leemos en el Evangelio de San Marcos-, uno de sus discípulos le dijo: -Maestro, ¡mira qué hermosura de piedras y construcciones! Jesús le contestó: -¿Ves esas grandiosas edificaciones? Pues de ellas no quedará piedra sobre piedra. ¡Todo será destruido¡" (MC. 13, 1-2). De la misma forma que el pueblo de Dios fue castigado en múltiples ocasiones a lo largo de su historia por causa de su rebeldía con respecto a Yahveh, Jesús sabía que el Templo de la ciudad santa sería destruido, así pues, en el año 70, Jerusalén fue arrasada por Tito Vespasiano, y el fuego absorbió la vida de quienes prefirieron morir antes que entregarse a los romanos. Quienes vivimos en el siglo XXI, sabemos que las palabras de los 2 primeros versículos del capítulo 13 de la obra del intérprete de San Pedro en Roma, nos hacen recordar que algún día la muerte transformará nuestra existencia. Cuando Jesús inició su ministerio público, nuestro Señor utilizaba términos muy atractivos para intentar conseguir que sus oyentes creyeran en nuestro Padre común, pero, según se acercaba su hora final, el Hijo de María pronunció su sermón apocalíptico el día en que fue traicionado por Judas e instituyó la Eucaristía y el Orden de los sacerdotes), nuestro Maestro se vio obligado a endurecer su mensaje, no para hacer que sus oyentes creyeran en nuestro Criador por miedo, sino para hacerles frente a los fariseos y a los saduceos, pues, aunque los mismos no se aceptaban porque sus ópticas religiosas eran muy distintas, se pusieron de acuerdo para arrancarle la vida al Mesías.
Si la muerte constituirá la transformación de nuestra existencia, hemos de informarnos con respecto a la forma de existir de nuestra alma separada de nuestro cuerpo, de la misma forma que nuestra curiosidad necesita ser satisfecha con la descripción del Reino de Dios. En la Biblia no disponemos de información que nos ayude a satisfacer nuestra curiosidad, pero sí se nos insta a que nos afanemos en esta vida tanto para conseguir la plenitud de la felicidad como para servir a Dios en nuestros prójimos, como si de ello dependiera nuestra salvación.
"Entonces se fueron al monte de los Olivos. Jesús se sentó allí, de cara al templo; y acercándose a él, a solas, Pedro, Santiago, Juan y Andrés, le preguntaron: -Dinos, ¿Cuándo sucederá todo eso? ¿Cómo sabremos que esas cosas están a punto de realizarse? Jesús les contestó: -Tened cuidado de que nadie os engañe. Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: "Yo soy el Mesías", y engañarán a mucha gente" (MC. 13, 3-6). Los amigos de nuestro Señor que oyeron el discurso que Jesús les pronunció en el monte de los Olivos sabían que en las Escrituras hay muchos signos mediante la interpretación de los cuales podemos obtener datos simbólicos con respecto al fin del mundo, pero ellos necesitaban obtener datos concretos relacionados con el citado acontecimiento, lo mismo que nos sucede a nosotros, quienes vivimos en una sociedad que no puede armonizar perfectamente los principios relativos a la fe y a la razón. Jesús, antes de comenzar a hablarles de la futura destrucción de la Tierra prometida y del fin del mundo, les advirtió para que no se dejaran engañar por los falsos mesías que tanto daño han causado a lo largo de la historia del Cristianismo, así pues, no olvidemos que Poncio Pilato, sólo para complacer a los componentes del Sanedrín, crucificó a un número de mesías políticos yo religiosos que oscilaba entre 48 y 72. Quizá a muchos de vosotros os envían todos los años durante los meses de octubre y noviembre un montón de mensajes procedentes de videntes con una gran imaginación que no cesan de atemorizar a sus adeptos con su gran fantasía. Existen muchas formas de interpretar la Biblia, entre las que destacan las interpretaciones que consisten en aceptar el contenido del texto sagrado sin rebatirlo, y las interpretaciones que se hacen pensando que, si Dios es amor, los signos apocalípticos bíblicos han de tener un significado, lo cuál no significa que los mismos se hallan de llevar a cabo. Es cierto que la humanidad es testigo de grandes
desastres y de guerras sangrientas, pero, para zanjar esta cuestión, os digo que, pase lo que pase, que no nos dejemos arrastrar por el miedo.
