Domingo XXIV del Tiempo del Ordinario, Ciclo B

Autor: José Portillo Pérez

 

 

1. Dios y el hombre. Hubo un tiempo en el que no existía nada. Fue entonces cuando Dios creó el cielo y la tierra. Al hablar del cielo, debemos concebir el mismo como la alusión que hizo Moisés, -autor del texto de la creación del mundo-, al Reino celestial de Dios, en su dimensión espiritual.

   Según Moisés, Dios no creó el universo material ordenadamente, puesto que, la obra divina, estaba en un completo estado de desorden y cubierta de tinieblas. El sagrado autor del Génesis, -el primer libro de la Biblia-, sitúa la creación de Dios, por encima del infierno, un lugar muy polémico, que conocemos con 2 significaciones. Así pues, la definición más conocida del término infierno, equivale a un lugar de tormento eterno, al que están destinados quienes no creen en Dios, y aquellos que son considerados malos, porque no cumplen la Ley de nuestro Padre común. La segunda definición de dicha palabra, equivale al seno de Abraham, el lugar al que estaban destinados los difuntos justos, hasta el día en que Jesús les abrió las puertas del cielo, siendo él el primero en resucitar, de entre los que, hasta entonces, habían muerto. No obstante, en consideración al amor manifestado por Dios en la Sagrada Escritura, en esta meditación, reflejaré más la segunda acepción de la palabra

infierno, que la primera significación que se le atribuye a dicho término, anteriormente citada.

   En medio de la confusión reinante en la creación del todopoderoso, el Espíritu Santo, en forma de viento, aleteaba por encima de las aguas del mar y de la lluvia. En estos términos, Moisés, hace alusión a los muchos sufrimientos que caracterizan la vida del hombre, simbolizados por dichas aguas, y al consuelo que el hombre recibe, al dejarse conducir por los amorosos impulsos del Paráclito.

   Viendo Dios el caos y las tinieblas que dominaban a su obra, exclamó:

   -Que exista la luz.

   En aquél mismo instante en el que se pronunció Dios, empezó a existir la luz. De esta forma, Moisés quiso simbolizar el cambio de vida, que el hombre experimenta, al creer y vivir, en conformidad con el cumplimiento de la Ley del todopoderoso.

   Cuando el Señor Dios creó la luz, cayó en la cuenta de que su última obra era buena, por lo cuál, no quiso mezclarla con la oscuridad tenebrosa, así pues, Dios llamó día a las horas en las cuales la luz ilumina la tierra, y, llamó noche, a las horas en las cuales percibimos la Oscuridad. De esta manera, transcurrió el primero de los 7 días en que Dios creó el mundo. Téngase en cuenta, pues, que los 7 días citados por el autor del texto que estamos meditando, no eran periodos de tiempo de 24 horas, sino años incontables.

   En el segundo día de su creación, Dios se pronunció en estos términos:

   -Que exista el firmamento, para que separe las aguas de la tierra, de las aguas del cielo.

   Así pues, creó Dios el cielo, que separaba las aguas que inundaban el planeta, de las aguas que habían de llover sobre la faz de la tierra. Cuando Dios hubo hecho esto, llamó al firmamento cielo, y concluyó un nuevo y considerable periodo geológico de su obra creadora.

   En el tercer día de su incesante labor, Dios dijo estas palabras:

   -Que se junten las aguas que están por debajo del firmamento, para que una parte de la tierra quede seca.

   Cuando la orden del Creador fue ejecutada por la acción del Espíritu Santo, llamó Dios tierra a la parte del planeta que estaba seca, y llamó mares, a aquellas partes de la tierra que estaban cubiertas de agua.

   Entonces, dijo el Señor:

   -Que la tierra produzca vegetación.

   De esta forma, creó Dios, la hierba, y, los árboles.

   Cuando Dios hubo acabado de crear la vida vegetal, no pudo menos que admitir que era bueno lo que había hecho, así pues, concluyó un día más.

   En el cuarto día de la creación, creó Dios el sol, la luna y las estrellas, y colocó cada cuerpo celeste en el firmamento, para alumbrar la tierra, para dominar en el día y las tinieblas nocturnas, y, para apartar, definitivamente, la luz de la oscuridad. Después de concluir esta nueva obra, vio Dios que era bueno todo cuanto había hecho.

   El día siguiente, creó Dios cuantos animales existen en el mar y surcan el firmamento, y, una vez más, comprobó el Altísimo que su creación era buena, en señal de lo cuál, bendijo a dichos animales, en los términos que siguen:

   -Procreaos y multiplicaos, de forma que siempre existan animales que pueblen el mar, y aves que vivan en la tierra, y surquen mi cielo.

   He aquí, pues, que concluyó el quinto día de la creación de Dios.

   Al día siguiente, crió Dios a todos los animales que viven sobre la tierra, y comprobó el Señor que había hecho bien, pero, ¿había completado el todopoderoso su obra creadora? Indudablemente, Dios deseaba crear a un ser que fuese más perfecto que todo aquello que había creado anteriormente. Por consiguiente, considerando lo aquí expuesto, el Creador dijo:

   -Hagamos al ser humano en conformidad con nuestra imagen y semejanza, para que domine a los peces del mar, a las aves celestes, a las bestias, y a las alimañas terrestres, y a los animales que serpean sobre la faz de la tierra.

   Dios dijo:

   -Hagamos al ser humano.

   ¿Quién estaba con Dios en el tiempo de la creación? Dios estaba con Jesucristo, su Hijo, y con el Espíritu Santo, pues, las tres Personas citadas, son una sola Deidad.

   Dios le dijo al hombre que dominara a la creación, para hacerle saber que estaba hecho a la imagen corporal de Jesucristo, y a la semejanza espiritual de nuestro Padre común.

   Con la creación del hombre, Moisés dio por zanjada la cuestión de la creación del mundo, dado que consideraba que su relato podía ser fácilmente inteligible para los hebreos, a quienes estaba destinado el texto místico que estamos meditando, el cuál forma parte del primer volumen de la Biblia judeocristiana.

   Dios bendijo el séptimo día de la creación, y lo proclamó día santo, porque en él dio por concluida la creación del mundo, así pues, en razón de lo anteriormente expuesto en esta meditación, sabemos que Dios quiso que los hombres trabajaran durante 6 días a la semana, y descansaran el séptimo día, para que se dedicaran a rendirle culto al Altísimo, y para que pudieran estar, con quienes amaban, y con quienes les necesitaban, por consiguiente, desde que Dios creó al hombre, no cesa de decirnos:

   -Además de darme culto con vuestras palabras (oraciones), adoradme también con vuestras buenas obras.

   El primer hombre que conoció el nombre de Dios, fue Moisés, el autor de los 5 primeros libros de que se compone la Biblia. Ni siquiera los 3 grandes Patriarcas del primitivo pueblo de Dios, supieron que el nombre de nuestro Criador, -Yahveh-, significa, literalmente, Yo Soy, en alusión al amor y al poder que caracterizan al Dios Altísimo.

   Tanto los que creemos en nuestro Padre común como los que no aceptan la existencia del todopoderoso, alguna vez, nos hemos hecho esta inquietante pregunta: ¿Quién o qué es Dios? Dios Padre es un ser espiritual, la primera Persona de la Santísima Trinidad, el principal misterio divino, la base sobre la cuál se fundamenta la predicación de Jesucristo. En un antiguo Catecismo publicado en España, podemos encontrar la siguiente información con respecto a nuestro Creador:

   "¿Quién es Dios? Dios es nuestro Padre, que está en los cielos, Creador y Señor de todas las cosas, que premia a los buenos y castiga a los malos".

   En el citado Catecismo, encontramos la siguiente información respecto de la descripción de Dios.

   "¿Cómo es Dios? Dios es Espíritu purísimo, infinitamente perfecto, bueno, sabio, poderoso y eterno, principio y fin de todas las cosas.

   ¿Por qué decimos que Dios es Espíritu purísimo? Decimos que Dios es Espíritu porque es sabiduría y amor y no tiene cuerpo; y decimos que es purísimo porque es más perfecto que las almas y los ángeles.

   ¿Por qué decimos que Dios es infinitamente perfecto? Decimos que Dios es infinitamente perfecto, porque tiene todas las perfecciones sin defecto de límite".

   (Catecismo de la doctrina cristiana, tercer grado, publicado por la Comisión Episcopal de Enseñanza de España en el año 1972).

   "El mundo y el hombre atestiguan que no tienen en ellos mismos ni su primer principio ni su fin último, sino que participan de Aquel que es el Ser en sí, sin origen y sin fin. Así, por estas diversas vías el hombre puede acceder al conocimiento de la existencia de una realidad que es la causa primera y el fin último de todo, y que todos llaman Dios".

