Domingo XXVIII del Tiempo del Ordinario, Ciclo B
Autor: José Portillo Pérez
Una llamada muy especial. Nuestro Padre común desea que vivamos en su presencia, así pues, el Evangelio del joven rico correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, nos recuerda nuestra vocación, y la experiencia del amor de Dios que hemos adquirido quienes hemos tenido la oportunidad de servir a nuestro Padre común en nuestros prójimos los hombres.
Dios nos llama a vivir en su presencia en el momento que sabe que no le vamos a rechazar. De la misma forma que existen diversos caminos a través de los cuales podemos acercarnos a nuestro Criador, él también utiliza ciertas circunstancias para comunicarse con nosotros. Quizá nos preguntamos: ¿Por qué no se nos aparece Dios para decirnos lo que quiere de nosotros? Cuántas veces Quizá nosotros o algunos de nuestros familiares y amigos hemos sido advertidos en algunas ocasiones con respecto a la comisión de errores que hemos tardado mucho tiempo en perdonarnos, y hemos obviado esas advertencias, por consiguiente, si en muchas ocasiones no seguimos los consejos de nuestros familiares y amigos queridos, ¿cómo vamos a obedecer ciegamente al Dios invisible? Teniendo en cuenta esta meditación, quizá nos resulta un poco más comprensible la utilización del dolor por nuestro Padre común para que nos dispongamos a escuchar su voz.
Quienes creemos en nuestro Padre común recordamos el día en que decidimos creer en él, así pues, quizá en aquella ocasión descansábamos tranquilamente en nuestros hogares, quizás leíamos la Biblia pausadamente como si se tratara de una novela, o a lo mejor tuvimos la oportunidad de hablar con un religioso o un laico tan comprometido con la Evangelización que hizo que sus palabras penetraran en nuestro corazón hasta el punto de conseguir que su fe penetrara nuestra alma, o a lo mejor esa fe se arraigó en nuestros corazones cuando el dolor nos golpeó brutalmente, y nos percatamos de que, sólo desde la óptica de Dios, nuestra triste realidad podía tener un sentido trascendental, pues muchos hemos necesitado que Dios nos tire del caballo de nuestra soberbia -tal como hizo con San Pablo cuando el citado fariseo benjaminita se dirigía a Damasco para encarcelar y torturar a los nazarenos-, con el fin de que le aceptemos como la raíz o fundamento de nuestra existencia.
En el Evangelio de San Marcos leemos: "En cierta ocasión, yendo Jesús de camino, un joven vino corriendo, se arrodilló delante de él y le preguntó: -Maestro bueno, ¿qué he de hacer para alcanzar la vida eterna¿" (MC. 10, 17). El joven rico se acercó a Jesús en una ocasión en que nuestro Maestro iba de camino para reunir a las ovejas perdidas de Israel, con el fin de que las mismas fuesen pastoreadas por un único Pastor. Podemos decir que nuestro Señor, a través de sus predicadores religiosos y laicos, siempre está recorriendo el mundo, con la intención de que le abramos nuestro corazón. Jesús siempre va de camino, pero, por causa de nuestras múltiples ocupaciones, no siempre tenemos la oportunidad de conocer su mensaje en profundidad. El joven rico le dijo a Jesús que él es un Maestro bueno, él elogió a Jesús para que nuestro Señor se sintiera más motivado a enseñarle el camino que tenía que recorrer para alcanzar la vida perdurable. ¿Cuál es la meta principal que queremos
alcanzar en nuestra vida? ¿Vivimos para trabajar, para educar a nuestros hijos, para desempeñar el papel que nos corresponde en cada etapa de nuestra vida con la mayor perfección posible, o simplemente basamos nuestra existencia en la vivencia del hedonismo? El joven rico decía que quería alcanzar la vida eterna, pero, cuando Jesús le demostró el camino que tenía que recorrer para alcanzar lo que decía que quería, se sintió triste, pues estaba demasiado apegado a sus bienes caducos.