Jesús nos dice: "Cuando oigáis alarmas de guerras y rumores de conflictos bélicos, no os alarméis. Aunque todo eso ha de suceder, todavía no será el fin. Se levantarán unas naciones contra otras, y unos reinos contra otros, y por todas partes habrá terremotos y hambres. Estas calamidades serán sólo el principio de los males que han de sobrevenir" (MC. 13, 7-8). El miedo es una perturbación del ánimo muy angustiosa causada por un riesgo real o producido por nuestra mente. Los cristianos no debemos tener miedo, ya que, si creemos que Dios nos ama, no debemos pensar en que nos va a ocurrir lo que no deseamos que nos suceda, exceptuando las circunstancias que podemos calificar como especiales, en las que nuestra fe es probada para que se multiplique en nuestros corazones la primera de las virtudes teologales.
"Mirad por vosotros mismos. Os entregarán a las autoridades y os golpearán en las sinagogas. Por causa mía os llevarán ante gobernadores y reyes para que deis vuestro testimonio delante de ellos" (MC. 13, 9). Jesús les dijo a sus amigos íntimos que se cuidaran, pues ellos serían torturados y asesinados, para glorificar a Dios. Siempre que escribo con respecto a los avisos que Jesús les hacía a sus discípulos relacionados con su futuro martirio, recibo mensajes de gente que me dice: "Si Jesús amaba a sus seguidores, ¿por qué los expuso a la muerte¿". En el Evangelio de San Mateo encontramos las siguientes palabras de nuestro Maestro: "Ningún discípulo es más que su maestro y ningún criado es más que su amo. Bastante es que el discípulo llegue a ser como su maestro, y el criado como su amo. Si han llamado Beelzebul al amo de la casa, ¿qué no dirán de sus familiares¿" (MT. 10, 24-25). Jesús nos ha dicho: Si a mí que soy el Hijo de Dios me han llamado príncipe de los demonios, ¿qué no dirán de vosotros que sois mis familiares? Con respecto a la pregunta que muchos de mis lectores me hacen: "¿Exponía Jesús a sus seguidores a la muerte¿", os cito las siguientes palabras del Mesías: "Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra, pues os aseguro que el Hijo del hombre vendrá antes de que hayáis recorrido todas las ciudades de Israel" (MT. 10, 23). La meditación del citado versículo del Evangelio de San Mateo nos hace preguntarnos: ¿Compartía nuestro Señor la creencia que San Pablo mantuvo durante mucho tiempo con respecto a la instauración del Reino de Dios en el mundo que habría de acontecer en cualquier momento? San Pablo escribió: "Os prevengo además, hermanos, que el tiempo se acaba. En lo que resta, los que están casados vivan como si no lo estuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que gozan, como si no gozaran; los que compran, como si no fuera suyo lo comprado; los que disfrutan de los bienes de este mundo, como si no lo disfrutaran.
Porque todo el montaje de este mundo está en trance de acabar" (1 COR. 7, 28-31). Los Corintios deseaban saber si lo mejor para ellos era casarse o permanecer solteros, y, nuestro Santo, les dijo que su opinión personal era que no se casaran, por dos razones: La inminencia de la rápida instauración del Reino de Dios, y el hecho de ahorrarles sufrimientos. Yo creo que nuestro Señor no compartía la citada creencia, y, para afirmar mi pensamiento, me baso en las siguientes palabras del Hijo del carpintero: "Pues la venida del Hijo del hombre será repentina, como un relámpago que ilumina el cielo de oriente a occidente" (MT. 24, 27). "En cuanto al día y la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo ni el Hijo. Solamente el Padre lo sabe" (MT. 24, 36).