   (Catecismo de la Iglesia Católica, Santa Sede, 1992. S. Tomás de Aquino, S. Th. 1, 2, 3).

   Según se constata en el capítulo 2 del primer libro de Moisés cuyo nombre es Génesis (Creación), Dios creó al hombre en la antigua Mesopotamia, en el actual Iraq. Así pues, según una antigua tradición hebrea, aquél cuyo nombre significa literalmente Yo Soy, en alusión a su amor y poder, hizo una imagen con polvo del suelo (GN. 2, 7), según deseaba que fuese el hombre, le insufló en la nariz un aliento vital, le infundió un alma espiritual, y, aquella última obra divina, resultó ser un ser vivo, hecho a la imagen corporal de Cristo, y a la semejanza espiritual de nuestro Padre común.

   Según expuse anteriormente, los días, las semanas, los meses y los años anunciados en la Biblia, no siempre coinciden con nuestra noción del tiempo real, así pues, la historia del hombre, se inicia en el sexto día de la creación, y alcanzará su plenitud en el séptimo día, cuando Cristo baje del cielo, para terminar de instaurar el Reino de Dios entre nosotros, el cuál ha sido violentado por el error, la enfermedad, el dolor, y, el pecado.

   Cuando el Señor creó al hombre, no quiso dejarle solo, y, como el Altísimo hace siempre, quiso proveer las necesidades básicas de este, por lo cuál, le regaló a Adán el Edén, un paraíso terrenal del actual Iraq, para que su última creatura viviera gracias a sus trabajos agrícolas.

   Antes de continuar recordando este relato de Moisés, hemos de recordar que, el hombre, básicamente, se puede dividir en dos partes, por consiguiente, nuestro cuerpo es nuestra parte tangible, y, nuestra alma espiritual, es nuestra parte intangible.

   Llamamos alma al elemento psíquico o espiritual capacitado con la inmortalidad, capaz de entender, querer y sentir, que informa a nuestro cuerpo, y es el principio de nuestra vida, aún más allá de las leyes de la materia.

   Ahora bien, si hemos sido creados a imagen y semejanza espiritual de Dios, ¿en qué se diferencian nuestras almas del Santo Espíritu de Dios? Mientras que nuestras almas sólo son nuestra parte intangible, el Santo Espíritu de Dios, es un Ser inmaterial, doto de razón, no obstante, mientras que nuestros cuerpos y almas forman un todo, el Espíritu Santo, es el Ser inmaterial por excelencia, que no necesita darle vida a un cuerpo para existir, tal como hubo de hacer el Paráclito, cuando creó por su Palabra el anteriormente mencionado muñeco de barro, y le insufló un aliento vital en la nariz, el cuál hizo que la citada creatura se convirtiera en un ser vivo.

   Debido a que en los tiempos de Moisés no existían los estudios metafísicos de que disponemos en la actualidad, el autor del Génesis, no se hizo esta significativa pregunta: Si hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, ¿por qué el Señor no nos ha dotado con todas sus ilimitadas e indefectibles perfecciones? La respuesta a este interrogante, es la razón por la cuál debemos conocer la Sagrada Escritura, de manera que, dicha obra literaria, le dé un nuevo y eterno sentido a nuestra vida. Hagamos que la Biblia cobre vida en nuestras vidas, pues sólo alcanzaremos la más alta cumbre de la felicidad, cuando conozcamos a nuestro Padre y Dios, y le aceptemos sin reservas.

   Para obtener más información con respecto a esta cuestión, leed el libro Trigo de Dios, pan de vida, cuyo autor es un servidor vuestro, pues, en la citada obra, trato de responder las cuestiones básicas, por cuyo desconocimiento, muchos hombres, son atormentados. Cuando conozcamos la respuesta a dichas cuestiones, seremos felices.

   A continuación, imaginaremos las partes en que se puede descomponer nuestra alma.

   En nuestros días, sabemos que, todas las funciones que siempre le hemos atribuido a nuestra alma, son llevadas a cabo por nuestro cerebro. A pesar de esta realidad que ha sido probada científicamente, yo sigo considerando que todos tenemos un alma, porque, cuando acontezca la hora de nuestra muerte, no se perderán en la nada, los dones y virtudes, con que Dios, nuestro Creador, complementa aquella parte de nuestro todo que es intangible, por lo cuál, no es necesario decir, que desconocemos hasta su forma.

   Supongamos que nuestra alma, es semejante a un archivo que tiene muchos compartimentos, y que, en cada uno de dichos compartimentos, Dios, nos adorna con los dones y virtudes, que nos son necesarios, para alcanzar la cumbre de la felicidad.

   Ahora bien, ¿qué es un don? Un don, -como es sabido por todos nosotros, amigos lectores-, es la concesión de una dádiva, presente, o, regalo, así pues, un don procedente de Dios, es cualquiera de los bienes naturales o sobrenaturales, que poseemos respecto del todopoderoso, -el autor de los mismos-, de quien los recibimos.

   Llamamos virtud, a nuestra potestad de obrar, a la integridad de ánimo y a la bondad de la vida, que nuestro Padre común nos concede, para que alcancemos la plenitud de la felicidad. Llamamos virtudes a aquellos hábitos o costumbres por los cuales estamos dispuestos a obrar en conformidad con nuestra forma de ser, o con la ley moral a la que estemos obligados en conciencia, o bien, por simple deseo, como ocurre en el caso de quienes aman a Dios, y le sirven, en sus prójimos los hombres.

   Los principales dones que podemos recibir de nuestro Padre común son: El don de Dios (el Espíritu Santo), y la gracia.

   La gracia es un don gratuito de Dios que nos eleva a la presencia de nuestro Creador en orden a la Bienaventuranza eterna, es decir, nuestra permanencia en el Reino de Dios. Así pues, decimos que la gracia es actual, porque Dios nos da más parte de este don sobrenatural, conforme conseguimos ser mejores, en nuestra vida ordinaria. De igual modo, decimos que la gracia es cohoperante, porque posee la virtud de ayudar a nuestra voluntad, cuando queremos hacer el bien, y conseguimos convertir el fruto de nuestros deseos, en abundantes obras de amor.

   Decimos que la gracia es operante, porque nos ayuda a corregir nuestros errores y malos hábitos, mueve a nuestras almas a amar a nuestros prójimos, y, por consiguiente, a hacer el bien.

   Decimos que la gracia es original, porque Dios nos la infundirá, cuando vivamos en perfecto estado de amor e inocencia. La gracia también es santificante, porque posee la virtud de hacernos herederos de los bienes que obtendremos, los cuales son las consecuencias inmediatas del cumplimiento de las promesas del Dios Creador del universo.

   ¿En qué consiste la gracia? La gracia es una cualidad o don sobrenatural permanente, que nos conduce a vivir en el Reino de Dios.

   Llamamos virtudes naturales, a aquellas que podemos adquirir, con la ayuda de Dios, y, con nuestros propios medios. No obstante, llamamos virtudes sobrenaturales, a aquellas que podemos conseguir, al permanecer en estado de gracia, al creer y amar a Dios, cumpliendo, gustosamente, la Ley de nuestro Criador.

   Llamamos virtudes teologales a aquellas que nos conducen a Dios, el objeto inmediato de la consecución de las mismas. Dichas virtudes son: La fe, la esperanza, y, la caridad.

   La fe es una luz o conocimiento sobrenatural con que sin ver creemos -o intentamos creer- lo que Dios nos ha revelado, bien a través de la Biblia, o nos lo ha dado a conocer, a través de sus predicadores, la naturaleza, nuestras propias vivencias, y otros medios.

   Llamamos esperanza a la virtud sobrenatural que nos inclina a esperar y confiar en el cumplimiento de las promesas de Dios, las cuales nos han sido reveladas, gracias a los pactos o alianzas, que el Señor, nuestro Dios, ha firmado con los hombres, a lo largo de la Historia. La esperanza, -amigos lectores-, no es un simple deseo, pues, de dicha virtud, -perfeccionadas la gracia, la fe, y, la caridad-, vivimos muchos millones de personas en todo el orbe cristiano, y, mucha gente, ha muerto gustosamente, con el propósito de encontrarse con Dios, cara a cara, para alcanzar, la cumbre o plenitud de la felicidad.

   La principal virtud del cristiano, -aparte de la concesión de la gracia, que recibimos de parte de nuestro Criador-, es la caridad. Básicamente, la caridad consiste en que amemos a Dios más que a ninguna persona y que a ninguna de nuestras posesiones, y, a nuestros prójimos, -ya se trate de quienes amamos, de nuestros enemigos, e incluso de quienes desconocemos-, como si se tratase de nosotros mismos.