"Jesús le dijo: -¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino solamente Dios" (MC. 10, 18). Decimos que las personas buenas son las que se caracterizan por el escrupuloso cumplimiento de sus deberes, y por la vivencia de las virtudes humanas que el Espíritu Santo les infunde en sus corazones. Cuando Jesús nos dice que solamente Dios es bueno, ¿debemos entender que él no comprende el esfuerzo que hacemos para educar convenientemente a nuestros hijos? ¿Se niega nuestro Señor a apreciar la dedicación al cuidado de los enfermos por parte de los familiares de los mismos, el personal sanitario que atiende a dichos enfermos, y la solidaridad de los voluntarios que cuidan de los mismos? Jesús no desestima nuestras luchas porque él sabe que a veces nos esforzamos hasta el punto de sacrificar dádivas buenas que hemos conseguido con el fin de lograr la obtención de bienes mayores? Jesús reconoce todo lo bueno que hacemos, pero, aquél que se dejó sacrificar por nosotros y dijo de Sí
mismo: "El Padre me ama porque yo entrego mi vida, aunque la recuperaré de nuevo. Nadie tiene poder para quitármela. Soy yo quien libremente la doy. Tengo poder para darla y para volver a recuperarla; y ésta es la misión que debo cumplir por orden de mi Padre" (JN. 10, 17-18), también dijo: "De igual modo vosotros, cuando halláis hecho todo lo que os fue mandado, decid: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer" (LC. 17, 10). Al transmitirnos las citadas palabras que San Lucas escribió en su segunda obra, Jesús no tiene la pretensión de hacer que nos despreciemos negándonos a reconocer el mérito que tenemos al hacer bien hecho lo que tenemos que hacer perfectamente en una sociedad con tantas tendencias hedonistas como la nuestra, así pues, nuestro Maestro desea que no nos demos por satisfechos pensando en lo que hemos hecho hasta este preciso instante en que estamos llevando a cabo esta meditación, pues aún nos quedan muchas cosas que hacer, así pues, si
queremos que la realización de una actividad sea exitosa, hemos de confiarle el citado trabajo a una persona que tenga múltiples ocupaciones, pues, quienes están trabajando siempre y no se cansan de hacer el bien, saben perfectamente el valor que tiene el hecho de hacer muchas cosas bien hechas.
Al igual que el joven rico cumplía cabalmente los mandamientos de la Ley en su tiempo, nosotros también hacemos lo propio, así pues, quienes estamos casados les somos fieles a nuestros cónyuges, no robamos, no hemos asesinado a nadie, asistimos todos los domingos a la celebración de la Eucaristía, y de vez en cuando damos alguna limosna, o consolamos a algunos de nuestros familiares o amigos cuando les vemos preocupados por cualquier causa. Ahora bien, ¿hacemos todo lo que está a nuestro alcance para cumplir la voluntad de nuestro Padre común?
"Jesús entonces, mirándole con afecto (al joven rico), le dijo: -Una cosa te falta: Ve, vende todo lo que posees y reparte el producto entre los pobres. Así te harás un tesoro en el cielo. Luego vuelve acá y sígueme" (MC. 10, 21). Jesús se alegra de que dispongamos de nuestra propia vivienda y de que en la misma dispongamos de ciertas comodidades que nos hagan la vida más fácil y agradable, pero hemos de preguntarnos si somos buenos cristianos sacándole el máximo provecho a nuestro dinero y a todos los bienes que poseemos, o si vivimos pensando en ser felices, satisfaciendo exclusivamente nuestro egoísmo, sin entender o sin querer aceptar la posibilidad de solventar las carencias de quienes nos rodean, en conformidad con nuestras posibilidades para alcanzar el citado objetivo, con el fin de que, al evitar el hecho de vivir aislados, nuestros prójimos y nosotros seamos más felices de lo que lo somos actualmente?
Cuando Jesús constató que aquél joven no quería renunciar a sus posesiones para convertirse en su discípulo, el Rabbi les dijo a sus amigos: "-¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios¡" (MC. 10, 23). ¿En qué ricos pensó nuestro Señor cuando pronunció las citadas palabras? Nuestro Señor se refirió a quienes reniegan de nuestra fe, aun cuando, aunque no tienen ninguna evidencia científica en la que basarse para aceptarla, tampoco pueden afirmar que nuestra óptica cristiana es incorrecta.
Concluyamos esta breve meditación pensando en nuestra Santa Madre del cielo. Pidámosle a nuestra Señora que su ejemplo de dócil entrega a nuestro Criador haga de nosotros hijos ejemplares de nuestro Padre común. Que Santa María del Camino que nos conduce a nuestro Padre común, ore para que Cristo, el Señor que camina incesantemente recorriendo el mundo, se acerque a nosotros, con el fin de que repitamos las bellas palabras de los discípulos de Emaús, cuando estaban a punto de reconocer a Jesús, antes de que el Maestro fraccionara el pan: "Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado" (LC. 24, 29). Quédate con nosotros, Señor, pues sin ti, nuestra vida, carece de la fuerza que nos es necesaria, para que podamos vivir en la presencia de nuestro Padre celestial.