"Pues antes del fin ha de ser anunciada a todas las naciones la buena noticia de la salvación" (MC. 13, 10). Los cristianos practicantes nos afanamos para que el Evangelio sea conocido y aceptado por toda la humanidad, pues deseamos vivir en el cielo cuando nuestros prójimos los hombres se unan a nosotros y abracen nuestra fe universal, para que todos podamos permanecer eternamente en el cielo, es decir, para que todos vivamos en el estado de felicidad eterna que ansiamos. Pidámosle a nuestro Padre común nuevamente que establezca su Reino entre nosotros orando con las palabras del Salmista: "Por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo, danos alegría por los días en que nos afligiste, por los años en que sufrimos desdichas" (SAL. 90, 14-15).
"Pero, cuando os conduzcan para entregaros a las autoridades, no os preocupéis por lo que habéis de decir, pues en aquel momento os dará Dios las palabras oportunas. No seréis vosotros quienes habléis, sino el Espíritu Santo" (MC. 10, 11. CF. MT. 10, 17-20 y LC. 12, 11-12). Nuestro Señor previno a sus amigos para que no se preocuparan por lo que habían de decir ante quienes les juzgarían y les condenarían en el futuro, pues el Espíritu Santo les inspiraría las palabras con que habían de predicar el Evangelio.
"Entonces los hermanos entregarán a sus hermanos y harán que los maten. Los padres entregarán a sus hijos, y los hijos se levantarán contra sus padres y los matarán. Todos os odiarán por causa mía; pero el que se mantenga firme hasta el fin, se salvará" (MC. 13, 12-13. CF. Mt. 10, 22 y 24, 13). "En aquellos días os maltratarán y os matarán. Todo el mundo os odiará por causa mía" (MT. 24, 9. CF. LC. 21, 17). De la misma forma que nuestro Señor alentó a sus primeros seguidores para que no perdieran la fe ante la posibilidad de morir para glorificar a nuestro Padre común, el Hijo de María nos anima para que nuestra sociedad hedonista no nos impulse a olvidarnos de nuestras convicciones religiosas.
El Arcángel San Gabriel le dijo al Profeta Daniel: "Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos. Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos. Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí; y el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones. Y por otra semana confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda. Después con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la
consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el desolador" (DAN. 9, 24-27). Yo comprendo que Daniel se refiere en su profecía a la asolación de la ciudad santa que llevó a cabo Tito Vespasiano en el año 70 de la era cristiana.
"Cuando veáis que el ídolo abominable de la devastación está en el lugar que no debe estar (medite en esto el que lo lea), entonces los que están en Judea huyan a las montañas; el que esté en la azotea no baje ni entre en casa a recoger ninguna de sus cosas; el que esté en el campo no vuelva a casa ni siquiera para recoger su manto" (MC. 13, 14-16. CF. LC. 17, 31. MT. 24, 17-18). Jesús advirtió a los habitantes de Judea por mediación de sus amigos íntimos de que no se preocuparan por sus bienes materiales cuando llegara el momento en el que Roma castigara a Palestina.
"¡Hay de las mujeres embarazadas y de las que en esos días estén criando! Orad para que todo esto no suceda en invierno, porque en aquellos días habrá tanto sufrimiento como no lo ha habido desde que Dios creó el mundo hasta ahora ni volverá a haberlo jamás" (MC. 13, 17-19). "Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón (el demonio); y luchaban el dragón y sus ángeles; pero no prevalecieron, ni se halló ya para ellos lugar en el cielo" (AP. 12, 7-8). San Juan sitúa el breve relato de la batalla del Arcángel San Miguel contra Satanás inmediatamente después de sintetizar la Natividad del Mesías, la vida de su Santa Madre y la aparición de la Iglesia en el mundo. Si la derrota del diablo fue exitosa porque la humanidad ya no tenía ningún acusador en el tribunal de Dios, esta había de atenerse a las consecuencias que significaba el hecho de tener al acusador en la tierra, así pues, al no poder éste conseguir que Dios dejase que la humanidad fuese puesta a prueba a fin de que tuviera la posibilidad de perder la fe como lo intentó Satanás con Job, los hombres habrían de prepararse a sufrir toda clase de vejaciones.