   Las principales virtudes morales, son estas 4: La prudencia, la justicia, la fortaleza, y, la templanza. Dichas virtudes, reciben el nombre de cardinales, porque son las 4 columnas que sostienen el resto de las virtudes morales.

   La prudencia es la virtud moral cardinal que nos permite discernir y distinguir lo que es bueno o malo, para que actuemos en conciencia, procurando el bienestar de nuestros prójimos y nuestro, en orden a la permanencia junto a Dios nuestro Señor, que ansiamos.

   Llamamos justicia, a la virtud que nos inclina a otorgarles a cada uno de nuestros prójimos lo que les pertenece porque es suyo, identificándonos así, con el proceder de nuestro Dios.

   Recibe el nombre de fortaleza, la virtud que nos capacita para vencer todo temor o miedo, así como a evitar toda mala acción.

   La templanza, es la virtud que nos inclina a rechazar las tentaciones superfluas, para que así podamos vivir en armonía con Dios. El término templanza es sinónimo de las palabras sobriedad y continencia.

   Existen muchas virtudes morales, entre las cuales destacan las siguientes: La religión, la humildad, la obediencia, la paciencia, la castidad, y, la penitencia.

   Llamamos religión, a la virtud que nos mueve a tributarle a Dios el culto a él debido, que, además de orar o rezar, consiste en hacer obras de amor.

   La humildad, nos insta a conocer nuestras limitaciones y debilidades. Gracias a la posesión de dicha virtud, estamos capacitados para valorar no sólo nuestras obras, sino que, además, también podemos interpretar las intenciones que acompañan a nuestro modo de proceder.

   La paciencia, consiste en sufrir con la menor perturbación del ánimo posible, cuantos infortunios y trabajos hallamos de vivir, pues, ello no es malo o superfluo, si somos conscientes de que son vías que nos sirven para acercarnos a Dios.

   Para obtener más información con respecto a este tema, leed el libro Trigo de Dios, pan de vida, cuyo autor os ha escrito esta meditación.

   Normalmente, solemos decir que la castidad es una virtud que poseen aquellos que se abstienen de todo goce sexual no permitido, bien por causa de su religión, o por una imposición de su conducta moral. Sin embargo, la castidad, es sinónimo de fortaleza y templanza, y ha de ser vivida por todos nosotros, en conformidad con nuestro estado actual.

   Llamamos penitencia a la virtud que nos permite arrepentirnos del mal que hicimos en el pasado, y nos ayuda a adaptarnos al cumplimiento de la Ley de Dios, con el apoyo de todas las virtudes anteriormente mencionadas.

   Los citados dones y virtudes los recibimos gracias al anteriormente citado don de Dios, que es su Espíritu Santo, que siempre es operante en quienes le acogemos en nuestro corazón.

   Después de meditar sobre nuestra alma, conozcamos al Dios Trinidad.

   Los atributos positivos de Dios son aquellos mediante los cuales conocemos las perfecciones de la Trinidad beatísima, tales como su bondad y su misericordia. Por el contrario, llamamos atributos negativos, a aquellos que nos informan de que nuestro Criador es infinitamente perfecto.

   Llamamos atributos absolutos, aquellos que les son comunes a las tres Personas de la Santísima Trinidad, tales como su eternidad.

   Los atributos relativos, son aquellos que se refieren a una de las tres Personas de la Santísima Trinidad, -como la Paternidad del Padre-, o a 2 Personas del misterio más importante de la fe cristiana, -como es el caso de la voluntad del Padre y del Hijo-.

   Llamamos atributos quiescentes, a aquellos que nos instan a considerar a Dios como el Ser por excelencia. Uno de los citados atributos es la simplicidad.

   Llamamos atributos operativos, aquellos por cuya existencia consideramos a Dios como Ser dotado de poder y de capacidad para poder obrar, como es el caso de la omnipotencia.

   Son atributos morales, aquellos por los que sabemos que nuestro Creador es un Ser moral, así pues, un ejemplo de ello es la sabiduría.

   Decimos que Dios es simple, porque no se puede descomponer o dividir en varias partes, así pues, las tres Santas Personas divinas, son un sólo Dios.

   Otro de los atributos de Dios, es la unidad, porque, las tres Personas de la Trinidad Beatísima, son una sola Deidad, por lo cuál, no podemos hablar de la coexistencia de 3 dioses distintos, porque, las 3 Personas de dicho misterio, son un único Ser, por lo cuál, las tres Personas forman parte de ellas, de la misma manera que, las 3 líneas de que se compone un triángulo, parten de una misma base.

   Si las 3Personas del misterio trinitario son un sólo Ser, no pueden tener descendientes, pero sí poseen el atributo de la eternidad, porque nunca tuvieron un principio, y jamás conocerán su fin.

   La inmensidad, es el atributo que le permite a Dios difundirse sin límite alguno, lo cuál, le permite estar en todas partes, así pues, si la difusión de la Trinidad, recibe el nombre de inmensidad, la ubicuidad, es la permanencia de la Trinidad Beatísima en todos los lugares.

   Dios está en todas partes:

   1. Por presencia, porque posee la facultad de verlo todo.

   2. Por potencia, porque hace posible la conservación de todo cuanto ha creado.

   3. Por esencia o naturaleza, porque le da el ser -o la existencia- a todo cuanto existe.

   Dios es omnisciente, porque posee el conocimiento de todo aquello que es real o posible.

   Dios posee el atributo de la omnipresencia, porque es un Ser ubicuo, es decir, que, en todo tiempo, está presente en todas partes.

   Dios posee el atributo de la omnipotencia, porque lo puede todo.

   Llamamos misterios a las revelaciones que Dios nos hace, cuya naturaleza, es totalmente incomprensible para nosotros. No en vano, el término misterio, procede del vocablo latino misterium, y, etimológicamente, significa, cosa oculta.

   La Trinidad de Dios, es la base sobre la cuál se originan -o fundamentan- todos los misterios que caracterizan la fe cristiana.

   Dios es Uno en esencia -o naturaleza-, y Trino en Personas. Así pues, Dios es indivisible, porque sólo tiene una naturaleza espiritual y una voluntad, y, por ser un sólo Ser, -lógicamente-, posee un sólo entendimiento. No en vano, el alma humana, -imagen y semejanza del Espíritu Santo-, posee 3 potencias: El entendimiento, la voluntad, y la memoria, los cuales son estimulados gracias a los dones y virtudes que recibimos de nuestro Criador.

   Para comprender mejor el misterio de la Santísima Trinidad, veamos lo que significan las palabras naturaleza y persona.

   Llamamos naturaleza, a la esencia y a las propiedades características de todos los seres. En sentido moral, llamamos naturaleza, a la luz, al conjunto de virtudes que el hombre posee al nacer, y, posteriormente, le ayudan a discernir el bien de lo que es considerado por él como malo -o superfluo-.

   Llamamos persona, a todo ser inteligente, al que se le atribuyen todos sus actos.

   La primera Persona del misterio que estamos recordando, es el Padre, porque de él proceden el Hijo y el Espíritu Santo, por consiguiente, nuestro Santo Creador, engendró al Hijo desde la eternidad, por lo que Jesucristo posee la misma esencia -o naturaleza-, de quien le engendró por generación intelectual.

   La tercera Persona del citado misterio, es el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo desde la eternidad. Estas tres Personas, tienen una misma naturaleza espiritual, por lo que, en consecuencia, poseen los mismos dones y virtudes, como es el caso de su entendimiento.

   Nosotros podemos ejercitar nuestros dones y virtudes, gracias a las siguientes perfecciones sobre naturales que Dios nos concede. He aquí, pues, los siete dones del Espíritu Santo: Sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad, y, temor de Dios. Por consiguiente, las consecuencias inmediatas de la recepción y el ejercicio de dichos dones del Espíritu Santo, son los siguientes frutos: Caridad, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, y, castidad.

   Tras recordar lo anteriormente expuesto, nos será más fácil comprender el relato bíblico de la creación del mundo, el establecimiento de la primera Alianza entre Dios y el hombre, y la pérdida de la gracia de Dios, por parte de la última criatura del Creador del universo.

   Justo en medio del Edén, hizo Dios que crecieran 2 árboles: El uno, era el árbol de la vida eterna, y, el otro, el árbol del conocimiento de la ciencia del bien y del mal. El uno, significaba la invitación que Dios le hizo al hombre, para que este permaneciera junto a él, y, el otro, la soberbia humana, es decir, la raíz u origen- de las impropias actuaciones del hombre, y, a la vez, fuente de riquezas espirituales, tales como la sabiduría, y el conocimiento de Dios, para aquellos que reciben, de la mano del Dios Altísimo, el fruto de la vida, esto es, el trono de la gloria de Cristo, es decir, la santa cruz, en que fue crucificado nuestro Señor, el alimento espiritual que recibimos, en cada ocasión que celebramos el Sacramento de la Eucaristía.