"Si el Señor no acortara ese tiempo, nadie podría salvarse. Pero él lo acortará por causa de los que ha elegido. Si alguien os dice entonces: "Mirad, aquí está el Mesías", o "está ahí", no lo creáis. Porque aparecerán falsos mesías y falsos profetas, que harán señales milagrosas y prodigios con objeto de engañar, si fuera posible, incluso a los que Dios ha elegido. ¡Tened cuidado! Os lo advierto todo de antemano. Cuando hallan pasado los sufrimientos de aquellos días, el sol se oscurecerá y la luna perderá su brillo; las estrellas caerán del cielo y las estructuras del universo se tambalearán" (MC. 13, 20-25). "Por tanto, toda mano se debilitará, y desfallecerá todo corazón de hombre, y se llenarán de terror; angustias y dolores se apoderarán de ellos; tendrán dolores como mujer de parto; se asombrará cada cual al mirar a su compañero; sus rostros, rostros de llamas. He aquí el día de Jehová viene, terrible, y de indignación y ardor de ira, para convertir la tierra en soledad, y raer de ella a sus pecadores. Por lo cual las estrellas de los cielos y sus luceros no darán su luz; y el sol se oscurecerá al nacer, y la luna no dará su resplandor" (IS. 13, 7-10). CF. MT. 24, 29). "Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas" (LC. 21, 5-6). "Miré cuando abrió el sexto sello, y he aquí hubo un gran terremoto; y el sol se puso negro como tela de cilicio, y la luna se volvió toda como sangre" (AP. 6, 12). "En aquella hora hubo un gran terremoto, y la décima parte de la ciudad se derrumbó, y por el terremoto murieron en número de siete mil hombres; y los demás se aterrorizaron, y dieron gloria al Dios del cielo" (AP. 11, 13. CF. AP. 16, 18). Podemos constatar cómo los Hagiógrafos sagrados utilizan las escenas
terroríficas para demostrarnos que hemos de arrepentirnos de nuestros pecados, antes de que se nos pase el plazo que se nos ha concedido para ello, a pesar de que muchos predicadores no utilizamos la inculpación del miedo para que la gente se aferre a nuestro Criador, porque pensamos que ello es inadecuado, dado que concebimos las citadas escenas como símbolos que tienen un significado que consiste en que nos acerquemos a nuestro Padre común, dado que él puede solventar nuestras carencias. "Y el templo de Dios fue abierto en el cielo, y el arca de su pacto (el arca de la antigua Alianza) se veía en el templo. Y hubo relámpagos, voces, truenos, un terremoto y grande granizo" (AP. 11, 19). "Y el ángel tomó el incensario, y lo llenó del fuego del altar, y lo arrojó a la tierra; y hubo truenos, y voces, y relámpagos, y un terremoto" (AP. 8, 5). Por causa del espacio reducido de que dispongo para editar esta edición de Padre nuestro, es conveniente que estudiemos más lentamente los símbolos de estos y otros textos bíblicos en otra ocasión, ya que merecen ser analizados y comprendidos, pues no encierran en sí la terrorífica visión del infierno que tanto daño les causa a muchos de nuestros hermanos.
El contenido que no debemos olvidar bajo ninguna circunstancia que entresacamos del capítulo 13 del Evangelio de San Marcos es el siguiente: "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En cuanto al día y la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo ni el Hijo. Solamente el Padre lo sabe" (MC. 13, 31-32).