   Cuando Dios le mostró al hombre las riquezas del Edén, le dijo:

   -Si quieres alcanzar la más alta cumbre de la felicidad, imita mi forma de proceder. Mas no comas del fruto del árbol de la ciencia del conocimiento del bien y del mal, porque morirás sin remedio, bajo el peso de las acciones que llevarás a cabo, a pesar de que no son propias de quienes desean imitarme, así pues, serás golpeado por el látigo del dolor.

   Adán, el primer hombre que fue creado por Dios, vivió felizmente en el Edén, durante cierto tiempo, bajo la atenta mirada de Dios, pero, aquella criatura primogenea, se sintió humanamente sola, y, por ello, Dios se dijo a Sí mismo:

   -En ninguna circunstancia es bueno que el hombre esté sólo, así pues, voy a hacerle a alguien que sea semejante a él, para que ambos se sirvan con respecto a la ayuda y al consuelo que necesitarán.

   Dios puso a todos los animales terrestres junto al hombre, pero, este, además de ponerles a todos un nombre distinto, no encontró a ninguno que fuese semejante a él.

   Una de las cualidades de la Biblia, consiste en que todos podemos interpretarla de la forma que mejor nos parezca, pues, la fe religiosa, no puede ser experimentada por nuestras ciencias modernas. Esta virtud de la Sagrada Escritura, ha sido aprovechada para producir frutos buenos e impropios de los hijos de Dios.

   En conformidad con las costumbres de su época, Moisés, con la intención de evitar serios problemas convivenciales, en su lento caminar, primero desde Egipto hacia el monte Sinaí, y, posteriormente, hacia la Tierra prometida, había de someter a las mujeres rebeldes, a la autoridad de sus maridos. No olvidemos que, el autor del Pentateuco, fue educado en Egipto, en una civilización en que las mujeres no eran consideradas independientes de sus padres o de sus maridos, según estuviesen solteras o casadas.

   Ya en el Nuevo Testamento, el benjaminita fariseo natural de Tarso llamado Saulo, -quien posteriormente fue conocido como San Pablo-, instó a sus lectores a que las mujeres se sometieran a los hombres, así pues, no les permitía proclamar el Evangelio en público, porque consideraba que, la inteligencia de ellas, era inferior a la inteligencia de los hombres. Sin duda alguna, la influencia sexista helena y judía, marcaron la vida del fiel Apóstol, que convirtió a muchos gentiles al Señor.

   En contraposición a estos y a otros muchos oradores, Jesucristo, fue un gran defensor de las mujeres. Por consiguiente, en contraposición a los hábitos de su tiempo, no se avergonzaba de hablar con las mujeres en la calle, ni aun cuando muchas eran prostitutas, ni aun considerando que los mismos rabinos se avergonzaban si eran vistos conversando con sus mujeres fuera de sus hogares. Cuando Jesús resucitó, no se les manifestó primero a sus Apóstoles, pues antes de ello, se dejó ver por su Madre, su tía María esposa de Cleofás, y María Magdalena, la hermana de sus amigos de Betania, Marta y Lázaro.

   Normalmente, durante sus correrías evangelizadoras, Jesús, iba acompañado por algunas mujeres, a las que nunca les permitió que predicaran, con el fin de evitar que ellas fuesen humilladas por la gente. Aun digo más, Jesús trató a su Madre con gran cortesía en las bodas de Caná de Galilea, y trató piadosamente a la mujer de Naím, a cuyo hijo difunto, le devolvió la vida. Cuando nuestro Maestro resucitó, las mujeres que le vieron, creyeron este gran misterio de fe, antes que lo hicieran los propios Apóstoles.

   Según Moisés, Dios, hizo caer una especie de sueño anestésico sobre el hombre, y, cuando este estaba profundamente dormido, le quitó una costilla, y le sanó la herida, colocándole carne en el lugar que ocupaba la citada costilla. Con la citada costilla, Dios creó a la mujer.

   Cuando el hombre salió de dicho estado de sopor, Dios le presentó a la mujer que había hecho de su propia costilla, y, Adán, lleno de asombro y de alegría, no dudó en exclamar:

   -Esta vez, Dios me ha dado lo que le he pedido tantas veces. ¡Esta mujer sí que es igual en todo a mi carne y a mis huesos¡. Ambos seremos una sola cosa.

   Según la interpretación sexista de este mensaje bíblico, la mujer ha de estarle sometida al hombre, por cuanto fue formada de una costilla de este. Sin embargo, más lógico, es decir que Dios formó a la mujer de una costilla del hombre, para que ambos fuesen un sólo ser, con el doble de perfecciones que tenía Adán, antes de que Dios crease a Eva, su mujer. He de decir que los científicos han demostrado que las mujeres están más capacitadas que los hombres para soportar el dolor, y para administrar sus bienes.

   Adán dijo:

   -Esta criatura nueva se llamará mujer (varona), porque fue tomada de una costilla del hombre (varón).

   En su estado original, Dios dotó al hombre con tres clases de dones: Los naturales, los preternaturales, y, los sobrenaturales.

   Entendemos que son dones preternaturales, aquellos que Dios nos concede, y que no necesitamos para habitar en la tierra. Un ejemplo de ello, es la inmortalidad.

   Dios le dio al hombre el don de la impasividad, para que no conociera, ni la penalidad del trabajo (aunque ello no le privaba de trabajar para vivir), ni el dolor.

   Dios le concedió al hombre el don de la ciencia infusa, para que ambos pudieran comunicarse entre sí, y para que el hombre sintiera que Dios estaba con él, dándole a conocer sus inefables misterios.

   Dios le concedió al hombre los dones sobrenaturales, la gracia, y, las virtudes, y los siete dones del Espíritu Santo, para que su última criatura siguiera haciéndose, incesantemente e infinitamente, perfecta.

   Cuando Dios creó al hombre y a la mujer, ambos estaban desnudos, pero, no se avergonzaban de ello. Si analizamos literalmente esta cita del Génesis, podemos constatar que es absurda la idea de que Adán y su mujer se avergonzaran al contemplarse desnudos el uno al otro. Sin embargo, la interpretación teológica de esta cita bíblica, nos da a conocer el estado original en que Dios creó al hombre, cuyo estudio, estamos considerando, superficialmente.

   Antes de continuar recordándoos esta conocida historia, he de deciros que los ángeles son las inclinaciones que tenemos para hacer el bien y el mal, por lo cuál, tal como supondréis, existen ángeles buenos (puros), y malos (impuros). En conformidad con el propósito que he escrito esta meditación, no creo necesario resaltar el estudio de dichas criaturas místicas, porque, ello, puede crearles muchas confusiones, a aquellos que no creen en la Jerarquía de la Iglesia Católica, que, en cierta forma, es muy parecida a la jerarquía angélica. No obstante, este estudio, supone muchos obstáculos para quienes se están iniciando en el conocimiento de nuestra fe.

   Quizá muchos de vosotros, habréis oído decir que hay que evitar las malas tentaciones. Supongamos, pues, a una mujer que, en la tarde de un 24 de diciembre, le dice a su hijo que no se coma ninguno de los dulces que ha preparado, hasta que todos los miembros de su familia se reunan para empezar a celebrar la típica fiesta del Nacimiento de Jesús. A pesar de la prohibición que le hace su progenitora, el niño, al ver muchos platos llenos de dulces variados todos ellos con muy buena pinta ante sus ojos, no puede evitar comerse unos cuantos. De igual manera, la curiosidad, y el deseo de superación personal, existente en las almas de Adán y de Eva, dieron origen a un drama, el cuál, ha de ser vivido por nosotros, con el fin de que alcancemos las ilimitadas perfecciones de nuestro Dios.

   Imaginemos a Adán y a Eva en el Paraíso terrenal o Edén, donde se juntan los ríos Tigris y éufrates, trabajando para que el árbol de la ciencia del conocimiento del bien y del mal produzca hermosos y apetecibles frutos, de los cuales Dios les prohibió terminantemente que comieran, para que no murieran jamás. Pensemos en una mujer que carece de brazos, por lo cuál, le es imposible abrazar a sus hijos. El hombre, al estar hecho a la imagen y a la semejanza espiritual de Dios, ha de anhelar ser tan perfecto, como lo es el todopoderoso. Todos luchamos incesantemente con el fin de poder ser mejores de lo que somos actualmente. Todos queremos alcanzar nuevas metas. Por consiguiente, Adán y Eva, movidos por la curiosidad, y un inmenso deseo de alcanzar la plenitud de todas las perfecciones de Dios, comieron del sabroso fruto del árbol del conocimiento de la ciencia del bien y del mal.

   Para que los hebreos comprendieran mejor el significado de esta escenificación teatral, Moisés, disfrazó a la tentación de serpiente, y, a esta, la comparó con la encarnación del diablo, un ser místico espiritual, un ángel que traicionó a Dios, arrastrando con él a un tercio de los ángeles.

   Siempre se ha dicho que, la mujer, además de ser tomada del hombre, fue la causante directa de que todos estemos sujetos al trabajo, al dolor, y, a la misma muerte. Esta ficticia interpretación del texto del Génesis que estamos meditando, ha llegado a provocar la discriminación de muchas mujeres, todas ellas víctimas de la maldad de los hombres, y de muchas mujeres, que han utilizado dicha falsa interpretación del Génesis, simplemente, porque han sido más sexistas que los hombres.

   La serpiente se dirigió a Eva en estos términos:

   -¿Cómo es que Dios se ha atrevido a ordenaros que siempre seáis tan ignorantes como lo son los niños pequeños? Si conociérais el bien y el mal, seríais más semejantes a nuestro Creador de lo que sois. Si me obedeciérais, podrías ser iguales a Dios en todas sus perfecciones. ¿No os gustaría estar siempre junto a Dios por causa de vuestros propios méritos? ¿No os parece que es hora de que Dios deje de daros toda clase de facilidades en todos los sentidos, para que la vida os enseñe a ser iguales a él en todas sus perfecciones, para que seáis inmensamente felices, viviendo bajo la atenta mirada del todopoderoso?

   Eva, sorprendida por las palabras del seductor, le dijo a la serpiente:

   -Dios nos ha dicho que somos libres para hacer lo que queramos, pero, además, se ha expresado de esta manera: Si queréis conocer el bien y el mal, tendréis que padecer mucho, e incluso habréis de morir, con el fin de alcanzar todo lo que yo os ofrezco, sin que para ello tengáis necesidad de sufrir. Si os limitáis a ser inocentes como niños, y os dejáis conducir por mis amorosas palabras, no tendréis la necesidad de ser perfectos a cambio de sucumbir bajo el efecto de la muerte, a sabiendas de que yo os puedo hacer infinitamente perfectos, librándoos de sucumbir bajo el dolor.

   La serpiente le replicó a Eva:

   -¿Quieres dejar de decir sandeces y empezar a vivir por ti misma, sin depender del cuidado de Dios? Si él te ha puesto ante 2 caminos, has de elegir, cuál de ellos has de recorrer con el fin de que alcances la felicidad, pues debes saber que él no te abandonará.

   Eva, impulsada por las palabras del diablo, comió del fruto del árbol del conocimiento de la ciencia del bien y del mal, y le dio también de dicho fruto a Adán. Así pues, nuestros primeros padres, marcaron la senda que todos los hombres, -independientemente de que creamos en Dios o de que rechacemos a nuestro Creador-, solemos seguir, para ser mejores de lo que somos en la actualidad.

   Decimos que el hombre se encuentra en estado natural, cuando no está en estado de gracia, es decir, cuando rehusa la posibilidad de entregarse al servicio de Dios en sus prójimos los hombres, con todas las consecuencias que ello lleva impresas. Después de haber estudiado el estado del alma de quienes están en gracia de Dios, veamos en qué estado espiritual quedaron nuestros padres -y viven quienes no aceptan al todopoderoso-, después de vivir la experiencia del pecado de origen.

   Muchas veces se nos ha dicho que el hombre deja de estar en estado de gracia santificante, en el momento en que desobedece voluntaria y conscientemente a nuestro Padre común. Yo creo que la frase anterior, a pesar de que es muy conocida por nosotros, es desmentida por San Pablo, en los términos que siguen:

   -Si nosotros le somos infieles a Dios, él siempre será fiel para con nosotros, pues no es posible que Dios incumpla su Palabra.

   (2 TIM. 2, 13).

   A pesar de lo anteriormente dicho, recordemos las características de quienes no viven en estado de gracia.

   1. Quienes no están en gracia de Dios, no son copartícipes del Reino del todopoderoso, así pues, por su desconocimiento o rechazo del todopoderoso, carecen de la posesión de los dones y las virtudes que caracterizan a quienes viven en estado de gracia.

   2. Quienes no viven en estado de gracia, no poseen el don de la integridad, por lo cuál, muchos hemos oído decir que, las citadas personas, viven bajo la potencia destructiva de sus malas inclinaciones. Sin embargo, las personas íntegras, sobrias, disciernen claramente el bien del mal, y están dispuestas a vivir, ya sea en tiempos de alegría, o bien, en los días del dolor, aunque no vivan en gracia de Dios, y, por lo cuál, no hayan recibido los dones y las virtudes que conllevan nuestra fe universal. Quienes no viven en estado de gracia, pueden ser íntegros, si se caracterizan por su buena voluntad.

   3. Quienes no están en estado de gracia, no poseen el don preternatural de la inmortalidad (quienes viven en estado de gracia tampoco poseen el citado don actualmente en lo que a sus cuerpos se refiere), por lo cuál, -al igual que quienes viven en estado de gracia-, están sujetos al dolor y, a la muerte. El hombre, una vez perdida su munidad, no tuvo más remedio que aprender a sufrir.

   4. Quienes no viven en estado de gracia, no poseen el don de la ciencia infusa, por lo cuál, torpemente, pueden, -según San Pablo-, buscar a Dios, aunque sea a tientas.

   (HCH. 17, 28).

   Cuando Adán y Eva comieron del fruto del árbol del conocimiento de la ciencia del bien y del mal, no perdieron el apoyo de Dios (yo creo que la gracia no abandona los corazones de quienes la aceptan aunque posteriormente a ello se dediquen a incumplir la Ley de Dios, pero esta creencia es mía, no es profesada por la Iglesia). Ellos eran como niños pequeños que no sabían hacer nada sin la ayuda de Dios. Cuando Adán y Eva comieron del fruto anteriormente citado, fueron invadidos por un miedo atroz, porque habían escogido un camino demasiado difícil, para aprender a perfeccionarse, con sus propios medios, con sus solas fuerzas, y con la vivencia de su dolor.

   Cuando el hombre perdió sus dones preternaturales, tuvo miedo de confesarle a Dios aquella decisión que había tomado, y, por ello, estaba terriblemente conmocionado.

   Es cierto que Adán y Eva hubieran podido alcanzar la máxima perfección gracias a la ayuda de Dios y a su esfuerzo personal, pero, en su último estado, ¿cómo afrontaron la idea de que podían perder la vida en cualquier momento? ¿Qué pensaban Adán y Eva que era la muerte? Quizá pensaban que la pérdida de la vida debía ser algo muy malo, pues Dios les había amenazado con dejarles fallecer, si comían del fruto del árbol del conocimiento de la ciencia del bien y del mal.

   Cuando nuestros primeros padres estaban atormentados pensando en su porvenir, oyeron a Dios, que se paseaba por el Edén, en el momento en que eran acariciados por una suave brisa, que simbolizaba al Espíritu Santo, que se esforzaba para fortalecer a aquellos que no sabían cómo explicarle a Dios lo que habían hecho, pues, habían cambiado bruscamente el rumbo de su existencia. Por consiguiente, cuando Adán y Eva estaban escondidos entre los árboles del citado Paraíso terrenal, Dios llamó a Adán:

   -Adán, ¿dónde estás? Tu corazón siempre ha rebosado de alegría en cada ocasión que he venido a veros a Eva y a ti. ¿Cuál es la causa por la que hoy os escondéis los 2 de mi presencia?

   Adán le contestó al todopoderoso:

   -Tuve miedo cuando oí tus pasos por el jardín, porque soy débil e ignorante, y tu eterna Majestad me sobrepasa. Esa es la causa por la que me he escondido. Señor, estoy desnudo.

   -¿Desde cuándo te has sentido atemorizado por causa de mis atributos? -dijo Dios-. Sé consecuente con tu manera de actuar. Recupera tus dones preternaturales perdidos con mi ayuda, y, perfecciónate, a través de tus vivencias en la tierra.

   Adán le dijo a Dios:

   -Tú creaste a la mujer con el fin de que ella fuese mi compañera, pero, Eva, con la intención de no someterse a mí, me ha subyugado al dolor y la muerte, al haberme persuadido para que comiera del fruto del árbol del conocimiento de la ciencia del bien y del mal. Yo me arrepiento de haberte desobedecido, de la misma manera que supongo que tú te habrás arrepentido de crearnos a la mujer y a mí.

   Dios le preguntó a Eva:

   -¿Por qué has comido del fruto prohibido, e incluso se lo has ofrecido a Adán?

   Eva, respondió:

   -Señor, Adán y yo, no rechazamos tus dones y virtudes, pero, aunque estamos junto a ti, debido a lo mucho que nos amas, queremos ser dignos de Dios, y ofrecerte nuestros méritos, haciendo rendir tus dones y virtudes, para que demos frutos abundantes, obras de amor que alegren a tu Santo Espíritu.

   A continuación, Moisés, puso en la boca de Dios, la maldición de las serpientes, -he oído decir que esa es la causa por la que muchas mujeres les tienen miedo a esos reptiles-, y pronunció el castigo que la mujer habría de sufrir, por atraer el mal, el dolor y la muerte sobre el hombre, y el castigo que este último habría de sufrir, por haber desobedecido al todopoderoso, dejándose seducir por la mujer.

   Adán llamó a su mujer Eva, ya que ella fue la madre de todos los hombres.

   Para que el hombre volviera a confiar plenamente en Dios, nuestro Padre común dispuso que su Hijo muriera crucificado, según creo, más que para perdonarnos nuestras culpas o pecados, para mostrarnos la grandeza del amor de la Trinidad Beatísima. ¿Qué sentirá nuestro Creador al constatar que aún no confiamos en él plenamente?

   Cuando Dios maldijo a las serpientes, y castigó al hombre y a su mujer, se dijo:

   -El hombre es como nosotros, pues está capacitado para discernir el bien del mal.

   Dirigiéndose a su Hijo, el Creador, exclamó:

   -Jesús, Hijo, tu vida será el precio que habremos de pagar, con el fin de que el hombre vuelva a tener plena confianza en nosotros.

   Jesús dijo:

   -Padre mío, aquí estoy para cumplir tu voluntad, pues, ello, constituye mi felicidad.

   (HEB. 10, 7).

   (José Portillo Pérez. Interpretación de los 3 primeros capítulos del Génesis, año 1999).

 

   Nota: La exposición anterior no ha sido extraída de la Biblia literalmente, así pues, el autor de la citada meditación, ha interpretado el texto bíblico, con la intención de hacerlo más comprensible para sus lectores.

 

   2. La confesión de Pedro y la institución del Papado (MR. 8, 27-30. MT. 16, 13-20. LC. 9, 18-21). Teniendo en cuenta quienes desconocíais a Jesús antes de asistir a estos ejercicios espirituales todo lo que mis compañeros y yo os hemos dicho con respecto al Mesías, y quienes conocéis al Hijo de María, teniendo en cuenta lo hasta aquí expuesto con respecto a Jesucristo por mis compañeros y por mí, ¿quién creéis que es Jesús de Nazaret? Imaginad que estáis orando en la presencia de nuestro Señor y que él os pregunta: "-Y vosotros, ¿quién decís que soy¿" (MT. 16, 15). ¿Qué le diríais a Jesús con el fin de responder esa pregunta tan trascendental para nuestra fe? Antes de interrogar a sus oyentes directamente, Jesús les preguntó: "-¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre¿" (MT. 16, 13). Si se nos interrogara a nosotros con respecto a la fe de los cristianos en general, hablaríamos de quienes dicen que creen en Dios pero no se adhieren a la práctica de las virtudes que su fe lleva implícitas, de las catequesis, las reuniones formativas, las celebraciones sacramentales, las actividades que miles de religiosos y laicos llevan a cabo tanto en su entorno como en países a los que viajan para trabajar como misioneros, etcétera, pero si se nos interroga abiertamente con respecto a nuestras creencias religiosas, puede sucedernos que nunca nos hallamos planteado esta cuestión al menos concediéndonos el tiempo que nos es necesario para resolverla adecuadamente, de la misma forma que puede sucedernos que nuestra débil fe coarte la decisión de entregarnos al cumplimiento de la voluntad de nuestro Padre común, o quizá tenemos clara nuestra pertenencia a Cristo Jesús. Quienes trabajamos para el Señor, cuando nos planteamos esta cuestión detenidamente, recordamos la relación más o menos estrecha que nos ha vinculado a Jesús de Nazaret desde que tomamos la decisión de creer en Dios, y más aún desde que nos pusimos a su servicio.

   Cuando Jesús interrogó abiertamente a sus discípulos con respecto a la fe que le profesaban, se encontró con una desagradable sorpresa, así pues, ellos no se habían planteado lo que Jesús significaba en su existencia, a pesar de que habían caminado durante mucho tiempo junto al Hijo del carpintero. Si contemplamos este hecho de una forma positiva, los predicadores podemos utilizar esta circunstancia para acercar a nuestros oyentes o lectores al Mesías. Muchas veces se me llena el corazón de alegría cuando alguno de mis lectores me escribe un breve e-mail diciéndome: "He leído lo que has escrito sobre un pasaje evangélico que he leído muchas veces, pero que nunca he comprendido hasta que he leído la meditación que has escrito del mismo". También me embarga el orgullo de cumplir bien mi deber cuando leo e-mails semejantes al que os transcribo que recibí de una amiga de Méjico: "Sin darme cuenta he conseguido tener más fe al leer tus meditaciones dominicales. Besos".

   Uno de los pasajes evangélicos referidos a la Pasión de Cristo más famosos es el de la triple negación de San Pedro, así pues, dicho Apóstol era muy impulsivo, de hecho, creía más en sí mismo que en Dios. A pesar de sus impulsos, la confesión del pescador de Betsaida debería escribirse en nuestra alma. "¡Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo¡" (MT. 16, 16). Cuando Jesús pronunció el discurso eucarístico que nos será expuesto por mi compañeroa N., cuando el Señor constató que muchos de sus seguidores lo rechazaban, interrogó a sus Apóstoles con respecto a si estaban dispuestos a seguirlo, y Pedro le contestó: "Señor, ¿a quién iríamos? Tus palabras son palabras que dan vida eterna. Nosotros sabemos y creemos que tú eres el Santo de Dios" (JN. 6, 68-69).

   Jesús le dijo a Pedro: "-¡Feliz tú, Simón, hijo de Jonás, porque ningún hombre te ha revelado esto, sino mi Padre que está en los cielos¡" (MT. 16, 17). Antes de iniciar mi actividad evangelizadora en la red tuve la oportunidad de conocer a un hombre muy culto que decidió rechazar nuestra fe después de haber leído varias versiones de la Biblia. Al contrastar este recuerdo con el de los enfermos que se adhieren a la vida por la fuerza de su fe, puedo constatar que Dios es el que nos da la fe, y el que nos hace vivir de este don generoso si nosotros se lo pedimos. Jesús nos dice: "-Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí, jamás tendrá hambre; el que cree en mí, jamás tendrá sed" (JN. 6, 35 y 48).

   Jesús también le dijo a Pedro: "Por eso te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra voy a edificar mi Iglesia, y el poder del sepulcro (el infierno, el hades, el mal) no la vencerá. Yo te daré las llaves (el acceso) del reino de Dios: lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos" (MT. 16, 18-19. CF. MT. 18, 18. JN. 20, 23). Podemos entender el poder de atar y desatar como la libertad que tienen el Papa, los Obispos y sacerdotes de pastorear la Iglesia perdonándoles y reteniéndoles a sus fieles sus pecados a través del Sacramento de la Penitencia, considerando que sus pronunciamientos proceden de Dios, pues su Espíritu Santo les inspira para que no cometan errores. También podemos entender el citado poder de atar y desatar como la capacidad que todos los creyentes tenemos de actuar bajo la inspiración del Espíritu de Dios, según las siguientes palabras del Apóstol Pablo: "En fin, cuanto hagáis o

digáis, hacedlo en nombre de Jesús, el Señor, dando gracias (por ello) a Dios Padre por medio de él" (COL. 3, 17).

   Cuando Jesús hacía las obras de Dios, independientemente de que las mismas consistieran en predicar el Evangelio o en hacer prodigios admirables, nuestro Señor quería que sus oyentes concibieran el pensamiento de que él es el Mesías por causa de la inspiración divina que había de moverles a aceptar su mensaje, no por ser inducidos por nadie que le conociera a él previamente a la realización de las citadas obras, así pues, en el relato de la conversión de la samaritana, los habitantes de Sicar le dijeron a aquella mujer que decidió creer en el Hijo de María: "-Ya no creemos en él por lo que tú nos dijiste, sino porque nosotros mismos le hemos oído, y estamos convencidos de que él es verdaderamente el salvador del mundo" (JN. 4, 42). Al recordar dicho pasaje evangélico, no ha de extrañarnos lo que sucedió después de que nuestro Señor le concediera a Pedro el Primado sobre la futura Iglesia: "En esta ocasión, Jesús ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el

Mesías" (MT. 16, 20).

   3. Jesús anuncia su muerte. (MR. 8, 31-9, 2. MT. 16, 21-28. LC. 9, 22-27). En el mismo instante en que los discípulos celebraban la decisión de su Maestro de haber constituído a Pedro Papa de la futura Iglesia, el Mesías empezó a preparar a sus compañeros de peregrinación para que aceptaran su Pasión, muerte y Resurrección, que habrían de acontecer un año después de que aconteciera el citado pasaje evangélico. Si consideramos lo que hemos visto desde que comenzamos a vivir estos ejercicios espirituales hasta el momento, quizá nos parece absurdo el hecho de que Jesús se entregara a sus enemigos, sabiendo que si él moría su obra podía quedar paralizada, y que podía haberse salvado caminando rápidamente menos de una hora la noche en que sus enemigos le sorprendieron despertando a sus amigos más íntimos y previniéndolos para su exterminio. Los judíos procesaron a Jesús porque, según veremos más adelante, él se negó violentamente a que las autoridades religioso-políticas de

Palestina permitieran que el Templo de Jerusalén fuera convertido en un mercado. Con el fin de que el pueblo no apoyara los razonamientos del Mesías, los enemigos del Rabbi nazaretano decidieron exterminar al Hijo del carpintero por decir con respecto a Sí mismo que era Hijo de Dios, un hecho que, según nuestra óptica actual basada en la tolerancia, no es una causa con la que se pueda justificar ningún crimen. En ciertas circunstancias, el rechazo a lo que desconocemos nos produce miedo si ello nos obliga a efectuar cambios en nuestra vida, esta es, pues, la causa por la que podemos reaccionar con violencia ante la existencia de los mismos.

   ¿Cómo sería la muerte de Jesús? San Mateo escribió en su obra: "A partir de entonces, Jesús empezó a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén, y que los ancianos del pueblo, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley le harían sufrir mucho, y luego le matarían, pero que al tercer día resucitaría" (MT. 16, 21). Nos es fácil comprender que la reacción de los Apóstoles ante aquél extraño anuncio hubo de ser de rechazo y tristeza, si consideramos que, sin percatarse de ello, habían convertido al Mesías en el centro de su existencia, pues habían abandonado a sus familiares y se habían deshecho de sus pertenencias con el fin de seguir al Hijo de María, a pesar de que no se habían planteado si él era el Mesías. Imaginemos por un momento que nuestro familiar más querido o nuestro amigo más estimado nos dice que se va a suicidar. ¿Cómo reaccionaríamos ante ese impactante aviso? A pesar de que nuestro Maestro tuvo varios enfrentamientos con los fariseos y

los saduceos y de que azotó a los mercaderes del Templo de la ciudad santa, ello no debía hacerle merecedor de la pena capital, si consideramos el derecho a vivir que nos es común a los hombres de todos los tiempos, su doctrina basada en el amor recíproco entre Dios y los hombres, y su Deidad. Si Jesús vino al mundo como Mesías de Dios, ¿por qué había de sucumbir bajo el dominio de la muerte?

   "Pedro, llevándole aparte, comenzó a reprenderle, diciéndo: "-¡No quiera Dios que te pase nada de eso, Señor! Pero Jesús, volviéndose a él, le dijo: -¡Apártate de mí, Satanás! Tú eres una piedra de tropiezo para mí, porque no piensas como piensa Dios, sino como piensan los hombres" (MT. 16, 22-23). Pedro, consciente del poder que Jesús le acababa de otorgar, se llevó al Mesías aparte de sus compañeros, con el fin de convencerle para que no fuera asesinado por las autoridades de Palestina. Dado que el impulsivo Apóstol reaccionó desesperadamente como si fuera su vida la que iba a ser exterminada y nuestro Señor nació para morir y posteriormente a su padecimiento vencer a la muerte, el Hijo de María se vio obligado a reaccionar violentamente, como diciéndole: Te he concedido poder para que actúes en mi nombre, por consiguiente, no pretendas cambiar el designio divino de nuestro Padre común. Ante las palabras de Jesús, Pedro se sintió derrotado, y caminó en pos del Mesías,

hasta que su fe, que parecía inquebrantable, falló cuando Jesús más le necesitaba.

   "Luego, dirijiéndose a sus discípulos, Jesús añadió: -Si alguno quiere ser discípulo mío, deberá olvidarse de sí mismo, cargar con su cruz y seguirme" (MT. 16, 24. MT. 10, 38). Para nosotros el ser discípulos de Jesús significa rechazar las ideologías que no son compatibles con el Evangelio. Si esto puede suponer un gran esfuerzo para nosotros, siempre nos queda el consuelo de cargar con nuestra cruz y caminar en pos de Jesús, es decir, seguir a nuestro Maestro con nuestras virtudes y defectos, porque él no discrimina a ninguno de sus amigos.

   "Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que dé su vida por mi causa, ése la encontrará" (MT. 16, 25. MT. 10, 39. LC. 17, 33. JN. 12, 25). Jesús no nos dice que quienes le desobedecen morirán, así pues, conocemos a quienes le rechazan y no mueren por ello. Si consideramos que el Señor nos dice que quienes le desprecian no tendrán vida eterna, podemos comprender fácilmente que el amor de Dios es ilimitado, así pues, si el amor de Dios es perfecto, contradice este hecho nuestro pensamiento referido a que los llamados pecadores son sus enemigos y que él los odiará y los condenará por no amarle. Nosotros entendemos que, quienes rechazan a Jesús y a su doctrina, se niegan la vivencia en el Reino de Dios desde su estado actual, si entendemos el cielo como un estado de felicidad, y no como un lugar reservado a los espíritus bienaventurados. Jesús nos dice: "Todo aquel que el Padre me confía vendrá a mí, y yo nunca rechazaré al que venga a mí" (JN. 6, 37). "Si no

realizo las obras de mi Padre, no me creáis; pero, si las realizo, fiaos de ellas, aunque no queráis fiaros de mí. De este modo podréis reconocer que el Padre está en mí, y yo en el Padre" (JN. 10, 37-38). Cuando Jesús nos dice que él está en Dios y que Dios está en él, afirma que ambos constituyen la Trinidad Beatísima, vinculados por el Espíritu Santo.

   "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su propia vida? ¿O qué podrá dar el hombre a cambio de su vida¿" (MT. 16, 26). ¿Qué tenemos que sea superior a nuestra existencia? ¿Qué seríamos capaces de sacrificar con tal de no perder nuestra vida? ¿Qué cosa podríamos sacrificar con tal de ser alcanzados por la salvación divina cuando nuestro Señor venga a juzgarnos al final de los tiempos? Jesús nos dice: "El Hijo del hombre ya está a punto de venir revestido de la gloria de su Padre y acompañado de sus ángeles. Cuando llegue, recompensará a cada uno conforme a sus hechos. Os aseguro que algunos de los que están aquí no morirán sin antes haber visto llegar al Hijo del hombre como Rey" (MT. 16, 27-28). Muchos autores afirman que, lo mismo que le sucedió a San Pablo durante algún tiempo, Jesús vivió creyendo que estaba a punto de acaecer el final del mundo, aunque no hemos de desechar la posibilidad de creer que sus Apóstoles y muchos de sus discípulos le

vieron como a un Rey cuando venció a la muerte.

   Jesús les dijo a sus discípulos que tenía que ser asesinado en Jerusalén y vencer a la muerte, para que posteriormente fuera establecido el Reino de Dios en el mundo, después de que aconteciera el Juicio Universal. (Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida).

   4. Jesús oró en Getsemaní. Jesús, me siento muy triste. Al salir del Cenáculo he sentido un gran deseo de acariciar tu mano derecha que está humedecida porque tú has querido lavar mis pies. A pesar de que me has alimentado con tu Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad me siento débil... No sé qué me sucede, mi fuerza es limitada, mi tristeza es grande... A pesar de que no quiero perderte, necesito que ocupes en la cruz el lugar que me corresponde a mí porque únicamente aprenderé a superar mi debilidad al ser golpeado por mis fracasos, aunque no podré lograr mi propósito si no soy herido contemplando tus llagas y si no supero mis tribulaciones gloriándome respecto de tu Resurrección.

   Caminamos hacia el huerto de los Olivos. Todos estamos muy tensos, pero tú nos has pedido que te dejemos hablar y nos has dicho: "Esta noche fallará vuestra fe en mí" (Mt. 26, 31). Jesús, ¿qué dices? ¿Cómo pretendes hacerme creer que te voy a traicionar? ¿Crees que les tengo miedo a tus enemigos? ¿Crees que mi miedo será más grande que mi fe¿... Jesús, ¡pero si yo daría mi vida por ti¡... Pedro alza su voz enérgicamente para defender su fe, pero tú le dices que antes de que el gallo cante 2 veces, él habrá negado 3 el hecho de conocerte (Mc. 14, 30 y 72). Todos emulamos a Pedro, todos creemos que somos fuertes, y sólo somos unos pobres ignorantes de nuestra impotencia y la misericordia de Dios. Todos tenemos miedo, no sabemos qué puede suceder, estamos inseguros... Jesús, ¿por qué has querido venir a orar a este huerto sabiendo que tus enemigos tienen conocimiento de que te gusta orar en este jardín? ¿Tanto amas a Dios que hasta arriesgas tu vida por la devoción que sientes

respecto de los lugares en los que elevas tu voz al cielo?

   Hemos llegado a Getsemaní. Señor, no nos ocultes tu dolor, todos sabemos que has hecho un esfuerzo enorme para ocultar tus lágrimas. Nos dices pausadamente: "Me ha invadido una tristeza de muerte. Quedaos aquí orad" (Mt. 26, 38). No puedes disimular tu dolor. Nosotros te conocemos, sabemos cuándo estás triste, en qué momentos te enfadas, sabemos cuándo y cómo te podemos hacer reír... Sabemos muchas cosas tuyas a pesar de que nuestra debilidad nos hará perder la memoria voluntariamente y traicionar a la parte más profunda de nuestro ser.

   Te alejas de los hijos de Zebedeo a la distancia de un tiro de piedra y oras postrado (Lc. 22, 41). Pedro, Juan y Santiago te miran muy tristes. Ellos están cansados de peregrinar, exhaustos de no entender el por qué de tu sacrificio, rendidos por la evidencia de tu pérdida... Ellos no entienden nada, sólo contienen las lágrimas y casi se duermen vencidos por la siniestra anestesia del dolor de los impotentes.

   Tú oras en estos términos: "Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lc. 22, 42). Te aprovechas de que no podemos ser afligidos por tu dolor y, siendo consciente de que no puedes esconder tu aflicción ante el Padre que ve la parte más profunda de nuestros corazones, lloras amargamente. Las Profecías antiguas hablan de tu Pasión, pero ninguno de los Profetas pronunció jamás tu nombre. ¿Por qué tienes que ser tú precisamente el pobre mortal que ha de demostrarle al mundo que el amor de Dios es superior a los efectos de la carencia de valor, constancia y pecados de los hombres? ¿Servirá de algo tu sacrificio? ¿Podrás soportar tu dolor? Tú sabes lo que es la crucifixión, pero no la has sentido. Romperán tus rodillas para que no puedas apollarte sobre los pies. Aplastarás tus riñones debido a tu propio peso. Te asfixiarás y, cada vez que tengas que respirar tendrás que incorporarte sobre la cruz y los clavos te traspasarán los pies

provocándote un dolor tan insoportable que no podrás respirar ni gritar porque sentirás que te ahogas. Sabes muy bien que algunos hombres muy capacitados para sufrir han sobrevivido durante 5 días...

   El Padre envía a un ángel para que te conforte (Lc. 22, 43). El ángel te da un cáliz para que lo bebas para que entiendas que tu Pasión sólo constituirá un breve tiempo de la Historia de la Salvación, pero tu agonía es indescriptible. Entras en agonía, sudas sangre pensando en las difíciles horas que has de soportar. Sabes en qué consiste la flagelación, pero nunca la has padecido. Te azotarán con un látigo de cuero. Cada vez que el azote rodee tu espalda y las púas se claven en tu piel sangrarás, los soldados expertos en infringir castigos te desangrarán lentamente para agudizar tu tormento. Buscas a tus discípulos, me buscas a mí, necesitas apoyo divino y humano para saber que tu sacrificio no será inútil pero, Dios no te ayuda, y nosotros estamos agotados pensando en tu martirio, en los acontecimientos que nos podrán afectar negativamente cuando no estés entre nosotros. Nos pides que despertemos, que oremos por ti y por nosotros, pero no podemos obedecerte, nuestro dolor es muy agudo... (Lc. 22, 45-46). (Cf. Mt. 26, 44-46). Judas ha llegado acompañado de una gran muchedumbre. Te han maniatado. Te han atado las manos con tanta fuerza que te las han herido al impedir que la sangre te circule por las mismas. Te abofetean sin compasión. Ha llegado la hora de nuestros miedos, ha llegado la hora de los pecadores, ha llegado la hora de la incomprensión...(Hora santa, Jueves Santo del 2003).

 

   5. Jesús padeció por nosotros. 1. Ayer empezamos a celebrar el Triduo de Pascua. La primera celebración de estos tres días fue la Eucaristía vespertina del Jueves Santo durante la cual recordamos la cena en la que Jesús instituyó la Eucaristía y el Orden sacerdotal. Durante la noche del Jueves al Viernes Santo contemplamos a Jesús en el monumento recordando la agonía que vivió nuestro Hermano mayor en el huerto de los Olivos. Hoy recordaremos la Pasión y muerte de nuestro Señor durante la mañana, asistiremos al sermón de las 7 palabras, asistiremos a la muerte y al entierro de Jesús y, finalmente, rezaremos el Vía Crucis y el Vía Matrix, el Vía Crucis desandado desde el gólgota hasta el Pretorio.

   2. La Pasión de nuestro Señor empezó cuando nuestro Jesús fue a Getsemaní acompañado por sus discípulos. Antes de llegar al citado jardín de José de Arimatea, Jesús alertó a los suyos con respecto a la forma en que la fe de ellos iba a fallar en El, pero ellos no podían creer que iban a cometer un error de tamaña gravedad que tardarían mucho tiempo en perdonárselo. Todos tenían que dejar sólo a Jesús para que se cumpliera la antigua profecía: "Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas". El citado texto del Antiguo Testamento debería incitarnos a reflexionar sobre si nosotros dejamos que Jesús sufra en las personas de nuestros prójimos cuando ellos necesitan nuestra ayuda material y espiritual. Nuestro querido Hermano Jesús oró en un estado agónico. La angustia de nuestro Señor era tan grande que el Mesías sudó grandes gotas de sangre que le caían al suelo. Como Dios Hijo que es Jesús sabía que su Pasión transcurriría tal como lo habían previsto los Profetas pero, humanamente El no sabía si estaba capacitado para soportar la gran tribulación a la que se sometió por amor a nosotros.

   3. Judas, acompañado de una muchedumbre armada con palos y espadas que portaba antorchas, besó a Jesús para que sus compañeros supieran a quien debían prender. Pedro desenvainó su espada e hirió a Malco, pero Jesús le instó a que no usara su espada para defenderlo, al mismo tiempo que sanó al hombre al que hirió su amigo. Aquellos judíos fanáticos maniataron a Jesús y lo maltrataron cruelmente hasta que lo llevaron ante Anás, suegro de Caifás, el Sumo Sacerdote, el hombre que fue venerado el año anterior por todos los saduceos debido al cargo que ocupó por designio de las autoridades romanas. Anás interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su doctrina y, como Jesús se defendió argumentando que aquel interrogatorio era inútil porque El jamás promulgó doctrinas contradictorias con respecto a la Ley de Moisés, un guardia le dio una bofetada increpándolo para hacerle creer que le había hablado irrespetuosamente al sacerdote. A pesar de que nuestro Señor fue agredido por aquel

hombre no dejó de defender su postura.

   Pedro y Juan estaban atentos en el patio de Anás para ver lo que le sucedía a Jesús. Juan era conocido del Sumo Sacerdote, pero la portera acusó a Pedro de ser seguidor de Jesús ante todos los que se calentaban al fuego. Pedro dijo que él no conocía a aquel preso. Alguien le insistió a Pedro que él era seguidor de Jesús, su forma de expresarse característica de quienes habitaban en la rejión menos culta de Palestina lo delataba. él volvió a decir que no conocía a Jesús, pero, un pariente de Malco, el siervo del Sumo Sacerdote al que Pedro le cortó la oreja en el huerto de los Olivos confirmó las sospechas de todos los que miraban malhumorados al discípulo que no fue capaz de mantener la fe de la que tanto alardeó antes de que el Señor entrara en agonía cuando oró en Getsemaní. Pedro, nervioso, juró por Dios y el César que no conocía a aquel Hombre que estaba siendo juzgado. Mientras tanto, al mismo tiempo que Pedro negaba al Rabbi, Jesús lo miró profundamente, pues el Sanedrín acababa de dictar su sentencia a muerte por sedicioso, echicero y blasfemo. Para que Pilato corroborara la sentencia a muerte, sería conveniente añadir a la lista de cargos que el Mesías se hacía pasar por Rey, de forma que Herodes también se sintiera implicado en aquel crimen nefando en el caso de que Pilato rehusara a cumplir su responsabilidad según la voluntad de los enemigos del Cristo.

   Los Evangelistas no nos hablan de Pedro a partir del momento en que el Apóstol reconoció